Histórico opositor del establishment de su país, el escritor sigue a los
81 años activamente en contra de aventuras como la guerra de Irak. Con
su habitual estilo irónico y fantástico –el que recorre sus libros como
Desayuno de Campeones o Matadero Cinco–, Vonnegut escribió este
comentario sobre el poder, la piedad y el interés, en el marco de la
América de Bush.
Hace muchos años, yo era tan inocente que todavía creía posible que
pudiéramos convertirnos en la humana y razonable América con la que
tantos miembros de mi generación soñábamos. Soñamos con esa América
durante la Gran Depresión, cuando no había trabajo. Y luego luchamos y
muchas veces morimos por ese sueño durante la Segunda Guerra Mundial,
cuando no había paz. Pero ahora sé que no hay la menor chance de que
América sea humana y razonable. Porque el poder nos corrompe y el poder
absoluto corrompe absolutamente. Los seres humanos somos chimpancés que
se emborrachan con el poder. Al decir que nuestros líderes son
chimpancés borrachos, ¿me arriesgo a bajar la moral de nuestros soldados
que pelean y mueren en Medio Oriente? Su moral, como tantos de sus
cuerpos, ya está perforada a balazos. Ellos están siendo tratados, como
yo nunca lo fui, como los juguetes de Navidad de un chico rico.
Cuando se llega a mi edad, si se llega a mi edad, que son los 81 años, y
si uno se reprodujo, uno se encuentra preguntándoles cosas a sus hijos,
que ya están en la mediana edad, sobre el sentido de la vida. Yo tengo
siete hijos, cuatro de ellos adoptados.
Muchos de los que lean esto deben tener la edad de mis nietos. Ellos
también están siendo principescamente jodidos por los de mediana edad en
el gobierno y las corporaciones.
Le hice mi gran pregunta sobre la vida a mi hijo biológico Mark. Mark es
pediatra y autor de un libro de memorias, El Expreso Edén. El libro
trata sobre su brote, su camisa de fuerza y su celda acolchada, de las
que volvió lo suficiente como para terminar la Escuela de Medicina de
Harvard.
Esto lo que el doctor Vonnegut le dijo a su papá que se babea: “Padre,
estamos aquí para ayudarnos mutuamente a pasar por esto, sea lo que esto
sea”. Y yo se los cuento a ustedes. Anótenlo, pónganlo en sus
computadoras, así pueden olvidárselo. Yo tengo que decir que es una muy
buena frase, casi tan buena como eso de “tratar a los demás como
queremos que nos traten a nosotros”. Mucha gente piensa que Jesús dijo
eso, porque es el tipo de cosas que Jesús solía decir. Pero de hecho lo
dijo Confucio, el filósofo chino, 500 años antes de que existiera el
mejor y más humano de los humanos, Jesucristo.
Los chinos también nos dieron, vía Marco Polo, la pasta y la fórmula de
la pólvora. Los chinos son tan tontos que sólo usaron la pólvora para
hacer petardos. Y todo el mundo en ese entonces era tan tonto que nadie
en ningún hemisferio sabía que existía el otro.
Pero volvamos a los que, como Confucio y Jesús y mi hijo Mark, el
médico, que dijeron cómo podemos portarnos más humanamente y tal vez
hacer del mundo un lugar menos doloroso. Uno de mis favoritos es Eugene
Debs, de Terre Haute, en mi estado nativo de Indiana. Escuchen esto:
Eugene Debs, que se murió en 1926, cuando yo tenía apenas 4 años, fue
candidato a presidente cinco veces por el Partido Socialista, ganando
900.000 votos, 6 por ciento del electorado, en 1912, si es que se puede
imaginarse una cosa así. Mientras hacía campaña, decía cosas como éstas:
Mientras exista la clase baja, yo soy de esa clase.
Mientras exista el elemento criminal, yo soy uno.
Mientras exista un alma en prisión, yo no soy libre.
¿No te hace vomitar todo lo socialista? ¿Como las escuelas públicas o los hospitales gratuitos?
¿Y qué hay con el Sermón de la Montaña de Jesús, las Beatitudes?:
Benditos sean los débiles, porque ellos heredarán la Tierra. Benditos sean los que perdonan, porque serán perdonados.
Benditos sean los mansos, porque serán llamados hijos de Dios.
No es exactamente una plataforma republicana. No es cosa de Donald Rumsfeld o Dick Cheney.
Por alguna razón, los cristianos más ruidosos nunca mencionan las
Beatitudes. Pero, a veces con lágrimas en los ojos, exigen que se
cuelguen los diez mandamientos en las escuelas. Y por supuesto, eso es
de Moisés, no de Jesús. Nunca oí a ninguno demandar que se cuelgue el
Sermón de la Montaña en ninguna parte.
¿Benditos los que perdonan en un tribunal? ¿Benditos los mansos en el Pentágono? Dejate de jorobar...
Hay una falla trágica en nuestra preciosa constitución, y no sé cómo
puede arreglarse. Es esta: sólo un loco querría ser presidente. Pero, si
uno lo piensa, sólo un loco querría ser un ser humano, si él o ella
pudiera elegir. ¡Somos animales tan traicioneros, indignos de confianza,
mentirosos y ambiciosos!
Yo nací como un ser humano en 1922 DC. ¿Qué quiere decir DC? Son letras
que recuerdan a un paciente de este asilo de lunáticos llamado Tierra
que fue clavado a una cruz de madera por un otros pacientes. Cuando
todavía estaba consiente, le clavaron bulones en las muñecas y en los
pies. Luego levantaron la cruz para que colgara y hasta el más petiso en
la multitud pudiera verlo retorcerse para acá y para allá. ¿Pueden
imaginarse a alguien haciéndole eso a alguien?
No hay problema. Es un espectáculo. Pregunten al devoto católico Mel
Gibson quien, en un acto de piedad, acaba de hacer una fortuna con una
película sobre cómo Jesús fue torturado. No importa lo que Jesús halla
dicho.
El rey Enrique octavo, fundador de la Iglesia anglicana, hizo hervir
vivo en público a un falsificador. Nuevamente, un espectáculo. Mel
Gibson debería filmar El Falsificador. Nuevos records de recaudación a
quebrar.
Una de las cosas buenas de la era moderna: si se muere horrendamente en pantalla, no se muere en vano. Será entretenimiento.
¿Qué dijo el gran historiador británico Edward Gibbon, 1737-1794, sobre
la historia de la humanidad? Dijo: “La historia es de hecho poco más que
el registro de los crímenes, estupideces y errores de la humanidad”.
Lo mismo se puede decir del diario de hoy.
El escritor franco-argelino Albert Camus, que ganó el Nobel de
Literatura en 1957, escribió que “sólo existe una cuestión filosófica
seria, el suicidio”.
Y aquí va otra carga de carcajadas de la literatura. Camus se mató en un accidente de tránsito. ¿Sus fechas? 1913-1960 DC.
Escuchen. Toda la gran literatura es sobre qué feo es ser un ser humano:
Moby Dick, Huckleberry Finn, La roja insignia del coraje, La Ilíada, La
Odisea, Crimen y castigo, la Biblia, La carga de la Brigada Ligera.
Pero hay algo que puedo decir en defensa de la humanidad: en todas las
eras de la historia, incluído el jardín del Edén, nadie pidió venir. Y,
excepto en el jardín del Edén, ya estaban en marcha todos estos
jueguitos locos que te hacen volverte loco hasta si no estabas loco de
arranque. Algunos de los jueguitos que ya estaban en marcha cuando
llegaste eran el amor y el odio, el progresismo y el conservadurismo,
coches y tarjetas de crédito, golf y básquetbol femenino.
Peor que el golf, sin embargo, es la moderna política norteamericana,
donde, gracias a la televisión y para la televisión, uno puede ser
solamente uno de dos tipos de ser humano, un progresista o un
conservador. De hecho, lo mismo le ocurría al pueblo inglés hace
generaciones y Sir William Gilbert, del radical equipo de Gilbert y
Sullivan, le puso estas palabras a una canción de esa época:
Muchas veces pienso que es cómico
Cómo la naturaleza establece
Que cada chica y cada chico
Que en este mundo con vida nace
Sea un pequeño progre
O si no un pequeño conserva.
¿Y uno cuál es? ¿Es una ley natural que uno tenga que ser uno u otro? Si
uno no es uno u otro, para todos los efectos prácticos podrías ser una
medialuna.
Por si alguno no se puede decidir, una ayuda:
Si querés sacarme mi arma, estás por matar fetos, te encanta que se
casen los homosexuales y querés regalarles electrodomésticos, y estás
con los pobres, sos un progresista.
Si estás contra todas estas perversiones y a favor de los ricos, sos un conservador.
¿No es simple?
Mi gobierno está en guerra con las drogas. Pero miren esto: las dos más
difundidas y adictivas y destructivas de todas las substancias son
perfectamente legales.
Una, por supuesto, es el alcohol etileno. Y el presidente George W.
Bush, nada menos, y por su propia confesión, estuvo en dope y mamado y
en copas desde los 16 hasta los 41. Cuando cumplió 41, contó él, se le
apareció Jesús y le hizo soltar el frasco y dejar de tomar removedor.
Otros borrachos ven elefantes rosa.
¿Saben por qué creo que está tan enojado con los árabes? Porque
inventaron el álgebra. Los árabes inventaron los números que usamos,
incluyendo un símbolo para la nada, lo que nadie había hecho hasta
entonces. ¿Creés que los árabes son boludos? Tratá de hacer una división
con números romanos.
Estamos llevándoles la democracia, ¿no? Como los exploradores europeos
trajeron el cristianismo a los indios, los que ahora llamamos pobladores
originarios. ¡Qué desagradecidos que fueron! ¡Qué desagradecidos son
los habitantes de Bagdad de hoy! Démosle otra rebaja impositiva a los
super ricos. Eso le va a enseñar a Bin Laden una lección que no se va a
olvidar. Viva el Jefe.
Ese Jefe y sus cohortes tienen tan poco que ver con la democracia como
los europeos con el cristianismo. Nos el pueblo no tenemos ninguna
influencia en lo que ellos decidan hacer. Por si no se dieron cuenta, ya
se limpiaron el Tesoro y se lo pasaron a sus amigos en el negocio de la
guerra y la seguridad nacional, dejando a su generación y a la próxima
con una deuda perfectamene inmensa que ustedes tendrán que pagar.
Nadie dijo ni pío cuando lo hicieron porque habían desconectado cada
alarma antirrobo de la Constitución: Diputados, el Senado, la Corte, el
FBI, la prensa (que se olvidó de sus libertades) y Nos el Pueblo.
Sobre mi propia historia con el abuso de substancias foráneas. Fui un
cobarde con la heroína y la cocaína y el ácido y todo eso, con miedo de
que me hicieran volcar. Una vez me fumé un porro de marihuana con Jerry
García y los Grateful Dead, para ser sociable. No pareció hacerme
efecto, y nunca más probé. Y, por gracia de Dios o por lo que sea, no
soy un alcohólico, que es realmente una cuestión de genes. Me tomo un
par detanto en tanto, como voy a hacer esta noche. Pero ese es mi
límite. No hay problema.
Por supuesto soy famosamente adicto a los cigarrillos. Vivo esperando que me maten. Fuego en una punta y un tonto en la otra.
Pero les voy a decir una cosa: una vez tuve un trip que ni el crack lo
empata. Fue cuando saqué el registro. Cuidado, mundo, aquí viene Kurt
Vonnegut.
Y mi coche de entonces, que recuerdo era un Studebaker, era impulsado,
como lo son casi todos los medios de transporte y mucha maquinaria de
hoy, y las plantas eléctricas y los hornos, con la más difundida y
adictiva y destructiva de las drogas, el combustible fósil.
Cuando ustedes llegaron, hasta cuando yo llegué, el mundo
industrializado ya estaba totalmente dopado con combustible fósil, pero
pronto se va a acabar. En seco.
¿Puedo decirles la verdad? Quiero decir, esto no es un noticiero ¿no?
Esto es lo que pienso de verdad: que todos somos adictos al combustible
fósil que lo negamos y estamos por tener que parar en seco.
Y como tantos adictos que están por parar en seco, nuestros líderes
están cometiendo todo tipo de crímenes violentos para conseguir lo que
queda de la droga que los tiene agarrados.
(Kurt Vonnegut nació en Indianápolis en 1922, hijo de un célebre
arquitecto. Combatió como soldado raso en la Segunda Guerra Mundial y
fue capturado por los alemanes. Su carrera como novelista se inicia con
La Pianola y abarca títulos como Las sirenas de Titán, Desayuno de
Campeones y Buena Puntería. Sus muchos ensayos y piezas políticas fueron
recogidos en casi una decena de libros. Vonnegut vive hace décadas en
el barrio de Turtle Bay, en Manhattan.)
Mostrando entradas con la etiqueta Kurt Vonnegut. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Kurt Vonnegut. Mostrar todas las entradas
domingo, 11 de mayo de 2014
lunes, 13 de enero de 2014
Kurt Vonnegut - Tango
En todas las solicitudes de trabajo que relleno, se piden los datos y las fechas de todo lo que he hecho hasta ahora con mi vida adulta y se advierte severamente contra la posibilidad de dejar períodos en blanco. Daría lo que fuera por un permiso para obviar los tres últimos meses, cuando trabajé de profesor particular en un pueblo llamado Pisquontuit; cualquiera que llame a mi antiguo jefe en busca de una evaluación sobre mi carácter, acabará con las orejas ardiendo.
En todos los formularios hay una pequeña sección titulada Observaciones donde
puedo contar mi versión de lo acaecido en Pisquontuit, pero hay pocas
posibilidades de que alguien entienda mi versión si no ha visto
Pisquontuit. Y las posibilidades de que un hombre normal vea Pisquontuit
son más o menos las mismas de tener una mano con dos escaleras reales
de picas seguidas.
Pisquontuit es una palabra india que significa aguas brillantes y que los pocos privilegiados que conocen la existencia de la localidad pronuncian Ponit.
Es una colección secreta de mansiones junto al mar. Se llega por un
camino poco prometedor y sin señalización alguna que se separa de la
carretera principal y desaparece en un bosque de pinos. En el bosque,
junto a la rotonda de la entrada del camino, vive un guardia que se
encarga de que los vehículos que no sean del término de Pisquontuit den
la vuelta y se marchen por donde llegaron. Los coches de Pisquontuit son
muy grandes o muy pequeños.
Trabajé allí como profesor particular de Robert Brewer, un amable y
mediamente espabilado joven que estaba preparando el examen de acceso a
la universidad y necesitaba ayuda.
Creo que puedo afirmar sin temor a equivocarme que Pisquontuit es la
comunidad más selecta de los Estados Unidos. Mientras estuve allí, un
caballero vendió su casa con el argumento de que sus vecinos eran «un
bonito montón de estirados» y se volvió al lugar al que pertenecía, el
elitista barrio de Beacon Hill, en Boston. Mi jefe, el padre de Robert,
Herbert Clewes Brewer, dedicaba casi todo su tiempo a las regatas de
veleros y a escribir cartas llenas de indignación que luego enviaba a
Washington. Estaba indignado porque todas las mansiones de la localidad
aparecían en los mapas del Estudio Geodésico de los Estados Unidos, que
prácticamente cualquiera podía comprar.
Era una comunidad tranquila. Sus miembros habían pagado sumas
espléndidas a cambio de paz y cualquier onda pequeña parecía un
maremoto. En el corazón de mis problemas no había nada más violento ni
bárbaro que el tango.
El tango es, por supuesto, un baile de origen hispanoamericano,
generalmente en compás de cuatro por cuatro, con inclinaciones muy
marcadas y pasos de tuerca sobre las puntillas de los pies. Un sábado
por la noche, durante el baile semanal del Club Náutico de Pisquontuit,
el joven Robert Brewer, mi alumno, que no había visto la ejecución de un
tango en sus dieciocho años de vida, empezó a doblarse lentamente y a
retorcer las puntillas de los pies. Sus movimientos eran vacilantes al
principio, tan involuntarios como un escalofrío. La mente y la cara de
Robert estaban en blanco cuando ocurrió. La embriagadora música hispana
se introdujo por sus oídos, no encontró a nadie en casa bajo su marcial
corte de pelo y tomó posesión de su largo y delgado cuerpo.
Algo hizo clic y atrapó a Robert en el mecanismo de la música. Su
compañera, una sencilla y saludable chica con tres millones de dólares y
un centro bajo de gravedad, forcejeó avergonzada y luego, al ver la
expresión feroz de los ojos de Robert, sucumbió. Los dos se fundieron en
uno. En uno que se movía muy deprisa.
Nunca se había hecho nada igual en Pisquontuit.
Bailar en Pisquontuit consistía en un cambio de peso casi imperceptible
de un pie a otro, con los dos pies en el suelo y separados por una
distancia de entre siete y catorce centímetros. Ese cambio de peso tan
recatado servía para todos los tipos de música, desde la samba, el vals y
la gavota hasta el fox-trot, el bunny hogy el hokey pokey.
No importaba qué baile nuevo se pusiera de moda, porque Pisquontuit lo
sofocaba con facilidad. Si la sala de baile hubiera estado llena de
gelatina transparente hasta la altura de los hombros, no habría
dificultado los movimientos de los bailarines. Ya puestos, se podría
haber llenado hasta un punto situado justo por debajo de sus narices,
porque su acuerdo en todos los temas era tan absoluto que las
discusiones se habían reducido a una especie de taquigrafía verbal que
se parecía al asma.
Y allí estaba Robert, cruzando y volviendo a cruzar la sala de baile como una motora.
Nadie prestó la menor atención a Robert y su acompañante mientras
navegaban a toda velocidad y se escoraban. La indiferencia equivalía a
la decisión de atar a un hombre al timón o de arrojarlo a una mazmorra
en otros lugares y épocas. Robert se acababa de incluir en la misma
categoría que el pobre diablo de Pisquontuit que pintó de negro la parte
inferior de su barco, de otro que descubrió demasiado tarde que nadie
salía a nadar antes de las once de la mañana y de uno más que no se pudo
quitar la costumbre de decir «vale» por teléfono.
Cuando la canción terminó, la compañera de Robert se excusó, sonrojada y
temblorosa, y el padre de Robert se unió a él junto al quiosco de
música.
Cuando el señor Brewer estaba enfadado, metía la lengua entre los
dientes y hablaba por los lados, retirándola únicamente para pronunciar
las palabras con s.
—¡Por todos los santos, Bubs! —dijo a Robert—. ¿Qué crees que eres, un gigoló?
—No sé lo que ha pasado —se defendió Robert, colorado—. Nunca había
bailado ese tipo de música... ha sido como si me volviera loco. Como
volar.
—Considérate arrojado a las llamas —declaró el señor Brewer—. Esto no es
Coney Island y no se va a convertir en Coney Island. Y ahora, pide
disculpas a tu madre.
—Sí, señor —dijo Robert, conmocionado.
—Parecías un maldito flamenco jugando al fútbol —insistió el señor
Brewer, que después asintió, metió la lengua en la boca, cerró los
dientes con un clac y se marchó ofendido.
Robert pidió disculpas a su madre y se fue directamente a casa.
Robert y yo compartíamos una suite de dos dormitorios, un salón y un
cuarto de baño, situada en el tercer piso de lo que se conocía como el
chalet Brewer. Robert parecía dormido cuando volví a casa, poco después
de la medianoche.
Pero a las tres de la mañana me despertó una música suave que procedía
del salón y los sonidos de alguien que iba de un lado a otro, agitado.
Abrí la puerta y sorprendí a Robert en el acto de bailar un tango en
soledad. En el instante anterior a que me viera, sus narinas estaban
ensanchadas y sus ojos, entrecerrados, parecían los ojos ardientes de un
jeque.
Soltó un grito ahogado, apagó el tocadiscos y se dejó caer en el sofá.
—Sigue —dije—. Lo estabas haciendo bien.
—Supongo que nadie es tan civilizado como le gustaría creer —declaró Robert.
—Hay mucha gente decente que baila tango —alegué.
El apretó y relajó los puños.
—¡Ordinario, necio, grotesco! —exclamó.
—No está pensado para dar buena imagen, sino para sentirse bien.
—Eso no se hace en Pisquontuit —dijo.
Yo me encogí de hombros.
—¿Qué pasa con Pisquontuit?
—No pretendo ser maleducado, pero no lo entenderías.
—He dado suficientes vueltas por el mundo como para distinguir la clase de maniobras que se ejecutan por aquí —dije.
—Para ti es fácil hacer comentarios. Cuando no se tienen responsabilidades, reírse de todo es muy fácil.
—¿Responsabilidades? —pregunté—. ¿Tú tienes responsabilidades? ¿Hacia qué?
Robert miró a su alrededor con expresión malhumorada.
—Hacia esto... hacia todo esto —contestó—. Es de suponer que algún día
estaré a cargo de todo esto. Tú, en cambio, eres libre como el viento;
puedes ir y venir y reírte tanto como quieras.
—¡Pero Robert! Sólo es una propiedad inmobiliaria. Si te deprime, véndela cuando sea tuya.
Robert se quedó anonadado.
—¿Venderla? Mi abuelo construyó este lugar.
—Pues era un gran albañil.
—Es una forma de vida que está desapareciendo a toda prisa, en todo el mundo —afirmó Robert.
—Que vaya con Dios —dije.
—Si Pisquontuit se hunde, si todos abandonamos el barco, ¿quién va a preservar los viejos valores?
—¿Qué viejos valores? ¿Ponerse lúgubre con el tenis y las regatas?
—¡La civilización! —exclamó—. ¡El liderazgo!
—¿Qué civilización? ¿Te refieres al libro que tu madre insiste en que
leerá algún día, aunque la mate? ¿Es que hay alguien aquí que vaya a
alguna parte?
—Mi bisabuelo fue vicegobernador de Rhode Island —bramó.
Como necesitaba una réplica para la sentencia de Robert, encendí el tocadiscos. La habitación se volvió a llenar de tangos.
Llamaron suavemente a la puerta. Abrí y resultó ser Marie, la joven y bella criada del piso de arriba, que estaba en bata.
—He oído voces y he pensado que podían ser merodeadores —explicó. Sus hombros se movían levemente al ritmo de la música.
La tomé entre mis brazos, con facilidad, y fuimos bailando tango hasta el salón.
—Con cada paso que damos —dije—, traicionamos nuestros orígenes de clase
media baja y hundimos la estaca un poco más en el corazón de la
civilización.
—¿Cómo? —preguntó Marie, con los ojos cerrados.
Sentí una mano en el hombro. Robert, cuya respiración se había acelerado, tomó el relevo.
—Tras nosotros, el diluvio —sentencié mientras llenaba el cargador del tocadiscos.
Así empezó el vicio secreto de Robert. Y el de Marie y el mío.
Repetíamos el ritual casi todas las noches. Encendíamos el tocadiscos,
Marie bajaba a investigar y después bailaba conmigo ante la mirada
huraña de Robert. Luego, Robert se levantaba dificultosamente del sofá,
como un anciano con artritis, y me sustituía sin decir nada. Era el
equivalente en Pisquontuit a una misa negra.
Al cabo de tres semanas, Robert se había convertido en un bailarín magnífico y se había enamorado locamente de Marie.
—¿Cómo ha pasado? —me preguntó—. ¿Cómo ha podido pasar?
—Tú eres un hombre y ella es una mujer —respondí.
—Pero somos absolutamente diferentes.
— ¡Vive la diferencia absoluta!
—¿Qué puedo hacer? ¿Qué puedo hacer? —repitió, desconsolado.
—Proclamar tu amor.
—¿Por una criada? —preguntó con incredulidad.
—La realeza ha desaparecido o ha pasado a ser una simple palabra,
Robert. Los descendientes del vicegobernador de Rhode Island no tienen
más opción que casarse con plebeyos. Es como el juego de la silla.
—No tiene ninguna gracia —protestó amargamente.
—Bueno, no te puedes casar con nadie en Pisquontuit, ¿verdad? Ha habido
un guardia en el bosque durante tres generaciones y, en la actualidad,
todas las personas que están dentro son primos segundos por lo menos. El
sistema lleva la semilla de su propia destrucción, salvo que se empiece
a mezclar con los chóferes y con las criadas del piso de arriba.
—Recibimos sangre nueva constantemente —alegó Robert.
—No. La sangre nueva se marchó. Volvió a Beacon Hill.
—¿En serio? No lo sabía. Me he fijado en pocas cosas además de Marie.
—Se llevó una mano al corazón—. Esta fuerza hace contigo lo que quiere
hacer contigo; hace que sientas lo que quiere que sientas.
—Tranquilo, chico, tranquilo —dije, y empecé a interrogar a Marie, con
cierta brusquedad, sobre si estaba o no estaba enamorada de Robert.
Por encima del ruido de la aspiradora, me dio respuestas evasivas y equívocas.
—Me siento como si hubiera creado a Robert a partir de la nada —declaró.
—Dice que le has mostrado al salvaje que lleva dentro.
—Eso es lo que quería decir. Que dudo que hubiera un salvaje en él cuando empezamos.
—Qué lástima. Con todas las molestias que se han tomado para mantener a
los salvajes a distancia... Ya sabes que, si te casas con él, tendrás un
salvaje muy rico.
—De momento, sólo es un bebé en una incubadora —afirmó con malicia.
—Para Robert, la vida está perdiendo todo su sentido. No eres consciente
de lo que le estás haciendo. Ya ni siquiera le importa si gana o pierde
en el tenis y las regatas.
Mientras yo hablaba del amor de otro y miraba a través de las anchas y
azules ventanas del alma de Marie, un anhelo denso e insistente inundó
mis sentidos.
—Ni siquiera sonríe cuando alguien pronuncia Pisquontuit como se deletrea —susurré, alargando las últimas sílabas de la frase.
—Supongo que lo siento terriblemente —declaró, picara.
Yo perdí la cabeza. La agarré de la muñeca.
—¿Me amas? —dije con voz baja y ronca.
—Quizás.
—¿Me amas? ¿O no me amas?
—Nunca se sabe con una chica a la que criaron para que fuera afectuosa y
amable. Y ahora, permite que esa chica honrada siga con su trabajo.
Me dije a mí mismo que no había visto a una joven tan bella y tan
honrada en toda mi vida. Cuando volví con Robert, yo era un rival
celoso.
—No puedo comer, no puedo dormir —confesó.
—No me llores en el hombro —estallé—. Ve a hablar con tu padre y cuéntaselo. Que te compadezca él.
—¡Dios mío, no! ¡Menuda idea!
—¿Has hablado alguna vez con él, de alguna cosa?
—Bueno, durante una temporada tuvimos lo que él llamaba conocer al niño —respondió Robert—. Cuando yo era pequeño, solía reservar las noches de los miércoles para eso.
—Muy bien, entonces tienes un precedente para hablar con él. Recrea el
espíritu de aquellos días. —Yo quería que se levantara del sofá para
poder tumbarme y mirar el techo.
—Pero no se puede afirmar que habláramos exactamente. El mayordomo venía
a mi habitación e instalaba el proyector de cine. Después, mi padre
subía y proyectaba una película de Mickey Mouse durante una hora. Nos
limitábamos a sentarnos en la oscuridad mientras la película pasaba.
—¡Erais uña y carne! ¿Qué puso fin a esa borrachera emocional?
—Una mezcla de cosas. Sobre todo, la guerra. Era jefe del servicio
contra incursiones aéreas de Pisquontuit; estaba a cargo de la sirena y
de todo, y le exigía mucho... Yo le cogí el tranquillo a pasar los
carretes de película sin ayuda de nadie.
—Los niños de este lugar maduran pronto —dije, afrontando un bonito
dilema. Como tutor de Robert, tenía la responsabilidad de que madurara;
pero su inmadurez era mi mayor ventaja en nuestra rivalidad por Marie.
Tras pensarlo mucho, tracé un plan que prometía convertir a Robert en un
hombre y arrojar a Marie, libre y sin obstáculo alguno, a mis brazos.
—Marie —dije, tras alcanzarla en el pasillo—. ¿Es Robert? ¿O soy yo?
—¡Ssssss! Baja la voz. Abajo hay una fiesta, y el sonido baja por la escalera.
—¿Te gustaría liberarte de todo esto? —susurré.
—¿Por qué? Me gusta el olor a cera de muebles. Gano más dinero que mi
amiga de la fábrica de aviones. Y conozco a gente de clase social muy
alta.
—Te estoy pidiendo que te cases conmigo, Marie. Yo nunca me avergonzaría de ti.
Ella dio un paso atrás.
—¿Qué has querido decir con eso? Exijo saber quién se avergüenza de mí.
—Robert —respondió—. Te ama, pero su vergüenza es más fuerte que su amor.
—Pues parece contento de bailar conmigo. Nos lo pasamos bien.
—En privado —puntualicé—. A pesar de todos tus encantos, ¿crees que
daría un solo paso de baile, contigo, en el Club Náutico? No lo haría
por nada del mundo.
—Lo haría —dijo lentamente— si yo lo quisiera, si yo lo quisiera de verdad.
—Preferiría morir a bailar contigo. ¿Has oído hablar de los borrachos
que sólo beben a solas? Pues bien, te has buscado un amante que sólo ama
en privado.
La dejé con aquel pensamiento inquietante y me sentí satisfecho cuando,
bien entrada la noche, vino a bailar y me lanzó una mirada de desafío.
Sin embargo, no hizo nada fuera de lo común hasta que Robert se acercó a
sustituirme. Normalmente, pasaba de mí a Robert sin abrir los ojos ni
perder el paso. Esta vez se detuvo, con los ojos muy abiertos.
—¿Qué ocurre? —preguntó Robert, descendiendo hasta abajo y girando las
puntillas de los pies mientras ella se quedaba rígida como un poste de
hierro—. ¿Pasa algo malo?
—No —respondió Marie, brusca—. ¿Por qué iba a pasar algo malo?
Más tranquilo, Robert empezó a descender otra vez y a girar las
puntillas, pero fracasó de nuevo al intentar que Marie aflojara el
cuerpo.
—Pasa algo malo — afirmó él.
—¿Me encuentras atractiva, Robert? —preguntó Marie con frialdad.
—¿Atractiva? ¿Atractiva? —dijo Robert—. ¡Por Dios que sí! Debería haberlo dicho. Se lo diré a todo el mundo.
—¿Tan atractiva como cualquier chica de Pisquontuit de mi edad?
—¡Más! —exclamó Robert, vehemente, mientras retomaba el baile y volvía a
fracasar—. ¡Mucho más! ¡Mucho, mucho más! —añadió, renunciando poco a
poco a moverse.
—¿Y tengo buenos modales?
—¡Los mejores, Marie! —dijo Robert, perplejo—. Los mejores, rotundamente.
—Entonces, ¿por qué no me llevas al próximo baile del Club Náutico?
Robert se quedó tan rígido como ella.
—¿El Club Náutico? ¿El Club Náutico de Pisquontuit?
—El mismo.
—Marie te está preguntando —intervine yo, servicial— si eres un hombre o
un ratón. ¿La vas a llevar al baile del Club Náutico? ¿O tiene que
salir de tu vida para siempre y marcharse a la fábrica de aviones?
—En la fábrica de aviones necesitan una buena chica —comentó Marie.
—Nunca hubo una chica mejor —dije yo.
—En la fábrica de aviones, no se avergüenzan de sus chicas —dijo Marie—.
Tienen picnics, fiestas de Navidad, despedidas de solteras y todo tipo
de cosas... y los capataces, los jefes, el encargado y el interventor
van a todas las fiestas, bailan con las chicas y se lo pasan bien. El
interventor suele llevar a mi amiga a todas partes.
—¿Qué hace un interventor? —preguntó Robert, ganando tiempo.
—No lo sé, pero sé que se gana el pan con el sudor de su frente y que no ama sólo en privado.
Robert se quedó sin habla.
—¿Hombre? ¿O ratón? —dije yo, volviendo al tema original.
Robert se mordió el labio y, por fin, masculló algo que no pudimos entender.
—¿Qué has dicho? —preguntó Marie.
—Ratón —contestó Robert con un suspiro—. He dicho ratón.
— Ratón —repitió Marie, suavemente.
—No lo pronuncies así —declaró Robert, desolado.
—¿Es que hay otra manera de decir ratón? —dijo Marie—. Buenas noches.
La seguí hasta el pasillo y dije:
—Bueno, ha sido duro para él, pero...
—Marie... —Robert apareció en la puerta, pálido—. No te gustaría. Lo
odiarías. Lo pasarías terriblemente mal. Todo el mundo lo pasa
terriblemente mal. Por eso he dicho ratón.
—Mientras suene la música y el caballero se enorgullezca de su dama, lo demás no importa —dijo Marie.
—Hum —dijo Robert. Volvió al salón y oímos crujir los muelles del sofá.
—¿Qué estabas diciendo? —preguntó Marie.
—Estaba diciendo que hacerlo pasar por esto ha sido duro —contesté—;
pero a largo plazo, le hará bien. Se reconcomerá durante años, pero
existe la posibilidad de que al final se convierta en el primer ser
humano íntegro de la historia de Pisquontuit. Será una reacción larga,
lenta y profunda.
—Escucha. Está hablando solo. ¿Qué dice?
—Ratón, ratón, ratón —decía Robert—. Ratón, ratón...
—Hemos encendido la mecha de una bomba espiritual de relojería —dije yo.
—Ratón, hombre, ratón, hombre... —continuó Robert.
—Y dentro de un par de años —añadí—, ¡pum!
—¡Hombre! —gritó Robert—. ¡Hombre, hombre, hombre! —Se había levantado y
corría hacia el pasillo—. ¡Hombre! —exclamó como un salvaje antes de
inclinar a Marie hacia atrás y besarla apasionadamente.
Después, la puso derecha y la llevó por las escaleras, hasta el segundo piso.
Yo los seguí, consternado.
—Robert —dijo Marie, asustada—, ¿qué pasa?
Robert golpeó la puerta del dormitorio de sus padres.
—Ya lo verás. ¡Le voy a decir a todo el mundo que eres mía!
—Oye, Robert —intervine—, tal vez deberías calmarte un poco y...
—¡Ajajá! ¡El gran desenmascarador de ratones! —exclamó, desaforado, y me
derribó de un puñetazo—. ¿Qué te ha parecido eso? No está mal para un
ratón, ¿verdad? —Volvió a golpear la puerta—. ¡Levantaos de la cama!
—No quiero ser tuya —declaró Marie.
—Iremos al Oeste, a alguna parte, y criaremos ganado o sembraremos soja —bramó Robert.
—Yo sólo quería ir a bailar al Club Náutico —susurró Marie, con temor.
—¿Es que no lo entiendes? —preguntó Robert—. ¡Soy tuyo!
—Pero yo soy de él —dijo Marie, señalándome. Se apartó de él y corrió
escaleras arriba hacia su habitación, con Robert pisándole los talones.
Cerró la puerta de golpe y echó el cerrojo.
Yo me levanté lentamente y me froté la mejilla dolorida.
La puerta del dormitorio del señor y la señora Brewer se abrió de
repente. El señor Brewer se quedó en la entrada, mirándome fijamente,
con la lengua entre los dientes.
—¿Y bien? —dijo.
—Yo... Esto... —acerté a decir con una sonrisa pétrea—. No importa, señor.
—¿Que no importa? —rugió—. ¿Golpea la puerta como si hubiéramos llegado
al fin del mundo y ahora dice que no importa? ¿Está borracho?
—No, señor.
—Pues yo tampoco lo estoy. Mi mente está tan despejada como el cielo, y usted está despedido. —Cerró de un portazo.
Regresé a la suite que compartía con Robert y empecé a caminar de un
lado a otro. Robert estaba tumbado otra vez en el sofá, mirando el
techo.
—Ella también está haciendo las maletas —anunció.
—¿Qué?
—Supongo que os casaréis, ¿verdad?
—Supongo que sí. Tendré que buscar otro trabajo.
—Deberías dar gracias por lo que tienes. Le podría pasar a cualquiera, pero te ha pasado a ti.
—Tranquilízate un poco, ¿quieres?
—De todas formas, no quiero saber nada más de Pisquontuit —afirmó.
—Creo que haces bien.
—Me estaba preguntando si Marie y tú me podrías hacer un favorcito antes de que os vayáis.
—Lo que quieras.
—Me gustaría bailar con ella en la escalera. —Robert entrecerró los ojos
y le brillaron como cuando lo sorprendí bailando un tango a solas—. Ya
sabes, como Fred Astaire.
—Eso está hecho. No me lo perdería por nada del mundo.
El volumen del tocadiscos estaba al máximo y las veintiséis habitaciones
del chalet Brewer latían al alba con el ritmo de la música.
Robert y Marie, una bonita pareja, se doblaron hacia el suelo y
retorcieron las puntillas de los pies mientras bajaban por la escalera
de caracol. Yo los seguí con mi equipaje y el de Marie.
De nuevo, el señor Brewer salió bruscamente de su habitación, con la lengua entre los dientes.
—¡Bubs! ¿Qué significa esto?
Cada vez que relleno una solicitud de trabajo, pienso que la respuesta
de Robert a la pregunta de su padre fue innecesariamente heroica. Si no
lo hubiera dicho, la actitud del señor Brewer hacia mí se habría
suavizado con el tiempo. Pero ahora, cuando tengo que escribir su
nombre, el de mi último jefe, lo emborrono con el pulgar con la
esperanza de que mis patrones potenciales acepten mi sonrisa honrada
como referencia suficiente.
—Significa, señor —respondió Robert—, que debería dar las gracias a mis
dos amigos, aquí presentes, por haber sacado a su hijo de entre los
muertos.
En Mientras los mortales duermen (cuentos)
Traducción de Jesús Gómez Gutiérrez
Copyright © 2011, Kurt Vonnegut
Título original While Mortals Sleep
Suscribirse a:
Entradas (Atom)





