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sábado, 13 de abril de 2013

Henry Miller: Reflexiones sobre la muerte de Mishima



No tiene excusa que escriba yo este artículo para los lectores japoneses. No soy erudito sobre Japón ni lo he visitado jamás —aunque a punto estuve, varias veces. Es verdad que mi esposa es japonesa y que he recibido a muchos japoneses en mi casa. Amigos de mi mujer han residido con nosotros durante cierto tiempo. Cuando me encuentro con un japonés, sea hombre o mujer, lo bombardeo con preguntas sobre Japón, su pueblo, sus usos, sus problemas. Añádase que soy un devoto de la cinematografía japonesa, cuyas mejores películas están muy por encima de las de cualquier otro país.
Actualmente Japón es el país que más me interesa, aparte la China. Y debo afirmar con toda humildad que el Zen me interesa más que cualquier otra visión del mundo o modo de vida.
Estoy relacionado con japoneses de todos los sectores sociales —escritores, actores, cineastas, ingenieros, arquitectos, pintores, cantantes, animadores, hombres de negocios, editores, coleccionistas de arte, etc. Todos tienen opiniones y comportamientos diferentes, como cualquier sector de europeos o americanos.
Sin embargo, como pueblo tanto como individualmente, los rodea siempre un aura de misterio, de impenetrabilidad. Hasta cierto punto los comprendo y simpatizo con ellos —con las mujeres más que con los hombres —y luego... me pierdo. Nunca estoy seguro de cuándo ocurrirá lo inesperado, lo impredecible. No por ello me siento incómodo: me intrigan, eso sí. Siempre me ha encantado lo foráneo. Me gusta que me estimulen, me sacudan, me asombren.
Por eso cuando leí acerca de la dramática desaparición de Mishima me invadieron sentimientos opuestos. Pensé inmediatamente en sus contradicciones y, al mismo tiempo, me dije: ¡Qué japonés es todo esto! Quizá me haya familiarizado —sin jamás perder la sorpresa, el choque y el encanto —con la mezcla japonesa de crueldad y ternura, de violencia y sosiego, de belleza y fealdad, por las películas japonesas. Los japoneses no son los únicos en ser así. Pero, a mi modo de ver, en ellos la ambigüedad es mucho más abrupta y acerba. Hasta cierto punto eso explica su consumado oficio en todas las artes, la poesía, el teatro, la pintura. Lo estético siempre está perfectamente ensamblado con lo emotivo. Lo horroroso puede ser también bello: lo monstruoso y lo bello no están en conflicto, se complementan como colores primarios hábilmente yuxtapuestos. Una mujer con el corazón destrozado, me refiero a una japonesa, una mujer en la desesperación de la derrota total, es capaz de mostrar la sonrisa de un ángel misericordioso. En las películas de antiguos Samurai hay personajes, generalmente Señores, que se han dedicado por entero a la espada; sin embargo son capaces de demostrar la absoluta futilidad de la violencia.
La juventud, la belleza, la muerte —son los temas que impregnan la obra de Mishima. Sus obsesiones, podríamos decir. Típicas, se diría, de los poetas occidentales, al menos de los románticos. Por esta trinidad Mishima se crucifica a sí mismo, no menos mártir que los cristianos primitivos.
¡Era un fanático! Es la primera acusación, y la más fácil, que le hace un occidental. Pero hay fanáticos y fanáticos. En opinión del mundo indudablemente Hitler lo era. Pero también lo fue san Pablo. Estoy convencido de tener yo mismo una fibra fanática: me daría miedo asumir los poderes de un dictador. A veces, fingiendo disponer de poderes totales, fingiéndome Dios, me digo a mí mismo: “¿Qué harías para cambiar el mundo a tu guisa?” Y me paralizo. Instantáneamente me doy cuenta de que no haría nada, de que un trabajo de reparación no tiene la mínima relación con un acto de creación.
No, no estoy explicando el suicidio de Mishima como resultado de su fanatismo. Si realmente tenía esa determinación, o esa obsesión, ¿a qué dedicó o en qué empleó su vida? ¿En cultivar un hermoso cuerpo, en su arte, en la restauración del espíritu de los Samurai? En todo ello, pero en primer lugar y por encima de todo, en su país, Japón. Fue un patriota en el más estricto sentido de la palabra. No sólo amó a su país: estaba listo para a sacrificarlo todo por salvarlo.
Se dice que preparó su muerte sensacional con meses de antelación. Había por cierto vivido años pensando en la muerte, la muerte por su propia mano. Se dice también que quería morir en la flor de la edad, en el apogeo de su belleza, de su fuerza física y de su carrera. No quería una muerte de perro, como muchos compatriotas suyos. ¿Y por qué no elegir el momento y la manera de su propia muerte? ¿Acaso los antiguos no recurrían al suicidio, ahítos de los placeres y tristezas de la vida? (Sin embargo, ¡qué diferente, la manera romana de abrirse las venas en un baño caliente! Nada había de dramático, de sensacional en ese espectáculo. Era como si sencillamente se facilitaran salir de este mundo.)
Afortunadamente para Mishima, fue capaz de amalgamar sus ideas sobre cómo quitarse la vida con la de, con ello, ser útil a su país. El artista que llevaba dentro fue sin duda quien decidió cómo hacer el mejor uso de la muerte. Por muy horrible que nos parezca su muerte, tanto a nosotros como a sus compatriotas, no se puede negar que tuvo un toque de nobleza. Nadie dirá que fue obra de un loco, ni siquiera de un momento de locura. Por espantosa que haya sido, no nos afectó como el suicidio de Hemingway, por ejemplo —que se puso una escopeta en la boca y se hizo saltar los sesos.
Y a propósito de Hemingway, qué curioso que Mishima, deliberadamente tan sumergido en la cultura occidental y el pensamiento occidental, haya sin embargo muerto no sólo según el estilo japonés tradicional sino para preservar las tradiciones peculiares del Japón. No lo veo meramente preocupado por restaurar la monarquía, ni siquiera por reconstruir un ejército japonés, sino más bien por despertar al pueblo japonés a la belleza y eficacia de su propio modo de vida tradicional. ¿Quién, mejor que él en Japón, para presentir los peligros que amenazan a un Japón que sigue las pautas de nuestras ideas occidentales? Todos, fascistas, comunistas o demócratas, conocemos el veneno que contienen nuestras raquíticas ideas de progreso, eficiencia, seguridad, etc. El precio de estos supuestos progresos cacareados por Occidente es demasiado alto: la muerte, no las pequeñas muertes sino la muerte al por mayor. La muerte del individuo, la muerte del colectivo, la muerte del planeta entero —eso esconden las halagüeñas palabras de los paladines del progreso.
La tradición, para los americanos, es palabra de poco peso. No tenemos más tradición que la de los pioneros. Ya no hay fronteras; nuestro mundo se empequeñece día a día. Sólo hay lugar para quien tiene mente de pionero —no me refiero a los astronautas. Los verdaderos pioneros son iconoclastas; ellos conservan la tradición, no quienes luchan por conservarla y nos asfixian. La tradición sólo se expresa por el espíritu de coraje y desafío, no por la observancia y preservación superficial de las costumbres. Es en este sentido que Mishima intentó restaurar los usos de sus ancestros. Quiso restaurar la dignidad, el respeto de sí, la verdadera fraternidad, la autoconfianza, el amor por la naturaleza —y no la eficiencia—, el amor por el país —y no el chauvinismo—, el Emperador como guía en contraposición al rebaño que sigue, obediente, ideologías cambiantes cuyo valor lo deciden los teóricos de la política.
Sé que parezco querer blanquear a Mishima (conozco todo de lo que se lo acusa). Pero mi intención no es blanquearlo ni condenarlo. No soy su juez. Su muerte, en su forma y fondo, me incitó a cuestionar algunos de mis propios valores, a hacer un examen de conciencia. Cuando pongo en duda las ideas de Mishima, sus motivos, su modo de vivir o lo que sea, pongo en duda también los míos. Siento que es hora de que el mundo cuestione los valores, las creencias, las verdades que sostiene. Más que nunca necesitamos preguntamos —todos, santos y pecadores, pordioseros, legisladores, militares—¿a dónde vamos? ¿Podemos parar? ¿Podemos dar media vuelta? ¿Podemos creer en nosotros mismos? ¿O ya es demasiado tarde?
Uno de mis primeros héroes fue Aguinaldo, el rebelde filipino que hizo frente durante años a las fuerzas americanas después de la rendición de España. Como Ho Chi Minh, Aguinaldo era un verdadero líder de su pueblo. Otro héroe fue para mí John Brown, conocido por haberse apoderado con su banda de rebeldes, en 1859, del arsenal de Harper's Ferry, en Virginia. Después fue capturado, juzgado y ahorcado. Brown se jactaba de que con sólo cien hombres como él habría derrotado al ejército americano, y me inclino a creerle. No diría que Aguinaldo haya sido un fanático, pero John Brown lo fue, sin duda. Logró maravillas con sus hazañas, temerarias, fantásticas, para liberar a los esclavos. Tanto Aguinaldo como John Brown habían dedicado sus vidas a una gran causa, y aunque su triunfo nunca fue obvio, moral o espiritualmente sí lo fue. Tengo entendido que el pequeño ejército de Mishima ya se ha desbandado, pero el gesto dramático de Mishima, su desafío a los poderes fácticos, puede todavía damos sorpresas. "El final no ha llegado.”
Mishima era demasiado inteligente, demasiado intelectual, demasiado sensible, demasiado estético, demasiado narcisista, demasiado artista para organizar no más que un simulacro de ejército, un ejército simbólico. No lo concibo retirado a las plazas fuertes de la montaña para embarcarse en una larga guerra de guerrillas contra las fuerzas armadas de su país. Su preocupación no era la de una pronta victoria sobre las fuerzas contrarias sino la de despertar a sus compatriotas a los peligros en acecho. Mishima era un extraordinario individualista pero también un hombre de razón, de discernimiento, con una idea clara de las limitaciones humanas. Conocía el poder y la magia de la palabra, como conocía el poder dramático y simbólico del acto. Creía en sí mismo, en sus propios poderes, pero no al punto de intentar lo imposible.
El aspecto más flojo de su intento de recomponer el ejército japonés fue, a mi juicio, el no haber comprendido que el poder corrompe, que Japón, exento de poderío militar, logró lo que muy pocos países han logrado aun con ese poderío. Como Alemania, Japón ha prosperado en la derrota. Parece raro, casi increíble, y sin embargo es muy simple. La derrota militar no sólo devolvió la razón al pueblo japonés sino que, mediante una paz impuesta, le permitió conseguir lo que sus conquistadores no consiguieron. Hablaré sólo de América. ¡Mirad esta nación supuestamente poderosa! ¿No os da la impresión de estar enferma, sumida en el caos y la locura? Libra una guerra insensata contra una pequeña nación a miles de millas de distancia —¿para qué? ¿Para preservar la independencia de una parte de esa nación, un pueblo con el que no tiene vínculos ni parentesco? ¿Para proteger “nuestros intereses” en Asia? ¿Para no perder la cara? ¿Para salvaguardar el mundo para la democracia? Mientras tanto, independientemente del motivo, nuestro propio país se desmorona: ciudades y estados están al borde de la quiebra, cunde el disenso, faltan fondos para la educación, millones viven al borde del hambre, el racismo está desatado, el alcohol y las drogas minan las vidas de jóvenes y viejos, el crimen va en aumento, disminuye el respeto de las leyes y el orden, la polución de nuestros recursos naturales raya niveles de miedo y no se ve un líder en el horizonte... Se podría seguir enumerando los males que nos aquejan. Y sin embargo vamos por el mundo jactándonos de que nuestro modo de vida es el mejor, nuestra democracia un regalo para el mundo, etc. ¡Qué estúpido, qué absurdo, qué arrogante!
No, por mucho que los japoneses tengan derecho a su propio ejército, a su marina, a sus armas nucleares, a sus propias bombas, al entero arsenal de la destrucción, como cualquier otra nación, mi ferviente deseo es que no sucumban a esta tentación. No quiera Dios que los militares se hagan cargo, que otra vez lleven al pueblo japonés al matadero. Si tiene que haber un ejército, ¿por qué no un ejército de emisarios de paz, un ejército de hombres y mujeres fuertes y determinados que rechacen la guerra, que no teman vivir sin defensa, abiertos y vulnerables? ¿Por qué no un ejército que crea en el poderío de la vida, no de la muerte? ¿No podría haber otro tipo de héroe en lugar de estos mártires obedientes que matan y mueren por la nación, por el honor, por esta o aquella ideología o por ninguna razón? El Japón está en una encrucijada. Pronto será la segunda o tercera potencia mundial. ¿Podrá seguir creciendo, dominando los mercados mundiales, superando la producción de sus competidores sin el respaldo de un formidable ejército? ¿Puede conquistar el mundo por vías pacíficas? Es lo que pregunto. No hay precedentes. Pero es posible.
En alguna parte he leído la frase acerca de Mishima: “una explosión pirotécnica: la muerte En contraste con esto, existe otra clase de explosión: Satori. Entre ambas la diferencia es de la noche al día, como entre la ignorancia y la lucidez, entre el dormir y el estar despierto. Pese a lo que Mishima sostenía de la muerte, pese a que desde los dieciocho años cultivó el anhelo romántico de la autoeliminación, Mishima también creía en el estar vivo y despierto en cada uno de sus poros y de sus células. Ser perfectamente consciente, despertar del sueño profundo en el que estamos sumidos, ése era el propósito de los antiguos gnósticos —y de los maestros Zen. “Faites mourir la mort".
Hoy se acepta como si tal cosa que el matar —individualmente o en masa —esté al orden del día. El horror ante la guerra parece haberse disipado; se la da como inevitable. La expresión "guerra fría” lo resume. ¿Qué pretende la gente que piensa así? ¿La victoria? ¿Qué victoria? Si el matar está al orden del día, ¿quiénes son los matarifes más excelsos: los que matan menos (y vencen) o los que matan más? ¿Hay que aniquilar al enemigo, derrotarlo y humillarlo, o sencillamente ponerlo fuera de combate? ¿Y cómo debemos considerar al líder que da la orden de apretar el botón de una bomba que no perdona a viejos ni a jóvenes, a tullidos ni a locos, a los animales ni a las cosechas ni a la tierra misma? ¿Será un héroe, un salvador, un monstruo, un demente o un idiota? ¿Hace falta, con todo nuestro progreso tecnológico, matar a inocentes y culpables? Y si el enemigo de hoy ha de ser el aliado de mañana, ¿qué sentido tiene barrer con él? O, si solamente es derrotado, puesto de rodillas, ¿por qué el vencedor lo vuelve a poner en pie a expensas de sí mismo? Todos conocemos la respuesta a este acertijo. Tenemos que mantener vivos a los demás para mantener vivos a los nuestros. Negocios. Éste es el emblema heráldico del mundo moderno. No tiene la menor lógica. Es una forma de demencia, la demencia de la civilización.
Mirándolo de otra manera, ¿no es el guerrero cosa del pasado, tan inútil y ridículo como el pájaro dodo? Cuando Mishima, en Sol y acero, dice que "el objetivo de mi vida fue conseguir todos los atributos del guerrero”, ¿hablaba de "decoración”? Sabemos que admiraba el espíritu del Samurai y el culto de la espada pero, ¿de qué sirven espadas y espíritus de caballería cuando existe un arma como la bomba? Ya no estamos en la era en que Ricardo Corazón de León, admirador de su adversario, invitaba a Saladino a hacerse miembro de su propia Orden. Además, ya que hablamos de las escuelas de espada del tiempo de los Samurai, ¿qué hay de la Escuela Sin Espada? ¿La ignoraba Mishima? El mismo Samurai, entrenado para matar, viviendo sólo para matar, había comprendido que la mejor demostración de su habilidad estaba en vivir evitando tener que defenderse con la espada. Veo en esta actitud la manifestación del uso inteligente de la fuerza y de la habilidad, en contraposición al uso heroico de vencer por la muerte. ¿Quién quiere vencer, en definitiva? Sólo la gente estúpida, artera, malvada. Lo que realmente queremos todos es mantenemos vivos lo más posible, conservando toda nuestra lucidez y nuestro apetito por la vida. No nos han creado héroes, poetas, legisladores, militares, eruditos ni jueces; nos hemos inventado nosotros estas divisiones con nuestro modo de mirar las cosas, nuestra complicada manera de vivir. El hombre primitivo, que vivió miles de veces más que nosotros, no tenía necesidad de estas diversificaciones. Como tampoco la tienen los más sabios de nosotros. Son gente ejemplar pero jamás asumen el liderazgo de un pueblo. No intentan cambiar el mundo: cambian mundos, como san Francisco, que instaba en ese sentido a sus discípulos demasiado fervorosos. Es decir, cambian su perspectiva y con ello aceptan el mundo, lo que significa comprenderlo, apiadarse del prójimo, convertirse en su hermano y no en su rival ni su competidor —y menos que nada en su juez.
Me pregunto si Mishima realmente pensaba cambiar el comportamiento de sus compatriotas. ¿Llegó a contemplar seriamente un cambio fundamental, una genuina emancipación? No cuestiono la sabiduría o la futilidad de su dramática llamada a la daga y la espada. Con su notable inteligencia, ¿cómo no se percató de la imposibilidad de cambiar la mentalidad de las masas? Nadie lo ha logrado. Ni Alejandro Magno, ni Napoleón, ni Buda, ni Jesús, ni Sócrates, ni Marción, ni ningún otro, que yo sepa. La gran masa de la humanidad dormita, ha dormitado a lo largo de la historia y probablemente seguirá dormitando cuando la bomba atómica se cobre su última víctima. (¿Hace falta esperar final tan dramático? ¿No nos estaremos matando rápidamente de mil maneras, perfectamente conscientes del ya visible final?) No, uno puede mover a las masas como troncos, como piezas de ajedrez, fustigarlos hasta el frenesí, ordenarles matar sin cuartel —especialmente en nombre de la justicia. Pero no hay modo de despertarlas, incitarlas a vivir inteligente, pacífica, bellamente. Siempre hay y habrá "los vivos y los muertos”. Y ya Jesús dijo: "Dejad que los muertos entierren a los muertos".
Lo que se interpuso en el camino de Mishima, creo, fue su total falta de humor. Esta seriedad radical es un rasgo muy japonés. Sólo hallo un auténtico sentido del humor en los maestros Zen. Es un tipo de humor ajeno al humor occidental. Si lo entendiéramos, si verdaderamente lo apreciáramos, nuestro mundo se derrumbaría. Lo importante es que esta falta de humor lleva a la rigidez. Aun en el cultivo de su propio cuerpo, cosa que hacía a las mil maravillas, Mishima fue tan sumamente serio que lo convirtió en un fin en sí mismo. También en América tenemos culturistas, hombres-músculo. Se contonean en las playas como pavos reales. Cultivan sus cuerpos para lograr hazañas extraordinarias. A veces parecen capaces de mover montañas. Pero, ¿las mueven? ¿Cuál es la finalidad de tanta musculatura, de esta fuerza hercúlea, esta perfección divina? ¿Mirarse en el espejo satisfechos y orgullosos? ¿No hay algo afeminado, algo ridículo en este culto del cuerpo? Recuerdo de chico haber leído acerca del puñado de espartanos que defendieron hasta el último hombre el paso de las Termópilas. Mi libro de historia traía ilustraciones de los espartanos peinándose y trenzándose los largos cabellos antes de la batalla. Eran bellos y afeminados, por muy héroes que fueran. El libro hablaba del sentimiento de hermandad que los vinculaba. Yo ignoraba el significado de la palabra hermandad. Era una hermandad de otro tipo, no obstante, que el de la homosexualidad del atleta moderno y su entorno. Era una forma mucho más amplia y profunda del amor entre hombre y hombre; se practicaba abierta y comunitariamente, como muchísimo más tarde fue el caso frecuente de los grupos religiosos hermana / hermano, que florecieron en Europa y América. Eran sin dudas así los antiguos Samurai. La sodomía en los ejércitos modernos, no hace falta decirlo, es completamente distinta. Aquí no quedan rastros del "esplendor melancólico”.
Si algo hubo de heroico entre los Samurai, los espartanos y hasta los kamikazes, hoy se lo han arrogado hombres de otros órdenes, no del militar. El mundo tiene cada vez menos interés en misiones de vida o muerte. La conquista de la luna, por ejemplo, fue una misión que pidió la inteligencia y la cooperación de cientos de individuos, aparte de quienes realmente alunizaron. Antes que nada fue una hazaña de la ingeniería, un triunfo de la tecnología. No lo digo en menoscabo del valor de los astronautas, pero, como se ha dicho repetidamente, éstos fueron gente extremadamente "normal. No eran del tipo heroico. Siguieron instrucciones, hazaña de por sí difícil en este caso. No se les pidió morir en las barricadas, ni cargar como la Brigada Ligera, ni cometer suicidio voluntario como los pilotos kamikaze. La probabilidad de éxito era casi del cien por ciento. Y sus logros, el tiempo lo confirmará, tal vez resulten más importantes para la humanidad que los heroicos sacrificios de todos los héroes y mártires que murieron en aras a sus creencias.
Pero volvamos al sentido del humor. O a su ausencia. Ya lo dije, no he leído todo Mishima, lejos de ello. Pero en lo que he leído no he detectado el mínimo sentido del humor. Por alguna extraña razón soy incapaz de comparar a Mishima con Charles Dickens, tan admirado por Dostoievski, que era su polo opuesto. ¡Qué revelación leer el libro de Chesterton sobre Dickens, hace pocos años, y descubrir la enorme dosis de humor y sentimientos que hay en su obra! Ningún escritor mejor que Chesterton para apreciar el humor de Dickens. He aquí un pasaje del final del primer capítulo de esa obra:
El feroz poeta de la Edad Media escribió: “Abandonad toda esperanza, quienes aquí entráis", sobre el portal del infierno. Los poetas emancipados de hoy lo han escrito sobre los portales de este mundo. Pero para comprender la historia que sigue debemos borrar esa línea apocalíptica, aunque sea por una hora. Debemos recrear la fe de nuestros padres, aunque sólo sea como telón de fondo. Si sois pesimistas, pues, apartad por un momento, para leer esta historia, los placeres del pesimismo. Soñad, por un breve instante de locura, con que la hierba es verde. Olvidad la enseñanza que tan clara os parece, negad esos conocimientos letales que creéis poseer. Deponed la flor misma de vuestra cultura; abandonad la joya misma de vuestro orgullo; abandonad la desesperanza, quienes aquí entráis.
¡Qué estilo tan Zen tiene esta llamada de Chesterton! En unas pocas líneas demuele los puntales de nuestra paupérrima visión del mundo. Regresemos a la humanidad. A la humanidad rasa. Descartemos nuestras gafas, microscopios y telescopios, nuestras diferencias nacionales y religiosas, nuestra sed de poder, nuestras ambiciones insensatas. A gatas ¡y a enseñar el alfabeto a las hormigas! —si somos capaces. Cuestionemos todo, pero no perdamos el sentido del humor. La vida no es un asunto sumamente serio, es una tragicomedia. Somos a la vez el actor y la obra. Somos todo lo que hay. Ni más ni menos. Es lo que leo yo en sus palabras.
Si lo que se quiere es alterar o mover el mundo, qué mejor manera que alzar el espejo para que nos veamos como somos, que nos riamos de nosotros y de nuestros problemas. Más eficaz que la espada del Samurai o la corta daga del seppu —ku es el humor de Swift, que no paraba ante nada para lograr su objetivo. El hombre capaz de hacer reír a Hitler podría haber salvado millones de vidas. Lo afirmo. Los que quieren hacer el bien, sean santos o monstruos, crean más mal que bien. Louis Armstrong es un rey, Billy Graham sólo un predicador más.
Sé lo difícil que es conservar el sentido del humor en un mundo que fabrica bombas atómicas como verduras. Pero si tuviéramos un sentido del humor más sólido quizá no habría que recurrir a ese doloroso experimento de autodefensa por mutua extinción. Cuando, dice la leyenda, Alejandro Magno ordenó comparecer ante él a cierto sabio indio so pena de muerte, el sabio largó la carcajada. "¿Matarme a mí?", exclamó. “Yo soy indestructible." ¡Que maravilloso sentido del humor! Un despliegue, más que de coraje, de certidumbre. Y una confianza serena, suprema, en el poder de la vida sobre la muerte.
¿Habrá sido su extremada seriedad lo que llevó a Mishima a sentir que había agotado su poderío, a los cuarenta y cinco años, una edad a la que muchos escritores comienzan apenas a caminar? ¡Qué desgracia agotar las propias energías antes de haber empezado de veras! Un famoso escritor, Duhamel, una vez escribió acerca de América: “Pourri avant d’être mûri". Un fruto que se pudre antes de madurar. Pensad en Hokusai, en cambio, en Ticiano, en Miguel Ángel, en Picasso y en ese aparentemente indestructible Pablo Casals. En los últimos años numerosos escritores japoneses me dieron la desagradable impresión de oficiar de esclavos para ganarse la vida o para mantener su reputación. Cualquier sentido lúdico que hayan tenido en el pasado, hoy parece perdido, abandonado. Tengo además la impresión de que los miembros de la entera clase obrera japonesa trabajan como hormigas, se matan en esta loca carrera que se llama ganarse la vida. Como los alemanes, su contrapartida, parecen vivir para trabajar. Y de vivir como esclavos a morir como moscas en el campo de batalla sólo hay un paso, desde luego inevitable. Es cosa de preguntarse: si un día los trabajadores del mundo se unieran, ¿cuál sería el resultado? ¿La Utopía o el suicidio en masa? El mundo deportivo, campo en el que los japoneses descuellan, no es una expresión del instinto lúdico sino, como el mundo industrial, la expresión de la competencia, del récord, del lenocinio de la chusma, del lucro. Los viejos sabios chinos que se divertían remontando cometas lo tenían claro, vivían más, se reían más fuerte y más a menudo. Quizá no tuvieran músculos para matar una mosca, pero no terminaban mutilados ni chalados, ni les importaba que se los recordase por sus hazañas después de muertos.
El sacudón que experimenté al enterarme del fin dramático y truculento de Mishima estuvo acentuado por el recuerdo de un extraño episodio que viví en París hace treinta y cinco años. Lo recordé haciendo antesala en la consulta de mi médico, cuando cogí un número de Life (creo) en donde mostraban las cabezas decapitadas de Mishima y su amigo, en el suelo. Dos cosas me impresionaron de inmediato: uno, que las cabezas no yacían de lado sino "de pie"; dos, que una de las cabezas exhibía un inquietante parecido con la mía propia, que una vez vi en el suelo hecha pedazos. Real o imaginario, el parecido daba miedo.
Siempre imaginé que si se cortaba una cabeza ésta rebotaría y rodaría por el suelo —pero nunca terminaría "en pie". Hace años había leído el libro Tres geishas en donde se narraba una historia, supuestamente verdadera, titulada “Tsumakichi, la belleza sin brazos". Es una historia que conocen todos los japoneses. En ella, el patrón de la escuela de geishas vuelve una noche del teatro fuera de sí y, cogiendo una enorme espada, cercena las cabezas de las bellas durmientes. Tsumakichi, que duerme en la planta baja, se despierta por el ruido de las cabezas que ruedan como bolas de bowling. Abre los ojos y aterrorizada ve a su jefe de pie junto a ella, blandiendo la espada destellante. Antes de lograr moverse, éste le corta ambos brazos y le desfigura la cara. Sobrevive por milagro y llega a ser una de las geishas más famosas de la historia.
***
En cuanto al parecido entre las dos cabezas... Alrededor de 1936, en el estudio de un amigo en Villa Seurat, en París, una joven yugoslava, Radmila Djoukic, quiso hacer una escultura de mi cabeza. El día en que acabó —la arcilla todavía estaba húmeda—, un joven estudiante chino estaba discutiendo de literatura inglesa conmigo. Él había mencionado el nombre de Shakespeare una o dos veces, lo que me llevó a preguntarle si había leído Hamlet. Repitió este título con cierta duda y luego exclamó: "Ah sí, ya recuerdo... quiere usted decir la novela de Jack London". Mi sorpresa fue tan grande que lancé los brazos al aire y sin querer le di a la cabeza de arcilla, que estaba sobre el taburete de la artista. Para mi desmayo se hizo añicos —y ni todos los caballos del rey ni todos los hombres del rey lograron reparar al pobre Humpty Dumpty... Por suerte el día anterior la cabeza había sido fotografiada. Esta foto sirvió para la sobrecubierta de mi libro Un domingo después de la guerra. Desde entonces la cabeza, que me parecía un muy buen retrato mío, me obsesiona. Podéis imaginar mi horrorizada sorpresa cuando la vi "de pie” en el suelo en compañía de la de un desconocido.
Fue una impresión fugaz que nunca me abandonó. Desde el aquel reconocimiento hasta mi encuentro con Mishima en el más allá, mediaba un paso. Es aquí donde interrumpo mi narración para comenzar un diálogo con Mishima en el limbo. Habiendo mi muerte seguido de cerca a la de Mishima, es como si nuestros cuerpos todavía estuviesen calientes, vivos en todo sentido. Me sucede a veces que, durmiendo, continúe mi diálogo con Mishima y que abordemos temas que habríamos discutido si nos hubiéramos encontrado en vida.
Algunos de estos temas post-mortem los trató él en su libro Confesiones de una máscara. "¿Puede existir un amor”, se pregunta, "que no tenga nada que ver con el deseo sexual? ¿No sería un absurdo claro y obvio?” Antes de contestar quiero citar otras palabras del mismo libro. “Para mí, Sonoko [la joven de quien estaba enamorado] parecía ser la encamación de mi amor por la normalidad misma, mi amor por las cosas del espíritu, de las cosas eternas.” Espero no olvidar nunca estas palabras cuando piense en Mishima y su destino cruel.
Entonces, ¿es posible el amor exento de deseo sexual? Permitidme agregar otra pregunta frecuentemente discutida: ¿es posible seguir amando a alguien cuando ya no hay respuesta? Estas dos preguntas se ensamblan. Piden la misma solución aparentemente imposible. Sólo los monstruos o los seres sobrenaturales serían capaces de contestar semejantes acertijos. Llamo monstruos específicamente a los religiosos devotos que no sólo son capaces de vivir, por así decir, como los dioses sino que precisamente con este tipo de problemas fortalecen su espíritu, su valentía, su fe.
En el territorio del amor todo es posible. Para el amante devoto nada es imposible. Para él o para ella lo importante es... amar. Gentes así no se enamoran, simplemente aman. No piden poseer sino ser poseídos, poseídos por el amor. Cuando, como sucede a veces, este amor se torna universal y engloba al hombre, el animal, la piedra, incluso los gusanos, uno se pregunta si el amor no será algo que nosotros, los mortales, conocemos apenas.
El amor de Mishima por la juventud, la belleza, la muerte, también parece entrar en una categoría particular. No tiene relación con el amor que acabo de describir. Exagerado, como en su caso, es extremadamente raro. Y está teñido de narcisismo. Basta abrir uno cualquiera de sus libros para conocer inmediatamente las pautas de su vida y de su inevitable destino. Como un músico, repite una y otra vez el triple tema: la juventud, la belleza, la muerte. Da la impresión de ser un exiliado en la tierra. Obsesionado por el amor de lo espiritual, por las cosas eternas, ¿cómo no iba a ser un exiliado entre nosotros?
¿Quién puede aliviar al exiliado solitario? Sólo el gran “Consolador” —interpretadlo como queráis. Pero en la vida de Mishima aparentemente nunca hubo un gran "Consolador”. No era un hombre de fe sino un hombre de principios. Era un estoico en la edad no del hedonismo sino del materialismo crudo. Le repugnaba la manera con que sus compatriotas parecían revolcarse en su recién conseguida libertad. Como los occidentales a quienes emulaban, su modo de ver la vida se había rebajado al nivel de los sapos. Las visiones apolínea y dionisíaca de la vida: cosas idas. El dinero, la comodidad, la seguridad: he aquí los nuevos objetivos. ¿Era extirpable el cáncer de la vida moderna? Él pensaba que sí. ¿Lo pensó realmente? ¿Cómo injertar el antiguo espíritu, las virtudes salvadoras de nuestros ancestros, en el patrimonio genético desgastado y degenerado del hombre moderno? Este supuesto hombre moderno evidentemente todavía no ha nacido. El hombre de hoy no es sino la sombra del hombre moderno por venir. No puede avanzar ni retroceder; está atascado en el pantano creado por su propia visión miope de la vida. No se siente en casa consigo mismo ni en el mundo que intenta dominar. Tiene el instinto social atrofiado, vive aislado, fragmentado, atomizado, desolado.
Por encima de todo, para el hombre de hoy la vida no parece tener sentido. Se dice a menudo que el fenómeno primigenio, el estado de ánimo primero, es el de la maravilla. También esto, evidentemente, lo ha perdido. Tratamos de explicar el universo con teorías científicas, pero somos incapaces de explicar los fenómenos más sencillos. Pasamos por alto el hecho de que el significado nace sólo cuando descubrimos que la creación no tiene propósito. Confundimos el orden y la taxonomía con la explicación. No toleramos la idea de desorden o caos, y sin embargo admitirlo sería esencial. Y también que el sinsentido total es necesario. Sólo el genio parece capaz de comprender y apreciar la alegría del total sinsentido. El sinsentido es el antídoto para la monotonía y el vacío creado por nuestra incesante búsqueda del orden, nuestro orden, el antídoto para nuestros esfuerzos compulsivos por hallar significado y propósito donde no los hay.
Muchas veces me pregunto, cuando me cruzo con los nombres de los famosos de la historia europea citados por Mishima, quiénes eran sus héroes. (Recuerdo que de niño adoró a Juana de Arco, hasta que descubrió que era una mujer. También menciona a Gilíes de Rais, el esplendoroso y tan enigmático monstruo de los días de la caballería cuyo comportamiento sigue intrigándonos hasta hoy.)
Una noche, hace poco, en la cama pasé lista a los nombres de las personas que tuvieron este tipo de influencia en nuestra vida cultural. Y mientras los iba anotando los iba pareando, con el fin de plantear la pregunta siguiente (a quien le interese): debiendo escoger, ¿con cuál de los dos se quedaría? Aun como simple juego, las respuestas, me parece, pueden revelar cosas interesantes. En cualquier caso, a quien tenía en mente haciendo mi lista era a Mishima. ¿A quién habría seleccionado él, si se le hubiera obligado a responder?:
Laotsé o san Francisco de Asís
Leonardo o Pico della Mirandola
Sócrates o Montaigne
Hitler o Tamerlán
Alejandro Magno o Napoleón
Lenin o Thomas Jefferson
Voltaire o Emerson
Juana de Arco o Mary Baker Eddy
Keats o Bashó
Rimbaud o Walt Whitman
Sigmund Freud o Paracelso
Moctezuma o Hernán Cortés
Pendes o Carlomagno
Karl Marx o Gurdieff
Hokusai o Rembrandt
Ricardo Corazón de León o Saladino
Changtsú o Rabelais
Mi ignorancia, por desgracia, me ha hecho excluir muchos nombres de japoneses famosos que Mishima habría puesto en lugar de algunos de los que yo doy.
Hay muchas cosas que me habría gustado discutir con Mishima en nuestro encuentro imaginario en el Devachan. Para empezar me habría disculpado por mi grosería cuando lo conocí vivo, en Alemania, en la época en que todavía él era desconocido. (Me habría olvidado completamente de ello a no ser por la prensa alemana y japonesa que recordaron el hecho.) Habría pedido champagne y puros —champagne de sueño y puros de sueño, es claro, pero ni él ni yo nos habríamos percatado de la diferencia. Me habría esforzado por que se sintiera cómodo y bajara la guardia, por hacerlo reír, de ser posible. Hacerlo reír a carcajadas. Lograrlo habría significado, creo yo, que nuestro encuentro habría valido la pena. (¿Pero cómo lograr que riera? Eso me atormentaba.) Sí, lo habría embarcado en una conversación fantástica, sobre los ángeles —budistas o no—, sobre las finuras del lenguaje, sobre los absurdos de la metafísica, sobre el Zen en la literatura europea, sobre el amor en Occidente y el amor en Oriente, sobre la fisiología del amor —es decir, el amor entre insectos, entre gérmenes y bacilos, entre átomos y moléculas—, sobre el amor celestial, el amor pervertido, el amor satánico, el amor estéril, el amor por los no nacidos, el amor eterno, y así ad infinitum. Le habría explicado que ahora, esperando renacer, tendría tiempo de leer todos sus libros y tal vez discutirlos con él, si le parecía bien. Nos habríamos metido con todo, salvo con sus problemas personales. Habríamos tenido tiempo de discutir acerca de Freud, Hegel, Marx, Blavatsky, Ouspensky, Proust, Rimbaud, Nietzsche, acerca de quien se quisiera, como se quisiera. Habríamos podido hasta afrontar el enigma del universo, tanto desde el punto de vista de Haeckel como del nuestro. Habríamos invocado las huríes y las hadas, las diosas y los superhombres, los extraterrestres y los astros, los héroes y los monstruos. "Os prometí llevaros hasta el fin del mundo”, dijo Alejandro Magno a sus soldados hastiados de la guerra. Es lo que yo habría querido brindarle. Un trip, un auténtico trip. Un trip provocado por las ideas, no por las drogas. Un trip del brazo por la Vía Láctea, escoltados por ángeles. Un viaje por la realidad, no por principios e ideas.
¡Qué divertido! Nada más que el tiempo, o la ausencia de tiempo, como equipaje. Aplazar nuestro renacimiento tanto como quisiéramos, hasta decidir el momento y el lugar de nuestra próxima reencarnación. Elegir meticulosamente nuestros padres, y también nuestras nuevas identidades. Otra vez la elección. ¿Quién le gustaría ser en la próxima encamación, un líder o un pescador? ¿Un héroe o un nadie? Por mi parte ya lo habría pensado antes de morir: sería un nadie, uno cualquiera. Hombre o mujer, indiferentemente. Una vida de los sentidos, no del intelecto. Un hombre común, no famoso. Alguien que pasa desapercibido en la multitud.
¿Somos árbitros de nuestro destino? ¡Cuánto me habría gustado conocer la elección de Mishima! Habría sido demasiado discreto como para presionarlo en esto. Tal como jamás se me ocurriría preguntarle sobre su matrimonio, o si había esperado hallar la felicidad en el amor, ya sea con un hombre, una mujer, un chimpancé o una palmera. Más que nada habría querido saber si todavía consideraba importante cambiar el mundo —este mundo o el próximo, o el mundo entre los mundos. Eso y otra cosa: ¿qué sabor tenía la muerte? ¿Era realmente la culminación de todo o dejaba espacio para la imaginación?
En El pabellón del templo dorado, mi querido Mishima, para describir un aspecto de su belleza usaste una frase que nunca olvidaré. Hablaste de "adumbraciones de la nada". Cómo suena esto en japonés nunca lo sabré, pero en inglés tenía magia. Y en otra parte, en Sol y acero creo, dijiste que estabas planeando una unión entre el arte y la vida. Me quedé pensando con qué seriedad, con qué profundidad habías sopesado esta idea. Me pregunté si nunca habías sentido la contradicción implícita en una idea tan noble. Siempre ibas empalándote en los cuernos de alguna contradicción, ¿no es cierto? Toda tu vida fue un dilema cuya única solución era la muerte. Ataste tu propio nudo gordiano y resolviste el problema cortándolo con la espada. Quizás fuera en ese mismo libro donde afirmabas que tu mente siempre estuvo acosada por el aburrimiento. Impensable. ¿No había nada que realmente pudiera satisfacerte? ¿Estás satisfecho, ahora que cumpliste, o no cumpliste, tu cometido? ¿Te has puesto cara a cara con el Absoluto? ¿Crees que puede haber “un héroe de la iluminación"? ¿O crees que la iluminación es un mito inventado por algún monje?
Sí, mi querido Mishima, hay mil preguntas que me habría gustado plantearte, no por creer que pudieras responderlas hoy, cuando es demasiado tarde, sino porque me intriga cómo funciona tu mente. Trabajaste tanto, tan duramente, toda tu vida, ¿para qué? ¿No podrías darnos otro libro, desde el más allá, acerca de la futilidad del trabajo? Tus compatriotas lo necesitan —trabajan como abejas o como hormigas. Pero, ¿están gozando de los frutos de su labor, como era la intención del Creador? ¿Miran su trabajo y lo hallan bueno? Quisiste implantar en ellos las virtudes de sus antecesores, imagino que con la intención de conferir calidad y substancia a sus vidas. ¿Pero cómo fueron las vidas de sus antecesores, o de los míos si es por eso? ¿Estudiaste alguna vez las vidas privadas de los millones de nadies que hacen el trabajo del mundo? ¿Crees que un hombre tiene una vida más llena, más rica, por el hecho de ser noble y virtuoso? ¿Quién es juez en estos asuntos? Sócrates tenía una respuesta, Jesús otra. Y antes de ellos hubo Gautama el Buda. ¿Tenía él la respuesta? ¿O su respuesta fue el silencio?
Estoy seguro de que el silencio fue la cosa que tú supiste finalmente apreciar. Afanosamente quisiste decirlo todo, y luego hacerlo todo. Fuiste prodigioso en tus proteicas hazañas. Lo único que omitiste en tu carrera turbulenta fue el ser payaso. Escribiste sobre los ángeles pero pasaste por alto su contrapartida, el payaso. Son de la misma semilla, sólo que uno es celestial y el otro terrenal. De aquí a cien mil años, cuando hayamos conquistado el espacio —¿qué significará esto?—probablemente estaremos en contacto con los ángeles. Es decir, aquellos entre nosotros que ya no den tanta importancia al cuerpo físico, los que hayan aprendido a usar su cuerpo astral. En otras palabras, los hombres que hayan descubierto que todo es Mente, que somos lo que pensamos y que lo que tenemos es lo que realmente queremos. Aun en un día tan lejano quizás existan dos mundos —el infierno que siempre ha sido el mundo y el mundo de los espíritus libres que saben que el mundo es su propia obra. En su oración Sobre la dignidad humana, Pico della Mirándola escribió:
En medio del mundo el Creador dijo a Adán, te he colocado aquí para que puedas mirar en derredor más fácilmente y ver todo lo que hay. Te creé como un ser ni celestial ni terrenal, ni mortal ni inmortal solamente, para que puedas ser tu propio libre plasmador y domador; puedes degenerar hacia el animal, o por ti mismo renacer a una existencia divina... Sólo tú tienes el poder de desarrollarte y crecer según tu propio albedrío; en una palabra, ¡llevas las semillas de la vida omni incluyente en ti mismo!
Nuestros ancestros hicieron muchos experimentos, entre los cuales el tuyo debe parecerte también a ti insignificante. Hasta en tiempos remotos hubo gente que estuvo cinco o diez mil años por delante de sus tiempos. Y si pudiéramos remontamos lo suficiente descubriríamos sin dudas que una vez también las mujeres gobernaron el mundo, soñaron con poner fin a las desgracias y las miserias terrenales. (Es irónico que sólo el hombre primitivo haya conseguido adaptarse a su entorno y proseguir con su antiquísimo modo de vivir sin mayor dificultad.) Hay nombres y hechos, en la oscura niebla del pasado, que nosotros, que pensamos que los problemas del mundo son nuevos y agobiantes, hemos olvidado. El Tiempo lo barre todo, lo bueno tanto como lo malo. La vida continúa como un torrente sin fin, y acumula más y más escombros que, fatuos, llamamos historia. ¿Qué es la historia sino una ficción que nos arrulla y duerme o aguza nuestros temores? ¿Somos parte de la historia o la historia es parte nuestra? Dentro de cinco o diez mil años tal vez ya no haya Japón. Podría morir de inanición o sucumbir en un glorioso encuentro armado. ¿Quién sabe cuál será su fin? No podemos prever nada, ni nuestra perdición ni nuestra salvación.
Probablemente de aquí a un siglo el pequeño ejército que te creaste, por así decir tu cuerpo de élite, ya ni se recuerde. Tu nombre podrá sobrevivir, no como el de otro presunto salvador de su país sino como el de un animador, un hilador de palabras. Se te podrá recordar como un amante de la belleza cuyas palabras provocaron una leve oleada de agitación. Las palabras y los hechos viven vidas separadas. Las palabras pueden tocar el espíritu, pero sólo el espíritu responde al espíritu. En cuanto a los hechos, son sólo polvo. A nuestro alrededor yacen las ruinas de antiguos esplendores; no nos inspiran cometidos más nobles ni grandiosos.
Soy tan culpable como tú, mi querido Mishima, de intentar hacer del mundo un lugar mejor. Al menos así empecé. De alguna curiosa manera la práctica de la escritura me enseñó la futilidad de esta pretensión. Aun antes de leer las palabras sabias de san Francisco había tomado la decisión de mirar el mundo con otros ojos, aceptarlo como es y contentarme con hacer mi propio mundo. Este cambio radical no me cegó a los males que existen, ni me hizo indiferente al sufrimiento y a las desgracias que soportan los hombres. Tampoco me hizo menos crítico de las leyes, las instituciones, los códigos de comportamiento bajo los cuales seguimos viviendo. Me resulta francamente difícil imaginar un mundo más absurdo, más irreal que el que tenemos. Me parece —como decían los gnósticos —más bien un “error cósmico”, la obra de un falso Creador. Para que el mundo sea vivible tendría que ocurrir lo que Nietzsche llamó "una transvaluación de valores". Poniéndolo en términos suaves, es un mundo demente en el que, ay, los dementes andan sueltos. En una palabra, así parece cuando uno pretende salirse con la suya. Japón no es más demente ni más cuerdo que el resto del mundo. Tiene sus zombies exactamente como los tiene Haití; tiene sus señores de la guerra exactamente como los tiene Alemania; tiene sus inescrupulosos magnates industriales exactamente como los tiene América. También tiene sus genios, ni mayores ni menores que los de otras naciones. Sus problemas no son únicos, ni tampoco sus soluciones. Fue tu mundo, tu condicionador, tal como América es el mío.
Quizá me engañe, pero siento que he encontrado mi propio manicomio. También yo puedo estar loco, pero de manera diferente de la de mis compatriotas. Ya no me importa ver cómo mis compatriotas marchan hacia su propia destrucción, si es eso lo que quieren. Es su funeral, no el mío. He aprendido a vivir con los obstáculos que me ponen en el camino, pero a medida que pasa el tiempo son cada vez menos espantosos, cada vez menos inhibitorios. Uno aprende a jugar el juego —no respetando las reglas sino evitándolas. No hay más escuela que la vida misma donde se aprende este arte. Y sólo se logra una aparente maestría. Al final nos darán a todos por culo, a todos y cada uno de nosotros, también a quienes pelearon por su país y a quienes no pelearon.
Con el tiempo los cementerios dan lugar a granjas y habitaciones para los vivos. Si los muertos sólo pudieran hablar —¡no sobre el más allá sino sobre el más acá! ¡Si sólo aprendiéramos de la experiencia de los demás! Pero no aprendemos así, si es que aprendemos algo durante nuestra breve estancia aquí abajo. Todo lo que podemos aspirar a aprender es cómo vivir, pero para eso no hay profesores. Cada uno debe aprender por sí mismo o, como dicen algunos, hallar su propio Sendero y encamarse en él. La ironía del asunto está en que los errores que cometemos son tan importantes, y tal vez más importantes, que los aciertos. A la verdad por el error, a la verdad por el error —hasta que uno deja de intentarlo, lo cual es simplemente otra manera de decir que uno deja de darse la cabeza contra la pared.
Desde el instante mismo en que un soldado se va a la guerra su obsesión permanente es la paz. Quizás los generales y los almirantes sueñen con la victoria, pero no así los hombres que pelean. A juzgar por lo que leí de ti, mi querido Mishima, el tema de la paz no parece ocupar una parte apreciable de tu obra. Lo pensé cuando leí acerca de tu pequeña pandilla de soldados bien vestidos —y perdóname el toque burlón. Cada vez que veo un ejército bien entrenado que marcha a la guerra pienso en el aspecto que tendrán esos impecables uniformes, esas botas bruñidas y esos bruñidos botones después de la primera batalla. Pienso en que esos millones de brillantes uniformes están destinados, no más que como harapos mugrientos y andrajosos, a cubrir cuerpos muertos o mutilados. Es extraña esta importancia que se le da al uniforme. Como si uno hubiera alquilado su cuerpo por el tiempo que dura el uniforme. Me pregunto si cuando formaste tu pequeño ejército pensaste en el final de esos uniformes en los que tanto tiempo, esfuerzo y dinero pusiste.
Puede parecerte una afirmación sin sentido, a la vista de tus altos propósitos, pero el hombre de acción cuyo papel presumiste asumir se debe de haber dado cuenta de que cosas como el barro, la sangre, la mierda y los gusanos forman parte del juego de la guerra. Para hablar únicamente del primero y el último de los objetos mencionados, ambos tienen una importancia fundamental en toda guerra. Pero quizás el esteta y el dandy que llevabas dentro te vedaban consideraciones de esta índole.
Hoy todo el mundo “civilizado" no es sino un campo armado en donde las víctimas gritan silenciosamente: “¡Paz, paz, dadnos paz!” Y tú, mi querido Mishima, pareces haber estado curiosamente al pairo. ¿Dabas por sentado que no bien hubieras hecho tu jueguecito todo procedería sin baches? ¿O te importaban un bledo las consecuencias del rearme? ¿Te bastaba confesar el fracaso y expiarlo mediante el honroso seppuku? No puedo creer que estuvieras tan inmunizado, que fueras tan solipsista. Éste es un asunto del que, por supuesto, me habría encantado discutir contigo en el limbo. Sólo nos queda ahora la conjetura. Algunos se darán por satisfechos llamándote necio, otros fanático, otros héroe.
Hayas sido lo que sea, tu ausencia es una pérdida para el mundo. Así solemos decir cuando se nos muere un hombre genial. En realidad no hay nadie, nada, que se ajuste a ese lugar común, “una gran pérdida para el mundo". Piensa en los millones y millones asesinados sólo en las guerras, para no hablar de los terremotos, los maremotos, la peste y demás. Cuando se anuncian las bajas, suele proclamarse la pérdida de unos pocos individuos de clase. Los generales que mueren en combate reciben menciones exageradas. Pero son ellos quienes constituyen la gran pérdida para la sociedad. Ellos son los supuestos héroes cuyo deber es arriesgar la vida en el campo de batalla. No, lo que lloramos es la muerte de los artistas y de los pensadores. Es posible hacer generales y almirantes en cualquier momento, en cualquier parte, pero no individuos creadores. Habitualmente, cuando reciben atención las palabras y los hechos de los creadores es demasiado tarde; lo arreglamos agregando sus nombres a los de los muertos ilustres ya embalsamados que ocupan los panteones del mundo.
Pero, ¿qué hay de los innumerables millones que murieron o fueron mutilados o perdieron la razón? ¿No había entre ellos algunos destinados a ser más grandes aun que los ya enaltecidos? ¿No habrá habido entre ellos algunos pensadores e inventores, algunos hombres de visión fuera de lo común que, de haber vivido, habrían podido transformar el mundo? Piensa en los tremendos cambios debidos a hombres como Edison, Marconi, Einstein, para mencionar sólo a éstos. Seguro que no todos los desconocidos y olvidados que murieron en combate eran mastuerzos e idiotas. ¿Los echa de menos el mundo, los llora? El mundo no tiene tiempo para estas especulaciones. Avanti! Avanti!, grita. ¡Adelante! aunque adelante pueda significar hacia atrás. ¡Adelante! aunque signifique la destrucción universal. La vida, dicen, lo pide. Pero ya sea la vida o la muerte lo que nos empuje, el mundo se las arregla para sobrevivir. Tal vez no mi mundo ni el tuyo, sino "el mundo". Uno se pregunta a veces lo que esta extraña palabra “mundo” quiere decir.
Ahora que ya no formas parte de él, ¡descansa en paz!

Traductor: Mario Muchnik
©1971, Del Taller de Mario Muchnik
Barcelona, 1999

Publicado en japonés en The Weekly Post de Tokio, en 1971, después de la muerte de Yukio Mishima

sábado, 22 de septiembre de 2012

Henry Miller a Lawrence Durrell


Querido Durrell:
[...]

Mi querido Durrell, ¡no siga el camino de la esquizofrenia! Si hay sólo media docena de personas en el mundo que, como yo, creen en usted, esto debería valer más que toas las consideraciones. El peligro es para la psique, créalo o no. Fraenkel es el ejemplo perfecto de desdoblamiento de espíritu. ¡Qué confusión tan terrible! Usted es joven, feliz en su matrimonio, todo el mundo le alienta, le pone por las nubes; está sano, no pasa hambre, no está en la miseria, está rodeado de gente que le ampara, que le llena de halagos y de todo, y por añadidura, un barco, ¡Dios mío!, los cielos jónicos, aislamiento (daría hasta la camisa por tener un poco), y qué se yo. Entonces, mi querido, mi buen Durrell, ¡no me pida que llore con usted porque está solo! Debería sentirse orgulloso por eso, porque le favorece. No se puede estar solo y a la vez estar con la multitud. No se puede escribir buenos libros y malos libros. No durante mucho tiempo. (Déme ejemplos, si conoce alguno) El precio que se paga es la "desintegración". Debe mantenerse o caer, sea como Charles Norden* o como Lawrence Durrell. Yo elegiría Lawrence Durrell, si fuera usted. Y ¿cuál es la pena, después de todo? ¿Qué pueden hacerle a usted ellos? Nada, en realidad. Muy pronto les tendrá bien atados. El hombre que se mantiene al pie del cañón tiene el mundo a sus pies. Es por eso que prefiero mil veces a Mussolini, por más que aborrezco su programa, que a todo el Imperio Británico. La política de Mussolini es auténtica política. Y eso es algo en un mundo de hijos de puta cobardes, de indecisos, de asquerosos hipócritas. Para mí es muy sencillo. Esta gentuza no me va en absoluto. Tao, amigo mío, más y más Tao. Estoy sumergido en él. Es exactamente mi filosofía, milímetro a milímetro, incluso las contradicciones, precisamente las contradicciones. Lo llevo en la sangre, y estoy haciendo indagaciones en mi genealogía para descubrir si realmente no hay en mí un poco de sangre tibetana o mongólica.


Si, como dice, no puede escribir libros auténticos todo el tiempo, entonces, no escriba. No escriba nada, quiero decir. Pásese un tiempo en barbecho. Reténgalo. Deje que se acumule. Espere a que estalle en su interior. Puedo entender la expresión: incluso Homero se duerme a veces. Pero que Homero use un seudónimo es muy distinto, ¿no? Un hombre puede caer, rebajarse, volverse loco. Pero nunca debe encarnar deliberadamente a un ser inferior, a un fantasma, a un sustituto. Todo es cuestión de responsabilidad, de estar dispuesto a aceptar el propio destino, el propio castigo y también la recompensa. Creo que sencillamente es demasiado claro, dolorosamente claro, si lo piensa un poco. Usted quiere que Charles Norden sea el cabeza de turco, pero a la larga será L.D. quien se verá obligado a matar a Charles Norden. Éste es el tema del "doble". (Por cierto, lea El doble de Dostoievsky, si es que no lo ha leído. Incluso Aaron's Rod es un buen libro, dentro de la misma línea. También Lawrence sufría de este mal, y lo sabía. Era un problema un poco diferente, pero en esencia, era lo mismo. No aceptarse a uno mismo totalmente. No integrarse.)

Y ¿por qué no va a poder escribir todos los libros que quiera como L.D.? ¿Por qué no puede ser L.D. el autor de libros de viajes, etc.? ¿Qué se lo impide? Y no es cierto que se esté amputando. Al contrario, está introduciéndose por la fuerza. De la otra manera es como va a amputarse. No tardarán en encontrarle y el olor no es nada agradable. La parte podrida apestará hasta el cielo, créame. Es mejor dejar que la parte podrida, si está podrida, muera de muerte natural. Es mejor que sea consciente de su debilidad. No puede poner la perfección en un platillo de la balanza y la imperfección en el otro de esa manera. Somos absolutamente imperfectos, gracias a Dios. Odio los libros perfectos y los seres perfectos. ¿Dónde están, d'ailleurs? Las cartas de Brown y Strauss deberían convencerle de lo odiosa que es esa onda. Muy pronto les cortará la cabeza. Se volverá rencoroso, vengativo, irritable, caprichoso, informal, etc. Ya lo verá. Le expulsarán de prisa, muy de prisa, tan pronto como muestre las garras. No, todo reside en el Tao. Nítido como una campana, así es. Cuando se ve la verdad, no se puede hacer otra cosa que obrar de acuerdo con ella. No hay dos caminos. Siempre es la senda estrecha y directa, y qué endiabladamente divertida es esta senda cuando se da plenamente con ella. Nunca he comprendido por qué la gente se detiene. Todo va como una seda cuando uno se lanza en serio. Es realmente alegre. La otra es triste, sombría, miserable. (¡Piense en Fraenkel otra vez!) Piense en la mierda que hay a su alrededor. Piense en el pobre y solitario Aldous Huxley. Piense en Charlie Chaplin, otro fracasado.



Observe también cómo me escribe a mí y cómo les escribe a ellos. Con ellos es fuerte; conmigo, débil. Pues bien, lleve la quilla a un lugar un poco más profundo. Una quilla equilibrada. ¡Y sin catamaranes! ¡Sin salvavidas! No es que opte por la cruz, creo que es una tontería, todo eso de la cruz (no es más que autocompasión y debilidad). Pero si tiene que ser la cruz, pues bien, ¡que sea la cruz! Mierda, es una salida honrosa. Y proporciona un cierto consuelo, además de hiel y vinagre. Pero en realidad la cruz es un mito. Si usted desarrolla sus poderes, descubrirá que ésta es, cuando todo está dicho y hecho, una vida alegre. Creo que usted es un tipo alegre, a pesar de todos los desvaríos, a pesar de El libro negro. Que por lo demás es un libro sumamente alegre, El libro negro. Siempre lo he dicho, y todo el mundo está de acuerdo conmigo. Arrójelo sobre el contrario y no se ande con rodeos. Haga lo que le dé la real gana y acepte lo que se le presenta.

Bien, basta de todo eso. Piénselo. Y recuerde que estoy con usted hasta el último cartucho...

 



* Charles Norden era el seudónimo utilizado por Lawrence Durrell para firmar algunos de sus escritos.

En Cartas Durrell-Miller (1935-1980) 
Traducción de María Faidella Martí para Edhasa

miércoles, 14 de diciembre de 2011

Henry Miller - Maniaco megalopolitano




La ciudad es más encantadora cuando empieza el dulce alboroto de la muerte. Su propia vida vivida en desafío a la naturaleza, su electricidad, sus frigo­ríficos, sus paredes a prueba de ruidos. En una caja dentro de otra, cría paredes secas, el destello de uñas laqueadas y las plumas que flamean a través del cielo acanalado. Aquí, en las profundidades del ataúd, crecen las eternas flores enviadas por telégrafo. En las bóvedas, por debajo del lecho del río, están los lin­gotes de oro. Es un desierto rutilante de mica, con el teléfono sonando con fuerza.

En el atardecer, cuando la muerte sacude 1a espina dorsal, la multitud se mueve compacta, codo con co­do, cada miembro del gran rebaño arreado por la soledad; pecho contra pecho hacia el muro del pro­pio ser, frustrados, aislados, sardina sobre sardina, todos en busca del abrelatas universal. Al atardecer, cuando la multitud está salpicada de electricidad, toda la ciudad se pone de pie sobre sus patas traseras y tira las puertas abajo violentamente. En la espan­tada, el hombre abstracto se disgrega, gris consigo mismo, girando en el reguero de su profunda soledad.

Un nombre profundamente marcado a1 rojo vivo. Una identidad. Todos fingen no saber, no recordar, pero el nombre está profundamente marcado, tan profundamente adentro, como la más lejana estrella está afuera. Llenando todo el tiempo y el espacio, creando una soledad infinita, este nombre se expande y se convierte en lo que siempre fue y en lo que siem­pre será: Dios. En medio del rebaño, moviéndose con silenciosas patas en la estampida, más salvaje que el más grande pánico, está Dios. Dios, que arde como una estrella en el firmamento de la conciencia huma­na: el Dios de los búfalos, el Dios de los renos, el Dios de los hombres. Dios.

Nunca hay más Dios que entre la atea multitud. Nunca hay más Dios que en la estampida del atarde­cer, cuando la espina dorsal da sacudidas mortales y telegrafía la canción de amor a través de todas las neuronas, y desde todas las tiendas de Broadway, la radio contesta con megáfonos y transmisores, con amplificadores y conexiones. Nunca hay más soledad que entre la apiñada multitud; el hombre solitario de la ciudad está rodeado por sus invenciones, el buscador perdido se ahoga en la común identidad. Con la desesperada y solitaria falta de amor se construye la última fortaleza, la entretejida ciudadela de Dios, que ha sido formada después del laberinto. De este último refugio no hay salida, salvo para el cielo. Desde aquí, volamos a casa, registrando los extraños cana­les del éter.

Acabada su vida subterránea, el gusano echa alas. Privado de la vista, del oído, del olor, del sabor, se zambulle directamente en lo desconocido. ¡Afuera! ¡Afuera! ¡A cualquier parte fuera del mundo! A Sa­turno, Neptuno, Vega – ¡no importa dónde o hacia dónde, pero afuera, fuera de la tierra! Allí, en el cie­lo azul, con petardos estallándole en el culo, el gusano ángel se vuelve chiflado. Come y bebe cabeza abajo; duerme cabeza abajo; jode cabeza abajo. A la máxima vitesse, su cuerpo es más liviano que el aire; al máximo tempo, no existe más que la espontánea combustión del sueño. Sigue volando hacia Dios, soli­tario en el azul, con ronroneantes dínamos. ¡El último vuelo! El último sueño del nacimiento antes de que pinchen la bolsa.

¿Dónde está ahora aquel que se abrió paso hacia la luz desde las interminables pesadillas? ¿Quién está sobre la superficie de la tierra con los pulmones en colapso, con un cuchillo entre los dientes y los ojos estallando? Vulcanizado por el dolor y la agonía, per­manece aterrorizado en medio del rápido y corrupto flujo del mundo superior. ¡Qué glorioso es contemplar el mundo con los ojos ensangrentados! ¡Qué brillante y sangriento es el imperio del hombre! ¡EL HOMBRE! Míralo, allí está moviéndose en el cajoncito con rue­das, con las piernas amputadas y los ojos estallados. ¿No les oyes tocar? Toca la Canción de Amor, mientras rueda en su cajón. En el café, está sentado otro hom­bre, un hombre enfermo de amor, sólo con sus sue­ños y con un revólver bajo el corazón. Todos los clien­tes se han ido, salvo un esqueleto que lleva sombrero. El hombre está solo con su soledad. El revólver está silencioso. A su lado hay un perro y un hueso, pero al perro no le importa el hueso. El perro también está solo. El sol entra a raudales por la ventana; resplandece con espantoso brillo sobre el cráneo verde del abandonado. El sol se pudre con un espantoso brillo.

¡Qué hermoso es el otoño de la vida con el sol pudriéndose y los ángeles volando hacia el cielo con petardos bien metidos en los culos! Suave y medi­tativamente marchamos por las calles. Los gimnasios están abiertos y uno puede ver a los hombres nuevos, hechos de tubos de chimenea y cilindros, guiándose por una carta de navegar y un diagrama. Los hombres nuevos que nunca se gastan, porque las partes pueden ser recambiadas. Hombres nuevos sin ojos, sin nariz, sin oídos ni boca, hombres con cojinetes de bolas en las articulaciones y patines en los pies. Hombres inmunes a las revueltas y a las revoluciones. ¡Qué alegres y atestadas están las calles! En la puerta de un sótano está Jack el destripador blandiendo un hacha; el cura sube al cadalso y una erección le estalla la bragueta: los notarios pasan con sus abultados por­tafolios; las bocinas suenan a toda marcha. Los hom­bres deliran en su nueva libertad encontrada. Una perpetua sesión espiritista con megáfonos y cintas de télex, hombres sin brazos dictando a cilindros de cera; fábricas trabajando día y noche, produciendo más embutidos, más roscas de pan, más botones, más ba­yonetas, más carbón de coc, más láudano, más hachas afiladas, más pistolas automáticas.

No puedo pensar en otro día más hermoso que éste, con el siglo XX en plena flor, con el sol pu­driéndose y un hombre en un cajoncito con ruedas, tocando la Canción de Amor en su flautín. Este día resplandece en mi corazón con un brillo tan espan­toso, que aunque yo fuera el hombre más triste del mundo, no me gustaría dejar la tierra.

¡Qué magnífica eyaculación este último vuelo hacia el cielo desde la sagrada ciudadela! Mirando hacia abajo, la tierra vuelve a aparecer dulce y encantadora. La tierra desnuda de hombres. Esta tierra sin hombres es inenarrablemente dulce y encantadora. La madre de todo lo viviente vuelve a girar de nuevo con gracia y dignidad, liberada de los cazadores de Dios, liberada de su putesca progenie. La tierra no re­conoce ningún Dios, ninguna caridad, ningún amor. La tierra es el útero que crea y destruye. Y el hombre no es de la tierra, sino de Dios. Dejémosle entonces que vaya hacia Dios, desnudo, destrozado, corrom­pido, dividido, más solo que el más profundo abismo.

Todavía hoy, algo de Progreso e Invención me acompañan mientras marcho hacia la cumbre de la montaña. Mañana caerán todas las ciudades del mun­do. Mañana, todos los seres civilizados de la tierra mo­rirán por culpa del veneno y el acero. Pero hoy toda­vía puedes bañarme con las maravillosas líricas amo­rosas de Dios. Todavía oyes música de cámara, sueño, alucinación. ¡Los últimos cinco minutos! Un sueño, una fuga sin coda. Cada nota se pudre como la carne muerta colgada de los ganchos. Una gangrena en la que se ahoga la melodía, por su propio hedor supurante. Cuando el organismo siente la muerte cercana, se estremece con arrobamiento. Una aceleración que culmina en una agonía triunfal –la agonía del último estertor, donde la comida y el sexo se unen–. ¡El remolino! ¡Y que se lleve consigo todo lo que arras­tra! El ignorante y bárbaro salvaje que empezó en la circunferencia persiguiendo su cola, se acerca cada vez más hacia el centro en grandes espirales laberín­ticas, llegando ahora al mismo centro, donde gira en el pivote de sí mismo con una incandescencia que lan­za un enceguecedor torrente de luz, a través de todas las alcantarillas del alma: el profanador y ladrón de almas, gira allí loco e insaciable, en una lujuriosa furia centrífuga, hasta que sale chisporroteando por el agujero que tiene en el centro; desciende como una bolsa de gas –bóveda, sótano, costillas, piel, sangre, tejidos, mente, y corazón todo consumido, devorado, borrado en la aniquilación final.

Esta es la ciudad y ésta es la música. De las negras cajitas surge un interminable río de romance donde lloran los cocodrilos. Todos caminan hacia la cumbre de la montaña. Todos van al paso. Desde la estación eléctrica de arriba, Dios inunda la calle de música. Es Dios quien pone la música todas las tar­des, justo cuando salimos del trabajo. A algunos nos da una corteza de pan, a otros un Rolls Royce. Todos vamos hacia las Salidas y el pan duro está encerrado en los cubos de basura. ¿Qué es lo que mantiene nuestros pies al unísono, mientras vamos hacia la brillante cumbre de la montaña? Es la Canción de Amor que oyeron en el pesebre los tres reyes magos de Oriente. Un hombre sin piernas y con los ojos volados la tocaba en su flautín, mientras iba por la calle de la ciudad sagrada en su cajón con ruedas. Es esta Canción de Amor la que ahora se derrama desde millones de cajitas negras en el momento cro­nológico preciso, para que hasta nuestros hermanos morenos de las Filipinas puedan oírla. Es esta hermosa Canción de Amor la que nos da fuerza para construir los más altos edificios, para botar al agua los más grandes buques de guerra, para construir puentes sobre los ríos más anchos. Esta es la Canción que nos da coraje para matar a millones de hombres a la vez, con apretar sólo un botón. Es esta Canción la que nos proporciona energía para saquear la tierra y dejar todo diezmado.

Caminando hacia la cumbre de la montaña, estu­dio los rígidos contornos de vuestros edificios, que mañana se desplomarán y se desmenuzarán como humo. Estudio vuestros programas de paz, que termi­narán mañana en una lluvia de balas. Estudio vuestros brillantes escaparates abarrotados de inventos que mañana serán inútiles; estudio vuestras caras gastadas por el trabajo. Vuestras plantas de los pies rotas. Vues­tros estómagos caídos. Os estudio individualmente, y en el enjambre. ¡Y cómo apestáis todos! Apestáis como Dios y todo su misericordioso amor y sabidu­ría. ¡Dios, el devorador de hombres! ¡Dios, el tiburón que nada con sus parásitos!

No olvidemos que es Dios quien pone la radio to­das las noches. Es Dios quien inunda nuestros ojos con la brillante y desbordante luz. Pronto estaremos con El, apretados en su seno, recogidos en dicha y eternidad, al mismo nivel que la Palabra, iguales ante la Ley. Esto llegará por medio del amor, un amor tan grande que, a su lado, la dínamo más poderosa es sólo como un zumbador mosquito.

Y ahora os dejo a vosotros y a vuestra sagrada ciudadela. Voy a sentarme en la cumbre de la monta­ña, a esperar otros diez mil años, mientras lucháis por alcanzar la luz. Pero deseo, sólo por esta noche, que apaguéis un poco las luces, que bajéis los alta­voces. Esta noche quisiera meditar un poco en paz y silencio. Quisiera olvidar por un rato que estáis revoloteando en vuestro baratísimo pana1 de miel.

Mañana quizás procuréis la destrucción de vues­tro mundo. Mañana quizás cantaréis en el Paraíso sobre las humeantes ruinas de vuestras ciudades del mundo. Pero esta noche yo quisiera pensar en un hombre, un solo individuo, un hombre sin nombre ni país, un hombre a quien respeto porque no tiene absolutamente nada en común con vosotros: YO MIS­MO. Esta noche meditaré sobre lo que yo soy.



Louveciennes-Clichy-Villa Seurat
1934-35

En Primavera negra

lunes, 27 de diciembre de 2010

Henry Miller: La muerte creadora










"No quiero que el Destino o la Providencia me traten bien. Soy esencialmente un luchador." Lawrence escribió esto hacia el final de su vida, pero decía ya al comienzo de su carrera: "Tenemos que odiar a nuestros predecesores inmediatos para liberarnos de su autoridad".

Los hombres a quienes debía todo, los grandes espíritus de quienes se alimentaba y nutría, a quienes tuvo que rechazar para afirmar su propia fuerza, su propia visión ¿acaso no eran como él hombres que iban a la fuente? ¿No los animaba a todos ellos la idea que Lawrence proclamó una y otra vez: que el sol no envejecería nunca, ni la tierra se tornaría jamás estéril? ¿Acaso no eran, todos ellos, en su búsqueda de Dios, de esa "guía que falta dentro de los hombres", víctimas del Espíritu Santo?
¿Quiénes fueron sus predecesores? ¿Con quiénes reconoció estar en deuda, reiteradamente, antes de ridiculizarlos y desenmascararlos? Con Jesús, desde luego, y con Nietzsche, y Whitman, y Dostoiewsky. Con todos los poetas de la vida, los místicos, que al censurar la civilización fueron quienes más aportaron al engaño de la civilización.
Dostoiewsky tuvo una tremenda influencia sobre Lawrence. De todos sus antecesores, incluido Jesús, el que le resultó más difícil de quitarse de encima, de superar, de "trascender", fue Dostoiewsky. Lawrence siempre había considerado al sol como origen de la vida, y a la luna como símbolo del no-ser. La Vida y la Muerte: constantemente tuvo ante sí estos dos polos, como un marinero. "Quien más se acerque al sol", decía, "será conductor, aristócrata de aristócratas. O quien, como Dostoiewsky, más se acerque a la luna de nuestro no-ser". Los intermedios no le interesaban. "Pero el ser más poderoso", concluye, "es aquel en camino hacia la floración todavía desconocida". Veía al hombre como un fenómeno estacional, una luna creciente y menguante, una semilla brotada de la oscuridad original para volver a ella. La vida breve, transitoria, eternamente fija entre los dos polos del ser y el no-ser. Sin la guía, sin la revelación, no hay vida sino sacrificio a la existencia. Interpretaba la inmortalidad como ese deseo vano de existencia sin fin. Esta muerte viviente era para él el Purgatorio en el cual el hombre lucha incesantemente.
Por extraño que parezca hoy decirlo, la finalidad de la vida es vivir, y vivir significa estar consciente, gozosamente, ebria, serena, divinamente consciente. En ese estado de conciencia divina, se canta; en ese reino el mundo existe como poema. Sin por qué ni por lo tanto, sin dirección, sin meta, sin lucha, sin evolución. Como al chino enigmático, lo arrebata a uno el espectáculo siempre cambiante de los fenómenos pasajeros. Ése es el estado sublime a-moral, del artista, de quien vive sólo en el momento, el momento visionario de lucidez total, previsora. Una cordura tan diáfana, tan álgida, que parece locura. Mediante la fuerza y el poder de la visión del artista, se destruye ese todo sintético que se llama el mundo. El artista nos devuelve un universo vital, que canta, vivo en todas sus partes.
En cierto modo, el artista siempre obra contra el movimiento tiempo-destino. Siempre es a-histórico. Acepta el Tiempo absolutamente, como dice Whitman, en el sentido de que cualquiera sea la forma en que gire (con la cola en la boca) es un rumbo; en el sentido de que un momento, todo momento, puede ser la totalidad; para el artista no hay más que presente, el eterno aquí y ahora, el momento infinito que se ensancha y es llama y canto. Y cuando logra establecer este criterio de experiencia apasionada (que es lo que significa el "obedecer al Espíritu Santo" de Lawrence), entonces, y sólo entonces, afirma su calidad de hombre. Sólo entonces encarna su pauta de Hombre. Obediente a todo impulso, sin distinción de moral, ética, ley, costumbre, etc. Se abre a todas las influencias, todo lo nutre. Todo es jugo para él, hasta lo que no comprende; en particular lo que no comprende.
Esa realidad final que el artista llega a admitir en su madurez es ese paraíso simbólico del vientre, esa "China" que los psicólogos alojan en algún punto entre la conciencia y el inconsciente, y la unión con la naturaleza, la seguridad y la inmortalidad prenatales de las cuales ha de arrebatar su libertad. Cada vez que nace espiritualmente sueña con lo imposible, lo milagroso; sueña con poder quebrar la rueda de la vida y la muerte, evitar la lucha y el drama, el dolor y el sufrimiento de la vida. Su poema es la leyenda en la cual se refiere los misterios del nacimiento y la muerte; su realidad, su experiencia. Se entierra en su tumba de poema para lograr esa inmortalidad que se le niega como ser corporal.
La China es una proyección hacia el dominio espiritual de su condición biológica de no-ser. Ser es tener forma mortal, atributos mortales, es luchar, evolucionar. El Paraíso es, como el sueño de los budistas, un Nirvana donde ya no hay personalidad y, por lo tanto, no hay conflicto. Es la expresión del deseo del hombre de triunfar sobre la realidad, sobre la transformación. El sueño del artista que sueña lo imposible, lo milagroso, es simplemente resultado de su incapacidad de adaptarse a la realidad. Por lo tanto, crea una realidad propia -en el poema-, una realidad adecuada a él, una realidad en la cual puede vivir sus anhelos inconscientes, sus deseos, sus sueños. El poema es el sueño hecho carne, en dos sentidos: como obra de arte, y como vida, que es obra de arte. Cuando el hombre llega a ser plenamente consciente de su fuerza, su papel, su destino, es artista, y desiste de su lucha contra la realidad. Se convierte en traidor de la raza humana. Engendra la guerra porque ha llegado a estar en permanente desacuerdo con el resto de la humanidad. Se sienta en el escalón del vientre de su madre con sus recuerdos de casta y sus anhelos incestuosos, y se niega a moverse. Vive cabalmente su sueño del Paraíso. Transmuta su experiencia real de la vida en ecuaciones espirituales. Desdeña el alfabeto corriente, que a lo sumo puede dar una gramática del pensamiento, y adopta el símbolo, la metáfora, el ideograma. Escribe en chino. Crea un mundo imposible valiéndose de una lengua incomprensible, un engaño que encanta y esclaviza a los hombres. No es que sea incapaz de vivir. Al contrario, su gusto por la vida es tan poderoso, tan voraz, que lo obliga a matarse una y otra vez. Muere muchas veces a fin de vivir innumerables vidas. Así se venga de la vida y adquiere su poder sobre los hombres. Crea la leyenda de sí mismo, la mentira dentro de la cual se constituye en héroe y dios, la mentira por la cual triunfa sobre la vida.
Tal vez una de las mayores dificultades de la lucha con la personalidad de un creador radica en la profunda oscuridad en que se alberga, a sabiendas o no. En el caso de un hombre como Lawrence, nos hallamos ante alguien que exaltó la oscuridad, ante un hombre que encumbró al máximo esa fuente y manifestación de toda vida, el cuerpo. Todo esfuerzo por aclarar su doctrina implica una vuelta a los problemas eternos, fundamentales, que le hicieron frente, y una renovada lucha con ellos. Lawrence constantemente lo lleva a uno a la fuente, al centro mismo del cosmos, a través de un laberinto místico. Su obra es enteramente símbolo y metáfora. El Fénix, la Corona, el Arcoiris, la Serpiente Emplumada, todos estos símbolos están centrados en la misma idea obsesiva: la resolución de dos opuestos en forma de misterio. A pesar de la progresión de un plano conflictual a otro, de un problema vital a otro, el carácter simbólico de su obra se mantiene constante e inmutable. Es hombre de una idea: que la vida tiene una significación simbólica. Es decir, que vida y arte son uno.
En su elección del Arcoiris, por ejemplo, se manifiesta su intento de exaltar la eterna esperanza del hombre, en la cual se apoya su justificación como artista. En todos sus símbolos, el Fénix y la Corona particularmente, pues estos fueron sus símbolos primeros y más eficaces, observamos que sólo estaba dando forma concreta a su verdadera naturaleza: ser artista. Porque el artista que hay en el hombre es el símbolo imperecedero de la unión entre sus yoes conflictuales. Hay que dar un sentido a la vida por el hecho evidente de que carece de sentido. Hay que crear algo, como intermedio curativo y estimulante, entre la vida y la muerte, porque la conclusión a que apunta la vida es la muerte, y el hombre instintiva y persistentemente cierra los ojos ante ese hecho concluyente. El sentido del misterio, que se halla en el fondo de todo arte, es la amalgama de todos los terrores innominados inspirados por la realidad cruel de la muerte. Entonces hay que vencer a la muerte, o disimularla, o cambiarla. Pero en el intento de derrotar a la muerte el hombre inevitablemente se ha visto el ligado a derrotar a la vida, pues las dos están inextricablemente relacionadas. La vida marcha hacia la muerte, y negar la una significa negar la otra. El firme sentido del destino que revela todo creador se apoya en su conciencia de la meta, en esa aceptación de la meta, ese marchar hacia una fatalidad, igual a las fuerzas inescrutables que lo animan y lo empujan.
La historia toda es el testimonio del fracaso insigne del hombre en desbaratar su destino; dicho con otras palabras, el testimonio de los pocos hombres de destino que, por haber reconocido su papel simbólico, hicieron la historia. Todos los engaños y evasiones de que el hombre se ha alimentado -la civilización, en suma- son fruto del artista creador. La naturaleza creadora del hombre es la que se ha negado a dejarlo caer en esa unidad inconsciente con la vida que caracteriza al mundo animal del cual el hombre se ha zafado. Así como el hombre reconstruye las etapas de su evolución física en su vida embrionaria, así también, al ser lanzado fuera del vientre, repite, en el transcurso de su desarrollo de la niñez a la ancianidad, la evolución espiritual del hombre. En la persona del artista se recapitula toda la evolución histórica del hombre. Su obra es una gran metáfora, que revela mediante la imagen y el símbolo todo el ciclo del desarrollo cultural a través del cual ha pasado el hombre desde el ser primitivo hasta el ser civilizado infructuoso.
Cuando ahondamos en las raíces de la evolución del artista, redescubrimos en su ser las diversas encarnaciones o aspectos de héroe con que el hombre siempre se ha representado a sí mismo: rey, guerrero, santo, mago, sacerdote, etc. El proceso es largo y tortuoso. Todo él es una conquista del miedo. La interrogación por qué lleva a la interrogación adónde y cómo. La huida es el deseo más profundo. Huida de la muerte, del terror innominado. Y la forma de huir de la muerte es huir de la vida. Esto lo ha manifestado siempre el artista a través de sus creaciones. Al vivir adentrado en su arte adopta como mundo un reino intermedio dentro del cual él es todopoderoso, un mundo dominado y regido por él. Ese mundo intermedio del arte, ese mundo en el cual se mueve como héroe, sólo ha sido factible debido al más profundo sentido de frustración. Paradójicamente, surge de la falta de fuerza, de la sensación de incapacidad para oponerse al destino.
Esto, entonces, es el Arcoiris, el puente que el artista tiende sobre el abismo de la realidad. El brillo del Arcoiris, la promesa que anuncia, es el reflejo de su creencia en la vida eterna, su creencia en el nacimiento perpetuo, la juventud, la virilidad, la fuerza continuas. Todos sus fracasos son nada más que el reflejo de sus choques humanos y débiles con la realidad inexorable. El motivo es el impacto dinámico de una voluntad que conduce a la destrucción. Porque con cada fracaso real recae con mayor intensidad en sus ilusiones creadoras. Todo su arte es el esfuerzo patético y heroico por negar su derrota humana. En su arte logra un triunfo real, puesto que no es un triunfo ni sobre la vida ni sobre la muerte. Es un triunfo sobre un mundo imaginario creado por él mismo. El drama está enteramente en el dominio de la idea. Su guerra con la realidad es reflejo de la guerra que se libra dentro de él mismo.
Así como el individuo, cuando llega a la madurez, la revela aceptando la responsabilidad, así también el artista, cuando reconoce su verdadera naturaleza, su papel predestinado, está obligado a aceptar la responsabilidad de la hegemonía. Se ha conferido a sí mismo poder y autoridad, y debe obrar consecuentemente. No puede tolerar nada más que los dictados de su propia conciencia. Así, al aceptar su destino, acepta la responsabilidad de prohijar sus ideas. Y así como los problemas con que tropieza cada individuo son únicos para él, así también las ideas que germinan en el artista son únicas y han de ser vividas. El artista es el signo del Hado en sí, el signo mismo del destino. Porque cuando por vivir su lógica de sueño se realiza mediante la destrucción de su propio yo, está encarnando para la humanidad el drama de la vida individual que, para probarse y experimentarse, ha de admitir la disolución. Pero a fin de lograr su propósito, el artista está obligado a retirarse, a apartarse de la vida utilizando sólo la experiencia suficiente como para ofrecer el sabor de la lucha real. Si elige vivir anula su naturaleza propia. Tiene que vivir vicariamente. Para poder desempeñar así el monstruoso papel de vivir y morir incontables veces, según la medida de su capacidad para la vida.
En cada nueva obra el artista vuelve a representar el espectáculo del sacrificio del dios. Porque detrás de la idea del sacrificio está la idea esencial del sacramento: se mata a la persona que encarna el gran poder a fin de que su cuerpo sea consumido y se redistribuyan los poderes mágicos. El odio al dios es el más fundamental del culto al dios: se basa en un deseo primitivo de conseguir el poder misterioso del hombre-dios. En ese sentido pues, el artista siempre es crucificado: para ser devorado, para ser despojado del misterio, para quitarle su poder y su magia. La necesidad del dios es este anhelo de una vida mejor: es lo mismo que el anhelo de muerte.
Se puede representar al hombre como un árbol sagrado de la vida y la muerte, y si además consideramos que ese árbol representa no solamente al hombre individual sino a todo un pueblo, a una cultura íntegra, tal vez empecemos a percibir la relación íntima entre la aparición del tipo de artista dionisiaco y el concepto del cuerpo sagrado.
Y siguiendo con la imagen del hombre como árbol de la vida y la muerte, bien puede comprenderse cómo los instintos vitales, impulsando al hombre a expresarse cada vez más por medio de su mundo de forma y símbolo, por medio de su ideología, por último lo obligan a prescindir de los aspectos puramente humanos, relativos, fundamentales de su ser -de su naturaleza animal, de su mismo cuerpo humano-. El hombre trepa por el tronco del vivir para dilatarse en un florecimiento espiritual. Desde un microcosmo insignificante, pero recién separado del mundo animal, el hombre con el tiempo se extiende sobre los cielos bajo la forma del gran anthropos, el hombre mítico del zodiaco. El propio proceso de diferenciación del mundo animal al cual pertenece todavía hace que cada vez vaya perdiendo más de vista su humanidad total. Sólo en los límites últimos de la facultad creadora y cuando su mundo de formas no puede ya tomar mayores dimensiones arquitectónicas, comienza a comprender de pronto sus "limitaciones". Entonces lo asalta el miedo. Es entonces cuando verdaderamente experimenta la muerte -la gusta de antemano, por así decir-.
Entonces los instintos vitales se convierten en instintos mortales. Lo que antes parecía todo libido, impulso incesante de creación, ahora se ve que encierra otro principio: la admisión de los instintos de muerte. Sólo en la cima de la expansión creadora llega a humanizarse verdaderamente. Entonces siente las raíces profundas de su ser, en la tierra. Enraizado. La supremacía y la gloria y la magnificencia del cuerpo se afirman por fin con toda su energía. Sólo entonces asume el cuerpo su carácter sagrado, su verdadero papel. La triple división de cuerpo, mente, alma, se torna unidad, trinidad sagrada. Y con ella viene la comprensión, de que no puede exaltarse un aspecto de nuestra naturaleza sobre los demás, salvo a expensas de alguno de ellos.
Lo que llamamos sabiduría de la vida llega aquí a su apogeo- cuando se adivina ese carácter fundamental, sagrado del cuerpo-. En las ramas más altas del árbol de la vida se rnarchita el pensamiento. La grandiosa florescencia espiritual en virtud de la cual el hombre se elevó a proporciones de dios, perdiendo así contacto con la realidad -porque él mismo era la realidad-, ese gran florecimiento de la Idea se convirtió entonces en una ignorancia que se expresa como el misterio del Soma. El pensamiento vuelve a recorrer el tronco religioso que lo ha sostenido y, ahondando en las raíces mismas del ser, redescubre el enigma, el misterio del cuerpo. Redescubre el parentesco entre la estrella, la bestia, el hombre, la flor, el cielo. Una vez más se advierte que el tren o del árbol, la columna misma de la vida, es la fe religiosa, la aceptación de la propia naturaleza arbórea -no un anhelo de alguna otra forma de ser-. Esta aceptación de las leyes del propio ser es la que preserva los instintos esenciales de la vida, aun en la muerte. En el ascenso, el imperativo, la obsesión única, era el aspecto individual del propio ser. Pero una vez en la cima, cuando se han sentido y percibido los límites, se revela la gran perspectiva y se reconoce la semejanza de los seres circundantes, la interrelación de todas las formas y leyes del ser -la afinidad orgánica, la totalidad, la unidad de la vida-.
De modo que el tipo más creador -el tipo de artista individual- que más alto ha brotado y con mayor diversidad de expresión, tanto que parecía "divino', ese tipo creador de hombre, para conservar en él los elementos mismos de la creación, tiene pues que convertir la doctrina, o la obsesión de individualidad, en una ideología común, colectiva. Ése es el verdadero sentido del Maestro-Modelo, de las grandes figuras que han dominado la vida humana desde el principio. Al llegar a la cumbre más alta de su floración, no han hecho más que recalcar su humanidad común, su innata, enraizada, ineludible calidad de humanos. Su aislamiento, en las alturas del pensamiento, es lo que les causa la muerte.
Cuando consideramos una figura olímpica como Goethe, vemos un árbol humano gigantesco que no afirmó otra "meta" excepto el despliegue de su propio ser, excepto la obediencia a las leyes orgánicas profundas de la naturaleza. Eso es sabiduría, la sabiduría de un espíritu maduro en la cumbre de una gran Civilización. Es lo que Nietzsche llamaba la fusión de dos corrientes divergentes en un ser: el tipo soñador apolíneo y el dionisiaco extático. Tenemos en Goethe la imagen del hombre encarnado con la cabeza en las nubes y los pies bien plantados en el suelo de la raza, la cultura, la historia. El pasado, representado por el suelo histórico, cultural; y el presente, representado por las condiciones cambiantes del tiempo que componen su clima mental; se nutrió tanto del pasado como del presente. Fue profundamente religioso sin necesidad de adorar a un dios. Se había hecho un dios. En esta imagen del Hombre ya no cabe el conflicto. Ni se sacrifica él al arte, ni sacrifica el arte a la vida. La obra le Goethe, que fue una gran confesión -"huellas de la vida", decía él -es la expresión poética de su sabiduría, y salió de él como cae de un árbol una fruta madura. Ninguna situación era demasiado noble para sus aspiraciones, ningún detalle demasiado insignificante para su atención. Su vida y su obra asumieron proporciones grandiosas, una amplitud y majestad arquitectónicas, porque tanto su vida como su obra tenían la misma base orgánica. Con excepción de da Vinci, él es quien más se acerca al ideal de hombre-dios de los griegos. En él se dieron el ocio y el clima más favorables. Tenía sangre, raza, cultura, tiempo: todo. Y todo lo alimentaba.
En ese momento excelso en que aparece Goethe, en que el hombre y la cultura están en la cúspide, todo el pasado y el futuro se despliegan. Allí se entrevé el final; en adelante el camino desciende. Después del olímpico Goethe aparece la raza dionisíaca de artistas, los hombres de la "época trágica" que profetizó Nietzsche y de los cuales él mismo fue ejemplo magnífico. La época trágica, en que se siente con fuerza nostálgica todo lo que más está negado para siempre. Otra vez se revive el culto del Misterio. El hombre debe volver a representar una vez más el misterio del dios, el dios cuya muerte fecunda ha de redimir y purificar al hombre de la culpa y el pecado, ha de liberarlo de la rueda del nacimiento y el devenir. El pecado, la culpa, la neurosis, todos son una y la misma cosa, el fruto del árbol de la ciencia. El árbol de la vida se torna así en árbol de la muerte. Pero es siempre el mismo árbol. Y de este árbol de la muerte es de donde ha de volver a surgir la vida, de donde la vida tiene que renacer. Lo cual, como lo atestiguan todos los mitos del árbol, es precisamente lo que ocurre. "En el momento de la destrucción del mundo", dice Jung, refiriéndose a Ygdrasil, el fresno del mundo, "ese árbol se convierte en la madre tutelar, el árbol de la muerte y la vida, preñado.".
En este punto del ciclo cultural de la historia es cuando tiene que aparecer la "transvaluación de todos los valores". Es la inversión de los valores "espirituales", de todo un completo de valores reinantes. El árbol de la vida conoce entonces su muerte. El arte dionisiaco de los éxtasis reafirman entontes sus derechos. Sobreviene el drama. Reaparece lo trágico. Gracias a la locura y el éxtasis se representa el misterio del dios, y en los celebrantes ebrios se despierta el deseo de morir -morir creadoramente-. Es la conversación de ese mismo instinto vital que impulsó el árbol del hombre hasta su expresión plena. Es salvar al hombre del temor a la muerte para que pueda morir.
Avanzar hacia la muerte. No retroceder hacia el vientre. Salir de las arenas movedizas, del flujo estanco. Es el invierno de la vida, y nuestro drama consiste en alcanzar un espacio firme para que la vida pueda avanzar de nuevo. Pero ese espacio firme sólo puede procurarse sobre los cadáveres de quienes están deseosos de morir.


Fuente: Henry Miller, La sabiduría del corazón, Buenos Aires, Sur, 1966