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viernes, 11 de abril de 2014

Ray Bradbury - Tal vez nos vayamos


Era algo extraño que no se podía contar. Se le deslizaba por el pelo del cuello mientras despertaba. Con los ojos cerrados, apretó las manos contra el polvo.

¿Era la tierra que sacudía un viejo fuego bajo la corteza, volviéndose en sueños?

¿Eran los búfalos en las praderas polvorientas, en la hierba sibilante, que ahora pisoteaban la tierra, moviéndose como nubes oscuras?

No.

¿Entonces, qué, qué era?

Abrió los ojos y era Ho-Awi, el niño de una tribu con nombre de pájaro, en las colinas con nombre de sombras de lechuzas, cerca del gran océano, en un día que era malo sin ningún motivo.

Ho-Awi miró la cortina de la tienda que se estremecía como una gran bestia que se acuerda del invierno.
Dime, pensó, ¿de dónde viene la cosa terrible? ¿A quién matará?

Se volvió lentamente, un niño de pómulos oscuros y afilados como quillas de pajaritos que vuelan. Los ojos castaños vieron un cielo colmado de oro, colmado de nubes; el cuenco de la oreja recogió el golpeteo de los cardos en los tambores de batalla, pero el misterio mayor lo llevó al borde de la aldea.

Allí, decía la leyenda, la tierra continuaba como una ola hasta otro mar. Entre aquí y allá había tanta tierra como estrellas en el cielo de la noche. En alguna parte de toda aquella tierra, tormentas de búfalos negros segaban la hierba. Y aquí estaba Ho-Awi, el estómago apretado como un puño, preguntándose, buscando, esperando, asustado.

—¿Tú también? —dijo la sombra de un halcón.
 
Ho-Awi se volvió.

Era la sombra de la mano del abuelo que escribía en el viento.

No. El abuelo señaló silencio. La lengua se movió en la boca desdentada. Los ojos eran pequeñas caletas detrás de las capas de carne hundida, las arenas resquebrajadas de la cara.

Ahora estaban de pie al borde del día, juntos a causa de algo que no conocían. Y el viejo hizo lo que había hecho el muchacho. La oreja momificada se volvió; las aletas de la nariz se le estremecieron. El viejo esperaba también, dolorosamente, algún gruñido de respuesta, que viniera de cualquier dirección, y que les anunciara al menos que desde un cielo distante venía un trueno como madera que se desploma. Pero el viento no respondió, hablaba sólo de sí mismo.

El abuelo hizo la señal de que debían ir a la Gran Cacería. Este, dijeron sus manos como bocas, era un día para el conejo joven y el viejo desplumado. Que ningún guerrero fuera con ellos. La liebre y el cuervo moribundo tenían que viajar juntos. Porque sólo los muy jóvenes veían la vida adelante, y sólo los muy viejos veían la vida detrás; los del medio andaban tan ocupados con la vida que no veían nada.

El viejo giró lentamente en todas las direcciones.

¡Sí! ¡Sabía, estaba seguro! Para encontrar esa cosa de oscuridad se necesitaba la inocencia del recién nacido, y para ver muy claro la inocencia del ciego.

¡Ven!, dijeron los dedos temblorosos.

Y el conejo que husmeaba y el halcón apegado a la tierra dejaron la aldea desvaneciéndose como sombras en el día inestable.

Buscaron las colinas altas para ver si las piedras estaban una encima de la otra, y así era. Escrutaron las praderas, pero sólo encontraron vientos que juegan allí todo el día como los niños de la tribu. Y encontraron puntas de flechas de antiguas guerras.

No, escribió la mano del viejo en el cielo, los hombres de esta nación y de aquella más allá fuman junto a las hogueras del verano mientras las mujeres indias cortan leña. No son flechas en vuelo las que casi oímos.

Por fin, cuando el sol se hundió en la nación de los cazadores de búfalos, el viejo miró hacia arriba.

¡Los pájaros, le exclamaron las manos de pronto, vuelan hacia el sur! ¡El verano ha terminado!

¡No, dijeron las manos del niño, el verano acaba de empezar! ¡No veo los pájaros!

Están tan altos, dijeron los dedos del viejo, que sólo un ciego puede sentir como pasan. Ensombrecen el corazón más que la tierra. Siento en la sangre que cruzan hacia el sur. El verano se va. Podemos ir con él. Tal vez nos vayamos.

—¡No! —exclamó el muchacho en voz alta, asustado de pronto—. ¿A dónde ir? ¿Por qué? ¿Para qué?

—¿Quién sabe? —dijo el viejo—, y tal vez no nos moveremos. Pero aun sin movernos tal vez nos vayamos.

—¡No! ¡Vuelve! —gritó el muchacho al cielo vacío, a los pájaros invisibles, al aire sin sombras—. ¡Verano, quédate!

Es inútil, dijo el viejo con una mano que se movía sola. Ni tú ni yo ni nuestra gente puede soportar este clima. La estación ha cambiado, viene para quedarse en la tierra para siempre.

¿Pero de dónde viene?


De aquí, dijo el viejo al fin.

Y en la penumbra miraron las grandes aguas del este que cubrían el borde del mundo, donde nadie había ido nunca.

Allí. La mano del viejo se cerró y se tendió rápidamente. Allí.

Muy lejos, una sola luz ardía en la orilla.

Al salir la luna, el viejo y el niño conejo caminaron por la arena, oyeron extrañas voces en el mar, olieron el fuego salvaje, de pronto cercano.

Se arrastraron boca abajo. Tendidos miraban la luz.

Y cuanto más miraban, más frío sentía Ho-Awi, y sabía que todo lo que el viejo había dicho era cierto.

Porque reunidos junto al fuego de ramas y musgo, que brillaba vacilando en el suave viento vespertino, más frío ahora, en el corazón del verano, estaban esas criaturas que nunca había visto.

Eran hombres con caras como carbones encendidos, con ojos a veces azules como el cielo. Todos esos hombres tenían pelo reluciente en las mejillas y el mentón. Un hombre levantaba una luz en la mano y tenía en la cabeza una luna de materia dura como la cara de un pez. Los otros tenían placas brillantes y redondas que tintineaban adheridas al pecho, y resonaban ligeramente cuando se movían. Mientras Ho-Awi observaba, algunos hombres se levantaron los gongos brillantes de las cabezas, se quitaron los caparazones de cangrejo que les cegaban los ojos, los estuches de tortuga que les cubrían el pecho, los brazos, las piernas, y arrojaron todas esas vainas a la arena riendo. Entretanto, en la bahía, una forma negra flotaba en el agua, una canoa oscura con cosas como nubes desgarradas que colgaban de unos postes.

Después de contener el aliento un largo rato, el viejo y el niño se fueron.

Desde una colina observaron el fuego que ahora no era mayor que una estrella. Se lo podía tapar con una pestaña. Si uno cerraba los ojos, el fuego desaparecía.

Sin embargo, seguía allí.

 —¿Es este el gran acontecimiento? —preguntó el niño.

La cara del viejo era la de un águila caída, una cara de años terribles y de sabiduría involuntaria. Los ojos eran de un brillante resplandor, como llenos de una marea de agua clara y fría en la que se podía ver todo, como un río que bebiera el cielo y la tierra y lo supiese, lo aceptara en silencio, y no negase la acumulación de polvo, tiempo, forma, sonido y destino.

El viejo asintió una vez.

Este era el clima terrible. Así es como terminaría el verano. Esto era lo que llevaba a los pájaros hacia el sur, sin sombras, a través de una tierra de dolor.

Las manos gastadas dejaron de moverse. El momento de las preguntas había pasado.

Muy lejos, el fuego se sobresaltaba. Una de las criaturas se movió. La materia brillante del caparazón de tortuga que le cubría el cuerpo relampagueó de pronto. Era como una flecha que abría una herida en la noche.

Luego el niño desapareció en la oscuridad, siguiendo al águila y al halcón que vivían en el cuerpo pétreo del abuelo.

Abajo el mar se levantaba y arrojaba otra ola salada que se hacía trizas y silbaba como cuchillos innumerables a lo largo de las costas del continente.




En Las maquinarias de la alegría
Traducción de Aurora Bernárdez
Imagen: Ray Bradbury 1975 - Los Angeles Times

jueves, 25 de abril de 2013

Ray Bradbury - Tenemos el arte para que la verdad no nos mate



¿Sólo conoces lo Real? Cae muerto.
Eso dijo Nietzsche.
Tenemos el arte para que la verdad no nos mate.
Para nosotros el mundo es demasiado.
Después de cuarenta días el Diluvio sigue.
Las ovejas que pastan allá lejos son chacales.
Ese tictac en tu cabeza es de verdad el Tiempo
y vendrá por la noche a sepultarte.
El tibio niño que ahora duerme partirá en el alba,
y con tu corazón irá hacia mundos que ignoras.
Y por eso
necesitamos que el Arte enseñe a respirar
y haga latir la sangre; tener que aceptar la cercanía
del Diablo
y la edad y la sombra y el coche que atropella,
y al payaso con máscara de Muerte
o la calavera que con corona de Bufón
a medianoche agita cascabeles
de óxido sangriento y matracas gruñonas
que estremecen los huesos del desván.
Tanto, tanto, tanto... ¡Demasiado!
¡Destroza el corazón!
¿Y entonces? Encuentra el Arte.
Toma el pincel. Aviva el paso. Mueve las piernas.
Baila. Prueba el poema. Escribe teatro.
Más hace Milton que Dios, aun borracho,
para justificar los modos del Hombre con el Hombre.
Y el divagante Melville se toma en serio la tarea
de encontrar la máscara bajo la máscara.
Y la homilía de Emily D. señala el basurero
de nuestras anomalías.
Y Shakespeare envenena el dardo de la Muerte
y la herramienta de un arte de enterrador.
Y Poe construye un Arca de huesos
porque ha presentido un diluvio de sangre.
La muerte es una dolorosa muela del juicio;
extrae esa Verdad con las tenazas del Arte
y emploma el abismo en donde estaba
oculta en las sombras con el Tiempo y las Causas.
Aunque el Gusano Rey nos devore el corazón
con la boca de Yorick demos gracias al Arte.


We Have Our Arts So We Don’t Die of Truth

Know only Real? Fall dead.
So Nietzsche said.
We have our Arts so we won’t die of Truth.
The World is too much with us.
The Flood stays on beyond forty days,
The sheep that graze in yonder fields are wolves.
The clock that ticks inside your head is truly Time
And in the night will bury you.
The children warm in bed at dawn will leave
And take your heart and go to worlds you do not know.
All this being so
We need our Arts to teach us how to breathe
And beat out blood; accept the devil’s neighborhood,
And age and dark and cars that run us down,
And clown with Death’s-head in him
Or skull that wears Fool’s crown
And jingles blood-rust bells and rattles groans
To earthquake-settle attic bones late nights.
All this, this, this, all this—too much!
It cracks the heart!
And so? Find Art,
Seize brush. Take stance. Do fancy footwork. Dance.
Run race. Try poem. Write play.
Milton does more than drunk God can
To justify Man’s way toward Man.
And maundered Melville takes as task
To find the mask beneath the mask.
And homily by Emily D. shows dust-bin Man’s anomaly.
And Shakespeare poisons up Death’s dart
And of gravedigging hones an art.
And Poe divining tides of blood
Builds Ark of bone to sail the flood.
Death, then, is painful wisdom tooth;
With Art as forceps, pull that Truth,
And plumb the abyss where it was
Hid deep in dark and Time and Cause.
Though Monarch Worm devours our heart,
With Yorick’s mouth cry, “Thanks!” to Art.

De Zen en el arte de escribir
Trad. Marcelo Cohen