viernes, 16 de agosto de 2013

Miguel Briante - Sol remoto


Acabo de arrojar la caja al fondo del barranco. Percibo, aún, corno un eco, su ruido metálico al chocar, allá abajo. He vuelto a la casa y ya no me queda más que rondar por ella, esperando vanamente encontrarlo en cada recodo del corredor, en cada puerta, o sentarme en la oscuridad a repensar los hechos, a atar y desatar las imágenes, gastadas por el incesante (e inútil) empeño de ser recuperadas con exactitud. Sólo hay fugaces, amontonados momentos apenas perceptibles. Ningún símbolo premonitorio puedo hallar antes: nada. Todo se empeña en partir desde su aparición en mi vida (aunque ahora sé que hubo un antes tan intangible que no llegó a habitar mis recuerdos), desde esa noche, cuando llegó a la pensión y pidió una pieza.
No había mucha luz, y lo primero que me sorprendió fue su voz: profunda, penetrante. Pregunté su nombre y dijo que no lo recordaba, que tal vez nunca lo había tenido. En ese instante algún objeto dejó de hacer sombra y vi su cara: era un borrón, una nube indefinible. Tuve miedo; presentí algo monstruoso. Pregunté la edad y dijo que no tenía; describió una escena: un parto silencioso, en la noche, justo en el límite de un día indefinido, cuando las agujas permanecían estáticamente en las doce. Después dijo que tenía conciencia de lo extraño de su voz, de lo difuso de su rostro. Dijo que estaba solo y que sobre él tenía que cumplirse algo; desde hacía mucho tiempo buscaba a la persona que debía ayudarlo. Yo contestaba cosas, temía aún pero algo más fuerte me obligaba a indagar su historia. No sé si me lo pidió, pero me uní a él: atada por un inasible horror (algo como la sombra del horror) no pude dejar de seguirlo, de alentarlo en la búsqueda, y sentir que todo iba acercándonos.
Hasta que llegamos a esta quinta. Arriba, allá, hay una cúpula, una especie de observatorio. La primera vez recorrimos la casa juntos. Recuerdo, todavía, que en los corredores su voz se hacía aún más precisa, más penetrante. Recuerdo, también, que al subir las escaleras su ropa (porque nunca pude ver su cuerpo) temblaba. Se apresuraba en los escalones, ansioso. Y yo quería que él tuviera rostro y lo imaginaba sonriendo mientras lo veía tender la mano hacia la pequeña puerta de hierro que da a la cúpula, al fin de la escalera. Recuerdo que entramos, que después de abrir la puerta saltó adentro como si hubiera reconocido algo, que miró hacia arriba (hacia las estrellas), que se quedó quieto un instante: cuando se volvió hacia mí, fugazmente, vertiginosamente, el borrón se convirtió en un rostro hermosísimo, irrecordable, que se desvaneció en seguida. Tuve, lo sé, miedo. Como si la costumbre adquirida en días y días de mirar su cara borrosa se anulara de golpe, creando otra vez el horror del primer instante. Después bajamos las escaleras y pasó el tiempo y yo no volví a subir a la cúpula. El, en cambio, pasaba allí casi todo su tiempo. A veces, sólo a veces, me hablaba, anunciándome algo oscuro. Una vez nombró una caja en la que había encontrado muchas cosas. Me dijo, también, que de noche escudriñaba las estrellas; que miraba, sobre todo, la luz de un sol remoto. Agregó, esa vez, otra, no recuerdo, que ya creía haberlo hallado todo, que ya estaba cumpliéndose su verdadero destino. Sí, eso fue una tarde, mientras miraba el jardín; después no volví a verlo durante mucho tiempo, semanas, creo. Sólo oía su voz, de tanto en tanto, al subir la escalera y acercarme a la puerta de hierro, temerosamente, preguntándole algo. Recuerdo (fue hasta hace muy poco) que yo pasaba las noches en la escalera, y también los días, confundiéndolo todo, envejeciendo visiblemente, sabiendo que de un momento a otro podía necesitarme. Y sentía, de golpe, que lo que me unía a él era más exacto, que la atracción era más definida y monstruosa. Impulsada por algo inexpresable (la sombra del horror convertida en sombra de otra cosa, tal vez) imaginaba incesantemente su cuerpo difuso, su rostro. Ese rostro fugaz y hermoso que había reemplazado, bajo las estrellas, a la nube oscura.
Anoche, con voz más rara que siempre, me llamó. Entré: sobre la mesa, bajo el techo abovedado de la cúpula, se amontonaban libros, cálculos, aparatos extraños, mapas de las constelaciones. Arriba, por sobre la penumbra (y eso lo sentí de pronto), las estrellas, el sol remoto controlaban todo. Entonces fue cuando dijo aquello, antes, muy poco antes de que sucediera lo otro. Tengo que morir, dijo. Tengo que morir porque ya encontré mi verdad: ya sé que todo estaba dirigido hacia esa bóveda, hacia esta vigilancia lejana. Hay un extraño impulso, un mandato que pesa sobre mí y me ordena todo esto, decía, lo recuerdo, y en la penumbra se acercaba a mí, o yo me acercaba a él, y nos estábamos juntando, mientras él continuaba hablando, lentamente, mientras acaso tardábamos en llegar uno a otro porque la bóveda se agrandaba o yo también caminaba despacio, mientras la atracción distinta que había sentido en la escalera crecía aún más, y él venía, y hablaba de los astros pronunciando palabras que yo nunca había escuchado, mentando a una raza extraña de hombres ligados a soles remotos, de existencias atadas por hilos infinitos, diciendo que cada ser de la tierra estaba unido al destino de una estrella particular en el universo inacabable y que existía una raza innombrada de hombres que nacían sin rostros, como él, porque sus vidas pertenecían a estrellas que se habían extinguido muchos millones de años atrás pero cuyas luces se siguen percibiendo desde la tierra: una raza de hombres-sombras mezclados a los de rostro concreto, destinada a nacer así, solitaria, a buscar la verdad incansablemente, para morir al comprender que eran fantasmas. Y ahora estábamos juntos, ahora yo intuía que mi existencia era una parte de su camino, que de algún modo yo también pertenecía a esa raza. Su rostro volvía a ser por un instante luminoso, para apagarse pronto, mientras yo apretaba su cuerpo, algo muy raro, impreciso, y caíamos como si él se hubiera concretado para eso, rodábamos y él estaba en mí mucho más que siempre y yo estaba unida a él; una realidad, que en mi imaginación había sido morbosa, era más cercana. Mientras arriba estaba, sobre todo, una estrella que brillaba, crecía. Y él, junto al jadeo, decía casi tiernamente que la caja, que guardara todo en la caja y lo tirara al fondo del barranco. Mientras yo me iba durmiendo y al despertar él estaba muerto.
Y ahora temo enfrentar algún espejo, en los corredores, porque sé que ya no tengo cara. Y tengo miedo porque pronto, en el límite de un día, con un parto silencioso nacerá de mí una sombra: un hijo extraño que perderé pronto, que saldrá al mundo con su rostro y su voz apagados. Hasta que en algún lugar encuentre la mujer y una búsqueda incansable le permita dar con el barranco, encontrar la caja con los libros y los extraños aparatos y los mapas, y pase quizá en esa misma bóveda las noches en vela, prisionero de una luz fantasma, hasta comprender la verdad, hasta llamar a su mujer, hasta cumplir el incesante rito.


En Las hamacas voladoras y otros cuentos

FRAGMENTOS FANTÁSTICOS

"Fragmentos Fantásticos" Cortometraje fragmentado en interrogantes planteados por el poeta Miguel Ángel Bustos donde habitan pasajes de sueños y situaciones delirantes en torno a lo rutinario mostrando diferentes estadios autodestructivos de la conducta humana.

jueves, 15 de agosto de 2013

LAS FOTOGRAFÍAS DE ALLEN GINSBERG

He visto las mejores mentes de mi generación

Tomadas entre 1953 y 1963 y, en una segunda etapa, desde 1983 hasta su muerte, las fotos de Allen Ginsberg capturan a los protagonistas y escenarios de la generación beat en la intimidad, con cierta desnudez, con la confianza de la amistad. Retratos de amigos, colegas y amantes, la colección que desde hace dos años se presenta en salas de Europa y Estados Unidos cuenta con más de 75 mil imágenes: muchas de ellas fueron catalogadas y sobreescritas por el propio Ginsberg, que les agregó breves anotaciones manuscritas a los originales, pequeños recuerdos y reflexiones. Ahora, parte de la colección se presenta en el Museo Judío Contemporáneo de San Francisco donde a mediados del mes que viene, se celebrará el Ginsberg Festival, en honor a su legado.

 Hoy, como nunca, los archivos fotográficos resurgen, se los descubre como tesoros ocultos tras el avance desaforado de nuevas tecnologías, son rescatados como la huella documental de muchos artistas múltiples. Las Polaroid del cineasta Andrei Tarkovsky, las composiciones visuales de Lou Reed y las instantáneas del actor Dennis Hopper son sólo algunos de los ejemplos de esta tendencia. El último rescate, y uno de los más notables, es el de las fotografías del gran poeta norteamericano Allen Ginsberg, que tomó primero entre 1953 y 1963 –primer período, que finalizó bruscamente– y luego en los años ’80, cuando fotografió a algunos de sus amigos que aún estaban vivos y les agregó epígrafes personales a los viejos negativos.
Una de las primeras fotografías de Ginsberg es de William Burroughs, recién llegado de Sudamérica; en otra, Gregory Corso está sentado en la ventana de su ático, en París. Burroughs, Kerouac, autorretratos: cada imagen afirma la relación personal con el retratado. El círculo social de Ginsberg era amplio e interesante, y él deambulaba por diversos mundos –cenaba con Marcel Duchamp o tomaba un café con Man Ray–. Pero su ojo fotográfico priorizó lo doméstico. Fotografió a algunos integrantes de su familia de origen, a muchos músicos y actores, pero principalmente a los escritores de su camada, esos hermanos de camino, manteniendo con cada uno un diálogo visual cómplice. Gregory Corso, Paul Bowles, Lawrence Ferlinghetti y Peter Orlovsky: sus rostros se repiten en las fotos de Ginsberg con diversos escenarios y edades.
Aunque su romance con la fotografía abarcó toda su vida, recién en 1953 el poeta consiguió una cámara usada, por 13 dólares, y comenzó a retratar a sus amigos. Los fotografió en la intimidad de sus encuentros durante casi una década y en pleno auge de su producción como artistas. Se subía a las terrazas de Manhattan, entraba en el Beat Hotel del Barrio Latino de París, comenzaba a recorrer San Francisco, visitaba Tánger y recorría las playas de Japón mientras seguía el impulso de probar una y otra vez su Kodak Retina, uno de los primeros modelos de esa serie de cámaras 35mm hechas en Alemania.
Luego de un largo viaje a la India, aquella máquina se perdió y Ginsberg dejó de tomar fotos. Pero veinte años después, el poeta se reencontró con sus imágenes en la biblioteca de la Universidad de Columbia. Al verlas en perspectiva, entendió que era buen material y se contactó entonces con un viejo conocido: el legendario fotógrafo Robert Frank, autor de Los americanos, con quien había compartido un curso de la Escuela de Fotografía Camera Obscura en Israel. Después de ese curso se hicieron amigos e incluso filmaron juntos un corto, Pull the Daisy, una suerte de manifiesto audiovisual de la generación beat.
Frank le recomendó ponerse en contacto con Berenice Abbott y tomando ese consejo Ginsberg viajó hasta Maine, donde Abbott vivía, para conocerla.
Abbott le sugirió agregar anotaciones manuscritas sobre las copias originales de aquellas primeras tomas: comentarios y relatos que ponían en contextos aquellos testimonios visuales. La fotógrafa también lo animó a retomar la actividad y él le hizo caso comprando otra cámara de segunda mano, ésta vez una Rolleiflex 2 ¼ pulgadas, para volver al ruedo. Antes, durante y después de ese momento de mayor concentración en la fotografía –los últimos 15 años de su vida, entre 1983 y 1997– usó varios equipos: una Leica M3, una M6 y una Olympus de bolsillo, entre otras.
Al momento, la National Gallery of Art de Washington, la sala Lytleton del National Theatre de Londres y la galería de arte de la Universidad de Nueva York ya expusieron el trabajo de Ginsberg. La Mapplethorpe Foundation colaboró con la itinerancia de la muestra, que hoy recala, hasta septiembre, en el Museo Judío Contemporáneo de San Francisco. En cada curatoría variaron la cantidad de imágenes y se acompañó la puesta con manuscritos originales, poemas tipografiados y primeras ediciones de Ginsberg y otros escritores de su tiempo. Su propia producción alcanzó una cifra difícil de afirmar, pero del material guardado se cuentan casi 75 mil fotos.
Ginsberg creía que cualquier gesto, hecho conscientemente, puede ser una obra de arte. De ese rescate emotivo nacen estas imágenes que él mismo consideraba más aptas para un público celestial que para uno terrenal, lo que –en su opinión– encerraba el verdadero encanto de sus retratos. En su texto Cosmopolitan Greetings, Ginsberg sostiene que el sujeto se conoce por lo que ve y es en sus fotografías que esta observación vívida parece ser un código compartido con aquellos que eran vistos por él, sin pose. Sus fotografías conservan esa reciprocidad: en estas imágenes, Ginsberg también es mirado por aquellos a quienes ve.


 
William S. Burroughs muy serio, ojos de amante triste, luz de la tarde en la ventana, la tapa de la recién publicada Junkie en las sombras sobre su hombro derecho y barrilete japonés sobre el viejo empapelado de su departamento con agua caliente del Lower East Side. Había vuelto de Sudamérica y México para quedarse conmigo y editar el manuscrito de Queer y The Yage Letters. New York, otoño de 1953.


 
Jack Kerouac paseando por la calle 71 Este después de visitar a Burroughs, pasando frente a la estatua del congresista Samuel “Sunset” Cox, en la plaza Tompkins, yendo hacia la esquina de la Avenida A, en el Lower East Side. Está haciendo una cara de loco de Dostoievski, un Om be bop ruso mientras camina por el barrio. Entonces estaba con Los subterráneos, lápices y anotador en el bolsillo de la camisa de lana, otoño de 1953, Manhattan.e


 
Gregory Corso, en su ático de la rue 9 París, ángel de madera colgado en la pared de la derecha, la ventana daba a un patio y del otro lado estaba el Sena, a media cuadra de St. Chapelle. Gasoline está lista en City Lights, en el ático preparó “Marriage”, “Power”, “Army”, “Police”, “Hair” y “Bomb” para el libro Happy Birthday of Death. Henri Michaux visitaba, le gustaba el fraseo de niño loco de Corso. Burroughs vino desde Tánger a vivir en el edificio, un piso más abajo, dándole forma al manuscrito de El almuerzo desnudo. Peter Orlovsky y yo teníamos ventana a la calle dos pisos más abajo, una habitación con una cocina de dos hornallas, comíamos juntos con frecuencia, el alquiler era de treinta dólares por mes. Yo empecé Kaddish y Peter su Frist Poem.

Georg Trakl - Canción del solitario


 A Karl Borromaus Heinrich

Pleno de armonías es el vuelo de las aves. Los verdes bosques.
se han reunido al atardecer en cabañas silenciosas;
las praderas cristalinas del ciervo.
Lo oscuro atenúa el murmullo del arroyo, las húmedas sombras

y las flores del estío, que suenan bellas al viento.
Ya anochece sobre la frente del hombre pensativo.

Y alumbra una lamparilla, lo bueno, en su corazón,
y la paz de la cena; porque benditos son pan y vino
por las manos de Dios, y te contempla desde ojos nocturnos
silencioso el hermano, que pueda descansar del peregrinaje espinoso.
Oh, vivir en el azul animado de la noche.

Amoroso abraza también el silencio en el cuarto las sombras de los antepasados,
los tormentos purpúreos, queja de una magna estirpe,
que piadosamente se extingue ahora en el nieto solitario.
Porque siempre más resplandeciente despierta de los negros minutos de la locura
el paciente en el umbral de piedra;
y lo abrazan poderosamente la frescura azul y el luminoso fin del otoño,

la casa silenciosa y las leyendas del bosque,
medida y norma y las sendas lunares de los solitarios.



Gesang des Abgeschiedenen

Voll Harmonien ist der Flug der Vögel. Es haben die grünen Wälder
Am Abend sich zu stilleren Hütten versammelt;
Die kristallenen Weiden des Rehs.

Dunkles besänftigt das Plätschern des Bachs, die feuchten Schatten
Und die Blumen des Sommers, die schön im Winde läuten.
Schon dämmert die Stirne dem sinnenden Menschen.

Und es leuchtet ein Lämpchen, das Gute, in seinem Herzen
Und der Frieden des Mahls; denn geheiligt ist Brot und Wein
Von Gottes Händen, und es schaut aus nächtigen Augen
Stille dich der Bruder an, daß er ruhe von dorniger Wanderschaft.

O das Wohnen in der beseelten Bläue der Nacht.
Liebend auch umfängt das Schweigen im Zimmer die Schatten der Alten,
Die purpurnen Martern, Klage eines großen Geschlechts,
Das fromm nun hingeht im einsamen Enkel.

Denn strahlender immer erwacht aus schwarzen Minuten des Wahnsinns
Der Duldende an versteinerter Schwelle
Und es umfangt ihn gewaltig die kühle Bläue und die leuchtende Neige des Herbstes,
Das stille Haus und die Sagen des Waldes,
Maß und Gesetz und die mondenen Pfade der Abgeschiedenen.


En Poemas
Traducción de: Rodolfo Modern

miércoles, 3 de julio de 2013

Pizarnik y Cortázar (collage)

Dibujo de Alejandra Pizarnik


Aquí bichito. Quieta. No hay ventanas ni afuera / y no llueve en Rangoon. Aquí los juegos.

Y la foto volvió a salir movida, cuando los tres nos encontramos en el carrer dels Còdois de Barcelona. Alejandra pícara, alegre, queriendo volar y tú, Cortázar, comentando: la verdad que no me veo en tu texto, me has hecho rijoso y putañero, yo que me castigo cada día con un látigo afgano… (Para el lector tafaner lo remito al libro Textos para leer dentro de un espejo morado)*. Mientras, el juego seguirá porque a los pocos días lo despediré, a él, a Cortázar, en el aeropuerto, en su último y definitivo viaje a mi ciudad. Y Alejandra con paciencia esperará en el Café de la Ópera saboreando una wódka Wyborowa al tiempo que también contemplará sobre la mesa la muñeca de madera azul, un obsequio de Cortázar viajando para siempre, después de su otro viaje, el de la autopista, y nosotros sin darnos cuenta, y tal vez por eso nos dedicaremos al oficio de aparear a nuestras tortugas en un jardín anónimo del pueblecito de Jafre. Y Alejandra escribiendo: I am not yet born. Kill me… Y él no y su mamá: las pasiones de la infancia / dans la nuit du tombeau / toi qui m'as consolee, y Cortázar siempre pegado a las palabras te reclama. ¡Ay, mi bestia! Yo te adoro.

Y las famas y los cronopios ya empezaron a hacer sus habilidades enredándose con orgullo entre los hilos de la maqueta funicular de L'Eglésia de la Còlonia Güell de Santa Coloma de Cervelló. Cuánta perversión, cuánta, de habernos encontrado con más frecuencia en los demoníacos y apasionados espacios que creó Gaudí.

Y el juego, sin remedio, tendrá que acabar y acaba haciendo bolillos con las arañas gaudianas, bajando sin tener que bajar a los subterráneos, y sintiendo el cold in had blues de la muñeca de madera con la que Cortázar agasajó a Alejandra póstumamente.


De Antonio Beneyto. Colección Ocnos, Barral Editores, Barcelona, 1975

domingo, 30 de junio de 2013

Elías Canetti: El clamor de los ciegos


Trato de relatar algo y apenas enmudezco me doy cuenta de que aún no he dicho nada. Algo maravillosamente luminoso y denso permanece aún en mí y obstruye la palabra. ¿Es acaso la lengua, que no entiendo, y que paulatinamente debo interpretar en mi interior? Había acontecimientos, imágenes, sonidos, cuyo sentido de entrada radica en uno mismo, que fueron no tanto tomados, sino reducidos a palabras, y que más allá de las palabras, son aún más profundos y plenos de sentido que ellas mismas. Sueño en un hombre que olvida las lenguas de la Tierra hasta no comprender cuanto se dice en ninguna de ellas. ¿Qué hay en el lenguaje? ¿Qué esconde? ¿Qué le sustrae a uno? Traté de aprender, durante las semanas que pasé en Marruecos, no tanto árabe como también una de las lenguas beréberes. No quería perder ni un ápice de la fuerza de esas extrañas voces. Quería sentirme tan afectado por esos sonidos heterogéneos como en realidad se merecen, y no flaquear por un conocimiento deficiente y superficial. No había leído nada sobre el país. Sus lugares me resultaban tan ajenos como sus gentes. Lo poco que a lo largo de una vida le llega a uno por los aires, de cada país y cada pueblo, se pierde en las primeras horas. Pero permanecía la palabra «Alá», que no podía eludir de ninguna manera. Por lo que atañe a los viejos, una parte de mi experiencia me predisponía hacia ellos, la parte más cotidiana, emotiva y persistente. Viajando lo toleramos todo, los prejuicios quedan en casa. Se observa, se escucha, se siente uno fascinado ante lo más atroz porque es nuevo. Los buenos viajeros son despiadados. Cuando el pasado año, tras cincuenta años de ausencia, me acercaba a Viena, pasé por el Blindemarkt, un lugar cuya existencia nunca hubiera sospechado con anterioridad. El nombre me hirió como un látigo, y jamás me ha abandonado desde entonces. Ese año, cuando llegué a Marrakesh, me encontré repentinamente entre los ciegos. Eran cientos, incontables, la mayoría mendigos, un grupo de ellos, unas veces ocho, otras diez, podía verse en el mercado formando una apretada fila, y cuya ronca y eternamente reiterada letanía era audible a lo lejos. Me situé frente a ellos, igualmente inmóvil, y no muy seguro de si percibían mi presencia. Cada uno de ellos sostenía frente a sí un plato de madera, y cuando una moneda caía en uno de éstos, pasaba de mano en mano, y cada cual la palpaba, la probaba, hasta que uno, cuya función parecía ser esa, se la embolsaba finalmente. Se sentía en común, al igual que se murmuraba y se clamaba en común. Todos los ciegos pedían en nombre de Dios, y mediante la limosna podía obtenerse de Él algún favor. Empezaban con Dios, terminaban con Dios y repetían su nombre diez mil veces al día. Todas sus letanías contenían su nombre de varias formas, pero la letanía a la que se aferraban desde un principio permanecía inalterable. Son arabescos acústicos en torno a Dios, pero mucho más expresivos que ópticos. La mayoría confiaban únicamente en su nombre, y sólo a éste clamaban. Hay en ello una obstinación terrible; se me presentaba Dios como un muro al que acometiesen siempre por el mismo lugar. Pienso que los mendigos se mantienen mejor gracias a sus fórmulas que a lo mendigado. La repetición de la misma letanía caracterizaba al vocero. Se le queda a uno grabado, llega a conocérsele, está siempre ahí; expresa una concreta identidad precisa al igual que su letanía. No sabremos nada más de él, cuida de protegerse, la letanía también es su frontera. En un lugar semejante él es exactamente eso; lo que vocea, ni más ni menos; un mendigo ciego. Pero la letanía también es una multiplicación, cuya rápida y regular repetición hace de ella un conjunto. Se da en ello una particular capacidad de postulación: reclama para muchos y acopia para todos. «¡Piensa en todos los mendigos, piensa en todos los mendigos! Dios te bendice por todos los mendigos a los que des.» Quiere decir todo esto que los pobres entrarán quinientos años antes que los ricos en el Paraíso. Mediante limosnas se enajena a los pobres algo del Paraíso. Si alguien ha muerto, «se le acompaña a pie, rápidamente, hasta la tumba, con o sin vociferantes plañideras, para que el muerto alcance pronto la gloria. Los ciegos cantan el credo». Cuando volví de Marruecos me hinqué con los ojos cerrados y de rodillas en un rincón de mi habitación e intenté repetir durante media hora larga, a la velocidad precisa, y con la fuerza adecuada «¡Alá!, ¡Alá!, ¡Alá!», procuré imaginarme el continuar repitiendo lo mismo durante todo un día y buena parte de la noche, y comenzar de nuevo tras un breve descanso; seguir así durante días y semanas, meses y años; volverme más y más viejo y seguir viviendo así, y aferrado tenazmente a esta clase de vida, tornarme furibundo cuando algo me estorbase en ella, y no desear otra cosa sino perseverar absolutamente en ello. Comprendí la seducción que se esconde en una vida que todo lo reduce a la forma más simple de repetición. ¿Cuánta o qué escasa variación había en la labor de los artesanos que vi trabajar en sus pequeños recintos? ¿Y en el regateo de los comerciantes? ¿Y en los pasos de los danzarines? ¿Y en las incontables tazas de té de menta, que toman aquí todos los huéspedes? ¿Cuánta variedad hay en el dinero? ¿Cuánta en el hambre? Comprendí así qué eran en realidad esos ciegos mendigos: los santos de la repetición. Está excluido de sus vidas casi todo aquello que en nosotros evita todavía la repetición. Existe el lugar concreto, en el que se acurrucan o se colocan. Existe la invariable letanía. Existe el limitado número de monedas al que pueden aspirar, tres o cuatro unidades diferentes. También existen los donantes, que son diversos, pero los ciegos no los ven y en su plegaria procuran que también ellos sean iguales.


En Las voces de Marrakesh, (1967)
Título original: Die Stímmen van Marrakesch
Presentación y traducción: José-Francisco Yvars
Valencia, Pre-textos, 1996

Roberto Bolaño - El bibliotecario valiente


Empezó como poeta. Admiraba la literatura expresionista alemana (aprendió francés por obligación y alemán por algo que podríamos llamar amor, y lo aprendió sin maestros, solo, como se aprenden las cosas importantes), pero posiblemente nunca leyó a Hans Henny Jahn. En las fotos de los años veinte podemos verlo con un gesto envarado y triste, un joven cuyo cuerpo casi sin aristas parece tender hacia la redondez, hacia la suavidad. Practicó la costumbre de la amistad y fue fiel, sus primeros amigos, en Suiza y en Mallorca, pervivieron en su memoria con el fervor de la adolescencia o de la memoria sin culpa de la adolescencia. Y tuvo suerte: frecuentó a Cansinos-Assens y descubrió, para siempre, una visión inédita de España. Pero volvió a su país y encontró la posibilidad de un destino. Un destino soñado por él mismo en un país soñado por él mismo. En las inmensidades americanas imaginó el valor y su sombra, la soledad inmaculada de los valientes, el día que se ajusta a la vida como un guante. Y volvió a tener suerte: conoció a Macedonio Fernández y a Ricardo Güiraldes y a Xul Solar, que valían más que la mayoría de los intelectuales españoles que había frecuentado, o eso pensaba él, y pocas veces se equivocó. Su hermana, sin embargo, se casó con un poeta español. Eran los años del Imperio argentino, cuando todo parecía al alcance de la mano y Buenos Aires podía autodenominarse la Chicago del hemisferio sur sin enrojecer acto seguido de vergüenza. Y la Chicago del hemisferio sur tuvo su Carl Sandburg (poeta, por cierto, que él admiró), y se llamó Roberto Arlt. El tiempo los ha juntado y los ha vuelto a separar para siempre. Pero entonces uno de los dos se sumergió en el vértigo y el otro en la búsqueda de la palabra. Del vértigo de Arlt nació la utopía en su estado más demencial: una historia de pistoleros tristes que prefiguraba, del mismo modo que Abaddón el extermínador, de Sabato, el horror que mucho tiempo después se cerniría sobre la república y sobre el continente. De la búsqueda de la palabra, por el contrario, surgió la paciencia y una modesta certidumbre en la felicidad de la literatura. Boedo y Florida fueron los nombres de ambos grupos, el primero designa un barrio popular, el segundo una calle céntrica, y hoy ambos nombres marchan juntos hacia el olvido. Arlt, Gombrowicz (aquella cena que nadie recuerda); pudo haber sido amigo de ellos y no lo fue. De ese diálogo inexistente hoy queda un gran hueco que también es parte de nuestra literatura. Por supuesto, Arlt murió joven, después de una vida agitada y llena de privaciones. Y fue básicamente un prosista. El no. El era poeta, y muy bueno, y escribía ensayos, y sólo bien entrado en la treintena se puso a escribir narraciones. Hay quien dice que lo hizo ante la imposibilidad de convertirse en el poeta más grande de la lengua española. Estaba Neruda, a quien nunca quiso, y la sombra de Vallejo, cuya lectura no frecuentó. Estaba Huidobro, que fue amigo y luego enemigo de su triste e inevitable cuñado español, y Oliverio Girondo, a quien siempre consideró superficial, y luego venía García Lorca, de quien dijo que era un andaluz profesional, y Juan Ramón, de quien se reía, y Cernuda, al que apenas prestó atención. En realidad, sólo estaba Neruda. Estaba Whitman, estaba Neruda y estaba la épica. Aquello que él creía amar, aquello que más amaba. Y entonces se puso a escribir una historia en donde la épica sólo es el reverso de la miseria, en donde la ironía y el humor y unos pocos y esforzados seres humanos a la deriva ocupan el lugar que antes ocupara la épica. El libro es deudor de los Retratos reales e imaginarios, que escribiera su amigo y maestro Alfonso Reyes, y a través del libro del mexicano, de las Vidas imaginarias, de Schwob, a quien ambos querían. Muchos años después, cuando él ya era el más grande y estaba ciego, visitó la biblioteca de Reyes, en México DF, oficialmente bautizada como "Capilla alfonsina" y no pudo evitar comentar la reacción que ante tal despropósito tendrían los argentinos si a la casa de Lugones se la llamara "Capilla leopoldina". Ese no poder evitar un comentario, su permanente disposición para el diálogo, siempre lo perdió ante los imbéciles. Dijo que su primera lectura del Quijote la hizo en inglés y que ya nunca más le pareció tan bueno como entonces. Se rasgaron las vestiduras los críticos españoles de capa y espada. Y olvidaron que las páginas más certeras sobre el Quijote no las escribió Unamuno, ni la caterva de casposos que siguieron a Unamuno, como el lamentable Ramiro de Maeztu, sino él. Después de su libro sobre piratas y otros forajidos, escribió dos libros de relatos que probablemente son los dos mejores libros de relatos escritos en español en el siglo XX. El primero aparece en 1941, el segundo en 1949. A partir de ese momento nuestra literatura cambia para siempre. Escribe entonces libros de poesía estrictamente memorables que pasan inadvertidos entre su propia gloria de cuentista fantástico y la ingente masa de musos y musas. Varios, sin embargo, son sus méritos: una escritura clara, una lectura de Whitman, acaso la única que aún se mantiene en pie, un diálogo y un monólogo ante la historia, una aproximación honesta al English verse. Y nos da clases de literatura que nadie escucha. Y lecciones de humor que todos creen comprender y que nadie entiende. En los últimos días de su vida pidió perdón y confesó que le gustaba viajar. Admiraba el valor y la inteligencia.