viernes, 8 de abril de 2011

Entrevistas a Lou Reed






07/11/2010


Lou Reed: "Aún no sé cómo demonios sigo vivo"
El fundador de The Velvet Underground presenta 'El cuervo', un libro de homenaje a Edgar Allan Poe ilustrado por Lorenzo Mattoti. Parco en el escenario y en la calle, detesta las entrevistas y hablar sobre la banda que le encumbró 40 años atrás


Cualquiera que conozca a Reed -leyenda del rock literario, catedrático del malditismo y plusmarquista mundial de la antipatía- sabe que "buena disposición" es en su caso un oxímoron solo comparable a "guerra humanitaria". Pero qué demonio, todos los que se lo han cruzado estos días en la ciudad con motivo de la presentación de El cuervo, su estupendo libro de homenaje a Edgar Allan Poe firmado con el ilustrador extraordinario Lorenzo Mattoti, tienen una bella anécdota que contar sobre el fundador de The Velvet Underground.

Otra cosa es que se traduzca en compasión con los periodistas. En los instantes previos a la entrevista, el representante, Tom, un grandullón con ese talento tan estadounidense para el mal rollo amistoso, manda evacuar a todo dios del bar del hotel finolis en que Reed se aloja, se acerca al periodista y murmura.

-No toque ningún tema que no esté relacionado con el libro.

Estupendo, el libro es literatura, la literatura es la base de la carrera de Lou, amén del pegamento de la vida misma, de modo que queda extendida la carta blanca, le da a uno por pensar y decir. Tom no le ve la gracia por ningún lado.

Reed, con unas gafas absurdamente enormes y una de esas camisetas que cuestan un ojo de la cara porque básicamente logran pasar por una muy usada, se sienta y pone la cara más desagradable de la que es capaz, y eso que son muchos años de ensayarla, como delatan sus arrugas, tan profundas como el caudaloso Tajo. A su lado está Mattoti, la encarnación de la falta de pretensiones y de la relajación.

Señor Mattoti, ¿cuál fue su primer contacto con la música de Lou Reed? "Bueno, ya sabe, escuchábamos rock de jóvenes y eso incluía a la Velvet Underground y la rebeldía y...".





Lou Reed. Cualquier conversación sobre The Velvet Underground le parecerá a usted una entrevista, pero a mí solo me suena a un buen montón de mierda.

P. ¿Cree en serio que hay algo en su vida más interesante que lo que hizo hace cuatro décadas?

L. R. El libro de Poe es interesante. Así que, por favor, no intente hacer preguntas sobre ese tema otra vez.

P. De acuerdo, hablemos de política. ¿Qué opina sobre Moe Tucker, batería de The Velvet Underground, apoyando al Tea Party?

L. R. Mire que se lo he advertido. Eso no es asunto suyo en absoluto. Y mucho menos, mío.

P. Charlemos pues de literatura. Sus letras siempre tuvieron una cualidad gótica, muy de Poe. Como aquella de la banda sobre la que no quiere hablar, The Velvet Underground, que recitó John Cale maravillosamente: El regalo, en la que un tipo, el pobre Waldo se mandaba a sí mismo por correo y acababa trepanado por la torpeza de su novia...

L. R. Está volviendo a hacerlo... Poe escribió sobre nuestros peores miedos... Ser enterrado vivo, traicionado por un amigo, delatado en la autoría de un crimen horrible por la cobardía de uno mismo...

P. ¿Qué hace de Poe un escritor tan interesante para usted?

L. R. Su prosa es poética... Escribía versos libres hasta cuando adoptaba formas narrativas. No supe lo bueno que era hasta que en una fiesta de Halloween lo recité en alto. Ahí te das cuenta que sus relatos son poemas. La primera vez fue en casa del productor Hal Wilmer, leí El corazón delator.

P. Un relato sobre la culpabilidad. ¿Qué problema tiene con la culpa?

L. R. El mismo que todo el mundo. El mismo que el personaje, que ha matado a alguien y escucha el corazón de su víctima enterrada tan vívidamente que se confiesa a la policía.

P. Su cuervo coincide con una nueva traducción de En los sueños empiezan las responsabilidades, de Delmore Schwartz. En una ocasión definió esa pieza: "El mejor relato que he leído", dijo.

L. R. Solo tiene cinco páginas, pero lo que cuenta con un lenguaje asombrosamente sencillo, es increíble, me enamoró desde el principio. Definió el modo en que escribía mis canciones...

P. No es un libro que haya circulado mucho en España...

L. R. Pues debería darme las gracias.

P. Mejor démoselas a Schwartz. Le sedujo a usted cuando le daba clases en los sesenta en Siracusa y a Saul Bellow... ¡era el Humboldt que inspiró el El legado de Humboldt!

L. R. Es muy distinto. Yo era su alumno. Bellow era su contemporáneo. Debería haber visto sus clases. Leía Finnegan's Wake en alto y lo hacía divertidísimo. Recitaba de un modo asombroso. Un recital es como un concierto, solo que la gente está atenta. Delmore seguía recitando incluso cuando la campana había sonado.

P. Pese a tanta genialidad, siempre se comportó como su peor enemigo.

L. R. Puede apostar por ello. En un concurso para elegir a sus peores enemigos, Delmore habría logrado el primero, segundo y tercer puesto. ¡Ya lo creo! ¡Ten cuidado, niño salvaje! Es lo que Delmore parecía decir a sus epígonos.

P. Usted no es su peor enemigo...

L. R. Por supuesto que no. He tenido buenos maestros. Otra cosa es por qué demonios sigo vivo... Pero hace tiempo, no demasiado tiempo, cierto, que dejé de pelear conmigo mismo.

P. ¿No será, como ha proclamado hoy en su lectura a partir de uno de sus últimos poemas, porque tiene un ángel de la guarda?

L. R. Claro que lo tengo...

P. Y es Laurie Anderson, su mujer...

L. R. Eso tampoco es de su incumbencia.

P. ¿Le gustaría morir en la miseria como Edgar Allan Poe y que, 150 años después, una panda de sus lunáticos seguidores lo volviera a enterrar? Sucedió en Baltimore este verano...

L. R. ¿Se lo puede creer? Es absurdo. Pobre Edgar.

P. Dice que ya ha tenido bastante Poe... ¿Ha matado al padre?

L. R. Espero que no esté hablando en serio. Lo que ha sucedido es que ya he reescrito bastante a Poe, eso es todo.

P. Muerto Poe, ¿qué otra empresa literaria acometerá ahora?

L. R. Un libro sobre el taichi...

P. Lou Reed dando consejos a los oficinistas estresados principiantes...

L. R. No pretendo tal cosa. Nunca he dado lecciones a nadie sobre nada. Pero el taichi que yo he aprendido de varios maestros desde hace más de 20 años no tiene que ver con ancianos practicando en el parque. El taichi es un arte marcial. Y ha cambiado mi vida en todos los niveles, empezando por la salud.

P. ¿Es la clase de arte marcial que le saca a uno de una pelea?

L. R. La clase que le podría matar ahora mismo. Mis profesores siempre dicen... La primera opción es evitar la pelea. La segunda, mandar al oponente al hospital.










Lou Reed: "Nunca tuve éxito"

Volvió a salir de gira por toda Europa para presentar a toda orquesta y coro su disco "Berlin", del '73, por primera vez. Mientras toca este álbum considerado por él "mi obra maestra" y por la crítica, "uno de los más deprimentes de la historia", el ex Velvet Underground recuerda por qué siempre se autoboicotea y esquiva la consagración fácil.


Lou Reed está por terminar de almorzar ensalada verde y jugo de fruta en un restaurante muy de onda en Manhattan. Pronto emprenderá una gira por toda Europa presentando de nuevo su clásico Berlin (1973). Incluso en la ciudad que le da nombre al disco. Llego puntualmente, pero Reed no está con ánimo de apurarse y me piden que espere junto a la barra... durante media hora.

Cuando finalmente me acompañan hasta la mesa y me siento frente a él, me mira de arriba abajo. Estamos sentados al fresco en una tranquila calle del West Village, en la luz envolvente de un atardecer de primavera. Para Reed, esta nueva presentación de Berlin es mucho más que otro concierto: es una catarsis. Marca la resolución de 34 años de un dolor que comenzó el día que el álbum Berlín fue grabado por primera vez en vinilo. Para Reed, Berlin era su obra maestra, una opinión que conserva aún hoy. Lo compuso un año después de Transformer, su segundo álbum solista, el disco que lo catapultó al estrellato masivo.

Transformer, ayudado por el toque populista del productor David Bowie, presentaba melodías pegadizas con letras audaces, pobladas por travestis, sadomasoquistas y personajes de la Factory de Andy Warhol. El single, Walk on the Wild Side, se convirtió en el himno de los Setenta en el Bajo Manhattan. Su sello discográfico, RCA, esperaba que ese éxito le sirviera a Reed como punto de partida para un álbum comercial. Pero él prefirió, de manera consciente, hacer lo contrario. Volvió a adentrarse en su lado salvaje, su lado oscuro. Y el resultado fue Berlin: la historia de un drogadicto violento y su novia prostituta.

Hoy dice que su idea era usar la ciudad dividida de Berlin —que en ese entonces no conocía— como metáfora de la discordia humana. Quería jugar con ese concepto como si tomara una obra o una novela y le pusiera música. "Algo estilo Un Tranvía llamado deseo, Muerte de un viajante. O novelas. Estaba leyendo a Ginsberg, Burroughs, Selby. La idea era: ¿qué pasa si le pongo una batería y algo de música? ¿Qué pasa?" Lo que pasa es que hacés un álbum que para vos es el pináculo de tu carrera artística y resulta que el resto del mundo lo critica con una dureza feroz. En RCA se escandalizaron tanto con Berlin que en un primer momento amenazaron con no lanzarlo y después lo redujeron de álbum doble a simple, perdiendo 14 minutos.

Los críticos también le dieron una patada. Uno comparó la voz típicamente poco pulida de Reed con "el aullido de una nutria en celo y moribunda". Lo trágico era que Reed y su productor, Bob Ezrin, habían puesto grandes expectativas en Berlín. Hablaban del álbum como una "película para la mente" o "una película para el oído", y ya entonces fantaseaban con la posibilidad de una versión para el escenario. "Más que fantasear", dice ahora. "En realidad, estaba planeado: cómo era el hotel, cómo era el club, cuántos pisos, cosas como ésas"."Pero no les gustó. No hubo forma de conseguir respaldo. Imposible. A veces se gana a veces se pierde, como en un partido de fútbol".

Unos años más tarde, Reed diría a su biógrafo Victor Bockris que Berlin había sido la gran desilusión de su vida. "En ese momento cerré la persiana. Y siguió cerrada". En definitiva, la persiana siguió cerrada por más de 30 años. "No me imaginaba a nadie queriendo hacerlo", dice. "Me había sacado a Berlin totalmente de la cabeza. Lo que le pasó fue decepcionante y no quería volver a pasar por algo así".

¿Por qué dijo que sí después de tantos años?

Simplemente, un día dije: "Sí".

También se nota que Reed está encantado con la posibilidad de revivir la música, tocando de nuevo la guitarra con Steve Hunter, que participó en el álbum y con Ezrin y Hal Willner a cargo de la dirección musical. Fieles al álbum original, combinan la guitarra de rock clásica de Reed y Hunter con sonidos orquestales expansivos, lo que confiere al espectáculo una crudeza épica no muy alejada de Kurt Weill. Reed también desorienta con melodías dulces contrastadas con palabras crueles.

Lo sorprendente de Berlin ahora es la frescura que conserva, el sonido para nada enmohecido. Berlin, con su tema eterno de la autodestrucción humana, no envejeció. Sintiéndome a esta altura ya más que confiado, me atrevo a sugerirle a Reed que hay una línea en Berlin que lo ubica en el tiempo, la tercera línea del álbum: "Luz de vela y Dubonnet en hielo". ¿Cuándo fue la última vez que tomó, o incluso que oyó hablar del aperitivo Dubonnet? Me fulmina con la mirada, después se relaja y dice: "Solía ver los avisos de Dubonnet con hielo en la contratapa de las revistas y parecía algo muy caro y sonaba bien. Pero jamás lo tuve cerca siquiera".

El álbum se inicia con una nota liviana y aérea en sus versos: "En Berlín, junto al muro, con tu metro sesenta y dos". Pero a partir de ahí se inicia su deslizamiento incesante hacia la perversión, la desesperación y finalmente el olvido total. Seguimos el colapso de la relación de Jim y Caroline, las drogas, la violencia, el sexo casual. El tema de Berlin era Otelo, dice Reed ahora. "Celos, celos, celos. Hay ciertos temas que siempre ocuparán un lugar destacado y el de los celos es muy importante. Que me muestren a un hombre que nunca haya sentido celos". Y sin duda sabía de qué hablaba. En el momento de grabar Berlin en Londres oeste y en la Record Plant de Nueva York, Reed estaba separándose de su esposa, una ex mesera que servía cócteles llamada Bettye Kronstadt. El y Ezrin también consumían copiosas cantidades de drogas (a Ezrin le llevó un año entero recuperarse).

Berlin termina con el suicidio de Caroline. Cuando Jim la encuentra muerta, canta: "Voy a dejar de perder mi tiempo/Otro le habría quebrado los dos brazos". Es evidente por qué RCA se asustó. Berlin hizo su primera salida a escena en Brooklyn el año pasado, poco antes de Navidad, y a los críticos les encantó.

¿Qué siente al ver "Berlin" finalmente reconocido por lo que es?

Nunca trabajé para lo que dijera la crítica de rock. Siempre me gustó mucho el disco, lo tengo entre los mejores. Y hay personas que respeto a las que también les gustaba. ¿Qué más se podía hacer?

Pero pagó un precio alto por "Berlín", al darle la espalda al éxito comercial.

Quién sabe si hubiera compuesto otro éxito (después de Walk on the Wild Side). Desde entonces no he escrito otro éxito. Y tampoco ése fue un verdadero éxito.

¿Que "Walk on the Wild Side" no fue un verdadero éxito?

Nunca tuve éxito; ni siquiera cuando tuve un hit fue tan exitoso realmente.











09/11/2008

Lou Reed: "Mi personaje se convitió en algo grotesco"

El legendario autor de canciones parece haber aparcado un rato su actividad principal. Nervioso, caprichoso, proverbial cascarrabias, culto. Así es este mito de la música a los 65 años.


En 1971, Lou Reed emergió de un periodo de oscuridad con el manto de poeta. Había sido expulsado ignominiosamente de su revolucionario grupo, The Velvet Underground, y se refugió en la casa de sus sufridos padres, en Long Island. Retornó a Manhattan para un recital de letras y poemas, al que acudió Allen Ginsberg, todo el periodismo musical de Nueva York y parte del círculo de Andy Warhol. Triunfó ante tan selecto público y proclamó que nunca volvería a cantar, que se alegraba de ser finalmente reconocido como poeta.
Afortunadamente, se olvidó pronto de ese propósito. Aunque hoy está en Barcelona en calidad de recitador. Forma parte del proyecto Made in Catalunya, mediante el cual el Institut Ramón Llull quiere difundir la poesía catalana traducida al inglés. Se materializó originalmente como un espectáculo en Nueva York, donde Lou estaba respaldado por su esposa, Laurie Anderson, y por una apasionada Patti Smith. En esta ocasión, Lou lleva el peso del recital, que congrega a una pequeña multitud en el Centro de Cultura Contemporánea de Barcelona; Laurie interviene brevemente desde California, vía Internet.


¿Se siente cómodo en estos eventos? Quiero decir, en comparación con la tensión que supone actuar con una banda. Es más tranquilo. Puedes expresar matices que se pierden cuando estás rodeado de instrumentación. Si he tenido tiempo para prepararme la lectura y el sonido está cuidado, no hay miedo escénico. Además, equivale a volver a casa. Siempre dije que intentaba aportar una sensibilidad literaria al rock and roll, pero nadie me entendía. Todavía no estoy seguro de que me entiendan.

¿Quiénes fueron sus maestros literarios? Maestro auténtico fue [el poeta] Delmore Schwartz, que me dio clases en la Universidad de Siracusa. Me enseñó mucho sobre la autoexigencia y las trampas que acechan a un escritor, pero ¡odiaba el rock and roll! En términos de estilo, aprendí más de Raymond Chandler. Sus argumentos no son perfectos, pero escribía novelas como un poeta.

Seamos fantasiosos. ¿Se imagina como candidato al Premio Nobel de Literatura? [Mirada de incredulidad]. ¿La pregunta es si lo veo posible? No, Bob Dylan ya cubre la cuota de candidatos en el apartado de cantantes-compositores judíos. ¿Si me lo merezco? Creo que tengo obra suficiente.

Acaricia un libro que está sobre la mesa. Lou ha insistido para que su actuación -que forma parte del festival literario Kosmopolis- coincida con la publicación de Travessa el foc: recull de lletres (Editorial Empùries), primorosa edición bilingüe

-inglés y catalán- de su obra que llega hasta sus canciones más recientes. Tiene un interior llamativo: el diseñador ha aprovechado a fondo la oportunidad para jugar con las posibilidades tipográficas. Lou está satisfecho con el resultado:

-Me encanta que esta edición actualizada salga en Cataluña antes que en Estados Unidos. La poesía catalana me deslumbra, la cantidad de grandes autores para un país tan pequeño...

¿Es usted un lector atento de poesía? ¡Ahora no soy un lector de nada! He perdido mi reproductor de libros electrónicos. Ya sabes, un aparato de esos en los que puedes meter centenares de libros. Se trata de un invento perfecto para mí, que vuelo mucho. Pero ya es la segunda vez que se me queda en un avión ¡y nunca lo devuelven! Aunque me había tomado el trabajo de poner una etiqueta con mi nombre más un teléfono de contacto.

Parece asombrado de que alguien ignore su voluntad. Y es que Lou Reed exhibe modos imperiales. A lo largo de la conversación surgen nombres de escritores y quiere, necesita, exige, que le consigan sus libros. Por ejemplo, una traducción al inglés de las Coplas a la muerte de su padre, de Jorge Manrique ("¿Un poeta del siglo XV que murió en el asalto a un castillo? ¡Me apetece mucho!"). Se conformará al final con el Quijote en inglés. También hay un momento en que, hablando de novela negra, salta el nombre de James Lee Burke, autor que retrata las profundidades sórdidas de la Luisiana.

-¿Se le conoce aquí? Me identifico mucho con su personaje principal, ese ex policía alcohólico que tiene que enfrentarse con el mal. Creo que necesito leer algo suyo esta noche. Si no está el último, me conformo con The neon rain o Cadillac jukebox. Puedo mandar a alguien a buscarlo. ¿Hay algún lugar de Barcelona donde tengan libros de Burke en inglés?

Estoy a punto de mencionarle la existencia de una librería especializada, Negra y Criminal, pero me callo a tiempo. Lou tiene martirizadas a las dos asistentes que le escoltan en este viaje. Otras dos representantes del CCCB y su editorial catalana también están protagonizando prodigios de diplomacia. Hace una hora explosionó una crisis absurda. En el curso de una entrevista con otro medio se ha enfadado por una mención a Andrew Wylie, su (temido) agente literario, y ha cortado definitivamente al pronunciarse el nombre de Victor Bockris, confidente suyo hasta que publicó una biografía, Las transformaciones de Lou Reed (Celeste Ediciones. Madrid, 1997), donde se cuentan embarazosas intimidades.

Durante un buen rato, todo el programa de entrevistas ha quedado detenido. Lou pide hablar con el director del medio en cuestión, para que se comprometa a destruir la frustrada entrevista. Su temor: que alguien filtre la grabación a YouTube -"Ponen muchas cosas de audio con imagen fija"- y el mundo se entere de cómo se las gasta el Lou Reed de 2008. Alguien se compromete a realizar una gestión y se va tranquilizando. Su excusa: "No quiero reforzar ese tópico de que soy un tipo antipático que se pelea con los periodistas".

¿Tópico? Todo plumilla musical que se precie atesora anécdotas que retratan la brusquedad, la susceptibilidad, la paranoia que caracterizan a Lou. Aparte, parece estar obsesionado por el control de su imagen. Se medio disculpa: "Yo también soy fotógrafo". Demanda revisar las fotos que le toman, insiste en que se eliminen las que no le favorecen. Dura labor: los años han sido crueles con Lou: demasiados años abusando del alcohol y de las inyecciones de anfetaminas (no de heroína, como creía el vulgo). Aunque, imagino, todos llegaremos a esas alturas de deterioro.

Es una lástima que en estas "obras completas" se incluya tan poca prosa. Estoy pensando en aquel perceptivo texto suyo de 1970 donde reflexionaba sobre las muertes de Jimi Hendrix, Brian Epstein, Brian Jones y Janis Joplin. ¿Le gustó? En aquel tiempo yo necesitaba dinero. Trabajaba con mi padre [un contable] y él no era muy generoso. Durante un momento de debilidad jugueteé con la idea de convertirme en periodista profesional. No hubiera aguantado. Recuerdo que me encargaron que escribiera un encomio de Jim Morrison [cantante de The Doors, fallecido en 1971]. Hasta ahí podíamos llegar, pensé.

¿No le gustaban The Doors? Eran basura de Los Ángeles, basura pretenciosa. Y Morrison, un gilipollas.

¿No cree que, al igual que usted con The Velvet Underground, Morrison rompió los esquemas de lo que se podía cantar en el rock? No hacía más que reciclar letras del blues. Iba de dios sexual y no habría resistido una noche en la Factory.

Se refiere al taller de trabajo de Andy Warhol en el Nueva York de los sesenta, punto de encuentro para muchas almas perdidas, consagradas a experimentar con drogas y a explorar su identidad sexual. Pero Lou no quiere adentrarse en esos años. Se levanta y desaparece rumbo a su habitación. Estamos en el Hotel 1898, un sobrio establecimiento en las Ramblas que ocupa lo que fue la sede de la Compañía de Tabacos de Filipinas.

De repente, un destello: en este mismo edificio debió de trabajar Jaime Gil de Biedma. Pero Gil de Biedma no aparece en la nómina de poetas de esta noche. Imagino que Lou quedaría deslumbrado por sus escritos, pero costaría explicarle el personaje de Jaime: rebelde de la alta burguesía, primero marxista, luego nihilista, siempre homosexual. Me callo cuando reaparece Lou con la chupa -cuero negro, obviamente- más desgastada que se pueda ver en una ciudad tan fashion como Barcelona. Vuelve agresivo. Husmea al periodista y lanza una acusación:

-Alguien ha estado fumando. No me gusta: llevo cinco años sin fumar, pero el olor del tabaco todavía me despierta deseos.

Lo último que imaginaba es escuchar a Lou Reed protestando por un vicio tan comparativamente inocente. ¿Inocente? Una cajetilla de cigarrillos equivale a una sesión de rayos X. Piensa en ello.

Recuerdo una entrevista con usted en 1986 en Atlanta. Se subía por las paredes, estaba intentando dejar el hábito; me contó que había probado todos los métodos, desde el hipnotismo hasta la acupuntura. Finalmente, lo conseguí con unas hierbas chinas. Te hacen un brebaje que sabe horroroso, lo llaman el té del equilibrio. Te restituye el equilibrio cuando te viene el deseo de nicotina. Me gustaría decirte el nombre original. Desdichadamente, soy un negado para el chino.

Pero un fanático de la cultura de China. Lou practica el taichi chuan y ha llegado a invitar al escenario a un maestro de esa disciplina. Parece inquietarle que eso se confunda con la atracción de otras estrellas del rock por las filosofías orientales:

-Yo empecé en el taichi por sus valores marciales. En Nueva York necesitas estar preparado para pelear por cualquier tontería.

Sigue luego una pregunta con mala intención sobre si aceptaría, igual que ahora está contratado por una institución dependiente de la Generalitat catalana, un encargo del Gobierno chino. Lou pertenece al ruidoso contingente de músicos de rock que defienden la causa del Dalai Lama. Muchos de ellos parecen ignorar las realidades geopolíticas, igual que la tétrica historia del Tíbet como sociedad feudal, marcada por las guerras civiles y el odio larvado a los monjes.

-Qué estupidez. No creo que China quiera nada conmigo.

No se crea: se apuntan a todo lo que sugiera modernidad. Ahora mismo hay grupos en Pekín que suenan como The Velvet Underground. Bueno... espero que mi música les sirva como emblema de disidencia, igual que ocurría en la Europa comunista, según me contaba Václav Havel.

A Lou Reed le encanta alardear de amigos ilustres. Está ufano de que [el pintor] Julian Schnabel dirigiera la versión filmada de la recreación en directo de Berlín, su amargo disco de 1973. Hablando de cine... Lou interrumpe esta conversación cuando recibe una llamada de Wim Wenders. Durante unos minutos, hasta le cambia la voz, que se le hace aflautada y obsequiosa. Algunos de los presentes le miran pasmados: el ogro parece haberse transformado en princesa.

Conviene recordar un pequeño secreto: Lou Reed goza de infinitamente más respeto y reconocimiento en Europa que en Estados Unidos. Se le podría categorizar como un desconocido entre los ciudadanos de a pie de su propio país. Para la citada entrevista de Atlanta, este periodista iba acompañado por un fotógrafo poco rockero que dudaba del esfuerzo que suponía hacer semejante viaje. Como una broma particular, nos dedicamos a preguntar a todo estadounidense que se nos ponía a tiro -azafatas, recepcionistas, camareras- si conocía a Lou Reed. A nadie le sonaba. Si mencionábamos que era cantante, le confundían con Lou Rawls, ilustre vocalista negro que aparecía frecuentemente en televisión. Sólo al final un taxista le identificó: "Sí, claro, el de Walk on the wild side. Pero, ¿sigue vivo?".

Ése es el problema. Lou alcanzó su pico de popularidad con Paseo por el lado salvaje, extraído de Transformer, su álbum de 1972, amorosamente producido por David Bowie. Aparte de ese momento mágico, sus ceñudos discos nunca han saltado fuera del circuito del rock. En Estados Unidos ni siquiera se reconoce Perfect day, una canción amable ("simplemente, un día perfecto / bebiendo sangría en el parque / y luego, cuando oscurece / nos vamos a casa") que alcanzó el número uno en el Reino Unido en una versión colectiva.

¿Cree que la industria discográfica estadounidense ha entendido quién era realmente Lou Reed? [Sarcástico] No me gusta hablar mal de los muertos. La industria del disco está muerta.

Pero siempre tuvo quien le apoyara. RCA incluso publicó un trabajo tan indigesto como el doble 'Metal machine music' en 1975. No sabían qué hacer con él. Lo editaron para enterrarlo. El año pasado hice un disco instrumental mucho más suave, Hudson river wind meditations, y ninguna compañía fuerte quiso tocarlo. Sólo un sello pequeño, sin casi distribución...

Llegó hasta España. Yo mismo lo pinché en mi programa de radio. ¿De verdad? Es un buen trabajo, está pensado para acompañar ejercicios de taichi y sesiones de meditación. Creo que pocas veces se ha grabado el viento con el realismo de ese disco. Y lo hice yo solo, en mi casa.

Pero ¿tiene nuevas canciones? La música que más me interesa ahora es instrumental, improvisada, totalmente libre. Hace unas semanas estuve tocando en Los Ángeles con Ulrich Krieger [el instrumentista alemán que transcribió Metal machine music para una orquesta de cámara] y Sarth Calhoum, un ingeniero que manipula nuestros sonidos. Resultó muy estimulante: fuimos echando a buena parte del público [risa seca]. Pero bastantes aguantaron. Y fueron dos horas.

¿Deriva placer del hecho de torturar a los oyentes? No es eso. Me encanta burlar las expectativas de ese público que busca al artista decadente. ¿Sabes lo que decía Frank Sinatra? Que si fuera cierta la décima parte de las cosas que se contaban sobre él, habría terminado en un zoológico. Lo mismo en mi caso. Tengo 65 años y todavía puedo romper barreras sónicas.

Lo hizo con esa pieza llamada 'Fire music' [incluida en 'The raven', trabajo dedicado a musicar los relatos de Edgar Allan Poe]. Fue mi reacción ante el horror del 11-S. Algo de tal magnitud no se puede expresar con una melodía convencional, con rimas más o menos ingeniosas.

¿Podríamos decir que está más interesado últimamente por el sonido puro que por las canciones? Las canciones han perdido impacto. Incluso las buenas. Están en todas partes, suenan en todas las situaciones, pero muy bajito, sin fuerza. Quiero reivindicar el poder transformador del sonido a mucho volumen, cuando te pega en el estómago y te quita el aliento. Sonido saliendo de buenos bafles, no a través de esos auriculares ridículos que usa la gente.

Bueno, la gente y el mismo Lou Reed. Muestra orgulloso un diminuto reproductor donde lleva almacenados los programas -incluyendo las portadas de los discos originales- que realiza para Sirius, emisora de radio por satélite. Le ayuda el inquieto productor Hal Willner, y la selección luce asombrosa.

-Se llama New York shuffle y consiste en ofrecer música muy ecléctica. Hay grupos actuales, como Kings of Leon o Queens of the Stone Age, pero también guitarristas de los años treinta y los cuartetos de gospel que escuchaba Elvis Presley. O la música electrónica que hacían en los laboratorios de la BBC para ilustrar historias de ciencia-ficción.

¿Le inspiró 'Time theme radio hour', el programa que presenta Bob Dylan? ¿Estás de broma? Dylan nunca se atrevería a poner a Ornette Coleman [saxofonista de free jazz]. Es uno de mis héroes.

El entrevistador debe convivir con los nervios de Lou. Y no hablo sólo del temblor de sus manos: brinca de un asunto a otro como si le aburriera concentrarse. En general, se comporta como un hombre inquieto y curioso. Desde la terraza de su hotel escudriña el paisaje urbano barcelonés. Interroga sobre edificios que están en proceso de restauración, pregunta por los horarios de museos. Hasta asegura recordar su primera visita a la ciudad.

-Al final de la actuación yo quería dar un bis. Pero se me acercaron dos militares que me lo prohibieron. Como yo insistía, me enseñaron una pistola. Ahí me callé.

Consultado al respecto, el promotor que le trajo a España duda de que ocurriera algo similar: "Puede que se confunda con Italia; en los setenta solía haber allí mucha violencia en los conciertos. De todas formas, la policía prefiere hablar con los organizadores de un concierto, no con el artista".

No resulta fácil apuntalar datos con Lou Reed. Cambia constantemente el curso de la conversación. Dice estar harto de preguntas sobre política y, a continuación, suelta un parlamento sobre las diferencias morales entre la guerra de Afganistán y la invasión de Irak. Se confiesa lector devoto de Seymour Hersh [el reportero de investigación] y se refiere frecuentemente a sus hallazgos.

-Me gusta la información basada en la realidad, sobria y documentada. Tengo conocidos que se refugian en las teorías de la conspiración, yo mismo me he pasado días indagando por Internet, pero terminas en una indeterminación que te conduce a la locura. Finalmente, mi conclusión es que la Administración de Bush no era lo suficientemente inteligente para montar algo como el 11-S, no hablo ya de mantenerlo secreto.

A estas alturas, el periodista advierte que apenas ha tenido oportunidad de airear el cuestionario que había preparado. Un inciso: cuando Lou Reed se quita la máscara de artista cabreado con el mundo, hasta puede resultar cordial. Así, por la tarde se comporta muy educado en la ceremonia de firma de libros. No sólo estampa su autógrafo en copias de Travessa el foc, también lo hace en camisetas, hojas sueltas e incluso en una guitarra. Otros millonarios del rock se negarían a tales peticiones, aparentemente molestos ante la posibilidad de que esos objetos terminen subastándose en eBay o similares.

Charlar sin rumbo con Lou también tiene su encanto. Manifiesta hambre de información y apunta, por ejemplo, los datos de Operation lune, aquel falso documental donde el realizador francés William Karel desarrollaba -con la complicidad de famosos invitados- el rumor de que la NASA no llegó a la Luna y que lo que vimos fue rodado por Stanley Kubrick en un estudio británico. "Oh, espera a que se lo cuente a Laurie [Anderson], le encantará".

Usted ha reconstruido su personaje público. En los setenta y en los ochenta era el 'rock 'n' roll animal' [así se titulaba su primer disco en directo, de 1974]. Y ahora le vemos cómodo en eventos de alta cultura. Mi personaje se convirtió en algo grotesco. Estoy pensando en algunos cómics que se editaban en España, donde yo era una especie de Conde Drácula del rock. Mi vida no era tan... interesante [risas]. Me resulta divertido burlar los estereotipos, tratar con políticos o con representantes del mundo académico.

Sus acompañantes empiezan a mostrarse inquietas. La ronda promocional empezó con mucho retraso y ya ha pasado la hora razonable para comer. Lou Reed siempre ha sido algo esnob en la alimentación: seguía dietas insólitas, aconsejado por misteriosos nutricionistas. Pero hoy se comporta como cualquier turista estadounidense con necesidad urgente de combustible: pide una hamburguesa.











"Magia animal"

"LOS QUE BAJAN MÚSICA DE INTERNET QUIZÁS PIENSEN QUE LA MAYORÍA DE LOS ÁLBUMES INCLUYEN UNO O DOS TEMAS BUENOS Y QUE NO VALE LA PENA COMPRARLOS"

El controvertido músico es conocido por convertir a entrevistadores en personas que no tienen idea de lo que están diciendo y en piltrafas que tartamudean al hablar con él. Por lo tanto, en esta entrevista, Mark Gifford esta probando su suerte cuando le pregunta a Lou Reed acerca de la gente que baja sus canciones de Internet, entre oras cosas. Para The Big Issue Londres.


"Magia animal"

La misteriosa alfombra mágica del rock derramó siempre y de forma constante un deslumbrante despliegue de mitos, leyendas y extraños movimientos apócrifos. Pero, lamentablemente, cuando el barniz empieza a rajarse, muchos de los gritones demoníacos y hedonistas de repente se descubren y resultan no ser más que unos mimosos gatitos o un mero un jugador de golf.

Si a esta actitud moderada para con los medios, actitud que sólo los años logran, lo sumamos al nuevo estilo de cantantes melódicos de café, casi no nos queda de él, nada loco, malo o misteriosamente peligroso por conocer.

De ninguna manera podemos decir esto de Lou Reed.
Incluso antes del año 1964, año en que creó la mordaz banda rockera The Velvet Underground, Reed era un tipo espinoso e irritable.
En su adolescencia, en Nueva York, se lo sometió a electroshock por su “comportamiento anormal”, y la creación, la confrontación y la destrucción fueron un patrón recurrente en su vida.
Si a esto le sumamos la bebida, la droga, una producción realmente abrasiva y un tiempo contó bajo la dirección mesiánica de Andy Warhol, ahí realmente tenemos una mezcla potente.

Hoy, con apenas más de 60 años, rehabilitado de la droga y abstemio, Reed todavía se niega a participar del juego de las relaciones publicas.
Un Reed enojado como un Víctor Meldrew paranoico bajo el efecto de calmantes y un periodista que los entrevistó hace poco casi termina con un colapso nervioso después de ser ferozmente atacado por Lou.

Todo esto pasa por mi mente, y pienso en todo esto, mientras comienzo mi entrevista telefónica que abro con un tema infalible.

- ¿Y como está el tiempo por allá?
- Está bastante lindo esta mañana. Hizo tanto frío estas últimas semanas que incluso un poquito de aire cálido es como estar en verano.

A continuación Reed pregunta cuando se publicará esta nota. Apenas se la informa que saldrá justo a tiempo para que los interesados se precipiten a comprar el nuevo álbum, Animal Serenade, la virulencia de Reed empieza a fluir.

"¡Ah! ¿Hacen eso en vez de bajar las cosas de Internet?", dice.

- Bueno, pero seguramente bajar un dolo tema seleccionado no importaría ¿no es cierto?
- Si la gente quiere las cosas gratis, entonces tengo que ir hacia el mundo de las corporaciones que ofrecen pagarme dinero (las publicidades recientes con temas de Reed incluyen a American Express y motocicletas Honda) ... porque en esta situación no puedo ganar nada. No creo que la gente se baje álbumes enteros de Internet... Quizás piensen que la mayoría de los álbumes incluyen uno o dos temas buenos y que no vale la pena comprarlos.

“Quizás tengan razón... Hoy en día tal vez no haya ni 70 minutos de material bueno en la mayoría de los álbumes, los hacen por hacerlos... ¿Qué carajo es eso? A uno de la ganas de agarrar una pistola, de ir a la discográfica y dispararle a todas las personas involucradas ¡inclusive el artista!”.

- !Auch! Animal Serenade se grabó en vivo el año pasado el tour NYC Man e incluye viejos temas favoritos como Venus in Furs, Candy says Dirty Boulevard. Es obvio que Reed todavía disfruta de ver los ojos idos de sus fans.
- Por supuesto que sí. Esto era como la continuación de Rock’Nroll Animal en su 30º aniversario, uno de los mejores discos de todos los tiempos. Durante el tour la gente nos decía: “esto es fantástico, tendrían que grabarlo”. Y nosotros les decíamos: “sí, tienen razón, tendríamos que hacerlo”.

- De acuerdo, no es modesto, pero Rock’Nroll Animal es un buen disco y ese catalogo consagrado de temas anteriores inspira respeto por su creador.
- Es peligroso jugar con esas canciones, pero tuve mucho tiempo para pensarlo. Allí esta el alma de estas canciones, su significado y la manera como las podría hacer interactuar con la audiencia.

- Un momento destacado del álbum es cuando la multitud intenta coordinar un aplauso al himno a la droga Heroin de los Velvets, debatiéndose después de su paso venenoso. El ataque disonante todavía sirve para algo.
- En muchos sentidos esa canción es anti-establishment, no dice “Viva la heroína” sino “Al carajo con Bush”. Por eso incluí en el álbum El día que murió John Kennedy. Ahora que estamos en una situación con un cerdo al frente que nos hará matar a todos me pareció muy importante hacer una canción sobre un presidente realmente grande.
Él (Bush) acaba de dar un discurso sobre lo sagrado del matrimonio y sobre la imposibilidad de aceptar casamientos entre homosexuales porque amenazan a la sociedad... ¡es espantoso! ¿A quien está cargando...? Supongo que le 50% de los norteamericanos, porque el otro 50% ya sabe lo que él está haciendo ¡Igual yo no soy mas que un pobre músico que trata de sobrevivir n un mundo de malas grabaciones (Lo Fi) y bajadas de temas de Internet!.

- Cuando las regalías que siempre se escapan, las críticas y las presiones personales se hacen insoportables, encuentro alivio en el Tai Chi (Reed es un devoto de larga data) o el Fajuna (poder explosivo) del Kung Fu.
- Y sí, el Tai Chi es una disciplina muy importante para mí. Me llevé al Maestro Ren (al maestro de Lou, Ren Guangyi) a la gira para que a gente pudiera apreciar cómo se ve el Tai Chi con un poco de rock de fondo.

- A pesar de su reputación de maltratar a otros emocionalmente, su relación con John Cale sobrevivió a las tormentas. Cale, co-fundador con Reed de Velvet Underground, dijo recientemente que su sociedad con Reed había sido la mayor fuerza creativa de su carrera. A Reed se lo escucha auténticamente conmovido.
- ¿John dijo eso? (larga pausa). Bueno, estoy realmente de acuerdo. No se trataba de drogas o alcohol sino de la pasión por la música de dos personas con historias distintas que se encontraron en la cima del rock’nroll. Era sorprendente y aun lo es hoy, nunca se supo de alguien que los hubiera hecho antes o desde entonces.

- Otra sociedad de larga data es la que tiene con su colega Laurie ‘Oh Superan’ Anderson. ¿Qué chances hay de que se haga un show de Lou y Laurie?
- Sería muy bueno hacer algo con Laurie. Hace unos años compartimos un tour y aprendí mas acerca de la música electrónica con ella de lo que cualquier institución me hubiera podido enseñar. Es un genio en acción.

- ¿Esto significa que el corazón del rock’nroll finalmente se esta ablandando?
- Bueno, esto me llevaría unos meses contestarlo...


Traducción: Margarita Michel
Fuente: Revista "Hecho en Buenos Aires"
Mas información: www.hechoenbsas.com













16.02.2003

"No escribo para los críticos"

Acaba de salir el disco doble The Raven (El cuervo), sobre textos de Poe, que fue vapuleado por la crítica. En una charla telefónica, se defiende, ataca y pregunta: "¿Es que debería estar repitiéndome a mí mismo?"


Dejando definitivamente atrás su fama de rocker reventado, el ex Velvet Underground acaba de lanzar The Raven (El Cuervo), suerte de soundtrack de la obra de teatro escrita por él mismo, basada en textos de Edgar Allan Poe. Hay invitados de lujo como su esposa Laurie Anderson, Willem Dafoe, Steve Buscemi y David Bowie, antiguo compinche de correrías tóxicas y algo más. El álbum fue vapuleado por las críticas. Desde su casa de Nueva York, a las seis de la mañana (de allá), en diálogo telefónico con Clarín esto es lo que Lou Reed tiene para decir al respecto.



¿"El Cuervo" es su obra de Poe favorita?

(Duda) Una de ellas, con toda seguridad. Pero no podría elegir una sola.


¿Cuándo comenzó a interesarse en Poe?

En los últimos diez años. Mi amigo y coproductor Hal Willner organizaba fiestas en su casa durante las Noches de Brujas. En ellas, todos solían hacer algo de Poe, y yo elegí El corazón delator. Disfruté tanto haciéndolo que me metí a fondo en toda su obra. Viendo mi entusiasmo, (el director e iluminador teatral) Robert Wilson me sugirió escribir una obra que combinara todo ese material. Así surgió POEtry. Una vez que la puesta estuvo en cartel un tiempo, me enamoré de la música. Entonces decidí reescribir la obra por completo.


¿Cómo fue reescribir los textos originales?

Un compromiso. Además, a esta altura ya no recuerdo dónde metí mano y dónde no, pero fue prácticamante en todo. Incluso hay partes que Poe no escribió en absoluto. Es que Robert me había pedido "una versión freudiana". Por eso fue que incluí las conversaciones entre el maestro y el estudiante, que no existen en Poe.


Aunque usted es considerado por la mayoría como un autor oscuro, se trata de una oscuridad diferente a la que sobrevuela la obra de Poe. ¿Cuál es el factor común entre los dos?

No sé, no lo llamaría "oscuridad": yo escribo sobre la realidad. Pero es cierto que me suelen etiquetar de esa manera.


Entonces, ¿cuál es el denominador común entre su obra y la de Poe?

Yo diría que hay un evidente interés en la psicología: el modo en que se forman las ideas, y cómo éstas se tansforman en obsesiones y comportamiento compulsivo.


Esta no fue su primera experiencia teatral

No. Antes había hecho Time Rocker, también con Wilson, que era una adaptación de La máquina del tiempo, de H.G. Wells. Era el final de la trilogía iniciada por The Black Rider y Alice. Antes de eso, con John Cale hicimos Songs for Drella, una obra sobre la vida de Andy Warhol.


Además de los invitados, en The Raven participa su banda habitual. ¿Cómo se adapta la energía de un grupo de rock a la música incidental?

Bueno, ambas cosas son interesantes. La música es música, y me gusta de muchas maneras diferentes. ¿A vos no?


En un momento en que los CDs grabados y los archivos compartidos en Internet amenazan a la industria discográfica, ¿no es casi un suicidio comercial lanzar un álbum doble que, además, tiene muy pocas canciones propiamente dichas?

Como sea, el disco salió. Y la gente que quiera escucharlo correctamente, como yo lo concebí, va a comprar la edición doble. Y cuando decís que no tiene muchas canciones, yo te digo que estás loco: hay canciones por todos lados.


Pero no abunda el formato canción, que es lo que el público está más acostumbrado a escuchar y, probablemente, lo que estará buscando cuando compre The Raven

Dejame que te diga algo: los fans de Lou Reed, si lo son de verdad, se darán cuenta de que cada cosa que hice a lo largo de mi carrera ha sido distinta de las demás. Eso es lo que hace que otros se interesen en mí. No es más de la misma vieja mierda todo el tiempo. No tengo fans que quieren simplemente más de lo mismo.


No exactamente lo mismo pero, en general, esperan canciones "estilo Lou Reed", que tiene cierta línea conductora

¿Quién dice? ¿Vos? ¿Qué carajo sabés vos sobre los fans de Lou Reed?


Bueno, en principio, soy uno ellos

... No sé qué decir a eso. Si te parece que debería estar repitiéndome a mí mismo, ¿qué te puedo decir?


Eso no fue lo que dije

Estás diciendo que algo nuevo es demasiado complicado para un fan. ¿Creés que son idiotas?


Para nada

Entonces, ¿por qué te parece que no van a disfrutar de algo nuevo? ¿Te parece que eso sería decepcionante para un fan?


No. Pero la gente con la que hablé sobre el tema no estaba precisamente fascinada con el disco. Y las críticas tampoco fueron muy halagüeñas

¿Y qué debería hacer yo? No escribo para los críticos ¿Creés que doy dos mierdas por una crítica, buena o mala? ¿Te parece que hago música para que los críticos digan algo lindo? En lo personal, no puedo creer que un fan de Lou Reed no ame este disco, así que, con quien quiera que hayas hablado, no es realmente un fan.


¿Cómo repartió los personajes que haría cada invitado? Por ejemplo, el enano asesino que interpreta David Bowie

Ah, sí, Hop Frog. Lo eligió él mismo, vaya a saber por qué. Tal vez se sintió identificado... (risas)


¿Cómo seleccionó a los artistas que participarían de la obra?

Teníamos una lista con las personas con las que nos gustaría trabajar. Afortunadamente, todos dijeron que sí.


¿Hubo alguien que quedó fuera de la puesta por cuestiones laborales o contractuales?

Sylvester Stallone (risas).


jueves, 7 de abril de 2011

Roberto Bolaño - Unas pocas palabras para Enrique Lihn






En mi adolescencia era lugar común hablar de Lihn y de Teillier como de dos opciones enfrentadas. Los muchachos sensibles, los que no querían envejecer (o los que querían envejecer de inmediato), preferían a Teillier. Los que estaban dispuestos a discutir la cuestión preferían a Lihn. No era esta la única de sus virtudes. Frecuentar su poesía es enfrentarse con una voz que lo cuestiona todo. Esa voz, sin embargo, no sale del infierno, ni de las profecías milenaristas, ni siquiera de un ego profético, sino que es la voz del ciudadano ilustrado, un ciudadano que espera llegar a la modernidad o que es resignadamente moderno. Un ciudadano que ha aprendido la lección de Parra, su maestro y compañero de travesuras, y que en ocasiones nos ofrece una visión latinoamericana refulgente y original. Todo el fulgor, sin embargo, en Lihn está tamizado por un ejercicio constante de la inteligencia.

¿Merecimos los chilenos tener a Lihn? Esta es una pregunta inútil que él jamás se hubiera permitido. Yo creo que lo merecimos. No mucho, no tanto, pero lo merecimos.

Esa lucidez, en los años setenta, le costará el estigma y el anatema de la izquierda dogmática y neostalinista que incluso llegará a acusarlo de connivencia con el pinochetismo. Esos mismos que entonces no levantaron la voz para defender a Reinaldo Arenas y que hoy se acomodan como putines* en la nueva situación, intentaron borrarlo del mapa, deslegitimar una voz que por lo demás siempre se consideró a sí misma como voz bastarda, hija del imperioso azar y de la necesidad, que tiene cara de perro.

¿Merecimos los chilenos tener a Lihn? Esta es una pregunta inútil que él jamás se hubiera permitido. Yo creo que lo merecimos. No mucho, no tanto, pero lo merecimos, aunque sólo sea por las almas puras, por los príncipes idiotas y por los alegres analfabetos que el país produjo con extraña generosidad y que aún hoy, según cuentan los viajeros, sigue produciendo, aunque en cantidades más limitadas. Bajo cierta luz, Lihn también podría ser un príncipe idiota y un alegre analfabeto.

En el ejercicio de la poesía, a la que siempre le fue fiel, sólo hay un poeta en lengua española que se le pueda comparar, Jaime Gil de Biedma, aunque el abanico de registros de Lihn es mucho más amplio. En el ejercicio del ensayo, de la reseña, del manifiesto e incluso del libelo, no hubo en Chile escritor más certero ni más libre. En la narrativa no alcanzó las cotas de Donoso o de Edwards, aunque siempre quedará la sospecha de que en el fondo, como por los demás todos los grandes poetas de ese país, juzgaba el arte de crear ficciones como algo innecesario, algo que no le iba a salvar la vida. Sus cuentos, sin embargo, siguen vivos, como sigue viva “La orquesta de cristal”, libro mítico por inencontrable y al cual no me atrevo a llamar novela, aun pese a saber que si hay que llamarlo de alguna manera es la palabra novela la que más se acerca a ese libro misterioso. De hecho, hay dos prosistas en la generación del cincuenta que están por descubrir: Lihn y Giaconi.

Es extraño pensar en Lihn ahora, en Giaconi, en Parra, en Teillier, en Rodrigo Lira, en Gonzalo Rojas, en poetas como Maquieira y Bertoni, en narradores como Contreras y Collyer, resulta extraño pensar en ellos y en tantos más. Te queda la extraña sensación de que la literatura ha estado a la altura de la realidad. La famosa rea, la rea, la rea, la rea-li-dad.

*Ay, mi hipócrita, no es argot mexicano, es Vladimir Putin.

martes, 5 de abril de 2011

Eric Rohmer - Entrevista de Carlos Heredero



A sus 84 años, el director de los «Cuentos Morales», las «Comedias y Proverbios» y los «Cuentos de las Cuatro Estaciones» ha emprendido lo que parece configurarse como una nueva serie, dedicada a lo que el llama «Tragedias de la historia».
«Triple Agente» (2004) es el segundo fruto de este programa, inaugurado en 2001, con «La Inglesa y el Duque». Nos acercamos hasta el despacho parisino de la «Compagnie Eric Rohmer» para conversar con Jean Marie Maurice Schérer, y alli nos recibe un juvenil octogenario que se presenta como un «dandy» diletante. Su deportivo Lacoste y su coqueto pañuelo anudado al cuello anuncian la plena y activa vivacidad de su reflexión intelectual, al mismo tiempo que contrastan con la ya visible fragilidad física de su cuerpo.







-Para empezar, cuéntenos de dónde proviene el seudónimo de Eric Rohmer, puesto que su verdadero nombre es Jean-Marie Maurice Schérer...
-En el cine son habituales estos cambios de nombre. El de Eric Rohmer, en concreto, es un anagrama de Maurice Schérer. Yo era profesor de literatura en mi juventud y tenía bastantes alumnos. Soy de una familia de la provincia de Alsacia, de mentalidad tradicional, a la que no le gustaba que abandonara mi oficio de profesor, así que, para escribir de cine y para moverme en este mundo, me sentía más libre con el seudónimo, que a la vez me parecía más bonito y más armonioso.
-Usted ha cumplido ya ochenta y cuatro años y sigue trabajando con una constancia y una fertilidad que son prácticamente excepcionales en el cine contemporáneo. ¿A qué atribuye esta fructífera continuidad...?
-La constancia es una cosa, pero se necesita también la fuerza física para poder continuar, porque no siempre me resulta fácil. La mayoría de mis películas con tema contemporáneo me han exigido mucha energía física. En La rodilla de Clara estaba siempre subiendo por las montañas, y rodar en las calles de París resulta también muy cansado. Estas dos últimas películas, por el contrario, al estar hechas con un equipo más numeroso, en estudio de rodaje y con más medios, me han fatigado menos. El problema consiste en tener inspiración y ganas de hacer cosas.
-Pero usted no ha dejado de inventar nuevas historias y su imaginación se mantiene con envidiable fertilidad...
-Hay algunos escritores muy prolijos, pero yo no soy de ese tipo. Estoy en la categoría de los que hacen un número de obras más restringido. Hablo de escritores, porque yo escribo mis propias historias, y resulta más difícil escribir cada vez una historia distinta que realizar películas sobre obras ya existentes o en colaboración con otro guionista. Si quisiera adaptar libros tendría mayores posibilidades y no sería tan arduo, pero contar una historia que no se parezca a las demás, y que aporte algo realmente novedoso, es más difícil.
-Así que piensa continuar al mismo ritmo...
-Tengo algunas ideas más, pero tampoco son infinitas. De momento, no he dicho todavía mi última palabra, aunque creo que tampoco estoy muy lejos de ello. Hablando sinceramente, no creo que pueda seguir rodando hasta la edad de mi colega portugués, Manoel de Oliveira, que es un verdadero fenómeno. Por otro lado, él trabaja con varios colaboradores, y a veces se inspira en novelas, pero a mí me gusta trabajar solo, y por eso me resuta más difícil.







-En un libro que escribió sobre Mozart y Beethoven, y a propósito de una sonata, decía «la diversidad nace de una voluntad inicial de unidad» y que «la riqueza expresiva es fruto del despojamiento». Estos son atributos que también se pueden predicar de su filmografía, ordenada en series unitarias de gran diversidad interior y de una admirable ecología expresiva...
- Allí hablaba de Mozart. En lo que a mí atañe, es cierto que busco la unidad y la variedad. Dada la unidad de los distintos conjuntos, necesito una diversidad de motivos. Si parto de un tema común, por ejemplo, quiero que los paisajes sean diferentes. Esto es sumamente importante para mí. Ingmar Bergman muestra paisajes bastante parecidos en la mayoría de sus obras, pero, al mismo tiempo, tiene más variedad en sus historias. Yo cuento historias que se parecen más entre ellas, pero que suceden en ámbitos distintos. En esto me acerco a la influencia de Balzac, que contaba historias similares, pero situadas en entornos completamente distintos: burgueses, campesinos, nobles, parisinos, gente de la provincia. Con Triple agente retomo algunos temas y ciertos tipos de personajes que me interesan, pero cambio radicalmente de época, y así combino unidad y variedad.
-Las historias de todas sus películas transcurren siempre en presente, lo que se mantiene incluso en sus films de tema histórico. No existen los «flashbacks» y nunca se muestra el pretérito. Parece como si pensara, al igual que José Luis Borau en España, que la lengua del cine sólo se puede conjugar en presente...
-Este es un debate que el cine vivió en los años sesenta, en la época de Resnais y Robbe-Grillet, con películas como El año pasado en Marienbad , donde había una mezcla del presente con el pasado. Yo estaba en contra. Creo que la imagen cinematográfica debe estar siempre en presente y que no se puede confundir una imagen real con una imagen virtual que sólo existe en la mente. No se pueden confundir imaginación y percepción. La imagen del cine es el presente, porque la cámara no puede examinar los detalles que uno no ve. Desde el punto de vista filosófico, soy contrario a la expresión del pasado en el cine. Me interesa mucho más tratar de visualizar lo invisible a través de lo visible que tratar en vano de visualizar lo invisible. El pasado no se puede ver y, para mí, tampoco se puede filmar.
- La meteorología es muy importante para la historia y la dramaturgia de sus películas. Ha llegado a decir, incluso, que si no consultara al hombre del tiempo, no podría rodar. ¿A qué se debe esta particular obsesión...?
-Necesito filmar cosas que sean de verdad y no me gusta lo falso. No me gusta la lluvia artificial, por ejemplo, así que yo mismo acostumbro a hacer mis propias previsiones. En La rodilla de Clara hay unos planos con lluvia real, porque la lluvia trucada no me parece natural y, además, impide que los actores se puedan mover con naturalidad. Prefiero una lluvia más fina y, sobre todo, real. En La Boulangère de Monceau la lluvia apareció durante el rodaje y decidí utilizarla dentro de la historia. Por eso el personaje dice que la lluvia le obligó a refugiarse en el portal. En Cuatro aventuras de Reinette y Mirabelle , una de las chicas pregunta a los campesinos si iba a llover, ellos le contestan que no, pero finalmente (como yo preveía) empezó a llover y me interesó mucho rodar esa escena en condiciones reales.
Durante el rodaje de La mujer del aviador ocurrió algo parecido. Alguien propuso dejar de rodar por la tarde porque empezaba a llover, pero me pareció más interesante salir a filmar. No habíamos preparado nada. Simplemente había una idea de trayecto y empezamos a rodar. De esta manera, los actores pueden improvisar con facilidad. En una escena que rodamos después, la protagonista pide al aviador que abra la ventana, se ve que hace buen tiempo, pero él dice que lloverá al final del día, lo que, por fortuna, ya teníamos rodado. Yo sabía que la lluvia podía incorporarse porque había estudiado el tiempo que teníamos. Pero este tipo de cosas serían más difíciles de hacer con una producción más pesada.
- Esa búsqueda de la autenticidad le ha llevado incluso a intentar capturar con la cámara «el rayo verde» o «la hora azul» ( en «Cuatro aventuras de Reinette y Mirabelle» ) y preside todo su cine, hasta el punto de que, en títulos como «El rayo verde» o «El árbol, al alcalde y la mediateca» ha rodado con equipos muy ligeros y reducidos al máximo, en el mejor espíritu de la «Nouvelle Vague». ¿Tiene intención de volver alguna vez a este camino?
-Tengo la impresión de que, en este aspecto, soy el más radical de todos los componentes de la Nouvelle Vague , puesto que el resto de mis compañeros ruedan casi siempre, por lo general, con equipos más numerosos. Si voy a volver o no a este tipo de rodajes, no lo sé por ahora. Hay temas que se adaptan muy bien a la improvisación y otros no tanto. En El rayo verde no hay nada escrito, se improvisó todo, mientras que en El árbol, el alcalde y la mediateca algunas cosas estaban escritas y preparadas de antemano. Hay temas que no soportan la improvisación, sino que exigen algo muy preparado de antemano y muy preciso. En cualquier caso, confieso que, de momento, no tengo ningún tema con el cual pudiera improvisar.
«En mis películas no hay referencias al cine porque pienso que no aporta nada, pero sí hay alusiones a todas las artes»
-En muchas de sus películas abundan las referencias pictóricas, y en «Triple agente» reaparecen con el formato de un interesante debate cruzado. La mujer de Fiodor, anticomunista convencida, practica una pintura realista, mientras que los vecinos comunistas prefieren el arte cubista y modernista, ajeno al dogma del realismo socialista propio del estalinismo...
-Sí, era una paradoja muy interesante, resultaba contradictorio y por eso me gustaba. En mis películas no hay referencias al cine, nunca hablo de películas, porque pienso que es demasiado fácil y creo que no aporta nada, pero sí hay muchas alusiones a todas las artes, la arquitectura, la pintura, e incluso el teatro... y, aunque no pongo música en mis films, en ellos sí se habla de música.
-Sin embargo, salvo en fugaces y aislados fotogramas, o como mucho en el prólogo y en el epílogo, nunca hay música no dietética en sus películas. ¿A qué se debe esta opción, mantenida con tanta coherencia?
-Algunas veces he puesto breves compases, casi inaudibles, como los que suenan acompañando a las cartas de tarot en El rayo verde , o a la estancia en la iglesia de la protagonista, dentro de Cuento de invierno , para inducir un pequeño efecto mágico en las imágenes. Pero lo cierto es que, para mí, la música cinematográfica convencional es un pleonasmo. En lugar de enriquecer la imagen, en realidad la empobrece. El cine es música en el sentido metafórico del término, una música de las imágenes. Hay una partitura, una melodía de imágenes que queda oculta por la música cuando ésta se superpone. La planificación ya desarrolla su propia música. El tiempo cinematográfico permite dejar a cada instante abandonado a su propia dinámica interior, mientras que la nota musical no tiene sentido más que en relación con la que la precede y con la que la sigue. Por eso decía, en un capítulo de aquel libro que escribí sobre Mozart y Beethoven, que la música es la más falsa de las amistades para el cine. El tiempo de la música es, sobre todo, un tiempo estético, mientras que el tiempo del cine es, esencialmente, un tiempo vivido, un tiempo ligado a la durée de la vivencia en su propio transcurso. Como decía Schopenhauer a propósito del ballet y de la ópera, pero también Wagner y Nietzsche, es necesario resistir a la tentación de la facilidad, porque la música hace perder a las imágenes su ambivalencia constitutiva, y tiende a impostar una dinámica lógica sobre acontecimientos fortuitos o meramente azarosos.
- Su cine presta mucha atención, por otra parte, a la música propia de la naturaleza y de los sonidos ambientales...
- La música de las imágenes está también en los sonidos de la naturaleza, que son sumamente importantes para mí. Dedico mucho tiempo a recoger el sonido-ambiente de los lugares, los ruidos de la actividad humana, de la lluvia o del viento. Incluso el del los motores de los aviones, como sucedía en una escena de La coleccionista, donde había una cierta relación entre la escena erótica y el ruido del avión. Estos sonidos me interesan más que los musicales.
-A su vez, tanto «La inglesa y el duque» como «Triple agente» acompañan sus títulos de crédito con sendos temas musicales de inspiración revolucionaria...
-Tenía ganas de oír cantar el Ça ira , la contradanza utilizada como himno revolucionario, que se inserta muy bien al comienzo de La inglesa y el duque , porque luego la canta un rapsoda callejero. La Canción de los jóvenes trabajadores , que se escucha al inicio de Triple agente , la había escuchado en mi juventud y está vinculada a mi memoria de aquellos años. Creía que era un canto popular y no sabía que era una composición de Shostakovich, cuya obra no conozco muy bien. En esta película he mantenido también la música que acompaña a los noticiarios de la época, por lo general muy poco interesante, para respetar el documento en su totalidad.
-Con el comienzo del siglo XXI, su filmografía parece haber emprendido un nuevo ciclo, puesto que «La inglesa y el duque» y «Triple agente» son dos obras casi gemelas y con abundantes simetrías. Las dos están situadas en sendos períodos de aceleración histórica y protagonizadas por personajes extranjeros espiando en un país que no es el suyo. Las dos se organizan sobre una dialéctica entre lo privado y lo público, entre interior y exterior. Las dos se abren con temas musicales de inspiración revolucionaria y las dos se cierran con otros tantos epílogos, etc. ¿Estamos acaso ante el comienzo de un nuevo programa seriado de películas, esta vez de fondo pesimista, que pudiéramos calificar como «tragedias históricas»?
-Podríamos decir que abordo una nueva serie, aunque no sé todavía si será rodada en continuidad. Sus simetrías no fueron elegidas con premeditación, sino que llegué a ellas de forma natural. Estas películas mantienen algunos vínculos con La marquesa de O y Perceval le Gallois , en tanto que nos remiten al pasado, si bien las nuevas son muy diferentes. Sus protagonistas tienen ideas políticas en las que creen con firmeza, las discuten con pasión y hasta arriesgan su vida por ellas. Pero no diría que son tragedias históricas, sino más bien «tragedias de la Historia», bajo las que discurre, eso sí, lo que yo llamaría una cierta lucidez pesimista.
-En los años setenta dijo que la realidad social no le inspiraba demasiado, acabó con los «Cuentos Morales», dejó de retratar el presente y realizó entonces «La marquesa de O» y «Perceval le Gallois». ¿Acaso le vuelve a suceder ahora lo mismo, en la relación con la sociedad actual...?
-No diría que no me inspira, pero sí que me siento más apartado de ella. Ahora bien, la razón principal es que siempre tuve la tentación, como una respiración natural, de realizar películas situadas fuera de la época moderna, porque me gusta mucho la Historia, y ahora tengo más capacidad de encontrar dinero para este tipo de producciones, que son muy caras. Observará, sin embargo, que sus protagonistas no son los grandes personajes históricos, sino figuras poco conocidas y casi olvidadas, que me parecían más interesantes, en parte porque, al saberse muy poco de ellas, esto me permitía recrearlas con libertad en términos de ficción. Se puede decir, incluso, que las he inventado yo, sobre todo en Triple agente , puesto que en La marquesa de O partía de unas memorias autobiográficas reales, por lo que allí no podía haber la dimensión novelesca con la que se juega, muy deliberadamente, en esta nueva entrega.
-La realidad histórica choca con la ficción, dentro de «Triple agente», mediante la irrupción intermitente de los noticiarios de la época. ¿Tuvo la tentación de incrustar digitalmente los personajes dentro de ellos, como había hecho antes con los telones pintados en «La inglesa y el duque»?
-Inicialmente pensé en la posibilidad de hacer incrustaciones digitales, pero, al examinar los documentos filmados de la época, no encontré nada que se pudiera utilizar, porque los noticiarios disponibles estaban muy montados, los fragmentos eran demasiado cortos y no había imágenes con la duración suficiente en las que pudiera insertar una escena propia. Además eso me habría obligado a realizar la película en blanco y negro. Y aquí no quería utilizar pinturas como en La inglesa y el duque, porque no habría tenido un efecto moderno. Descubrí también la belleza y el gran talento de los encuadres utilizados por operadores de los noticiarios, por lo que decidí integrarlos como una huella estética más de la época retratada. La verdad, sin embargo, es que hice un primer montaje sin los noticiarios y estuve dudando al respecto, pero al añadirlos encontré que resultaba mejor, y ahora ya no podría imaginar la película sin ellos. Ofrecen un contrapunto trágico al relato novelesco que se cuenta y ayudan a sugerir que sus protagonistas acaban arrastrados por el viento de la Historia.
- Lo interesante es que aquí la Historia no se ve, sino que se alude a ella mediante la palabra. Son los discursos del protagonista los que cuentan o fantasean la Historia. Fiodor conecta, de esta manera, con muchas de sus criaturas: personajes que se ponen en escena a sí mismos delante de los demás...
- Sí, ésta es una relación muy particular con mis demás películas. Para mí es mucho más interesante contar la historia de forma indirecta, a través de lo que dice un personaje, y no de forma directa. Me podrían reprochar que esto es más propio de la novela o del teatro, si se piensa que el cine debe mostrar frontalmente las cosas, pero esto impide el misterio. Cuando era crítico de cine, escribí un artículo que se titulaba «Por un cine que habla», en el que defendía la necesidad de incorporar la palabra como un elemento de significación más. Luego descubrí las obras de Marcel Pagnol y de Sacha Guitry, y me di cuenta de que era tonto no utilizar a fondo el poder de la palabra. Para aprovechar su enorme potencialidad no es necesario hacer que la significación de lo hablado sea indiferente o prescindible, sino engañosa. Es decir, un cine en el que la palabra ponga en tela de juicio la verdad y en el que los personajes mienten. Mostrar los hechos de manera frontal es muy sencillo, pero me parece mucho más interesante plantear preguntas que mostrar certezas. Por eso me interesa mucho más esa forma indirecta de aproximarme a la realidad a través de la palabra.
- Nunca se llega a saber, de hecho, si las explicaciones de Fiador a su esposa corresponden o no a la verdad de lo sucedido en esta historia real que todavía hoy permanece en la oscuridad...
-Lo que me interesa es que el espectador se plantee ese interrogante sobre dónde está la verdad en ese discurso de Fiodor. Al contrario de lo que ocurre en todas las películas de espionaje, aquí no se ofrecen soluciones. El misterio no queda aclarado por la película, de la misma forma que tampoco se conoce la realidad completa de los hechos en la vida real. Por eso mismo tampoco me hubiera atrevido a ofrecer mi propia solución. No quería juzgar al personaje, y por eso le doy la posibilidad de ser inocente. Puede que mienta, pero la mentira y la verdad pueden ser parte de una misma realidad y pueden mezclarse. Fiodor dice cosas que son ciertas y otras no tan ciertas, y eso es, precisamente, lo que me atraía en esta historia.
«Al contrario de lo que ocurre en todas las películas de espionaje, en "Triple agente" no se ofrecen soluciones»
-Da la impresión de que el sentido del discurso político se disocia de los acontecimientos históricos, como si el discurso hablado fuera por un lado, pero la terrible realidad de la gran historia fuera por otro, en definitiva, al desastre del pacto germano-soviético. ¿Le interesaba particularmente esa dicotomía, esa disociación...?
-Quería que hubiese una oposición entre ambos, que también se corresponde con las perspectivas de Fiodor y de su mujer, Arsinoé, porque creo que la verdadera protagonista es ella. Se ve con los ojos y se oye con los oídos de la mujer. Ella permanece siempre encerrada en interiores, donde sólo puede escuchar el discurso de su marido. La percepción que tiene de fuera, donde transcurren los acontecimientos históricos reales, la obtiene de boca de su marido, de los pocos amigos a los que puede ver o de lo que lee en los periódicos. Se tiene la impresión de que Arsinoé no sale a la calle y está siempre en casa. Me resultaba muy interesante señalar ese contraste.
-Volvemos así a una situación común a la mayoría de sus films, en los que, frecuentemente, la historia parece ocurrir sobre todo en la mente de sus protagonistas, como sugiere Pascal Bonitzer. ¿Podríamos interpretar la historia novelesca de su película, entonces, como si todo fuera una invención, una imaginación del personaje de Fiodor...?
-De alguna manera. Para que haya relato es preciso que el héroe no sea plenamente consciente de lo que sucede o que, al menos, se engañe sobre la realidad o fantasee sobre ella. Como se decía metafóricamente en La rodilla de Clara , a propósito de unos frescos donde Don Quijote aparecía retratado con una venda en los ojos, «los héroes de las historias tienen siempre los ojos vendados, porque si no, no harían nada, se detendría la acción» . Sobre la forma indirecta de contar la historia, lo cierto es que muchas novelas han utilizado este procedimiento, que aparecía ya, en filigrana, dentro de los relatos de caballería: en Perceval, y también en Don Quijote. En grandes escritores modernos, como Stevenson, o Conrad, encontramos también esta manera de contar las cosas. Una novela de este último, «El agente secreto», no utiliza nunca la descripción directa, y Dostoyevski narra íntegramente el asesinato del padre, en «Los hermanos Karamazov», a través de lo que cuenta Dimitri, pero sin describir nunca el suceso de forma objetiva.
-Hay un recurso muy significativo, la apertura y el cierre en iris de la elipsis, que deja deliberadamente fuera de la narración la actividad de Fiodor durante el secuestro, mientras deja a su mujer en la modista. Es un procedimiento propio del cine mudo y, también, el único momento en que la película recurre a ese efecto de montaje...
-Estuve dudando mucho si lo ponía o no, porque se alejaba un poco del estilo de mi historia, pero ya lo había utilizado antes en La marquesa de O . Es un efecto que trata de marcar un vacío en la narración, un momento muy importante. Me alegra que le haya gustado, porque durante el montaje me preguntaron si no lo iba a cortar...
-Para la preparación de muchas de sus películas, acostumbra a realizar antes del rodaje pequeños ensayos con los actores, utilizando un pequeña cámara de vídeo. ¿Ha recurrido también a este método para trabajar con los actores de «Triple agente» ?
- Sí; hice primero algunos ensayos con los actores. Katerina Didakalou me envió unos extractos de películas suyas y la contraté enseguida. Se me impuso como la intérprete de Arsinoé con total claridad, pero no había trabajado nunca con ella y tenía que verla relacionarse con Serge Renko, que es francés pero descendiente de rusos. Al principio estaba buscando un actor ruso auténtico, y por eso vi unas pruebas que mandaron algunos intérpretes de allí. Así descubrí que los rusos actuales no hablan buen ruso. No confío en su forma de hablar. Hablan un ruso un poco bastardo y yo necesitaba un ruso más literario. Por eso elegí a Renko.
-A propósito de «La inglesa y el duque» y del período histórico en el que se centra, dijo usted que « el terror es tanto más pernicioso en tanto que se practique en nombre de un ideal» , y ahora su nueva historia, que comienza con el triunfo del Frente Popular francés, desemboca en la firma del pacto germano-soviético en 1939. Podría pensarse que ambos films sugieren una reflexión crítica sobre las tragedias que puede generar la subordinación de los medios a los fines por parte de algunas utopías revolucionarias...
-Las dos historias se sitúan en etapas dominadas por regímenes totalitarios: el período del terror tras la Revolución y el comunismo estaliniano. Personalmente, siempre he sido un moderado y estoy en contra de la utopía revolucionaria. Grace Elliott, en La inglesa y el duque , es una mujer conservadora y tradicionalista, pero tiene una mentalidad liberal. Los rusos blancos de Triple agente son afectos al régimen zarista. Están abiertos a reformas, pero entre ellos no hay demócratas. Lo que caracteriza al personaje de Fiodor, conforme a la ceguera del héroe que antes citaba, es que no teme al comunismo de Stalin, pero acierta al aventurar su capacidad de pactar con Hitler porque piensa que ese régimen no puede durar. En ese sentido, es un idealista, pero al fin y al cabo, tiene razón. Cuando trabajaba con Néstor Almendros, que era hijo de un republicano español exiliado, me decía que el comunismo le asustaba mucho porque conocía la experiencia cubana y porque la Unión Soviética se había apoderado de países como Polonia y Checoslovaquia, pero yo pensaba ya, en 1968, cuando las revueltas del mayo francés, que un régimen totalitario no podría resolver los problemas de esos países y que acabaría por fracasar. Creo que, finalmente, yo tenía razón.






-Néstor Almendros fotografió para usted seis películas, desde «La coleccionista» hasta «Perceval le Gallois». ¿Qué cree que aportó a su cine con su concepto de la luz y su manera de trabajar?
-Yo no me quería separar de él, pero Almendros empezó a ser solicitado por el cine americano y no pudimos seguir trabajando juntos. Su concepción de la luz vino a sistematizar la que había puesto en práctica ya Nicholas Hayer, el operador de mi primera película, Le signe du lion . Néstor pensaba y defendía una iluminación lógica. Detestaba que hubiera una sombra sobre la pared que no estuviera producida por la dirección de la luz existente en cada momento o en cada espacio. También era partidario de una iluminación indirecta, enfocando los proyectores hacia las paredes o con paneles reflectores. Esa forma de trabajar daba mayor libertad a los actores, que así no debían sujetarse rígidamente a una iluminación directa muy marcada, y les dejaba más espacio para moverse y para improvisar.
-Una curiosidad personal. En todas sus películas hay alguna alusión a España, aunque sólo sea en una simple línea de diálogo. Es una cuestión que nunca ha comentado en sus entrevistas... ¿Hay alguna razón para esta presencia?
- Pues la verdad es que no lo sé. Nadie me lo había dicho hasta ahora y ni siquiera yo mismo lo sabía. A pesar de haber veraneado muchas veces en Biarritz y en San Juan de Luz, nunca llegué a cruzar la frontera. En realidad, sólo he estado una vez en España, en el antiguo Festival de Barcelona, y no sé decir nada en español, salvo las palabras «Frente Popular», lo cual tiene una explicación. Cuando tenía dieciocho años, estaba en San Juan de Luz y escuchábamos a los refugiados republicanos, que huían del ejército franquista, hablar mucho y con admiración del «Frente Popular» francés. Había una fortaleza cerca del río Bidasoa y teníamos miedo de que las tropas de Franco nos atacaran. Recuerdo muy bien esa vivencia, que ha permanecido siempre muy fresca en mi memoria. En Triple agente sí, efectivamente, se habla del Guernica, de Franco, de la guerra civil, de las Brigadas internacionales, de Barcelona, de Andreu Nin...
-¿Podría decirnos qué directores actuales le resultan más interesantes, o quiénes piensa que puedan decir algo nuevo para el cine de hoy...?
- No voy mucho al cine, y ahora lo único que hago, casi, es volver a ver las películas antiguas. Ejercí de crítico en mi juventud, pero ahora he perdido mi criterio para valorar los films. No me siento capaz. Creo que uno debe realizar películas o criticarlas, pero no hacer las dos cosas al mismo tiempo. La mayoría de los autores, ya se trate de cineastas, de pintores o de artistas en general, se equivocan muchas veces al valorar a sus contemporáneos. Yo no los juzgo. A veces me interesan cosas que no tienen que ver con el valor de la obra. Me interesa un actor, el tema, una idea. En ocasiones una película mediocre me ofrece una buena idea. Las obras maestras las contemplo, las admiro, pero no suscitan ideas en mí. Las grandes obras no se pueden tocar. Sus detalles se integran en el conjunto, y esa unidad no se puede trocear. Por el contrario, en una película cuyo autor no tiene estilo, puedo ver algo que quizá me puede inspirar.
En «La inglesa y el duque» utiliza por primera vez la tecnología digital tras el ensayo que supuso el cortometraje «La cambrure». ¿Qué potencialidad cree que tiene para el cine actual esa tecnología? ¿Piensa seguir explorando esa posibilidad?
-Sí y no, porque es bastante complicado. Los profesionales actuales son bastante reticentes, los operadores en particular, pues todavía nos les gusta mucho. Lo que me encanta de la tecnología digital es que permite una mayor ligereza de los equipos. El cortometraje La cambrure , que tiene una calidad de imagen equivalente a la de cine en 35 mm., fue como un entrenamiento para realizar después La inglesa y el duque. Rodar con cámaras digitales es más ligero, más fácil y, para mí, mucho más agradable. Se puede controlar la imagen y además se puede borrar y suprimir. Es ideal para hacer un cine ligero, muy cerca del amateurismo. Los trucajes también son más fáciles, y por eso recurrí a ella en La inglesa y el duque. Su coste también es más barato, pero después de aquella experiencia, no he vuelto a ello, y no sé lo que haré de ahora en adelante.



Noviembre 2004