domingo, 19 de febrero de 2012

Ryunosuke Akutagawa - Los engranajes






1. Impermeable
Desde un balneario veraniego situado a cierta distancia, cargando con mi maleta, tomé un auto hasta la estación de la línea Tokaido[1], en camino hacia la fiesta de bodas de un conocido. A cada lado del camino que recorría el auto había casi solamente pinos. Era dudoso que llegara a tiempo para alcanzar el tren que iba a Tokio. En el auto iba conmigo un peluquero. Era tan regordete como un durazno y lucía una barba corta. Como estaba preocupado por la hora, hablé con él de manera intermitente.
—Es raro. He oído que la casa de Fulano está embrujada incluso durante el día.
—Incluso durante el día.
Mirando por la ventanilla las distantes colinas de pinos bañadas por el sol de la tarde, procuré satisfacerlo con respuestas ocasionales.
—Pero no con buen tiempo, sin embargo. Me dijeron que el fantasma aparece casi siempre en días lluviosos.
—Me sorprende que sólo aparezca para mojarse los días de lluvia.
—¡No es broma, se lo aseguro!... Y dicen que el fantasma se presenta con un impermeable.
Con un bocinazo, el auto se detuvo en la estación. Me despedí del peluquero y entré. Como había imaginado, el tren había partido hacía apenas unos minutos. En un banco de la sala de espera, un hombre de impermeable miraba hacia el exterior con expresión ausente. Recordé la historia que acababa de escuchar. Pero la descarté, esbozando una leve sonrisa, y decidí ir a un café situado frente a la estación para esperar el próximo tren.
Era un café que apenas si merecía ese nombre. Me senté a una mesa del rincón y ordené una taza de cocoa. El hule encerado que cubría la mesa era una cuadrícula de delgadas líneas azules sobre fondo blanco. Pero en los bordes estaba deshilachado y sucio. Bebí la cocoa, que olía a sustancia animal, y observé a mi alrededor el café vacío. En la pared sucia había muchas tiras de papel pegadas, con el menú: "un bol de arroz con pollo y huevo", "chuletas", etcétera.
"Huevos frescos. Chuletas."
Las tiras de papel me hicieron advertir que me encontraba en el campo que rodeaba a la línea Tokaido. Aquí las locomotoras eléctricas pasaban en medio de sembradíos de coles y de trigo...
Casi atardecía cuando abordé el tren siguiente. Usualmente viajaba en segunda, pero decidí que sería más simple ir en tercera.
El tren estaba bastante atestado. Frente a mí y detrás había niñas de la escuela primaria que regresaban de una excursión a Oiso o algún sitio por el estilo. Mientras encendía un cigarrillo miré con detenimiento al grupo de estudiantes. Estaban de ánimo alegre. Y no paraban de parlotear, dirigiéndose a todos los pasajeros.
—Eh, señor Cameraman, ¿cómo es una escena de amor?
"El señor Cameraman", sentado frente a mí, que parecía participar de la excursión, logró eludir el tema. Pero una muchacha de catorce o quince años siguió disparándole una pregunta tras otra. Al advertir que tenía la nariz congestionada no pude evitar una sonrisa. Después había una niña de doce o trece años sentada en el regazo de una joven maestra; con una mano le rodeaba el cuello y con la otra le acariciaba la mejilla. Mientras charlaba con alguien se volvió hacia la maestra para decirle:
—Usted es bella, maestra. Tiene bonitos ojos, ¿sabe?
Me parecieron más adultas que niñas. Es decir, salvo porque mascaban cáscaras de manzanas y desenvolvían un caramelo tras otro... Pero una, que tenía aspecto de contarse entre las mayores, debe de haber pisado inadvertidamente el pie de un pasajero al pasar, y dijo, próxima a mí:
—Lo lamento muchísimo.
Sólo ella, más precoz que las demás, parecía más joven. Con el cigarrillo en la boca, no pude evitar sentirme ridículo por haber hallado alguna contradicción en eso.
El tren, con todas las luces encendidas, llegó finalmente a una estación de cierto suburbio sin que yo lo advirtiera. Me apeé y me encontré en el andén donde soplaba un viento frío, después crucé por un paso elevado y decidí esperar el tren local. Entonces vi al señor T., un hombre de empresa. Hablamos sobre la depresión, etc., mientras esperábamos. Naturalmente, el señor T. estaba mucho más familiarizado que yo con esa clase de problemas. Pero lucía un anillo con una turquesa que no tenía nada que ver con la depresión.
—Veo que tiene un tesoro allí.
—¿Esto? Tuve que comprárselo a un amigo que había estado trabajando en Harbin. Ahora las cosas se pusieron duras para él. Ya no está en la cooperativa.
Afortunadamente nuestro tren no iba muy lleno. Nos sentamos juntos y hablamos de diversos temas. El señor T. acababa de volver esa primavera de la oficina de su empresa en París. Así que hubo cierta tendencia a hablar de París. Historias sobre madame Caillaux, platos de cangrejo, el viaje al exterior de cierto príncipe...
—En Francia las cosas no están tan mal como creemos. Los franceses por naturaleza no son dados a pagar sus impuestos, y eso suele desembocar en despidos en el gabinete...
—Pero el franco ha caído en picada.
—Eso dicen los diarios. Pero cuando uno está en Francia se da cuenta de que consideran a Japón un país de inundaciones y terremotos, que son otras fuentes de problemas.
Justo en ese momento un hombre con impermeable ocupó el asiento frente a nosotros. Empecé a sentirme un poco raro y estuve a punto de contarle al señor T. la historia de fantasmas que me habían relatado unas horas antes. Pero él, inclinando la empuñadura de su bastón hacia la izquierda, y sin mover la cabeza, susurró:
—¿Ve ese mujer de allá? La del chal gris...
—¿La del peinado occidental?
—Sí, la que lleva el furoshiki[2] bajo el brazo. Estaba en Karuizawa este verano. Muy emperifollada al estilo occidental.
Ahora se la veía bastante estropeada. Le eché un vistazo mientras hablaba con el señor T. En su rostro ceñudo había algo un poco demencial. Y de su furoshiki asomaba una esponja que parecía un leopardo.
—En Karuizawa lo pasaba en grande bailando con un joven norteamericano. Lo que se podría llamar muy moderna...
Para el momento en que T. y yo nos despedimos, el hombre de impermeable había desaparecido sin que yo me diera cuenta. Desde la estación, aún cargando la maleta, fui caminando hasta un hotel. La calle estaba flanqueada por enormes edificios. Mientras caminaba de pronto pensé en bosques de pinos. Y también había algo extraño en mi campo visual. ¿Algo extraño? Había engranajes semitransparentes que giraban sin cesar. Ya había tenido experiencias similares. Los engranajes crecieron hasta bloquear cualquier otra visión, pero sólo durante un momento, y después desaparecieron y se instaló una terrible jaqueca... era siempre lo mismo. El oculista al que consulté por esa cegadora visión me había dicho muchas veces que fumara menos. Pero yo había empezado a ver los engranajes antes de los veinte años, cuando todavía no había empezado a fumar. Sintiendo que la cosa empezaba nuevamente, probé el ojo izquierdo tapándome el derecho. El ojo izquierdo estaba bien, como había previsto. Pero detrás del ojo derecho, cerrado, seguían girando innumerables engranajes. Al tener obstruida la visión de los edificios de la derecha, continué mi camino con dificultad.
Cuando llegué a la entrada del hotel los engranajes habían desaparecido. Pero no el dolor de cabeza. Dejé en el guardarropa el abrigo y el sombrero y reservé una habitación. Después telefoneé al editor de una revista y discutí temas de dinero.
La cena de la fiesta de bodas parecía haber empezado. Me senté en el extremo de una mesa y empecé a comer, provisto de cuchillo y tenedor. El novio y la novia y alrededor de cincuenta comensales más, sentados a la mesa principal en forma de U, parecían muy alegres. Pero yo empecé a sentirme más y más deprimido bajo las brillantes luces. Tratando de eliminar mi sensación me puse a charlar con el invitado más próximo. Era un anciano con melena de león. Además, era un famoso erudito dedicado a los clásicos chinos, cuyo nombre me resultaba familiar. Así que inconscientemente nuestra conversación derivó hacia los clásicos.
—¿Los kylin son, en suma, una especie de unicornios? Y ho el fénix...
Parloteando mecánicamente, de a poco creció en mí el deseo de ser destructivo, y no sólo alegué que Yao y Shun eran figuras ficticias, sino que afirmé que el autor de las Crónicas de Lu era de la dinastía Han. En este punto el erudito no pudo seguir reprimiendo su disgusto y, volviéndome la espalda, interrumpió mi charla con un gruñido más o menos como el de un tigre.
—Si Yao y Shun no hubieran existido, Confucio sería un mentiroso. Y los santos no pueden ser mentirosos.
Con eso acabó la charla. Otra vez me encontré jugueteando con el cuchillo y el tenedor sobre la carne que tenía en el plato. Entonces descubrí una diminuta criatura que se retorcía en un borde de la carne. Me trajo a la memoria la palabra inglesa worm, gusano. Seguramente, como kylin y ho, también aludía a una bestia legendaria. Apoyé el cuchillo y el tenedor y observé, en cambio, el champán que me habían servido en la copa.
Cuando por fin acabó la cena, totalmente dispuesto a encerrarme en la habitación que había reservado, caminé por los pasillos vacíos. Me hicieron sentir más en una prisión que en un hotel. Pero afortunadamente, sin que me hubiera dado cuenta, mi dolor de cabeza casi había desaparecido.
Además de la maleta, habían dejado en la habitación mi abrigo y mi sombrero. Mi abrigo, colgado de la pared, se parecía mucho a mí, allí de pie, y de inmediato lo arrojé dentro del armario del rincón. Después, sentado ante el tocador, miré con resolución mi cara en el espejo. Se marcaban los huesos debajo de la piel. El gusano volvía a aparecer.
Abrí la puerta y volví al pasillo y caminé sin saber en qué esquina girar. Entonces, en una esquina camino al vestíbulo una lámpara alta con pantalla verde se reflejaba con claridad en una puerta vidriada. De alguna manera, eso tranquilizó mi mente. Me senté en una silla junto a ella y empecé a pensar sobre varias cosas. Pero eso duró apenas cinco minutos. Entonces advertí en el respaldo del sofá, junto a mí, colgado flojamente, un impermeable.
"Y encima ésta es la época más fría."
Mientras mi mente divagaba en esa vena, regresé por el pasillo. En la habitación de los camareros no había nadie a la vista. Pero un fragmento de la conversación que mantenían llegó a mis oídos mientras pasaba por delante. Era en inglés:
—Está bien —en respuesta a algo.
"¿Está bien?" Traté de imaginar a qué podría referirse. "¿Está bien?" "¿Está bien?" ¿Qué diablos podía estar bien?
Por supuesto, mi cuarto estaba en silencio. Pero el solo hecho de abrir la puerta y entrar, por curioso que parezca, me daba miedo. Después de cierta vacilación finalmente me aventuré a trasponer la puerta. Luego, cuidando de no mirar el espejo, me senté ante la mesa. La silla tenía brazos, y tapizado como de cuero de lagarto de color azul. Abrí mi maleta, extraje un bloc de notas y traté de retomar cierto relato. Pero la pluma y la tinta estaban inmovilizadas por el fuego eterno. Y cuando finalmente se movieron, sólo aparecieron estas palabras: está bien... está bien... está bien, señor... está bien...
De pronto un timbrazo del teléfono que estaba junto a la cama. Alarmado me incorporé y llevándome el aparato al oído respondí.
—¿Quién es?
—Soy yo. Yo...
Era la hija de mi hermana mayor.
—¿Qué ocurre?
—Sí, ha ocurrido algo terrible. Entonces... como ocurrió algo terrible, también acabo de llamar a la tía.
—¿Algo terrible?
—Sí. Por favor, ven rápido. Rápido.
Y la comunicación se cortó del otro lado. Colgué el auricular y mecánicamente oprimí el timbre para llamar al servicio. Pero advertí que me temblaba la mano. El muchacho demoró en venir. Con más dolor que impaciencia, volví a tocar el timbre una y otra vez, dándome cuenta del significado de las palabras "está bien", cuya intención había estado tratando de abrirse paso hasta mí.
El esposo de mi hermana mayor había sido atropellado, y había muerto, esa tarde en el campo, no muy lejos de Tokio. Además, sin ninguna relación en absoluto con el clima, llevaba puesto un impermeable. Todavía sigo escribiendo el mismo relato en esta habitación de hotel. No hay nadie en el pasillo, afuera. Pero a través de la puerta llega, de tanto en tanto, el sonido de un batir de alas. Alguien debe de tener un pájaro.
2. Venganza
Me desperté alrededor de las ocho y media en ese cuarto de hotel. Pero al levantarme de la cama descubrí, extrañamente, que una de mis pantuflas había desaparecido. Era exactamente la clase de cosa que solía sumirme en el miedo, la angustia, etc., durante el último par de años. Y me recordó también a cierto príncipe de la mitología griega que usaba una sandalia ajena. Toqué el timbre para llamar al botones y le pedí que buscara la pantufla perdida. Registró toda la habitación con una expresión burlona en el rostro.
—La encontré, aquí está. Estaba en el baño.
—¿Cómo llegó hasta allí?
—Tal vez haya sido un ratón.
Cuando el botones se fue bebí una taza de café, sin leche, y me dispuse a terminar mi relato. Una ventana cuadrada, con marco de toba, daba a un jardín nevado. Siempre que dejaba de escribir, echaba una mirada ausente a la nieve. Bajo el fragante arbusto de adelfa que empezaba a florecer, la nieve se veía sucia por el humo y el hollín de la ciudad. El espectáculo me apenaba. Fumé un cigarrillo, pensando miles de cosas, y la pluma no se posaba sobre el papel. Pensé en mi esposa, en mis hijos, y más que nada, en el esposo de mi hermana mayor...
Antes de suicidarse, estaba bajo sospecha de haber cometido un incendio deliberado. En realidad, era inevitable que así fuera. Antes de que su casa se incendiara totalmente, la había asegurado por el doble de su valor. Aun así, aunque era culpable de perjurio, estaba en libertad condicional. No era su suicidio, sin embargo, lo que me angustiaba, sino el hecho de que nunca podía volver a Tokio sin ver un incendio. Una vez había visto un incendio en las colinas desde el tren, y otra vez desde un auto (yo iba con mi esposa y mis hijos) cerca de Tokiwabashi. Naturalmente, tuve la premonición de un incendio antes de que su casa verdaderamente se incendiara.
—Podría declararse un incendio en casa este año.
—No digas esas cosas... si alguna vez hubiera un incendio, eso nos causaría un montón de problemas. El seguro no alcanza y...
Así hablamos. Pero no se había producido ningún incendio y, tratando de librarme de la idea, volví a empuñar la pluma. No se me ocurría ni una sola línea. Finalmente, abandonando la mesa, me tendí en la cama y empecé a leer Polikoushka de Tolstoi. El héroe de esa novela es una compleja personalidad en la que se mezclan la vanidad, la morbosidad y la ambición. Y con unos pocos cambios menores, la tragicomedia de su vida podría pasar como una caricatura de mi propia vida. Particularmente sentí en esa tragicomedia la burla del destino, y eso hizo que empezara a sentirme rarísimo. Al cabo de apenas una hora salté de la cama y arrojé el libro contra las cortinas de la ventana de la habitación.
—¡Maldición!
Y un gran ratón salió corriendo en diagonal desde detrás de la cortina en dirección al baño. De un salto estuve en el baño y abrí la puerta de par en par, buscándolo. Detrás de la blanca bañera no había rastros de él. De pronto me sentí raro, y calzándome rápidamente las pantuflas salí al corredor, pero no había allí ninguna señal de vida.
El pasillo, como siempre, estaba tan oscuro como una prisión. Con la cabeza gacha, subiendo y bajando escaleras casi sin advertirlo, me encontré de repente en la cocina. La habitación estaba más iluminada de lo que se hubiera supuesto. Y en un costado las llamas se elevaban, abundantes, sobre el fogón. Al pasar pude sentir los fríos ojos de los cocineros, tocados con sus gorros blancos, que no me quitaban la vista de encima. De inmediato me sentí arrojado al infierno. "Dios, castígame. Por favor, no te ofendas. Esto será mi ruina." Naturalmente en momentos así era lógico que saliera de mis labios esa plegaria.
Salí del hotel y recorrí con dificultad el camino fangoso por la nieve semiderretida que me conducía a la casa de mi hermana mayor. Todos los árboles del parque que lo flanqueaban mostraban sus hojas y ramas completamente ennegrecidas. Y cada uno de ellos tenía, igual que nosotros, una parte delantera y otra trasera. A mí me resultaba menos desagradable que intimidante. Recordé el alma que se convertía en un árbol en el Infierno de Dante y decidí caminar por la calle que estaba del otro lado de las vías del tranvía, donde los edificios se alineaban en una fila compacta. Pero incluso allí una manzana era demasiado.
—Disculpe que lo detenga.
Era un sujeto de veintidós o veintitrés años con un uniforme con botones dorados. Lo miré fijamente sin decir una palabra y advertí que tenía un lunar[3] en el lado izquierdo de la nariz. El, quitándose la gorra, me habló con cautela:
—¿No es usted el señor A.?
—Sí.
—Pensé que lo era...
—¿Qué desea?
—Nada. Sólo quería saludarlo. Soy admirador suyo, sensei...
Ante eso lo saludé tocando el ala de mi sombrero y empecé a poner distancia entre nosotros tan rápidamente como pude. Sensei. Un sensei... ese título me había empezado a resultar extremadamente desagradable. Había llegado a sentir que había cometido todos los crímenes imaginables. A pesar de eso, ahora me llamaban sensei en cualquier momento. No podía evitar sentir que había en ello algo vergonzoso. ¿Algo? Pero mi materialismo no podía flaquear ante el misticismo. Pocos meses antes yo había escrito en una pequeña revista: "No sólo carezco de conciencia artística sino de conciencia en general. Todo lo que tengo es coraje..."
Mi hermana mayor se había refugiado con sus hijos en una casucha de un callejón. Adentro de la casa, con su empapelado pardo, el ambiente era aún más sombrío que afuera.
Calentándonos las manos sobre un hibachi[4], hablamos de cosas diversas. El esposo de mi hermana, un hombre de contextura robusta, siempre me había parecido instintivamente un inútil, desde que lo conocí. Y había hablado directamente de la inmoralidad de mi obra. Nunca había mantenido con él una charla amistosa, debido a que él despreciaba a alguien que pensara como yo. Hablando con mi hermana me di cuenta de que también él había sido arrojado gradualmente al infierno. Me enteré de que verdaderamente había visto un fantasma en un camarote. Pero, encendiendo un cigarrillo, tuve buen cuidado de mantener la conversación en el tema del dinero.
—De todas maneras, tal como son las cosas, estoy pensando en vender todo lo que pueda.
—Yo he pensado lo mismo. La máquina de escribir puede dejar un poco de dinero.
—Y tenemos algunas pinturas.
—¿Qué te parece vender el retrato de N san [el marido de mi hermana]? Pero eso...
Miré al retrato a lápiz, sin marco, que pendía de la pared, y pensé que no debía hacer una broma tan desconsiderada. Me habían dicho que su rostro había quedado destrozado, que el tren lo había reducido a jirones, y que sólo había quedado su bigote. De hecho, la historia me había conmocionado. Su retrato estaba dibujado con mucho detalle, pero el bigote no se veía del todo claro. Pensé que podría ser por la luz y estudié el cuadro desde diferentes ángulos.
—¿Qué estás haciendo?
—Nada... sólo que alrededor de la boca, en ese cuadro...
Ella se volvió para observar por un momento, pero dijo que no veía nada raro.
—Sólo el bigote, curiosamente, se ve un poco fino, ¿no es cierto?
Lo que yo veía no era ilusorio. Pero si no lo era... Decidí que era más prudente separarme de mi hermana antes de que ella empezara a preocuparse por preparar el almuerzo.
—¿Por qué no te quedas un rato más?
—Tal vez mañana... hoy tengo que ir a Aoyama.
—¿Allí? ¿Todavía tienes algún problema físico?
—Estoy tomando somníferos como siempre. Son tantos... Veronal, Muronal, Trional, Numal...
Alrededor de treinta minutos más tarde, entré en un edificio, subí en el ascensor y fui al tercer piso. Allí, traté de abrir empujando la puerta de un restaurante. La puerta no se movía. Sobre ella había un cartel: Día de descanso. Estaba más que fastidiado, pero tras echar un vistazo a las manzanas y bananas exhibidas sobre una mesa, del otro lado de la puerta, decidí volver a salir a la calle. Dos hombres que parecían ser empleados, tropezaron conmigo en la entrada, absortos en su conversación. Justo en ese momento uno de ellos, o eso me pareció, dijo: "Es un tormento".
Me quedé en la calle, esperando un taxi. Estuve un rato allí. Sin embargo, usualmente había un taxi amarillo en los alrededores. (Esos taxis amarillos, por alguna razón, siempre me involucraban en algún accidente.) Al cabo de cierto tiempo, no obstante, apareció un taxi verde, de la buena suerte, y decidí que de todos modos iría al hospital mental próximo al cementerio de Aoyama.
"Tormento... Tántalo... Tártaro... infierno..."
Tántalo yo mismo, de hecho, mirando la fruta a través del vidrio de la puerta. Maldiciendo para mis adentros el Infierno de Dante, observé la espalda del chofer. Y me invadió el sentimiento de que todo es una mentira. La política, el comercio, el arte, la ciencia... todo, ante lo cual yo no era más nada más que el mero camuflaje de una horrible existencia. Empecé a sentirme ahogado y abrí una ventanilla. Pero la sensación no desaparecía.
Finalmente el taxi verde llegó a Jingu-mae. Allí había un callejón que conducía al hospital psiquiátrico. Pero justo ese día, por algún motivo, no pude encontrarlo. Después de pedirle al taxista que diera un par de vueltas a la manzana para localizarlo, y que volviera siguiendo las vías del tranvía, abandoné y decidí bajarme del auto.
Por fin encontré el camino y me encontré saltando de derecha a izquierda en un camino lleno de charcos de fango. Entonces, sin advertirlo, debí de haber girado erróneamente, porque me encontré en la sala funeraria de Aoyama. Era un edificio en el que no había entrado desde el funeral de Natsume sensei, unos diez años atrás. Diez años atrás yo no era muy feliz. Pero al menos estaba en paz. Advertí la grava decorativa más allá de la entrada y, recordando el árbol de basho[5] del refugio de Soseki, no pude evitar sentir que mi vida había terminado. Y tampoco pude evitar sentir que algo me había llevado de regreso a ese lugar después de diez años de ausencia.
Después de salir del hospital psiquiátrico, tomé otro taxi y decidí regresar al hotel en el que había estado antes. Pero, al bajar del taxi a la entrada del hotel, me encontré un hombre de impermeable que discutía por alguna razón con un camarero. ¿Un camarero? No. No era un camarero sino un hombre de uniforme verde, que estaba a cargo de los taxis. La idea de entrar en el hotel me resultó ominosa y rápidamente giré sobre mis talones.
Cuando llegué a Guinza, ya casi anochecía. Los negocios ubicados a ambos lados de la calle, la densa muchedumbre, todo se combinaba para deprimirme aún más. Lo que más me trastornó es que en la calle todo el mundo caminaba despreocupadamente, con indiferencia, como si fuera ajeno al pecado. Seguí caminando hacia el norte en la confusión entre el crepúsculo y las luces eléctricas. Luego mis ojos se sintieron atraídos por una librería con revistas y libros apilados. Entré y curioseé en los anaqueles con aire ausente. Había un libro, Mitos griegos, que decidí hojear. Mitos griegos, con su cubierta amarilla, parecía escrito para niños. Pero un renglón que leí accidentalmente me perturbó.
"Ni siquiera el poderoso Zeus puede vencer al Dios de la Venganza..."
Salí del local y me mezclé con la multitud. Podía sentir al Dios de la Venganza cerniéndose sobre mis hombros y empecé a vagar sin rumbo, desquiciado.
3. Noche
En uno de los anaqueles de la planta alta de Maruzen[6] encontré Cuento de Strindberg, y leí unas páginas mientras me encontraba allí. Describe experiencias semejantes a las mías. Y tenía cubierta amarilla. Volví a dejarlo y recogí un libro grueso que se había caído por casualidad. ¡Y que veo en él sino una ilustración de engranajes con ojos y narices como si fueran seres humanos! Era una compilación de dibujos hechos por internados en asilos mentales, reunidos por algún alemán. Aun en medio de mi depresión, pude sentir que mi espíritu se alzaba en rebelión y con la desesperación de un adicto al juego seguía abriendo un libro tras otro. Por extraño que resulte, casi todos los libros tenían un algún aguijón oculto en sus letras o en sus ilustraciones. ¿Todos los libros? Hasta en Madame Bovary, que había leído muchas veces antes, sentí que al final yo era el burgués monsieur Bovary.
En la planta alta de Maruzen, casi al anochecer, parecía no haber otro cliente más que yo. Eché un vistazo a un anaquel que tenía el cartel de Religión y extraje un libro de cubierta verde. En el índice, un capítulo estaba titulado: "Los cuatro enemigos mortales: la sospecha, el miedo, la vanidad y la sensualidad". Con esas palabras, de inmediato mí espíritu volvió a rebelarse. Esos enemigos eran sólo otros nombres de la sensibilidad y la inteligencia. Era insoportable sentir que lo tradicional era tan deprimente como lo moderno. El libro que tenía en mis manos me hizo recordar el seudónimo que había usado alguna vez, Juryo Yoshi. Era el nombre del joven de Chuang-tsé que había olvidado el muchacho de Juryo que había intentado imitar el paso de uno de Kantan y que terminó arrastrándose para llegar a su casa. Ahora debo de ser Juryo Yoshi para todo el mundo. Y, cuando todavía no había sido relegado al infierno, había usado ese nombre... Yo, con un anaquel entero de libros a mi espalda, traté de despojarme de todo engreimiento y me dirigí hacia una muestra de posters que había a un costado. Allí, en uno de los posters, un caballero que parecía ser san Jorge daba muerte con su lanza a un dragón alado. En la parte superior de la escena, el rostro ceñudo del caballero, a medias oculto por el casco, se parecía a uno de mis enemigos. También recordé la pinturas de Toryu en el Kanbishi y, sin recorrer la muestra, bajé por la ancha escalera.
Caminando por Nihonbashi, en la oscuridad, seguí pensando en la palabra toryu. También era el nombre de mi pincel, estoy seguro. El hombre que me lo había dado era cierto empresario. Había fracasado en una variedad de negocios y finalmente acabó en la ruina. Me encontré mirando el cielo y pensando qué pequeña es la Tierra entre todas las estrellas... y cuánto más pequeño era yo. Pero el cielo, que había estado despejado todo el día, se había encapotado sin que yo lo advirtiera. De inmediato sentí que las cosas habían tomado un giro hostil contra mí y decidí buscar asilo en un café.
"Asilo" es precisamente el término adecuado para describirlo. De alguna manera sentí algo tranquilizador en el matiz rosado de las paredes y me relajé en una mesa. Afortunadamente sólo había unos pocos clientes. Bebí una taza de cocoa y me dispuse a fumar un cigarrillo, como siempre. El humo ascendió en un delgado hilo azul contra la pared rosada. La armoniosa mezcla de los colores suaves me resultó agradable. Pero al cabo de un rato descubrí un retrato de Napoleón en la pared de la izquierda y volví a inquietarme. Cuando Napoleón era sólo un estudiante, había escrito en la última página de su cuaderno de geografía: "Santa Elena, una pequeña isla". Podría haber sido, como se dice, solamente una coincidencia. Pero era algo que más tarde debe de haberle producido a Napoleón un escalofrío...
Observando a Napoleón, pensé en mi propia obra. E irrumpieron en mi mente ciertas frases de Vida de un loco. (Especialmente las palabras "La vida es más infernal que el infierno mismo".) Y también el destino del héroe de El biombo del infierno... un pintor llamado Yoshihide. Después... fumando miré alrededor, tratando de escapar de esos recuerdos. Me había refugiado allí hacía apenas cinco minutos. El lugar ya había experimentado un cambio radical. Lo que me resultaba más incómodo era que las sillas y las mesas de imitación caoba no armonizaban con las paredes rosadas. Temiendo caer en una agonía imperceptible para los demás, traté de salir del café arrojando rápidamente una moneda plateada.
—Señor, son cinco centavos...
Había dejado cinco en vez de veinte.
Mientras caminaba solo por la calle, sintiéndome humillado, recordé de pronto mi casa en el pinar remoto. No era la casa de mis padres adoptivos, situada en los suburbios, sino una casa que yo mismo había alquilado para mi familia, en la que yo era amo y señor unos diez años antes. Pero por alguna razón, sin pensarlo, había vuelto a acordarme de ellos. En el mismo momento empecé a convertirme en un esclavo, un tirano, un egoísta impotente...
Cuando llegué otra vez al hotel, eran casi las diez. Había estado caminando tanto tiempo que no tuve fuerza de ir a mi habitación y en cambio me senté en una silla frente a la chimenea donde ardía un enorme leño. Empecé a pensar en la obra de largo aliento que había estado planeando. Era un largo relato en el que los héroes serían personas comunes desde la era Meiji hasta la Suiko, en una secuencia de más de treinta cuentos cronológicos. Volaron algunas chispas, y recordé la estatua de bronce que estaba delante del Palacio Imperial. La estatua tenía casco y armadura, y estaba montada en un corcel, como si fuera la Lealtad misma pero su enemigo era...
—¡Una mentira!
Una vez más volví instantáneamente del pasado remoto al presente inmediato. Afortunadamente, el hombre que se me acercó era un escultor de cierta edad. Llevaba un abrigo de terciopelo y lucía una barba corta. Me incorporé y estreché la mano que me ofrecía. (No era un hábito en mí. Simplemente imité su costumbre, porque él había pasado la mitad de su vida en París y Berlín.) Sin embargo, curiosamente, su mano era tan viscosa como la piel de un reptil.
—¿Se aloja aquí?
—Sí...
—¿Para trabajar?
—Sí, también estoy trabajando.
Me miró directamente. Sentí que me examinaba con ojos de detective.
—¿Qué le parece si viene a mi habitación a conversar un poco?
Hablé agresivamente. (Uno de mis malos hábitos era asumir de inmediato una actitud desafiante, aunque en realidad no tenía coraje.) Él sonrió y me respondió preguntando:
—¿Dónde está su habitación?
Caminando lado a lado a través de extranjeros que hablaban suavemente, como si fuéramos buenos amigos, nos dirigimos a mi habitación. Allí él se sentó con el espejo a sus espaldas. Y empezó a hablar de muchas cosas. ¿Muchas cosas? En realidad, casi todas eran historias de mujeres. Sin duda, yo era uno de los condenados al infierno por los pecados que había cometido. Así que las historias viciosas me angustiaban aún más. Por un momento me sentí como un puritano y empecé a despreciar a esas mujeres.
—Mire por ejemplo los labios de S-ko-san. Por haber besado a tantos hombres, ella...
Cerré la boca de repente y miré su espalda en el espejo. Tenía una venda amarilla pegada justo debajo de la oreja.
—¿Por haber besado a tantos hombres?
—Parece ser una de ésas.
Sonrió y asintió. Sentí que estaba todo el tiempo dedicado al intento de espiar y revelar mi secreto. Pero nuestra conversación todavía siguió girando en torno de las mujeres. Me sentí más incómodo por mi falta de valor que por odiarlo, y sólo pude deprimirme aún más.
Cuando finalmente se fue, me eché y empecé a leer Anya-Koro[7]. Cada una de las luchas espirituales a las que está sometido su héroe me resultaba conmovedora. Sentí que era un estúpido comparado con él, y me puse a llorar sin darme cuenta. Al mismo tiempo, las lágrimas me calmaron. Pero no por mucho tiempo. Mi ojo derecho empezó a ver otra vez esos engranajes semitransparentes. El número de los engranajes, que no dejaban de girar sin pausa, fue aumentando gradualmente. Temiendo una jaqueca, dejé el libro en la almohada, ingerí ocho miligramos de Veronal y decidí que intentaría descansar bien esa noche, fuera como fuese.
Pero en mi sueño, estaba mirando una piscina. Muchos niños y niñas nadaban en ella, o se zambullían. Me interné en el pinar, dejando atrás la piscina. Entonces alguien me habló a mis espaldas: "Padre". Me volví por un momento y vi a mi esposa de pie junto a la piscina. Y sentí un intenso pesar.
—Padre, ¿una toalla?
—No la necesito. Vigila a los niños.
Seguí caminando. Pero el suelo por el que caminaba se había convertido en un andén sin que lo advirtiera. Parecía una estación rural, el andén estaba rodeado por un largo seto. Un estudiante de la universidad, llamado H, y una anciana, también estaban allí. Me vieron y se dirigieron a mí por turno.
—Un enorme incendio, ¿verdad?
—Yo también logré escapar.
Me pareció que había visto antes a la anciana. Y sentí júbilo al hablar con ella. Entonces llegó silenciosamente un tren, soltando bocanadas de humo. Subí solo al tren y caminé en medio de camas separadas por colgaduras de tela blanca. Vi una mujer desnuda muy semejante a un cadáver que yacía en una cama frente a mí. Debe de haber sido el cadáver de la hija de algún loco... el Dios de mi venganza»...
En cuanto me desperté salté de la cama, a pesar mío. La luz eléctrica inundaba la habitación de una luz tan brillante como antes. Pero de alguna parte venían sonidos de aleteos, de ratas que roían. Abrí la puerta, salí al pasillo y rápidamente me dirigí hacia la chimenea. Me senté y clavé la vista en el débil resplandor de las ascuas. Un muchacho de uniforme blanco vino a atizar el fuego.
—¿Qué hora es?
—Alrededor de las tres y media, señor.
En un extremo del vestíbulo una mujer, que parecía norteamericana, estaba entretenida leyendo un libro, sola. Incluso desde la distancia a la que me encontraba era claro que llevaba puesto un vestido verde. De alguna manera eso me hizo sentir alivio y decidí esperar tranquilamente que amaneciera. Como un anciano que espera con calma la muerte después del largo sufrimiento de una enfermedad...
4. ¿Todavía?
Finalmente terminé mi cuento en la habitación del hotel y decidí enviarlo a una revista. En realidad, el dinero que obtendría con él era menos del necesario para cubrir la cuenta del hotel por una semana de alojamiento. Pero estaba satisfecho de haber hecho el trabajo y decidí visitar una librería de Ginza como tónico espiritual.
En el asfalto, bajo el sol invernal, había muchos pedazos de papel. Parecían rosas, exactamente. En cierto modo me sentía de buen ánimo y entré en la librería. Estaba más pulcra y ordenada que de costumbre. Una joven de lentes discutía algo con un empleado, y la charla no llegó a crisparme los nervios. Sin embargo, recordando las rosas de papel arrojadas en la calle, decidí comprar Los diálogos de Anatole France y Las cartas completas de Prosper Mérimée.
Con los dos libros bajo el brazo, fui a un café. Preferí esperar a que me trajeran una taza de café a una mesa situada en el extremo de la sala. Del otro lado estaba sentada una pareja que parecían madre e hijo. El hijo era más joven que yo, pero una copia exacta de mí. Y conversaban como si fueran amantes, íntimamente. Al observarlos empecé a sentir que el hijo era consciente de que le proporcionaba a su madre también cierta satisfacción sexual. Era una clase de relación que yo conocía por experiencia propia. Además, era un ejemplo de esa tozudez y determinación que convierte el mundo en un infierno. Pero temía volver a ser presa de mis angustias y empecé a leer Las cartas completas de Prosper Mérimée, aprovechando que ya me habían servido el café. En las cartas se revelaba la misma mordacidad aforística que se leía en sus novelas. Sus oraciones acorazaron mis sentimientos, dándoles un filo de acero. (Uno de mis puntos débiles es que esa clase de giros influyen rápidamente en mí.) Muy pronto acabé mi taza y, sintiéndome distendido y despreocupado, abandoné el café.
En la calle miré todos los escaparates, uno por uno. Un taller de marcos exhibía un retrato de Beethoven. Era la imagen de un genio, con el cabello erizado. No pude evitar que me pareciera ridículo...
En ese momento vi a un amigo de la época del colegio secundario. Ahora convertido en profesor universitario de química aplicada, cargaba una enorme maleta colmada, y tenía un ojo enrojecido y congestionado.
—¿Qué te pasa en el ojo?
—¿Esto? Es sólo una conjuntivitis.
Entonces, por un sentimiento de afinidad, recordé que catorce o quince años atrás, yo había padecido la misma enfermedad. Pero no dije nada. Él me palmeó el hombro y empezó a hablar de amigos comunes. La charla lo indujo a llevarme a un café.
—Hace mucho que no nos vemos. Tal vez desde la ceremonia que se hizo por el monumento de Shushunsui[8].
Eso me dijo, sentado del otro lado de la mesa de mármol, después de encender un cigarro.
—Sí. Ese Shushun...
No sé por qué, pero no pude pronunciar correctamente la palabra Shushunsui. El hecho de que fuera japonés me hacía sentir aún más incómodo. Pero él siguió parloteando sobre mil cosas sin reparar en mi dificultad. Sobre el novelista K., sobre un bulldog que se había comprado, sobre el gas venenoso de lucita...
—Parece que no estás escribiendo mucho. Sin embargo, leí tu Registro de muerte... ¿Es una obra autobiográfica?
—Sí, es autobiográfica.
—Es bastante morbosa. ¿Estás bien ahora?
—Debo estar medicado siempre, como sabes.
—Yo también estoy sufriendo de insomnio.
—¿Qué quieres decir con "también"?
—Bueno, oí que tú también padeces de insomnio.. . ¿verdad? Es peligroso, ya sabes...
Había algo así como una sonrisa revelada en el ojo izquierdo aquejado de conjuntivitis. Antes de responder percibí que tendría dificultad para pronunciar la sílaba final de la palabra insomnio.
—Es natural en el hijo de un loco.
Menos de diez minutos después ya estaba otra vez caminando en la calle. Los pedazos de papel sobre el asfalto no llegaban a parecerse del todo a los rostros de los hombres. Entonces una mujer con el pelo a la garçon se acercó a mí en dirección opuesta. A la distancia se la veía bella. Pero cuando se aproximó no sólo vi sus arrugas sino también su fealdad. Y parecía embarazada. A pesar mío le di la espalda y doblé una esquina metiéndome en una ancha calle lateral. Pero hacía ya un tiempo había empezado a tener dolores hemorroidales. Era un dolor que sólo podía aliviarse con un baño de asiento.
Un baño de asiento... también Beethoven solía hacerse baños de asiento.
De inmediato el olor del azufre que se usaba en los baños asaltó mi nariz. Naturalmente, en la calle no había azufre por ninguna parte. Recordé otra vez las rosas de papel y seguí caminando con paso tan seguro como pude.
Una hora más tarde, nuevamente encerrado en mi cuarto, me senté ante la mesa y empecé otro cuento. Para mi sorpresa, la pluma se deslizaba con fluidez sobre el papel. Pero al cabo de unas pocas horas se detuvo, como por obra de algo invisible a mis ojos. Me sentí obligado a incorporarme y a ponerme a caminar por el cuarto de arriba abajo. La sensación expansiva que experimentaba era absolutamente inusual. Con una suerte de salvaje júbilo, sentí que no tenía padres ni esposa ni hijos; todo lo que tenía era la vida que fluía de mi pluma.
Pero al cabo de cuatro o cinco minutos me llamaron por teléfono. Atendía muchas veces, pero el teléfono sólo repetía unas palabras ambiguas. En cualquier caso sonaba como todo. Finalmente abandoné el teléfono y volví a mi caminata por el cuarto. Pero la palabra todo me pesaba extrañamente.
"Todo... topo..."
Topo es mogura en japonés. La asociación tampoco era feliz para mí. Y al cabo de segundos empecé a debatirme con topo, ciego, muerto... la mort. La mort, la muerte, en francés, me inquietó. Así como la muerte había caído sobre el esposo de mi hermana, ahora parecía acecharme a mí. Pero aun en mi inquietud encontré algo gracioso. Y me encontré sonriendo como un tonto. ¿Qué era lo que me hacía gracia? No lo sabía con certeza. Me detuve ante el espejo, algo que no había hecho durante un tiempo, y me enfrenté con mi reflejo. Naturalmente había una sonrisa en mi cara. Mientras la observaba, recordé el alter ego. Por fortuna mi alter ego —el Doppelgänger alemán— nunca se había parecido mucho a mí. Pero la esposa de K, que se había convertido en una estrella de cine norteamericana, había visto a mi alter ego en el corredor del Teatro Imperial. (Recuerdo mi incomodidad cuando de repente la señora K me dijo: "Lamento no haberlo saludado el otro día".) Después, un ex traductor, que tenía una sola pierna, también vio a mi alter ego en una tabaquería de Ginza. La muerte podría caer sobre mi alter ego en vez de caer sobre mí. Aunque me ocurriera a mí... Me alejé del espejo y volví a la mesa frente a la ventana. Se podía ver un césped deslucido y una piscina a través del marco cuadrado de toba. Mirando el jardín recordé unos cuadernos y unas obras teatrales inconclusas que había quemado en un pinar distante. Tomando la pluma, empecé a escribir otra vez el nuevo cuento.
5. Shakko[9]
La luz del sol empezó a atormentarme. Como un topo, mantuve las cortinas corridas y, con la luz eléctrica encendida, seguí dándole duro a mi cuento. Después, agotado, abrí la Historia de la literatura inglesa de Taine y leí sobre la vida de los poetas. Todos habían sido desdichados. Hasta los gigantes de la época isabelina... hasta Ben Jonson, el más distinguido erudito de su tiempo, solía estar tan atormentado por la ansiedad que había empezado a ver ejércitos cartagineses y romanos enzarzados en combate sobre el dedo gordo de su pie. No pude evitar sentir placer, un placer algo maligno, al leer sobre esas desventuras.
A la noche, con un intenso viento del este (para mí de buen augurio), salí por el sótano a la calle y decidí visitar a un anciano que conocía. Trabajaba solo como cuidador en el ático de una empresa de biblias y dedicaba casi todo su tiempo a la lectura y la oración. Calentándonos las manos sobre un hibachi hablamos de temas diversos bajo un crucifijo que pendía de la pared. ¿Por qué mi madre se volvió loca? ¿Por qué mi padre fracasó en los negocios? ¿Por qué yo estaba siendo castigado? Él estaba familiarizado con esos temas misteriosos y con una extraña sonrisa solemne solía hablarme con facilidad y extensamente. Y a veces, en sus frases concisas, atrapaba la vida en toda su naturaleza caricaturesca. No podía evitar admirar al eremita en su ático. Pero al hablar con él descubrí que tenía ciertas propensiones...
—La hija del jardinero es adorable, de buen carácter, y tan tierna conmigo.
—¿Cuántos años tiene?
—Cumple dieciocho este año.
Es posible que fuera un sentimiento paternal. Pero no era difícil advertir cierta pasión en sus ojos. Y las manzanas que me ofreció sin advertirlo dejaban traslucir, en sus cáscaras amarillentas, unos unicornios. (Con frecuencia encontraba criaturas míticas en las vetas de la madera y en las rajaduras de las tazas de café.) Los unicornios eran, sin duda, Kylin (los unicornios chinos). Recordé que un crítico hostil me había calificado una vez de "prodigio (kirinji) de la década de 1910", y de repente sentí que ese ático con su crucifijo tampoco era un lugar seguro.
—¿Cómo has estado últimamente?
—Tenso, como siempre.
—Las drogas no te curarán. ¿Por qué no te haces cristiano?
—Si hasta yo pudiera...
—No hay nada difícil en ello. Simplemente, si crees en Dios, en Cristo el Hijo de Dios, y en los milagros que hizo Cristo...
—Creo en los demonios...
—Entonces, ¿por qué no en Dios? Si crees en las sombras, no entiendo cómo haces para no creer también en la luz.
—Pero hay una oscuridad donde no llega ninguna luz.
—¿Sombras sin luz?
No pude responder nada. Él también caminaba en la oscuridad. Pero mientras hubiera sombras, él creía que también había luz. Ése era el único punto en el que teníamos una diferencia lógica. Pero para mí era un abismo infranqueable...
—Pero verdaderamente existe la luz. Tenemos milagros que lo prueban... Hasta en nuestros días se producen milagros.
—Los milagros son obra de los demonios...
—¿De dónde salen tus demonios? —Estuve tentado de contarle mis experiencias del último par de años. Sin embargo, temía que les contara a mi esposa y a mis hijos, y que volvieran a mandarme al manicomio como le había ocurrido a mi madre.
—¿Qué es eso que tienes allí?
El anciano regordete giró para ver los viejos anaqueles e hizo una mueca semejante a la de Pan.
—Es una colección de Dostoyevski. ¿Leíste Crimen y castigo?
Naturalmente yo había tenido predilección por Dostoyevski unos diez años atrás y había leído cuatro o cinco libros suyos. Pero conmovido porque él hubiera dicho casualmente Crimen y castigo, le pedí el libro prestado y decidí regresar al hotel. La calle, deslumbrante por la luz eléctrica y tan llena de gente, me resultó opresiva. En ese punto me habría resultado insoportable encontrarme con algún conocido. Traté de avanzar por las calles laterales más oscuras, sigiloso como un ladrón.
Al poco rato, sin embargo, empecé a sentir dolor de estómago. Sólo un vaso de whisky podía curarme de ese mal. Encontré un bar y traté de abrirme paso para entrar. En el atestado bar había un humo denso, y algunos jóvenes, que parecían artistas, bebían sake juntos. En el medio de todo eso había también una muchacha que rasgueaba una mandolina con toda gravedad. De inmediato me sentí inseguro y retrocedí sin haber siquiera traspuesto la puerta. Descubrí que mi sombra oscilaba sin razón de derecha a izquierda. Y la luz que brillaba sobre mí, extrañamente, era roja. Me detuve. Pero mi sombra siguió oscilando de un lado a otro como antes. Me volví tímidamente y finalmente advertí un farol con vidrios de color que pendía del alero del bar. El farol se meneaba lentamente, movido por el fuerte viento...
A continuación entré en un restaurante instalado en un sótano. Me acerqué a la barra y pedí un whisky.
Vertí el whisky en un vaso de soda y lo sorbí en silencio. A mi lado había dos hombres de alrededor de treinta años, que parecían periodistas, hablando en voz baja. Hablaban en francés. Les di la espalda, pero sentí sus ojos sobre mí. De hecho, sus miradas me afectaron como una corriente eléctrica. Conocían mi nombre, era indudable, y estaban hablando de mí.
—Bien... très mauvais... pourquoi?
—Pourquoi?... le diable est mort!
—Oui, oui...d'enfer...
Arrojé una moneda plateada sobre el mostrador (el único dinero que me quedaba encima) y decidí salir de ese sótano.
En la calle, la brisa nocturna que soplaba fortaleció mi ánimo y el dolor de estómago cedió. Recordé a Raskolnikov y sentí el deseo de arrepentirme de todo. Pero no sólo para mí, sino también para mi familia, eso habría significado una tragedia. Y era cuestionable si mi deseo era verdadero o no. Si por lo menos mis nervios fueran tan fuertes como los de los hombres comunes... pero necesitaba ir a alguna parte para que eso ocurriera. A Madrid, a Río o a Samarkanda...
Justo en ese momento un pequeño cartel blanco en el alero de un negocio me inquietó. Era el sello de una marca, unas alas pintadas sobre un neumático de auto. Me recordó a Ícaro con sus alas artificiales. Su intento de volar alto, sus alas derretidas por el calor del sol, su final, ahogado en el mar. A Madrid, a Río o a Samarkanda... ¿cómo podía evitar reírme de un sueño tan necio? Al mismo tiempo, no pude evitar pensar en Orestes, perseguido por los dioses de la venganza.
Caminé por una calle oscura, junto a un canal. Entonces recordé la casa de mis padres adoptivos, en los suburbios. Por supuesto, deben de estar esperando mi regreso. Probablemente mis hijos también... pero cuando regresara... no podía evitar temer que hubiera allí alguna fuerza que me retuviera, naturalmente. El chapoteo del agua del canal alzó un bote de juncos a mi lado. En el fondo del barquito brillaba una débil luz. También allí debe de haber una familia, hombres y mujeres viviendo juntos. Odiándose y sin embargo amándose lo suficiente... pero alenté a mi mente a continuar la lucha y decidí volver al hotel, sintiendo el whisky en mi interior.
De regreso ante la mesa, retomé la lectura de las Cartas de Mérimée. Silenciosamente eso empezó a revivirme. Pero cuando descubrí que en sus últimos años Mérimée se había convertido al protestantismo, de pronto sentí que se ocultaba tras una máscara. Él tanteaba en la oscuridad, igual que nosotros. ¿En la oscuridad?...Anya-Koro empezó a cobrar proporciones temibles para mí. Recurrí a los Diálogos de Anatole France para olvidar mi depresión. Pero este Pan de los tiempos modernos también cargaba una cruz...
Más o menos una hora más tarde el botones me trajo una tanda de cartas. Uno de ellas era de una librería de Leipzig que me pedía un ensayo sobre "Las mujeres modernas en Japón". ¿Por qué me buscan a mí para ese artículo? Había un post scriptum (en inglés) manuscrito: "Junto con el artículo apreciaríamos recibir un retrato de mujer... pero en blanco y negro como en las pinturas japonesas". Las palabras me recordaron el whisky Black & White, y rompí la carta en mil pedazos. Abrí otro sobre al azar, y examiné el papel de carta amarillo. Era de un joven, alguien a quien yo no conocía. Pero al cabo de unas pocas líneas, las palabras "Su Biombo del infierno..." me irritaron. La tercera que abrí era de mi sobrino. Después de una profunda inspiración, me zambullí en la lectura de problemas familiares, etc. Pero incluso esa carta me deprimió al llegar al final.
"Te envío un ejemplar de la segunda edición de la Antología de Shakko..."
¡Shakko! Sentía que alguien se estaba burlando de mí y busqué amparo fuera de la habitación. No había nadie en el pasillo. Apoyé una mano en la pared para sostenerme y recorrí el camino hasta el vestíbulo. Busqué una silla y decidí encender un cigarrillo. Por algún motivo, era un Airship. (Sólo había fumado Star desde mi llegada al hotel.) Las alas artificiales volvieron a aparecer ante mis ojos. Decidí llamar otra vez al botones y pedirle que me comprara dos paquetes de Star. Pero, si era verdad lo que me dijo, desafortunadamente no les quedaban Star.
—Pero tenemos Airship, señor...
Meneé la cabeza y miré el gran vestíbulo que me rodeaba. En un extremo había algunos extranjeros charlando en una mesa. Uno de ellos, una mujer de vestido rojo, parecía mirarme mientras hablaba con los otros en un susurro.
—Señora Townshead...
Algo que trascendía mi poder de visión llegó hasta mí a pesar del susurro. El nombre de la señora Townshead, por supuesto, era desconocido para mí. Aun cuando fuera el nombre de la mujer que estaba allí... Me incorporé y, medio loco de miedo, decidí regresar a la habitación.
Cuando estuve allí pensé en llamar a cierto hospital psiquiátrico. Pero ir a ese lugar significaba la muerte para mí. Después de muchas vacilaciones me puse a leer Crimen y castigo para distraerme. Sin embargo, la página en la que abrí el libro era de Los hermanos Karamazov. Suponiendo que me había equivocado de volumen, miré la cubierta. Crimen y castigo... el libro debía ser Crimen y castigo. En el error de encuademación, en el hecho de que había abierto el libro en esta página mal intercalada, sentí el accionar del dedo del destino y seguí leyendo con sentimiento de inevitabilidad. Pero antes de terminar siquiera la página advertí que todo mi cuerpo empezaba a temblar. Era un fragmento en el que Iván era atormentado por la inquisición del diablo. Iván, Strindberg, de Maupassant, yo mismo, en esa habitación.
Sólo el sueño podía salvarme de ese estado. Sin que me hubiera dado cuenta, las drogas se me habían terminado. No podía soportar el tormento si no dormía. Con valor nacido de la desesperación, me hice traer una taza de café y decidí seguir escribiendo frenéticamente. Dos, cinco, siete, diez páginas... el manuscrito creció a toda velocidad. Llené el relato de criaturas sobrenaturales. Una de ellas me describía. Pero el agotamiento acabó por extenuar mi mente. Me aparté de la mesa y me tendí en la cama. Debo de haber dormido entre cuarenta y cincuenta minutos. Sentí que alguien susurraba en mi oído, despertándome y haciendo que me pusiera de pie, las palabras:
—Le diable est mort.
Del otro lado de la ventana de toba estaba a punto de romper el día. De pie junto a la puerta, miré la habitación vacía. En el cristal de la ventana advertí una pequeña escena del mar más allá de un pinar amarillento. Me acerqué a la ventana con cierta timidez, para advertir que la escena había sido evocada por el pasto marchito y la piscina del jardín. Pero la imagen había despertado en mi mente una especie de nostalgia de mi casa.
Decidí que me iría a casa después de haber llamado a una de las editoriales de revistas y haberme asegurado alguna fuente de ingresos, a las nueve de la mañana. Libros, papeles, objetos personales, volvieron a guardarse en la maleta, sobre la mesa.
6. Avión
Tomé un auto desde una estación de la línea Tokaido hasta un balneario veraniego situado a cierta distancia. Por alguna razón, a pesar del tiempo helado, el chofer llevaba puesto un impermeable. Sintiendo que había algo muy extraño en esa coincidencia, traté, dentro de los posible, de mirar todo el tiempo por la ventanilla para no verlo. Un poco más allá del lugar donde crecían unos pinos pequeños, probablemente por un antiguo sendero, vi que avanzaba una procesión fúnebre. En la procesión no parecía haber faroles blancos ni de santuario. Pero delante y detrás del ataúd se mecían silenciosamente flores artificiales plateadas y doradas...
Cuando por fin llegué a casa, pasé algunos días muy tranquilos, gracias a mi esposa e hijos y a los opiáceos. La planta alta ofrecía una modesta vista del mar más allá de los pinares. En la mesa de la planta alta, escuchando el arrullo de las palomas, decidí trabajar solamente durante las mañanas. Además de las palomas y los cuervos, los gorriones también se posaban en la galería. Era una alegría para mí. "Una urraca entra en la sala"... pluma en mano, cada vez que venían los pájaros, también venían a mí las palabras.
Una tarde cálida y nublada fui a comprar tinta. La única tinta que les quedaba era sepia. La tinta sepia me resultaba más desagradable que cualquier otra. Tuve que salir del negocio y caminé, solo, por la concurrida calle. Un extranjero corto de vista, de unos cuarenta años, se paseaba muy ufano. Era sueco y sufría de paranoia y vivía en las cercanías. Y se llamaba Strindberg. Cuando pasé a su lado, la proximidad me pesó físicamente.
La calle sólo tenía unas pocas cuadras de largo. Pero al recorrerla un perro, negro de un lado, pasó junto a mí cuatro veces. Doblando en una esquina, recordé el whisky Black & White. Y recordé también que el pañuelo de Strindberg era blanco y negro. No podía ser una coincidencia. Y si no lo era... Me sentí como si sólo mi cabeza hubiera estado caminando, y me detuve un momento. Detrás de una cerca de alambre, junto a la calle, habían arrojado un cuenco de vidrio con todos los colores del arco iris. En la base había un dibujo, como un ala estampada. Muchos gorriones volaron desde la copa de los pinos. Pero cuando se acercaron al cuenco, cada uno de ellos, como de común acuerdo, volvió a elevarse a los cielos con el resto...
Fui a la casa de los padres de mi esposa y me senté en el jardín en una silla de ratán. En un gallinero cercado con alambre, en un rincón del jardín, daban vueltas numerosas Leghorn blancas, en silencio. A mis pies estaba echado un perro negro. Tratando de responder una pregunta que nadie podía captar, yo parecía conversar tranquilamente con la madre y el hermano menor de mi esposa.
—Muy tranquilo aquí.
—En cualquier caso, mucho más tranquilo que Tokio.
—¿A veces también hay agitación aquí?
—Como sabes, esto también es parte del mundo.
Y al decir esas palabras, la madre de mi esposa se rió. Verdad, ese balneario veraniego era parte del mundo. Durante el año anterior yo había llegado a enterarme de la cantidad de crímenes y tragedias que tenían lugar. Un médico que había tratado de matar lentamente a un paciente con veneno, una anciana que incendió la casa de una pareja adoptiva, un abogado que trató de despojar a su hermana menor de la herencia... mirar sus casas era para mí ver el infierno de la vida.
—Hay un loco en esta ciudad, ¿no es cierto?
—Tal vez te refieres a H. No es loco. Se ha convertido en un idiota.
—Lo que llaman demencia precoz. Siempre me hace sentir extraño. No sé por qué estaba arrodillado ante la imagen de Kannon con cabeza de caballo.
—Te hace sentir extraño... Deberías ser más fuerte...
—Tú eres más fuerte que yo, sin embargo...
El hermano menor de mi esposa, sin afeitarse, porque acababa de levantarse de la cama después de una enfermedad, hizo esta acotación, indeciso como siempre.
—Soy débil, pero fuerte en cierto modo...
—Bien, lo lamento.
Mirando a esa suegra mía, no pude evitar esbozar una amarga sonrisa. El hermano de mi esposa, sonriendo también mientras miraba los pinares que se extendían más allá de la cerca, siguió parloteando distraídamente. (El joven hermano convaleciente me parecía a veces un espíritu que había escapado de su cuerpo.)
—Soy tan poco mundano y sin embargo al mismo tiempo anhelo tanto el contacto humano...
—A veces eres un buen hombre, a veces uno malo.
—No, es algo muy diferente de lo bueno o lo malo.
—Como un niño que vive dentro de un adulto.
—No exactamente. No puedo expresarlo con claridad... Tal vez algo más semejante a los dos polos de la electricidad. En cualquier caso, me ocurren al mismo tiempo dos cosas diferentes.
Lo que me sobresaltó fue el rugido de un avión. A pesar mío, alcé la vista para encontrar un avión que parecía que volaba tan bajo, como para rozar las copas de los pinos. Era un monoplano inusual con las alas pintadas de amarillo. También los pollos y el perro se sobresaltaron y se lanzaron a correr en todas direcciones. El perro se ocultó bajo el porche, ladrando.
—¿No se caerá ese avión?
—Jamás... ¿Sabes de alguna enfermedad de los aviones?
Encendiendo un cigarro meneé la cabeza en vez de decir "no".
—Como la gente que anda en esos aviones respira todo el tiempo el aire de la atmósfera superior, se dice que gradualmente se vuelve incapaz de vivir en el aire de aquí abajo...
Caminando entre los pinos cuyas ramas no se movieron ni una sola vez después de que me fui de la casa de la madre de mi esposa, descubrí lentamente que estaba deprimido. ¿Por qué ese avión siguió ese trayecto, justo por encima de mi cabeza, y no cualquier otro? ¿Por qué sólo tenían cigarrillos Airship en aquel hotel? Me debatí con esas diversas preguntas y caminé por calles que elegí porque no había en ellas ningún signo de vida.
El mar estaba gris y encapotado más allá de una duna baja. En la costa arenosa se erguía el armazón de un columpio sin columpio. Al verlo inmediatamente recordaba una horca. Y algunos cuervos se posaron en él. Todos me miraron, pero no amagaron siquiera con lanzarse a volar. Y un cuervo, en el centro, alzó su pico al cielo y graznó cuatro veces.
Avanzando a lo largo del borde de la playa, con su hierba marchita, decidí seguir por un camino junto al que se erguían muchas casas de campo. Se suponía que a la derecha se encontraba una casa de madera de dos plantas, de estilo occidental, construida entre altos pinos. (Un buen amigo mío la llamaba "La morada de la primavera".) Pero al pasar por el lugar vi tan sólo una bañera sobre una base de cemento. Un incendio, se me ocurrió de inmediato mientras seguía adelante rápidamente, tratando de no mirar. Un hombre en bicicleta se acercaba derecho hacia mí. Llevaba una gorra de caza marrón oscuro, la mirada extrañamente fija y estaba agachado sobre el manubrio. Inesperadamente vi en su cara la cara del esposo de mi hermana mayor y decidí alejarme del camino antes de que llegara hasta mí. Pero en el medio del sendero yacía, de espaldas, el cadáver de un topo.
Que algo estuviera dirigido a mí empezó a hacerme sentir más inquieto con cada paso. Gradualmente, los engranajes semitransparentes bloquearon mi visión. Temiendo que estuviera próximo mi momento final, seguí caminando, manteniendo rígido el cuello. A medida que el número de engranajes crecía, también empezaron a girar. Al mismo tiempo, el pinar que estaba a mi derecha empezó a verse como a través de vidrio astillado, con ramas silenciosamente entrelazadas. Sentí que mi corazón latía con violencia y traté muchas veces de detener mi avance por la senda. Pero ni siquiera resultaba sencillo detenerse, como si alguien me empujara desde atrás...
Al cabo de unos treinta minutos estaba en la planta alta de mi casa, descansando la espalda y padeciendo una aguda jaqueca, con los ojos fuertemente cerrados. Entonces empezó a aparecer detrás de mis párpados un ala de plumas plateadas superpuestas como escamas. Se reflejaba claramente en mi retina. Abriendo los ojos, miré el techo y, tras confirmar que no había allí nada semejante, decidí volver a cerrar los ojos. Pero el ala plateada por cierto regresó en esa oscuridad, tal como antes. Entonces recordé que también había un ala en la tapa del radiador del taxi que había tomado el otro día...
Alguien subió la escalera con rapidez y después bajó apresuradamente, con mucho estrépito. Alarmado al advertir que sería mi esposa, me incorporé de inmediato y bajé a la sala oscura en la que desembocaba la escalera. Mi esposa, que parecía sin aliento, estaba temblando visiblemente.
—¿Qué ocurre?
—No, nada...
Finalmente levantó el rostro y esbozó una sonrisa forzada mientras hablaba.
—Nada... simplemente se me ocurrió, padre, que estabas por morir...
Fue la experiencia más aterradora de mi vida... ya no tengo fuerzas para seguir escribiendo. Es inexpresablemente doloroso vivir en este estado mental. ¿No hay nadie que venga y me estrangule en silencio mientas duermo?









[1] La línea Tokaido es célebre por los grabados de Hiroshige y por el moderno tren bala; es la línea férrea principal que une Tokio y Osaka.
[2] Un gran cuadrado de tela que aún se usa mucho en Japón para llevar objetos, paquetes, etcétera.
[3] En inglés, "mole" que también significa "topo", un elemento recurrente de este relato que Akutagawa usa para describir su obsesión. (N. de la T.)
[4] Un brasero de cerámica, y a veces de madera o de piedra, que se llena de arena y pequeños trozos de carbón. Aún se lo ve en el interior y entre las clases marginales de Japón.
[5] El árbol de basho, del que tomó su nombre el famoso poeta, es el llantén o plantaina.
[6] Maruzen es la cadena de librerías más conocida de Japón, incluso en la actualidad.
[7] Anya-koro ("Viaje a la oscuridad", 1912-1937) es la novela más conocida de Shiga Naoya. Akutagawa, que se había dedicado casi por completo a escribir sobre escenas de la antigüedad, etc., durante su último año de vida fue inducido por la lectura de sus contemporáneos más autobiográficos a dedicarse a la exploración de su propio cuerpo y mente atormentados.
[8] El monumento en conmemoración de Shushunsui fue erigido en 1913. Erudito y maestro taoísta, Shushunsui había sido invitado a Japón por el shogunato de Tokugawa y se convirtió en ciudadano japonés en 1659.
[9] Shakko es el nombre de un periódico. Sin embargo, la expresión "luz roja" no debe confundirse con su contraparte occidental. En japonés refiere al paraíso budista.
En Vida de un loco. Tres relatos
Traducción de Mirta Rosenberg
Prólogo de Luis Chitarroni, con epílogo de Jorge Luis Borges.

domingo, 29 de enero de 2012

Luis Buñuel - Ateo gracias a Dios


La casualidad es la gran maestra de todas las cosas. La necesidad viene luego. No tiene la misma pureza. Si entre todas mis películas siento una especial ternura hacia El fantasma de la libertad, es, quizá, porque abordaba este difícil tema.

El guión ideal, en el que a menudo he soñado, arrancaría de un punto de partida anodino, banal. Por ejemplo: un mendigo atraviesa una calle. Ve una mano que asoma por la portezuela abierta de un lujoso automóvil y que arroja al suelo la mitad de un habano. El mendigo se detiene bruscamente para recoger el cigarro. Otro automóvil le arrolla y le mata.

A partir de este accidente, se puede formular una serie indefinida de preguntas. ¿Por qué se han encontrado el mendigo y el cigarro? ¿Qué hacía el mendigo a esa hora en la calle? ¿Por qué el hombre que fumaba el cigarro lo ha tirado en ese momento? Cada respuesta dada a estas preguntas originará, a su vez, otras preguntas, progresivamente más numerosas. Nos hallaremos ante encrucijadas cada vez más complejas, que conducirán a otras encrucijadas, a laberintos fantásticos en los que habremos de elegir nuestro camino. Así, siguiendo causas aparentes, que no son, en realidad, sino una serie, una profusión ilimitada de casualidades, podríamos irnos remontando cada vez más lejos en el tiempo, vertiginosamente, sin pausa, a través de la Historia, a través de todas las civilizaciones, hasta los protozoarios originales.

Encuentro un magnífico ejemplo de esta casualidad histórica en un libro claro y denso que, para mí, representa la quintaesencia de una cierta cultura francesa, Poncio Pilatos, de Roger Caillois. Poncio Pilatos, nos cuenta Caillois, tiene todas las razones para lavarse las manos y dejar condenar a Cristo. Es el consejo de su asesor político, que teme disturbios en Judea. Es también el ruego de Judas, para que se cumplan los designios de Dios. Es incluso la opinión de Marduk, el profeta caldeo, que imagina la larga sucesión de acontecimientos que seguirán a la muerte del Mesías, acontecimientos que existen ya, puesto que él los ve y es profeta.

A todos los argumentos, Pilatos solamente puede oponer su honradez, su deseo de justicia. Tras una noche de insomnio, toma su decisión y libera a Cristo. Éste es acogido con alegría por sus discípulos. Prosigue su vida y su enseñanza y muere a edad avanzada, considerado como un hombre muy santo. Durante uno o dos siglos, se sucederán los peregrinos ante su tumba. Luego, se le olvidará.

Y, naturalmente, la historia del mundo será completamente distinta.

Este libro me ha hecho fantasear durante mucho tiempo. Sé muy bien todo lo que se me puede decir sobre el determinismo histórico o sobre la voluntad omnipotente de Dios, que empujaron a Pilatos a lavarse las manos. Sin embargo, podía no lavárselas. Rechazando la jofaina y el agua, cambiaba todo el curso de los tiempos.

La casualidad quiso que se lavara las manos. Como Caillois, yo no veo
ninguna necesidad en este gesto.

Claro que, si bien nuestro nacimiento es totalmente casual, debido al encuentro fortuito de un óvulo y un espermatozoide (¿por qué precisamente éste entre millones?), el papel del azar se difumina cuando se edifican las sociedades humanas, cuando el feto y, luego, el niño se encuentran sometidos a estas leyes. Y así es para todas las especies. Las leyes, las costumbres, las condiciones históricas y sociales de una cierta evolución, de un cierto progreso, todo lo que pretende contribuir a la creación, al avance, a la estabilidad de una civilización a la que pertenecemos por la suerte o la desgracia de nuestro nacimiento, todo eso se presenta como una lucha cotidiana y tenaz contra el azar. Nunca totalmente aniquilado, vivo y sorprendente, trata de acomodarse a la necesidad social.

Pero yo creo que, en estas leyes necesarias, que nos permiten vivir juntos, es preciso abstenerse de ver una necesidad fundamental, primordial. Me parece, en realidad, que no era necesario que este mundo existiese, que no era necesario que nosotros estuviésemos aquí, viviendo y muriendo. Puesto que no somos sino hijos del azar, la Tierra y el Universo hubieran podido continuar si nosotros, hasta la consumación de los siglos. Imagen inimaginable la de un Universo vacío e infinito, teóricamente inútil, que ninguna inteligencia podría concebir, que existiría solo, caos permanente, abismo inexplicablemente privado de vida. Quizás otros mundos, cegados a nuestro conocimiento, prosiguen así su curso inconcebible. Tendencia al caos, que sentimos a veces muy profundamente en nosotros mismos.

Algunos sueñan en un universo infinito, otros nos lo presentan como finito en el espacio y en el tiempo. Heme aquí entre dos misterios tan impenetrables el uno como el otro. Por una parte, la imagen de un universo infinito es inconcebible. Por otra, la idea de un universo finito, que dejará algún día de existir, me sumerge en una nada impensable que me fascina y me horroriza. Voy de una a otra. No sé.

Imaginemos que el azar no existe y que toda la historia del mundo, hecha bruscamente lógica y comprensible, pudiera resolverse en unas cuantas fórmulas matemáticas. En tal caso, seria necesario creer en Dios, suponer como inevitable la existencia activa de un gran relojero, de un supremo ser organizador.

Pero Dios, que lo puede todo, ¿no habría podido crear por capricho un mundo entregado al azar? No, nos responden los filósofos. El azar no puede ser una creación de Dios, porque es la negación de Dios. Estos dos términos son antinómicos. Se excluyen mutuamente.

Carente de fe (y persuadido de que, como todas las cosas, la fe nace a menudo del azar), no veo cómo salir de este círculo. Por eso es por lo que no entro en él.

La consecuencia que de ello extraigo, para mi propio uso, es muy sencilla: creer y no creer son la misma cosa. Si se me demostrara ahora mismo la luminosa existencia de Dios, ello no cambiaría estrictamente nada en mi comportamiento. Yo no puedo creer que Dios me vigila sin cesar, que se ocupa de mi salud, de mis deseos, de mis errores. No puedo creer, y en cualquier caso no acepto, que pueda castigarme para toda la eternidad.

¿Qué soy yo para él? Nada, una sombra de barro. Mi paso es tan rápido
que no deja ninguna huella. Soy un pobre mortal, no cuento ni en el espacio ni en el tiempo. Dios no se ocupa de nosotros. Si existe, es como si no existiese. Razonamiento que antaño resumí en esta fórmula: «Soy ateo, gracias a Dios.» Fórmula que sólo en apariencia es contradictoria.

Junto al azar, su hermano el misterio. El ateísmo —por lo menos el mío— conduce necesariamente a aceptar lo inexplicable. Todo nuestro Universo es misterio.

Puesto que me niego a hacer intervenir a una divinidad organizadora, cuya acción me parece más misteriosa que el misterio, no me queda sino vivir en una cierta tiniebla. Lo acepto, Ninguna explicación, ni aun la más simple, vale para todos. Entre los dos misterios, yo he elegido el mío, pues, al menos, preserva mi libertad moral.

Se me dice: ¿Y la Ciencia? ¿No intenta, por otros caminos, reducir el misterio que nos rodea?

Quizá. Pero la Ciencia no me interesa. Me parece presuntuosa, analítica y superficial. Ignora el sueño, el azar, la risa, el sentimiento y la contradicción, cosas todas que me son preciosas. Un personaje de La Vía Láctea decía: «Mi odio a la Ciencia y mi desprecio a la tecnología me acabarán conduciendo a esta absurda creencia en Dios.» No hay tal. En lo que a mí concierne, es incluso totalmente imposible. Yo he elegido mi lugar, está en el misterio. Sólo me queda respetarlo.

La manía de comprender y, por consiguiente, de empequeñecer, de mediocrizar —toda mi vida, me han atosigado con preguntas imbéciles: ¿Por qué esto? ¿Por qué aquello?—, es una de las desdichadas de nuestra naturaleza. Si fuéramos capaces de devolver nuestro destino al azar y aceptar sin desmayo el misterio de nuestra vida, podría hallarse próxima una cierta dicha, bastante semejante a la inocencia.

En alguna parte entre el azar y el misterio, se desliza la imaginación, libertad total del hombre. Esta libertad, como las otras, se la ha intentado reducir, borrar. A tal efecto, el cristianismo ha inventado el pecado de intención. Antaño, lo que yo imaginaba ser mi conciencia me prohibía ciertas imágenes: asesinar a mi hermano, acostarme con mi madre. Me decía: «¡Qué horror!», y rechazaba furiosamente estos pensamientos, desde mucho tiempo atrás malditos.

Sólo hacia los sesenta o sesenta y cinco años de edad comprendí y acepté plenamente la inocencia de la imaginación. Necesité todo ese tiempo para admitir que lo que sucedía en mi cabeza no concernía a nadie más que a mí, que en manera alguna se trataba de lo que se llamaba «malos pensamientos», en manera alguna de un pecado, y que había que dejar ir a mi imaginación, aun cruenta y degenerada, adonde buenamente quisiera.

Desde entonces, lo acepto todo, me digo: «Bueno, me acuesto con mi madre, ¿y qué?», y casi al instante las imágenes del crimen o del incesto huyen de mí, expulsadas por la indiferencia.

La imaginación es nuestro primer privilegio. Inexplicable como el azar que la provoca. Durante toda mi vida me he esforzado por aceptar, sin intentar comprenderlas, las imágenes compulsivas que se me presentaban. Por ejemplo, en Sevilla, durante el rodaje de Ese oscuro objeto del deseo, al final de una escena y movido por una súbita inspiración, pedí bruscamente a Fernando Rey que cogiera un voluminoso saco de tramoyista que estaba sobre un banco y marchara con él a la espalda.

Al mismo tiempo, percibía todo lo que de irracional había en este acto y lo temía un poco. Rodé, pues, dos versiones de la escena, con y sin el saco. Al día siguiente, durante la proyección, todo el equipo estaba de acuerdo —y yo también— en que la escena quedaba mejor con el saco. ¿Por qué? Imposible decirlo, so pena de caer en los estereotipos del psicoanálisis o de cualquier otra explicación.

Psiquiatras y analistas de todas clases han escrito mucho sobre mis películas. Se lo agradezco, pero nunca leo sus obras. No me interesa. Yo hablo en otro capítulo del psicoanálisis, terapéutica de clase. Y añado aquí que algunos analistas, desesperados, me han declarado «inanalizable», como si yo perteneciese a otra cultura, a otro tiempo, lo cual es posible, después de todo.

A mi edad, dejo que hablen. Mi imaginación está siempre presente y me sostendrá en su inocencia inatacable hasta el fin de mis días. Horror a comprender. Felicidad de recibir lo inesperado. Estas antiguas tendencias se han acentuado en el transcurso de los años. Me retiro poco a poco. El año pasado calculé que en seis días, es decir, en 144 horas, no había tenido más que tres horas de conversación con mis amigos. El resto del tiempo, soledad, ensoñación, un vaso de agua o un café, el aperitivo dos veces al día, un recuerdo que me sorprende, una imagen que me visita y, luego, una cosa lleva a la otra, y ya es de noche.

Pido perdón si las páginas que preceden parecen confusas y pesadas. Estas reflexiones forman parte de una vida tanto como los detalles frívolos. No soy filósofo, ya que nunca he poseído capacidad de abstracción. Si algunos espíritus filosóficos, o que creen serlo, sonreían al leerme, bueno, me alegro de haberles hecho pasar un buen rato. Es un poco como si me encontrase de nuevo en el colegio de los Jesuitas de Zaragoza. El profesor señala con el dedo a un alumno y le dice: «¡Refúteme a Buñuel!» Y es cuestión de dos minutos.

Sólo espero haberme mostrado suficientemente claro. Un filósofo español, José Gaos, fallecido no hace mucho tiempo, escribía, como todos los filósofos, en una jerga inextricable. A alguien que se lo reprochaba, respondió un día: «¡Me tiene sin cuidado! La Filosofía es para los filósofos.» A lo cual, yo opondría la frase de André Breton: «Un filósofo a quien yo entienda es un cerdo.» Comparto plenamente su opinión..., aunque a veces me cueste entender lo que dice Breton.


Mi último suspiro (Memorias)
Título original: Mon dernier soupir
Trad.: Ana María de la Fuente
Barcelona, Plaza & Janes, 1982

sábado, 21 de enero de 2012

Haroldo Conti - Perfumada noche



(A mi tía Haydée, para que
nunca se muera)

La vida de un hombre es un miserable borrador, un puñadito de tristezas que cabe en unas cuantas líneas. Pero a veces, así como hay años enteros de una larga y espesa oscuridad, un minuto de la vida de un hombre es una luz deslumbrante.

El señor Pelice tuvo ese minuto y esa luz. Pocos lo recuerdan en este pueblo. Algunos, los más concisos, piensan que murió realmente de vejeces. La muerte es según, como la vida. Es otra vida, justo, otra forma de consistir, no un per saecula definitivo, nada absoluto, ninguna cosa extravagante porque también es de ser, aunque en artículo mortis. De modo que el señor Pelice sigue siendo todavía. La muerte, ya que viene al caso, es suceso chiquito, desdibujo, entreluces. Este pueblo no fue así desde el comienzo, como uno imagina.

En su momento fue pueblo niño. Antes no estaba el molino de Rodríguez ni la fábrica de fideos de Basile era como es ahora con un alto letrero encendido en la punta, sino de madera bien seca y engrasada, es decir, lista para encenderse en cualquier momento como finalmente sucedió bien solemne y entonces, después, sobre las cenizas vino esta otra, de fuerte cemento y letrero penachudo, ni estaba siquiera esta estatua de San Martín que cabalga sereno entre las copas de los árboles, ni el blanco palacio de la Municipalidad tan gobernante, ni aun la avenida AIsina de cemento lisa embanderada de letreros a los costados.

Esto es, hay otro pueblo por debajo de este, y otro y otro más con tapialitos amarillos de sol y callecitas de tierra. Y por una de esas callecitas ahí viene el señor Pelice con sus botines de becerro, su traje de gabardina negra y su panamá copudo, a los pasitos, muy de cuerpo presente. Viene. Y ese fue el minuto y la luz del señor Pelice.

Porque no va que ve por primera vez a la señorita Haydée Lombardi en la puerta de su casa, en la calle Saavedra, al lado de la confitería Renacimiento, que está en la esquina de Pueyrredón y Saavedra, aquella opulenta casa con un tejado a la Mansard con espiga, tragaluces, cresta, veleta, buharda y chimenea, que se ennegrecía al atardecer y boyaba como un barco en el alto cielo y ella allí, en la puerta, para siempre desde ahora, blanca y frágil y perfumada, figurín, Haydée Lombardi, para sueño y música.

Al señor Pelice le hizo un ruido el corazón y la amó desde ese mismo momento. Jamás cruzaron palabra pero él desde entonces se quitaba puntualmente el panamá frente a aquella puerta a las seis de la tarde en invierno y a las ocho en verano, y ella inclinaba apenas la cabeza y casi sonreía. Para el señor Pelice fue el momento más brillante de su vida lo cual es bastante textual porque, como se sabe, el señor Pelice era el cohetero más reputado de la zona.

¿Quién no recuerda, eso sí, las cascadas, abanicos, glorias y soles fijos que hacía estallar para la fiesta de San Donato, por ejemplo, aparte de las consonantes bombas de estruendo que reventaba en procesiones y remates y que se oían hasta Irala o Cucha-Cucha, según soplase el viento, y era el propio mundo que saltaba en pedazos?

Aquel año del encuentro engendró para la fiesta de San Isidro Labrador, de este pueblo protector, sus famosas piezas pírricas de formidable combustión. Las piezas pírricas mediante fuegos fijos, esto es, que hacen su efecto sin dar vueltas, según se conocían hasta entonces, eran fáciles de prender mediante el simple recurso de mechas de comunicación.

El maestro Pelice, en cambio, que era un verdadero artista creativo, prosiguiendo y mejorando los fogosos estudios del maestro Ruggieri, perfeccionó in extenso los fuegos pinicos alternando piezas fijas con piezas giratorias, lo cual es de suma perfección si se tiene en cuenta que el movimiento de rotación se opone per se a que se establezca la comunicación entre las piezas. El sutil rebusque se basaba en una fuerte broca colocada horizontalmente sobre un sólido poste de madera y que servía de eje a todas las piezas, de las más simples a las más complicadas, combinando en ajustada competencia de ingenio soles fijos, estrellas, glorias, patas de ganso, aspas de molino y las maravillosas espuelas de fuego de su exclusiva invención. Inspirado por la alada figura de la señorita Haydée, el señor Pelice llegó incluso a fabricar aquella atronadora pieza en espiral, compuesta de fuegos giratorios y de una hilera de lanzas que suben circularmente y forman, cuando la pieza gira, una espiral de fuego de enorme pasmo y majestuoso incendio, que disparó para la noche del 9 de Julio de 1935.

Esa misma noche, en la casita que habitaba en las afueras del pueblo sobre el camino de tierra a las Aguas Corrientes, después de encender cuantas velas y lámparas tenía y distribuirlas por toda la casa y aun en el jardín, el señor Pelice se estableció frente a su escritorio de persiana y tras suspirar largamente mientras se rascaba la cabeza con una lapicera de pluma de pavo escribió con su hermosa letra bastarda de curvas rotundas y el sesgo conexivo de 309, como se prescribe, la misma con la que copiaba las fórmulas del maestro Julio Rossignon, autor del Nuevo Manual del Cohetero y Polvorista editado por la librería de la Vda. de Ch. Bouret, su primera carta a la señorita Haydée, inspirada libremente en el Corresponsal del Amor, Estilo Moderno de Cartas Emotivas y Pasionales. Como, según las apariencias, sobrepasaba en varios años a la señorita le pareció atinente utilizar como modelo la carta de un viudo pidiendo relaciones a una soltera, aunque él, con propiedad, no fuese viudo de mujer sino más bien viudo de costumbre.

Releyó un par de veces la carta a la luz de la lámpara de aceite de tubo alto y luz espesa, que era su preferida y que cuando se adormecía lo despertaba con breves y susurrantes chisporroteos de la mecha, como si chamuyara. La plegó con cuidado, la besó ladeando sus bigotes de manubrio y la metió en un sobre perfumado. A esta carta nocturna siguieron otras muchas, puntualmente una por semana, pero el señor Pelice no llegó a despachar ninguna. Prefería rellenar con ellas las bombas de estruendo, que ahora sonaban un poco más apagadas o huecas, aunque sólo él lo notase, y desparramarlas en mil pedacitos sobre los techos del pueblo. Algunos de esos pedacitos cayeron en el patio de canteros elevados de la casa de la señorita Haydée Lombardi, aunque lamentablemente el día de la carrera de las Doce a Bragado, cuando disparó una bomba para la largada, un papel chamuscado que decía "Mi adorada Haydée" cayó con tan mala leche que fue a dar en el patio de la señora Haydée Bonsignore y más precisamente casi a los pies del señor Bonsignore, que tenía la sangre caliente, y se armó una podrida de calendario.

El señor Pelice seguía transcurriendo exacto, puntual todas las tardes por frente a la casa de la calle Saavedra y allí estaba siempre la señorita de visu, cada día más blanca y leve, casi transparente.

La señorita Haydée Lombardi murió de tabardillo el 8 de mayo de 1946. El señor Pelice redactó esa noche la única carta que en todos esos años remitió por correo. "Mi estimada señorita: en momentos tan especiales deseo expresarle a usted mi invariable afecto y la seguridad de mi perdurable compañía en esa otra vida de tránsito que ha iniciado usted y que me impongo yo en este mismo momento. Su leal servidor P." El señor Pelice echó la carta al día siguiente y no volvió a salir de la casa por el resto de sus días.

Solamente lo hacía cada 8 de mes, por la tardecita, para depositar un sobre perfumado en el nicho de la señorita que luego se llevaba el viento o algún curioso o bien lo chamuscaba y descoloría el tiempo. Coincidió que para entonces los festejos de estruendo fueron cayendo en desuso y se convocaba a remate por edicto judicial. Al tiempo, los vecinos lo dieron por muerto o simplemente lo olvidaron. Ya estaba el asfalto, se habían construido varios molinos, el Expreso Rojas llegaba hasta Buenos Aires y sobre el pueblo de tapiales amarillos había surgido otro pueblo. La casa de la calle Saavedra se convirtió en un local de compra y venta de propiedades.

A todo esto el señor Pelice envejecía suavemente detrás del último tapial como un fuego que se apaga con lentitud. Al caer la noche encendía todas las velas y las lámparas y daba de comer a unos pececitos de colores que criaba en un acuario y que eran su única y silenciosa compañía. Tenía una colisa labiosa, dos ángeles que parecían dos pajaritos rígidos, un betta splendens, un labeo bicolor, un telescopio renegrido de ojos saltones que semejaba un gato, una ninfa, un cometa y dos besadores chatos y blancos que colgaban del agua como dos papelitos. La luz del atardecer penetraba por la puerta-ventana que daba al jardín y revestía el cuarto de una claridad dorada que encendía pálidamente la pecera.

Los pececitos flotaban en el agua dorada como suaves pájaros de lento vuelo, desplazándose majestuosamente entre las ramitas de elodea o de helecho japonés. El señor Pelice inclinaba su cabeza encanecida sobre los vidrios y sus pensamientos se desplazaban tan lentos y suaves como aquellos pececitos ánimas. Detrás del tapial amarillo que con las sombras se cubría de caracoles, el señor Pelice se hinchaba y arrugaba un poco más cada año. Ahora podía salir y pasar entre los vecinos sin ser reconocido. El pueblo seguía progresivo, casi capital.

Altas luces de mercurio alumbraban las calles avenidas, el asfalto había llegado hasta la calle Magallanes, en las afueras, había dos semáforos en el centro que saltaban bonitamente del verde al rojo y a la viceversa y de los que don Pelice no entendió muy bien su significancia, aunque imaginó que eran tramoyas de estación. La iglesia de San Isidro, tan altiva, tan de lejos visible apuntando al cielo entre los árboles, sobre los buenos campos, había sido vaciada por dentro, ya no consistía en aquel brillante altar con columnas al pan de oro y la santa imagen, muy camal en su contexto, de Santa María bendita, todo color y vestes y brillos y ojos de vidrio y el niño desnudo, barrigoncito, sino que ahora era una especie de agudo galpón blanqueado, con una mesada en alto.

Quedan de los otros tiempos, y por allí la reconoció, los grandes ventanales con vidrios a franjas blancas y violáceas que según la disposición del sol azulaban a cierta hora el aire, las gentes, las imágenes de bulto, en cuya luz vio una mañana sobreandar, flotante, a la señorita Haydée con un tul que le velaba el rostro y de cuyos entrepaños florecían ambas manos como de cera. Nada de eso prevalecía ya. Él mismo no era el Pelice de entonces pues nadie se volvió a reconocerlo cuando avanzó por el medio de la nave con el panamá en la mano haciendo crujir los resecos botines de becerro.

De regreso pasó por la calle Saavedra y hundida entre dos vidrieras que resplandecían descubrió trabajosamente la negra silueta de la casa con un afrentoso letrero sobre la puerta. Haciendo visera con la mano, sus ojos repasaron el imbatible tejado a la Mansard que se recortaba contra el resplandor de las luces de mercurio. Esa noche escribió una larga carta a la señorita Haydée dándole cuenta de los adelantos habidos y de las altas y frías luces que hubiesen quitado brillo aun a las cascadas de cuatro brazos, de once metros de alto, con veinte, dieciséis, doce y ocho cartuchos detonantes respectivamente, más otros cuatro en el extremo superior del palo que construyó para el sesquicentenario y que fue su más colosal de facto.

Ahora es noviembre. En la profunda noche perfumada al señor Pelice, ya decididamente viejo y por lo tanto insomne, le cuesta una barbaridad conciliar el sueño. Casi no duerme. Se aquieta sobre el catre y hacia el amanecer se adormece un poco.

En esas largas horas divaga por el jardín con la lámpara de aceite en la mano o se echa en una mecedora e impulsada por el aire dulzón que despide el ligustro humedecido por el rocío, su cabeza se vuela como un globo o una pajarita de papel que planea sobre el viejo pueblo con los tapialitos amarillos y las calles de tierra y tanta cosa que se desapareció u ocultó, no visible a prima facie, que eso es la muerte, olvido, oscuridades, suma y suma, tiempo y tiempo, distancia inmóvil.

En la madrugada acercó la lámpara a la pecera y comprobó ya sin dolor que el pez telescopio, ese lento pajarito renegrido que lo observaba con sus grandes ojos saltones a través del cristal y con el que casi había llegado a entenderse, de un mundo a otro, pez-hombre, pez-pez, flotaba inerte en uno de los rincones. Al principio, cuando instaló la pecera, eran doce movedizos pececitos pero, iletrado en aguas, el exceso de comida o alteraciones en la temperatura o defectos en la aireación y filtración redujeron el lote rápidamente. La primera muerte fue una catástrofe.

El señor Pelice extrajo el cuerpecito finado, una vez que comprobó en forma absoluta que no se movía ni aun empujándolo con un dedo, con la redecilla de tul y lo depositó sobre una hoja de hortensia en el medio del escritorio y lo veló algunas horas con la lámpara de aceite. Con una cuchara cavó un hoyo al pie de una magnolia foscata y enterró allí al pececito. No se había aún recuperado de aquella sensible pérdida cuando murió un macropodus opercularis que comenzó boqueando en la superficie y luego se acurrucó en un rincón con el vientre hinchado. Lo sepultó al pie del ciruelo de jardín de aladas hojas marrones. Así fueron muriendo uno tras otro y el viejo enterrándolos al pie de esta planta, aquella.

Al telescopio lo plantó junto a su arbolito más querido, un jazmín japonés de flores carnosas que reventaban justamente para fines de noviembre y se removían en la noche como avecitas blancas bombeando intensas ondas perfumadas que traspasaban la oscuridad hasta el catre o la mecedora del señor Pelice, que ya prácticamente no duerme.

A ratos lee, a ratos escribe pero sobre todo piensa. Eso es la vejez seguramente, una desvelada memoria. Por lo general reconstruye el pueblo desde su infancia mezclando o, mejor dicho, combinando los tiempos, las personas.

Desfilan contra un mismo tapial o por la penumbra amarilla del cuarto el padre Doglia, previniéndolo en cocoliche sobre las tentaciones de este mundo mientras se pone y se quita el bonete francés, nervioso con la presencia del demonio a quien imagina una especie de comisario de la provincia con el uniforme colorado, el viejo Ponce, que habla solo, Bimbo Marsiletti que agita los brazos frente a una banda invisible, Oreste Provenzano que levanta una ristra de billetes de lotería o los tanos Minervino, Visiconti y Ciminelli que pasan tocando la gaita en fila india igual que en la procesión de la Virgen del Carmen.

Desde que se marchó la señorita Haydée ha tomado por costumbre colgar un farol de viento en medio del jardín. El viento lo agita y remueve las densas sombras que cambian pesadamente de lugar. Su luz anaranjada semeja la lechosa claridad de la pecera. Y en esa luz submarina ve brotar en la punta de una ramita al macropodus opercularis o al labeo bicolor o al scatophagus argus o a los puntius arulius que murieron a dúo. Se agitan como flores o pajaritos o caireles, casi transparentes, muy navegantes. Esta noche de noviembre florecerá sin duda el telescopio, pez pajarito de negros velos, en la cresta del jazmín japonés.

El 8 de diciembre, día de la Inmaculada, el señor Pelice escuchó desde el catre el volteo de las campanas que convocaban a la misa solemne de primera comunión con la lámpara de aceite todavía encendida a un lado, sobre la silla. Pensó en la virgen de cemento que erigieron las Hijas de María en el atrio de la iglesia y que viera la última vez con el rostro y las manos pintadas de color carne y en las hileras de chicos con brazaletes y túnicas que atravesaban la plaza y estarían ingresando en este mismo momento por la puerta puntiaguda a través de la cual se alcanzaba a ver el altar colmado de luces. Pero su hinchado cuerpo no obedeció al impulso. Tenía los brazos adormecidos y las piernas envaradas. Recién a la tardecita, arrastrándose por el piso, pudo dar de comer a los pececitos. Angelita Alori, que venía dos veces por semana a asear la casa, lo encontró al día siguiente tumbado en el piso de ladrillos y lo acomodó en el catre para finales. Como por otro ítem padecía el mal de orina, Angelita le preparó un cocido a base de raíz de rábano con una mata de perejil y un puñado de hojas de berro, endulzado el conjunto con azúcar de cande.

Se abreva una copa para extraer la orina y los humores que vienen de acompañamiento, aconsejándose un Pater para refuerzo. El señor Pelice mejoró de la orina pero total que era casi lo mismo pues no podía transportarse para expulsarla, debiendo ayudar al efecto la Angelita con la vista vuelta hacia otra parte. El 8 de enero, puntual, el señor Pelice emprendió su tránsito con el traje de gabardina, el sombrero panamá y los botines de becerro a la hora justa en que los pececitos se brotaban en las ramas. Según la Angelita, que depuso para constancia, hizo una buena muerte, al natural, y fue enterrado de oficio, sin luto ni comparsa, en la mera tierra.

Ahora bien, y a propósito del señor Pelice que pasó, pregunto: ¿cuál es, cuál el verdadero pueblo de la ciudad de Chacabuco, cuál rige? Este de ahora encumbrado en adelantos o aquel otro de los tapialcitos amarillos y las calles de tierra, cuando el camión de riego asentaba el polvo al atardecer y todo era más viejo y simple pero más dulce, y bastaba con estirar el cogote para ver al fondo de la calle las primeras quintas y que por la calle Saavedra en este momento se acerca gravemente el señor Pelice, se detiene frente a la casa de los Lombardi, ya medio en sombras,, se quita el panamá y saluda a la señorita Haydée que dice por primera vez con su voz de pajarito:


—¿Habrá calor este año, no cree usted?

—El sol está fuerte para noviembre —responde per oblicua el señor Pelice.

—¡Hermoso atardecer!

—Sopla algo de viento, por suerte.

—¿Hacia dónde va usted tan incontinenti?

—Al Prado —improvisa temerario el señor Pelice.

—Muy buena idea. ¡Me gustaría mucho ir hasta ahí! — canturrea la señorita.

El señor Pelice le ofrece el brazo y la señorita Haydée con una risita se aparta de la puerta y enlaza el brazo del maestro cohetero. Las dos figuras se alejan entre tapiales amarillos y penachos de sombras rumbo al Prado Español mientras sobre el pueblo desciende la perfumada noche.


En Cuentos completos

domingo, 15 de enero de 2012

Claudia Cardinale - Entrevistas


Un actor francés de 30 años, Alexandre Styker, se tumba sobre el diván de la diva italiana en París. Visconti, Fellini, Delon… Cuarenta años de carrera les separan. Breve conversación entre dos amigos que hablan de cine, de ayer y de hoy



“Supongo que quieres un cigarro”, bromea Claudia con Alexandre, sentada en su sofá. Los dos actores se conocieron hace cuatro años gracias a la representación de una obra de Tennessee Williams, Dulce pájaro de juventud, bajo la dirección de Philippe Adrien, en el teatro de la Madeleine en París. “Como vivíamos cerca, cogíamos el mismo taxi. Así es como nos hicimos amigos”. Esta es la historia de un rubio atractivo que entra en escena y de una gran dama del cine decidida a no salir todavía.

Claudia Cardinale nació en Túnez en 1938. Hija de padres sicilianos, tiene 70 años y pertenece a los ’happy few’, esos actores que han superado el centenar de películas rodadas con los mejores directores del mundo. Además de sobre las tablas, Alexandre Styker ha actuado recientemente en la serie de televisión francesa de Canal+, La Commune.

¿Es Claudia Cardinale en la vida real como en el cine? “No, ¡en realidad soy una persona normal!”, se defiende la actriz. “Tú no eres normal, asegura Alexandre, ¡es inquietante la normalidad!”.
Aunque los dos amigos viven en el mismo barrio, la vida del actor es, a menudo, nómada. “Sin embargo, tenemos un pequeño ritual entre nosotros: nos llamamos antes de Año Nuevo, nos preguntamos qué vamos a comer y qué vamos a hacer en Nochevieja. Comemos casi siempre cuscús y tayín (plato típico de la comida magrebí)”.



Alain Delon y Claudia Cardinale: una pareja eterna

Aún hoy, Alexandre y Claudia cogen el mismo taxi para ir al teatro, incluso si van de espectadores, como ocurre casi siempre. “Claudia me llevó a ver una obra con Delon. Fue divertido, de repente tenía a ‘El gatopardo’ delante de mí”, recuerda Alexandre. “Alain me llama frecuentemente, estamos muy unidos, él dice siempre que, gracias al cine, ¡somos una pareja eterna!”, prosigue Claudia.

Y no faltan representaciones en la ciudad de las luces: “Mi barrio de París es como un pueblo, nadie me molesta. En Roma, la gente salta por encima de ti y en Túnez gritan ‘¡Claudia, Claudia!’ porque soy la única actriz conocida que ha nacido allí. Tengo que tomar el té en todos los lugares de la Medina para que la gente no se sienta herida”.

Por el camino se amontonan multitud de trofeos y premios dorados. “Mi suerte fue llegar en un momento mágico para el cine: los años 60. Hacía cinco o seis películas al año. Estaban los grandes directores y estaba el riesgo: nunca sabíamos si íbamos a poder acabar la película”.



Visconti y los años que pasan


Y si Alexandre Styker tuviera una película en la cabeza, aquella en la que le habría gustado dar la réplica a Claudia… Él responde: “¡La chica con la maleta (de Valério Zurlini, 1960)! Es una película que he visto con ella. Claudia me dijo que me parecía a Jacques Perrin, así que, en mi opinión, debería haber logrado papel. ¡El único impedimento es que aún no había nacido!”.

Y es que Alejandro nacía mientras que Claudia rodaba Violencia y Pasión de Visconti y había participado ya en más de cincuenta películas. Sin embargo, la amistad va más allá de los años: “¿Cuarenta? ¡Hace apenas algunos años… incluso algunos meses!”. “¿Por qué no también con Visconti?”, añade el joven a sus sueños sin cumplir. “¡Era un genio!, he hecho cuatro películas con él y me ha llevado a los cuatro rincones del mundo, me cubría de regalos. “Decía que yo era una gata que se podía acariciar, pero que arañaba. Visconti era un hombre de teatro, no podías mover un músculo de la cara si él no estaba de acuerdo. Hacía que los ojos dijeran lo que los ojos no dicen”, concluye.

“Todo lo contrario sucedía con Federico Fellini, con el que rodé al mismo tiempo Ocho y medio. No había guión, la improvisación era total…”, señala la actriz. Alexandre Styker lo confirma: “¡Es verdad, al final vemos el rigor de Visconti y el caos de Fellini!”.



Puta o princesa


Deseada y deseable Claudia: “Me proponían rodar y no respondía. Tenían que insistir para que aceptara”. “Más o menos como en el amor, hay que entregarse para que funcione”, compara su acompañante. Pero hoy el cine ha cambiado: “Ser contemporáneo no resulta fácil, reconoce la actriz. Todo el mundo se enzarza para conseguir dinero. Cuando no se tienen medios, es necesario tener ideas y energía”. Sin embargo, algunas verdades no pasan de moda: “Lo importante es ser fuerte interiormente para ser tú misma, te consideren puta o princesa”.

A pesar de que ella es a menudo más princesa que puta, a ‘La Cardinale’ no le falta trabajo. Una obra de teatro, cuatro películas (una de ellas sobre Camus) y rodajes en Marruecos, Argelia y Túnez. “Increíble, pero cierto” (como dice ella), esta veterana actriz, representante del cine europeo, “tiene un montón de proposiciones”. “Tienes buena suerte”, se apresura a señalar el joven Alexandre en una complicada época para los actores.






Claudia Cardinale: "En este oficio, o tienes fuerza interior o pierdes la cabeza"

13/01/2012

Claudia Cardinale (Túnez, 1938) es una de las estrellas indiscutibles de la época dorada del cine y ha sido mito erótico de varias generaciones, pero evita el papel de diva. Aparece relajada y amable, sin cohorte –no suele llevar asistentes–, vestida con un sencillo pantalón y una blusa negros y una chaqueta roja estilo vintage, con gafas pequeñas y algunas joyas nada ostentosas. Podría pensarse que se debe al entorno sencillo en que se encuentra (un hotel rural) o a que la entrevista aprovecha un descanso en el rodaje de la última película de Fernando Trueba, El artista y la modelo, en la que interviene la actriz y que es una producción intimista, tranquila…

En el set, la presencia de Claudia Cardinale es poderosa. Es el centro de las miradas de extras y curiosos. Ella se pasea desenfadada, siempre con un cigarrillo encendido, charla con todos, sobre todo con los más jóvenes, accede a fotografiarse con los figurantes que se van acercando y toma el pelo a unos periodistas: “¡Si yo no quería ser actriz!, quería explorar el mundo”.

Los gestos gráciles, la sonrisa y la mirada vivas mantienen su encanto, y cuando se pone ante la cámara, todos agudizan la vista y el olfato. “Hace 53 años que me dedico a esto”, dice ella como quitándose importancia.



Y está claro que no piensa jubilarse.

No, no, tengo varios filmes en marcha. No paro. He rodado últimamente en Estambul y Nueva York; con Trueba, tras él, con Manuel de Oliveira. Y después, una película americana en Venecia y otra italiana. Yo nunca hago vacaciones.

¿Cómo ve el cine actual, usted que es una de las grandes actrices y ha trabajado con los más reconocidos directores y actores?

Sí, trabajé con Visconti, Fellini, Mauro Bolognini, Richard Brooks, Sergio Leone…; he rodado en Europa, Australia, América, África… Yo llegué en el momento del cine mágico y llegué a hacer cuatro películas al año. Ahora, sigo trabajando. Antes y ahora lo más importante para mí siempre han sido el guión y el director. En el caso de la película de Trueba, por ejemplo, le conocí hace tiempo, me gustó el guión cuando me hablo de él y, además, suponía volver a trabajar con Jean Rochefort casi 50 años después de que rodáramos Cartouche junto con Jean Paul Belmondo. Todo era formidable.

Pero ¿le gusta el cine actual?

Depende, hay de todo. A veces, muy buenas películas. Yo trabajo mucho con jóvenes directores, noveles, para ayudarles en sus primeros filmes, me parece muy importante porque entiendo que es muy difícil hoy en día encontrar financiación para empezar a hacer cine.



Y de todos los grandes directores con los que ha trabajado, ¿cuál ha sido su preferido?

Con Visconti rodé cuatro películas (Rocco y sus hermanos, El Gatopardo, Sandra, Confidencias)… También hice varias con Bolognini, con Sergio Leone y Richard Brooks; y con Pasquale Squitieri, mi pareja, que hizo grandes películas sobre la mafia… He rodado con muchos y buenos directores. Visconti y Fellini, en los años 60, supusieron mi apertura al mundo, hicieron que me conociera el mundo entero. El Gatopardo es un filme mítico para mí, con Visconti, Alain Delon, Burt Lancaster… Y Ocho y medio de Fellini, igual.

Son sus dos películas más importantes.

Seguramente. Ya digo, fueron las que me abrieron las puertas del mundo.

Y de actores, trabajó con Alain Delon, conocía a Paul Newman….

Sí, me prestó su casa cuando fui a rodar a Hollywood… Conocí a Rock Hudson, a Steve McQueen, eran amigos míos…

¿Con cuál de todos ellos trabó más amistad?, ¿con quién le gustó más trabajar?

Con Alain (Delon) hicimos una gran amistad que aún mantenemos, hace poco me llamó por teléfono… Con Belmondo, también, pero más con Alain.

Formaron una pareja icónica, ambos bellos y deseados.

Sí, sí, es verdad… mucho.



¿Tiene alguna anécdota con esos compañeros de rodaje?

Cuando Alain y yo rodábamos con Visconti era divertido porque cada vez que debíamos darnos un beso, Visconti gritaba desde el otro lado del set: “¡Lo quiero con lengua!”. Con Burt Lancaster también trabajé bastante... Pero creo que la mejor aventura de mi vida fue rodar Fitzcarraldo en la Amazonia, en Sudamérica, un entorno fantástico para mí que adoro la naturaleza.

Conoció a todos esos actores tan deseados, trabajó con ellos, pero no se le conocen amoríos con ellos.

¡Nunca con actores! Nunca. No quise mezclar mi vida privada con la profesional. Sí que he tenido muchos grandes amigos actores. Rock Hudson fue uno de ellos. Pero nunca quise tener historias con los compañeros.

Pero sí con gente del cine, sus dos grandes relaciones de pareja han sido…

Con Franco Cristaldi, que fue mi primer productor, y después conocí a Pasquale Squitieri, que es el amor de mi vida.

¿Se ve identificada en alguna de las jóvenes actrices de las que a menudo dicen que recuerdan a usted… Penélope Cruz, Mónica Bellucci...?

Nunca puedes ser como otra, cada actriz tiene su personalidad. A Mónica, por ejemplo, la conozco mucho, bellísima, gran actriz, pero cada una es diferente.

Siempre se ha alabado su belleza. ¿Se fijaron más en eso que en cómo actuaba?, ¿le costó al principio que la valoraran como buena actriz?

La belleza cuenta, pero no se trata sólo de ser bella sino de lo que consigues transmitir. Eso es lo importante, y también el director y los compañeros de reparto, porque si no tienes un actor o una actriz que te den juego… Este trabajo trata de dar y recibir. Yo tuve suerte. Ya empecé con Marcello Mastroiani con una película que tuvo bastante éxito (I soliti ignoti, de 1958) y tuve la fortuna de rodar con muy buenos directores.



¿Le queda alguno con quien le gustaría trabajar?

Pues no sé… Estoy muy contenta de haber trabajado con Trueba, es mi primera película con él, aunque nos conocíamos de hace un tiempo. También me apetecía trabajar con Manuel de Oliveira. Para mí lo más importante es un buen director y un buen guión.

Claudia Cardinale reflexiona sobre lo poco que ha trabajado con españoles, pero subraya que sí rodó bastante en España. “En Almería, con Sergio Leone; y en otros lugares, en Las petroleras (1971), con Brigitte Bardot”. En la película de Fernando Trueba –que se estrenará en un par de meses–, ambientada en la Francia ocupada de los años 40, encarna a la mujer y primera modelo de un escultor (Jean Rochefort) que ha perdido la inspiración. Ella le presenta a una joven modelo (Aida Folch) “para volver a verlo feliz”. “Es una bella historia”, asegura la actriz.

Con su experiencia, ¿siente a veces en los rodajes que sabe mejor que los directores qué debe hacer?

No, el director es muy importante. ¡Claro que yo me conozco todos los trucos! Estoy acostumbrada a las luces, a la cámara..., pero siempre hago lo que dice el director, de verdad.

¿Nunca ha estado tentada de dirigir?

No, no; yo soy actriz. Sí que he hecho mucho teatro… Obras buenas de Tennessee Williams, Pirandello…



¿Y prefiere el teatro al cine?

El teatro me gusta, pero es más difícil que el cine, porque en el cine, si una escena sale mal, la repites; en el teatro, no.

Rechazó irse a Hollywood.

Bueno, hice muchas películas en Los Ángeles y en toda América, pero no quise firmar un contrato para instalarme en Hollywood, rodé sólo las películas que yo quería. Yo me considero europea y prefería vivir en Europa, pero en Hollywood también me han hecho homenajes.

¿Cómo es su vida cuando no rueda?

Vivo en París desde hace 27 años y cuando no ruedo, la mayor parte del tiempo estoy de viaje porque me hacen homenajes en todo el mundo: desde Colorado hasta Moscú; desde Santo Domingo hasta Sofía…

Es gratificante.

Sí, es agradable, divertido, aunque me ocupa mucho tiempo.

¿Y cuando está en casa?

Me gusta relajarme, vivo cerca del Sena; me gusta pasear. No tengo chófer ni guardaespaldas, quiero llevar una vida normal… Estoy en casa, hago crucigramas, que me relajan...Veo a mi hija Claudia, que es muy artística y vive en París –su otro hijo, Patrick, que tuvo con 17 años, es diseñador, vive en Nueva York y la hizo abuela hace ya casi 30 años; la nieta tiene más o menos la edad de su hija, explica riéndose–, quedamos con los amigos…

¿Y no es difícil siendo una persona tan conocida?

No, porque la gente me respeta y me quiere. Es la gente la que me hizo famosa. Me saluda, si viene uno y me molesta, llega otro y le reprocha que me esté molestando…

¿Lee, escucha música?

Sí, sí. Adoro los Beatles. Estuve en sus primeros conciertos en Londres, en Madrid y en Los Ángeles. También me gustan los Rolling Stones, la música napolitana, la chanson.



¿Es más francesa que ­italiana?

Tengo pasaporte italiano, pero nací en Túnez cuando era un protectorado francés, y aunque la familia era de origen italiano, la lengua que usábamos en casa era la francesa. Viví muchos años en Italia, pero cuando mi hija era pequeña decidimos ir a París para que estudiara allí y ya me quedé.

Cambió a Berlusconi por Sarkozy...

¡Ah no!, no quiero hablar de política. Nada de nada…

Pero usted es muy militante socialmente, es embajadora de buena voluntad de la Unesco...

Sí y desde hace tiempo. Trabajo para asuntos de mujeres, defensa de la naturaleza, la prevención del sida, los niños desfavorecidos, de Camboya por ejemplo… Sí, hago bastante labor humanitaria, pero nunca he querido mezclarme en política.

¿Mantiene raíces en Túnez?, ¿qué le parece la revolución que vivió el país?

Creamos en París un comité de personas nacidas en Túnez para intentar apoyar la consecución de la democracia. Yo siempre me he considerado tunecina, ahí están mis raíces y amo Túnez, es un país de gran belleza, además. No he podido ir últimamente, pero ese comité ha hecho mucho trabajo y espero que ahora todo vaya bien para el país.

¿Cómo consigue mantener su belleza?

Me mantengo muy activa. Siempre he comido muy poco, como un pajarillo, pico esto, lo otro; me pongo mis cremas por la noche, me cuido la cara, yo misma me ocupo de mis cuidados.

¿Es verdad que nunca ha querido recurrir a la cirugía estética?

Nunca. No me gusta, además no puedes parar el tiempo. Todas las mujeres que se hacen cirugía, con una boca así… (frunce los labios e hincha los carrillos).



Usted no es una estrella al uso, ¿no? Es…

… ¡Normal! Es que para hacer este oficio, es muy importante tener fuerza interior porque si no pierdes la cabeza cuando te haces famoso. Yo me considero una persona normal, voy sola por la calle, sin problemas…

¿Hay alguna cosa en la vida que le falta o que cambiaría?

No. Creo en el destino: si una cosa no pasa, es que no debía ocurrir; si pasa, si va bien, pues bien y si no... La verdad es que he tenido mucha suerte en la vida, ya me decía siempre mi madre que tenía una estrella que me protegía.

Pero se habrá ganado lo que ha conseguido trabajando.

Sí, desde luego. Y ahora me conocen y me quieren en todo el mundo…

sábado, 7 de enero de 2012

Andrei Tarkovski - "Esculpir en el tiempo" (epílogo)


Una persona verdaderamente libre no puede ser libre en un sentido egoísta. La libertad del individuo tampoco puede ser el resultado de un esfuerzo social. Nuestro futuro depende de nosotros mismos y de nadie más. Y nos hemos acostumbrado a compensar todo con el esfuerzo y el sufrimiento ajenos, ignorando el sencillo hecho de que en este mundo todo está relacionado y que no existe la casualidad, aunque sólo sea porque tenemos una voluntad libre y el derecho a decidirnos entre el bien y el mal. Por supuesto que las posibilidades de la propia libertad se ven limitadas por la libertad de los demás. Pero me parece importante indicar que la falta de libertad siempre es consecuencia de la cobardía y la pasividad interiores, el resultado de la falta de decisión en pro de la expresión de la propia voluntad, acorde con la voz de la conciencia. En Rusia es usual citar al escritor Korolenko, según el cual, «el hombre ha nacido para la felicidad como el pájaro para volar». En mi opinión, no puede haber nada más lejano a la naturaleza de la vida humana que esta frase. En realidad, no tengo idea alguna de lo que puede significar el concepto de felicidad. ¿Contento? ¿Armonía? ¡Pero si el hombre siempre está descontento y no tiende a solucionar cosas concretas, factibles, sino hacia el infinito...! Y ni siquiera la Iglesia consigue calmar esas ansias de absoluto, porque desgraciadamente no parece sino una fachada hueca, una caricatura de las instituciones sociales, que se dedican a organizar la vida práctica. La Iglesia de hoy ha resultado ser incapaz de compensar el sobrepeso materialista y técnico con una llamada a la vida del espíritu. En el contexto de esta situación, la función del arte reside -para mí- en expresar la idea de la libertad absoluta de las posibilidades interiores y espirituales del hombre. En mi opinión, el arte siempre ha sido un arma en la lucha del hombre contra la materia, que amenaza con devorar su espíritu. No es casualidad que el arte, en los milenios de historia del cristianismo, siempre se haya desarrollado en las cercanías de las ideas y los principios de la religión. Ya por su mera existencia está promoviendo dentro del hombre, un ser disarmónico, la idea de armonía. El arte ha dado figura a lo ideal y ha aportado así un ejemplo del equilibrio entre lo ético y lo material. Ha demostrado que ese equilibrio no es ni mito ni ideología, sino que puede ser una realidad también en nuestras dimensiones. El arte ha expresado el ansia de armonía de la persona y su disposición a luchar consigo mismo, para establecer en el interior de su persona el ansiado equilibrio entre lo material y lo espiritual. Si el arte expresa lo ideal y el ansia de lo infinito, no puede servir a fines pragmáticos sin arriesgarse a perder su autonomía. Lo ideal lo actualizan objetos que no existen en la realidad cotidiana, pero que a la vez son imprescindibles para la esfera de lo espiritual. Una obra de arte manifiesta ese ideal que en el futuro será propio de toda la humanidad, pero que de momento es accesible para unos pocos, sobre todo para los genios que se toman la libertad de contrastar lo normal con aquella conciencia ideal que toma forma en su arte. De esta manera, el arte es por esencia aristocrático y establece —a causa de su mera existencia— la diferencia entre dos potenciales, que aseguran el movimiento ascendente de la energía interior, desde lo más bajo hacia lo más alto, con el fin de conseguir un perfeccionamiento interior, espiritual, de la personalidad. Al hablar aquí del carácter aristocrático del arte, me estoy refiriendo —claro está— al ansia del alma humana de buscar la justificación moral, el sentido de su existencia, que de este modo consigue una mayor perfección. En este sentido, todos, en último término, estamos en la misma situación y tenemos las mismas posibilidades de adherirnos a una elite aristocrática. Pero el núcleo del problema reside precisamente en el hecho de que no todos hacen uso de esa posibilidad. Ahora bien, el arte va haciendo ofertas siempre nuevas a la persona para que ésta se examine a sí misma en el marco del ideal que el arte le ofrece. Pero volvamos a Korolenko, que definía el sentido de la existencia humana como el derecho a la felicidad. Esto me recuerda el libro de Job, en que a Elifaz dice: «Ninguna cosa sucede en el mundo sin motivo: que no brotan del suelo los trabajos. Porque el hombre nace para trabajar, como el ave para volar» (Job V, 6). El sufrimiento nace de la insatisfacción, del conflicto entre el ideal y la situación en la que uno se encuentra en ese momento. Mucho más importante que el sentimiento de «felicidad» es el fortalecer el alma en la lucha por aquella libertad verdaderamente divina. El arte refuerza lo mejor de lo que es capaz el hombre: la esperanza, la fe, el amor, la belleza, la devoción o lo que uno sueña y espera. Si alguien que no sabe nadar se lanza al agua, su cuerpo —no él mismo— comienza a hacer movimientos instintivos para no hundirse. También el arte es algo así como un cuerpo humano echado al agua: existe como un instinto, que no permitirá que la humanidad se hunda en el campo espiritual. En el artista se expresa el instinto interior de la humanidad. Pero, ¿qué es el arte? ¿Lo bueno o lo malo? ¿Procede de Dios o del diablo? ¿De la fuerza del hombre o de su debilidad? ¿Es quizá una prenda de la comunidad humana y una imagen de armonía social? ¿Es ésa su función? Es algo así como una declaración de amor. Un reconocimiento de la propia dependencia de otros hombres. Es una confesión. Un acto inconsciente, que refleja el verdadero sentido de la vida: el amor y el sacrificio. Pero si dirigimos la mirada hacia atrás, reconocemos que el camino de la humanidad está lleno de cataclismos y de catás­trofes. Descubrimos las ruinas de civilizaciones destruidas. ¿Qué ha sucedido con ellas? ¿Por qué se agotó su aliento, su voluntad de vivir y sus fuerzas morales? Supongo que nadie creerá que todo eso tiene una causa material. Una idea así me parecería salvaje. Y al mismo tiempo estoy convencido de que hoy volvemos a estar al borde de la destrucción de una civilización porque ignoramos plenamente el lado interior y espiritual del proceso histórico. Porque no queremos reconocer que nuestro imperdonable y pecaminoso materialismo, un materialismo que no conoce la esperanza, ha traído infinitas desgracias sobre la humanidad. Es decir, creemos que somos científicos y dividimos, para conseguir una mayor fuerza de convicción en nuestras cavilaciones científicas, el indivisible proceso de la humanidad en dos partes, haciendo luego de una sola de sus motivaciones la causa de todo.

De esta manera intentamos no sólo justificar los fallos del pasado, sino también proyectar nuestro futuro. Quizá se demuestre en tales errores la paciencia de la historia, que espera que el hombre alguna vez consiga escoger bien, sin tener que terminar en un callejón sin salida en el que la historia, una vez más, corrija el fallido intento por medio de otro paso, esta vez más exitoso. En ese sentido, es verdad lo que afirman tantos: de la historia nadie aprende y la humanidad suele, simplemente, ignorar la experiencia histórica. Dicho en otros términos, toda catástrofe de una civilización descubre sus fallos. Y si el hombre tiene que reemprender su camino desde el principio, se demuestra así que su andadura hasta entonces no estaba marcada por el perfeccionamiento espiritual. Con cuánto gusto querría uno abandonarse, entregarse de vez en cuando a otra concepción del sentido de la vida huma­na. Oriente siempre ha estado más cerca que Occidente de la verdad eterna, pero Occidente ha devorado a Oriente con sus exigencias materiales en la vida. Basta con comparar la música occidental con la oriental. El mundo occidental grita: ¡Éste, éste soy yo! ¡Miradme! ¡Escuchad cómo sufro y cómo amo! ¡Qué infeliz y qué feliz puedo ser! ¡Yo! ¡Yo! ¡Yo! El mundo oriental no dice una sola palabra de sí mismo. Se pierde absolutamente en Dios, en la naturaleza, en el tiempo, y se encuentra a sí mismo en todo. Es capaz de descubrir todo en sí mismo. La música del Tao: China, seiscientos años antes de Cristo. Pero, ¿por qué no triunfó esa idea soberana? Es más: ¿por qué se hundió? ¿Y por qué la civilización que había desarrollado no llegó hasta nosotros en forma de un proceso histórico determinado y perfecto? Es patente que esas ideas entraron en colisión con el mundo material que las rodeaba. Lo mismo que el individuo con la sociedad, también esa civilización entró en colisión con otra. Pero sucumbió no sólo por esto, sino también a causa de su confrontación con el mundo material, con el «progreso» y la tecnología. Las ideas de la civilización oriental son un resultado, la sal de la tierra; de ellas fluye verdadera sabiduría. Pero según esa lógica oriental, la lucha es un pecado. El núcleo de la cuestión reside en que vivimos en un mundo de ideas que nosotros mismos creamos. Dependemos de sus imperfecciones, pero también podríamos depender de sus ventajas y valores. Y ya llegando al final, y en confianza: aparte de la imagen artística, la humanidad no ha inventado nada de manera desinteresada. Y por eso quizá realmente consista el sentido de la existencia humana en la creación de obras de arte, en el acto artístico, ya que éste no posee una meta y es desinteresado. Quizá se demuestre precisamente en ello que hemos sido creados a imagen y semejanza de Dios.


Fuente: Andrei Tarkovski, Esculpir en el tiempo, Ed. Rialp