lunes, 17 de octubre de 2011

T.S. Eliot - Poesías


El primer coro de la roca


Se cierne el águila en la cumbre del cielo,
el cazador y la jauría cumplen su círculo.
¡Oh revolución incesante de configuradas estrellas!
¡Oh perpetuo recurso de estaciones determinadas!
¡Oh mundo del estío y del otoño, de muerte y nacimiento!
El infinito ciclo de las ideas y de los actos,
infinita invención, experimento infinito,
trae conocimiento de la movilidad, pero no de la quietud;
conocimiento del habla, pero no del silencio;
conocimiento de las palabras e ignorancia de la palabra.
Todo nuestro conocimiento nos acerca a nuestra ignorancia,
toda nuestra ignorancia nos acerca a la muerte,
pero la cercanía de la muerte no nos acerca a Dios.
¿Dónde está la vida que hemos perdido en vivir?
¿Dónde está la sabiduría que hemos perdido en conocimiento?
¿Dónde el conocimiento que hemos perdido en información?
Los ciclos celestiales en veinte siglos
nos apartan de Dios y nos aproximan al polvo.


Versión de Jorge Luis Borges






Asesinato en la catedral


Desde que el dorado octubre declinó en sombrío noviembre
y las manzanas fueron recogidas y guardadas, y
la tierra se volvió ramas de muerte, pardas
y agudas, en un erial de agua y lodo,
el año nuevo espera, respira, espera, murmura en la sombra.
Mientras el labriego arroja a un lado la bota lodosa y tiende las manos al fuego,
el año nuevo espera, el destino espera su advenimiento.
¿Quién ha acercado las manos al fuego sin
recordar a los santos en el Día de Todos Santos,
a los mártires y santos que esperan? y ¿quién, tendiendo
las manos al fuego, negará a su maestro: y quién, calentándose junto al fuego, negará a su maestro?
Siete años, y ha terminado el verano,
siete años hace que el arzobispo nos dejó,
él, que fue siempre bueno con su rey.
Pero no estaría bien que regresara
El rey gobierna o gobiernan los señores,
hemos sufrido diversas tiranías;
pero casi siempre se nos deja a nuestros propios recursos,
y vivimos contentos si nos dejan en paz.
Tratamos de mantener nuestras casas en orden,
el mercader, tímido y cauto, se afana por reunir una modesta fortuna,
y el labriego se inclina sobre su pedazo de tierra, color de tierra su propio color,
y prefiere pasar inadvertido.
Ahora temo disturbios en las apacibles estaciones: el
invierno vendrá trayendo del mar a la muerte;
la ruinosa primavera llamará a nuestras puertas,
raíz y vástago nos comerán ojos y orejas,
el desastroso verano aplastará el lecho de nuestros arroyos
y aguardarán los pobres otro octubre moribundo.
¿Por qué el verano habría de consolarnos
de los fuegos del otoño y las nieblas invernales?
¿Qué haremos en el sopor del verano
sino esperar en estériles huertos otro octubre?
Alguna dolencia viene sobre nosotros. Esperamos, esperamos,
y los santos y mártires esperan a quienes serán mártires y santos.
El destino espera en la mano de Dios, que modela lo todavía informe:
yo he visto estas cosas en un rayo de sol.
El destino espera en la mano de Dios, no en las manos de los estadistas,
quienes, unas veces bien, otras mal, hacen proyectos y conjeturas
y abrigan propósitos que giran en sus manos en la trama del tiempo.
Ven, feliz diciembre, ¿quién te observará, quién te preservará?
¿Nacerá otra vez el Hijo de! Hombre en el pesebre del escarnio?
Para nosotros, los pobres, no hay acción, sino sólo esperar y dar testimonio.





Marina


Qué mares qué playas qué rocas grises y qué islas
Qué agua lamiendo la proa
Y aroma de pino y el tordo cantando a través de la bruma
Qué imágenes regresan
Oh hija mía.

Quienes afilan los dientes del perro, queriendo
Muerte
Quienes resplandecen con la gloria del colibrí, queriendo
Muerte
Quienes se sientan en la pocilga de la satisfacción, queriendo
Muerte
Quienes sufren el éxtasis de los animales, queriendo
Muerte

Se han vuelto insustanciales, reducidos por un viento,
Un soplo de pino, y la bruma que canta espontánea
Por esta gracia disuelta en su lugar
¿Qué es este rostro, menos claro y más claro,
El pulso en el brazo, menos fuerte y más fuerte
Dado o prestado? mas distante que estrellas y más cerca que el ojo

Susurros y sonrisitas entre hojas y pies apresurándose
Bajo el sueño, donde se juntan todas las aguas.
Bauprés rajado por hielo y pintura rajada por el calor.
Yo hice esto, lo he olvidado
Y recuerdo.
El aparejo débil y el velamen podrido
Entre un junio y otro septiembre.
Hice esto desconociendo, semiconsciente, desconocido, lo mío.
La hilada de aparadura hace agua, las costuras necesitan calafateo.
Esta forma. este rostro, esta vida, a mi palabra por la que no está dicha,
Por quien despierta, los labios separados, la esperanza, los barcos nuevos.
¿Qué islas qué playas qué islas graníticas hacia mis cuadernas
Y tordo que llama a través de la bruma
Hija mía.


Versión Jaime Tello





El nombre de los gatos

El nombre de los gatos es una cuestión delicada,
no es tan sólo uno de esos juegos para un día
feriado;
ustedes pensarán que estoy loco como un
sombrerero*
cuando afirmo: un gato debe tener
TRES NOMBRES DISTINTOS.
Primero, está el nombre que la familia emplea
a diario,
como Pedro, Augusto, Alonso, Jaime,
como Víctor o Jonás, Jorge o Bill Baily,
todos ellos sensatos nombres cotidianos.
Si suponéis que suenan mejor, existen nombres
más fantasiosos,
algunos para los caballeros, otros para las damas,
como Platón, Admeto, Electra, Deméter,
sensatos nombres cotidianos también estos.
Pero yo sostengo que un gato debe tener un
nombre exclusivamente de él,
un nombre especial y más digno,
de otro modo, ¿cómo podría mantener erguida su
cola,
o alardear de sus bigotes, o alimentar su orgullo?
Nombres de esa clase yo puedo sugerirles muchos
Mankustrap, Quaxo, o Coricopat,
Bombalurina, o bien Jellylorum,
nombres que nunca pertenecen a más de un gato.
Pero además de esos nombres todavía queda otro,
el nombre que jamás lograremos adivinar,
el nombre que ninguna búsqueda humana puede
descubrir
pero que EL GATO CONOCE, aunque nunca
habrá de confesarlo.
Cuando sorprendan a un gato en intensa meditación,
la causa, les advierto, es siempre la misma:
su mente está entregada a la contemplación
del pensamiento, del pensamiento, del pensamiento
de su nombre,
su inefable, efable,
efinefable,
profundo e inescrutable Nombre único.

* Alusión al Sombrerero Loco, de Lewis Carroll.


Versión de Alberto Girri

sábado, 15 de octubre de 2011

Bertolt Brecht - A los hombres futuros (poemas)




I


Verdaderamente, vivo en tiempos sombríos.
Es insensata la palabra ingenua. Una frente lisa
revela insensibilidad. El que ríe
es que no ha oído aún la noticia terrible,
aún no le ha llegado.

¡Qué tiempos éstos en que
hablar sobre árboles es casi un crimen
porque supone callar sobre tantas alevosías!
Ese hombre que va tranquilamente por la calle
¿lo encontrarán sus amigos
cuando lo necesiten?

Es cierto que aún me gano la vida
Pero, creedme. es pura casualidad. Nada
de lo que hago me da derecho a hartarme.
Por casualidad me he librado. (Si mi suerte acabara,
[estaría perdido).
Me dicen: «¡Come y bebe! ¡Goza de lo que tienes!»
Pero ¿cómo puedo comer y beber
si al hambriento le quito lo que como
y mi vaso de agua le hace falta al sediento?
Y, sin embargo, como y bebo.

Me gustaría ser sabio también.
Los viejos libros explican la sabiduría:
apartarse de las luchas del mundo y transcurrir
sin inquietudes nuestro breve tiempo.
Librarse de la violencia.
dar bien por mal,
no satisfacer los deseos y hasta
olvidarlos: tal es la sabiduría.
Pero yo no puedo hacer nada de esto:
verdaderamente, vivo en tiempos sombríos.








II

Llegué a las ciudades en tiempos del desorden,
cuando el hambre reinaba.
Me mezclé entre los hombres en tiempos de rebeldía
y me rebelé con ellos.
Así pasé el tiempo
que me fue concedido en la tierra.
Mi pan lo comí entre batalla y batalla.
Entre los asesinos dormí.
Hice el amor sin prestarle atención
y contemplé la naturaleza con impaciencia.
Así pasé el tiempo
que me fue concedido en la tierra.

En mis tiempos, las calles desembocaban en pantanos.
La palabra me traicionaba al verdugo.
Poco podía yo. Y los poderosos
se sentían más tranquilos, sin mí. Lo sabía.
Así pasé el tiempo
que me fue concedido en la tierra.

Escasas eran las fuerzas. La meta
estaba muy lejos aún.
Ya se podía ver claramente, aunque para mí
fuera casi inalcanzable.
Así pasé el tiempo
que me fue concedido en la tierra.







III

Vosotros, que surgiréis del marasmo
en el que nosotros nos hemos hundido,
cuando habléis de nuestras debilidades,
pensad también en los tiempos sombríos
de los que os habéis escapado.

Cambiábamos de país como de zapatos
a través de las guerras de clases, y nos desesperábamos
donde sólo había injusticia y nadie se alzaba contra ella.
Y, sin embargo, sabíamos
que también el odio contra la bajeza
desfigura la cara.
También la ira contra la injusticia
pone ronca la voz. Desgraciadamente, nosotros,
que queríamos preparar el camino para la amabilidad
no pudimos ser amables.
Pero vosotros, cuando lleguen los tiempos
en que el hombre sea amigo del hombre,
pensad en nosotros
con indulgencia.


En Poesías escritas durante el exilio

jueves, 13 de octubre de 2011

Entrevista a Daniel Barenboim



En los últimos años, Daniel Barenboim y la Argentina parecen haber iniciado un tácito proceso de recuperación recíproca. El músico ha cerrado su prolongada ausencia del país en el que nació en 1942 con lo que se espera sea un ciclo regular de visitas, y el público argentino se muestra cada vez más cerca del pensamiento que guía los actos de Barenboim: la música no es una mera especialización ni un pasatiempo para cierta elite, sino una vía de expresión y de conocimiento de la condición humana.

Más allá de las ovaciones que se oyeron durante dos noches en el Teatro Colón, donde Barenboim, invitado por el Mozarteum Argentino, se presentó por primera vez en el país al frente de la West-Eastern Divan Orchestra -creada por el músico con el escritor Edward Said, e integrada por jóvenes israelíes y de los países árabes-, dio testimonio de esa renovada relación de Barenboim con su gente el público entusiasta, efusivo y en muchos casos inexperto que colmó las instalaciones del Gran Rex para escuchar al propio Barenboim y a sus músicos en un concierto de cámara, como si de un ídolo de los ritmos populares se tratara.

Se sabe que no es fácil encontrar un renglón libre en la agotadora agenda de Barenboim. A favor del aspirante a obtener algunos minutos de audiencia obran, sin embargo, la amabilidad, la energía y la concentración excepcionales del músico, capaz de sostener una reunión de trabajo sobre temas delicados en el cuarto de hora que dura el intervalo de su concierto, o de conceder una entrevista en el tiempo que le toma trasladarse desde el hotel donde se aloja hasta el aeropuerto de Ezeiza.

A bordo del auto que acelera en la autopista para que el maestro no pierda el avión que lo llevará a Londres -siguiente escala de su gira con la joven orquesta-, Barenboim dialogó con LA NACION sobre dos de los temas que más lo apasionan: cómo encontrar una solución al conflicto palestino-israelí y el papel que en ello puede representar el verdadero sentido de la música.







- En estos días Israel comenzará a retirar sus asentamientos de la Franja Gaza. ¿Cree que eso es un avance en el proceso de paz con el pueblo palestino?

No hay que hacerse ilusiones. El proceso de paz hoy en día no existe porque para que exista hay ciertas situaciones que tienen que estar claras. Lo primero que hay que preguntarse es si existe solución militar para este conflicto, o no. Si la respuesta es sí, entonces la retirada de Gaza es una maniobra. Pero si no existe solución militar, ¿por qué sigue habiendo asentamientos y territorios ocupados durante tantos años? Por otra parte, en un proceso de paz tiene que haber igualdad. Mucha gente de la región -tanto israelíes como palestinos- no ha entendido que ambos pueblos tienen una relación muy especial con ese pedazo de tierra que se llama Palestina o Israel, basada en la historia, en la religión, en la filosofía y, por lo tanto, tienen que aprender a compartir. Pero no se aprende a compartir con gestos unilaterales. Naturalmente que la salida de Gaza es buena pero, ¿en qué condiciones se hace? No hay un verdadero partner ahí, y me temo que esto se trate sólo de la retirada de Gaza y las cosas terminen en ese punto. Pero allí no pueden quedar. Con lo que tenemos que terminar es con una ocupación que ya lleva treinta y ocho años. Esta situación no sólo es lo peor que les puede pasar a los palestinos, sino que perjudica toda idea de futuro del estado de Israel.

- ¿Por qué?

Porque, lo he dicho muchas veces, ningún pueblo tiene el derecho de ocupar a otro, y menos nosotros, el pueblo judío, por la historia que tenemos. Existe una racionalidad del relato palestino que dice, simplemente: durante quinientos años, judíos, musulmanes y cristianos vivimos juntos, más o menos bien, bajo el imperio otomano. Después pasamos treinta y pico de años con los ingleses. ¿Por qué, cuando nos deshicimos de toda esa gente, una parte de esa población -los judíos- sintió la necesidad de pedir y obtener un Estado sólo para ella? Claro que hay respuestas para esa pregunta, pero existe una racionalidad en ese cuestionamiento que los israelíes no quieren ver.

- La West-Eastern Divan Orchestra parece un espacio apropiado para ese necesario intercambio de relatos al que usted se refiere.

Por eso este proyecto es tan extraordinario y funciona bien. No porque sea "para la paz", como dice la gente. Nada de eso. En esta orquesta hay muchos chicos que no están de acuerdo con los demás, pero tienen un foro donde pueden expresarse, donde pueden aprender a conocer el relato del otro. No hace falta que todos estemos de acuerdo, no se trata de eso. Este no es un proyecto de paz sino de entendimiento, que trata de ver el conflicto de Medio Oriente no sólo desde el punto de vista militar y político, sino desde el punto de vista social.






- Que los últimos atentados terroristas en Europa hayan relegado en el interés de la opinión pública el problema de Medio Oriente, ¿dificulta una posibilidad de encontrar solución al conflicto?

El problema es más complejo. En enero de 2005 hubo por primera vez en Palestina elecciones democráticas. Es muy importante sostener y apoyar la democracia palestina porque los palestinos no podrán llegar al acuerdo con Israel sin democracia. La única forma de neutralizar a los fundamentalistas es encauzarlos en la vida institucional, para que se sientan obligados a dejar las armas. Y eso se puede hacer solamente con la democracia. Entonces, sostener y apoyar la democracia palestina es sostener una posibilidad de democracia en el mundo árabe que es única y será muy contagiosa. Por eso los líderes de otros países árabes tienen miedo de esa democratización, porque no es la democratización exportada por los Estados Unidos, con armas y bombas, sino que es un proceso verdadero, surgido dentro de la propia sociedad. A partir de allí, lo más inteligente sería encontrar la forma de establecer una alianza entre Israel y Palestina. Esa alianza sería la mejor garantía para Occidente. Porque -volviendo a su pregunta- el conflicto entre Israel y Palestina no es lo único que lleva al terror y a toda la violencia que estamos viendo en el mundo, pero es uno de los elementos clave de ese proceso.

- ¿Cree que la sustancia del conflicto que los atentados terroristas expresan es religiosa o, más bien, política y económica?

Hay muchas causas para lo que está ocurriendo, pero creo que uno de los grandes errores de Europa, después de la Segunda Guerra Mundial, fue que se planteó solamente en parte el problema que le tocaba afrontar. O sea, se preguntó: ¿abrimos las puertas a todos los extranjeros del mundo y perdemos nuestra cultura, o nos cerramos y corremos el riesgo de ser nuevos fascistas? El problema está mal planteado porque, naturalmente, hay que abrir las puertas, pero, número uno: no hay por qué abrir las puertas a todo el mundo; número dos, cuando se abren las puertas, hay que integrar a la sociedad a aquella gente que comienza a llegar. Y eso no se hizo. No se hizo en Alemania con los turcos, no se hizo en Inglaterra con los paquistaníes ni con los hindúes; tampoco en Francia con los musulmanes. Hay comunidades enteras en Europa que no hablan el idioma del país en el que están, y viven en una especie de guetos. No debió haberse permitido que eso ocurriera, fue una falta de visión. Los musulmanes británicos que cometieron el atentado en Londres no se sienten parte de Gran Bretaña; si así fuera, no tendrían esa necesidad de violencia contra todo lo que es de su país. En el extremo opuesto, la Argentina es el mejor ejemplo de integración. Lo he dicho cantidad de veces: aquí no hay problemas en ser polaco, italiano, miembro de la comunidad judía o siriolibanesa y seguir siendo argentino.

- Pero aquí, aquella inmigración fue deseada y estimulada.

Porque gran parte de la inmigración que vino a la Argentina fue económica y no política.

- ¿Cuál es la diferencia?

A principios del siglo XX la gente venía aquí porque consideraba que éste era un país rico y ofrecía oportunidades de progreso económico. Cuando uno va a un país con la idea de invertir y de quedarse a vivir allí, tiene una actitud distinta hacia ese país de la que puede tener cuando llega porque se está escapando y ya no puede permanecer en el lugar donde está. Y la gente que recibe a los inmigrantes también tiene una actitud diferente en cada caso.

- ¿Existe en Europa la sensación de que se reactivó, con nuevos matices, un conflicto premoderno entre musulmanes y cristianos a raíz de los últimos atentados, o esa atmósfera es, más bien, una construcción de los medios de comunicación?

Pienso que no hay una opinión pública unificada sobre ese tema. En España, por ejemplo, me parece que ven el atentado que tuvo lugar en Madrid como un resultado de la política del gobierno anterior hacia Irak; y como esa política cambió, creo que los españoles no se hacen muchas preguntas.

- Londres podría pensar lo mismo.

No sé, recuerde que en Londres los atacantes fueron musulmanes británicos.

- El pensamiento de Spinoza influyó en la formación de su propio pensamiento. Una de las proposiciones de Spinoza sostiene que las ideas inadecuadas y confusas se siguen unas de otras con la misma necesidad con que lo hacen las ideas adecuadas. ¿Estamos, en materia de política internacional, ante una secuencia de ideas inadecuadas?

Sin duda. Buena parte de lo que ocurre en el mundo es un desarrollo lógico de ideas inadecuadas. La idea de Estados Unidos de ir y bombardear Irak, por ejemplo, es una idea inadecuada. A partir de allí, las cosas no pueden ponerse mejor. Por el contrario, no tienen otro camino lógico que ponerse peor y que, en consecuencia, haya más matanzas y más sangre derramada

- Sé que admira el Sistema Nacional de Orquestas Infantiles y Juveniles de Venezuela, desarrollado por el maestro José Antonio Abreu, que permitió integrar socialmente a jóvenes de comunidades pobres.

Me parece extraordinario, porque Abreu realmente entendió en qué consiste el contenido de la música. La música tiene que ver con la condición humana. Y haciendo música con inteligencia, con entusiasmo, con amor y con devoción, se pueden combatir no sólo la droga y el crimen, sino muchos otros males de la sociedad.



Por Verónica Chiaravalli
Fuente: diario "La Nación"

martes, 11 de octubre de 2011

La desmesura de Herzog




"El vuelo podría no repetirse", dice en off el viejo Werner Herzog, mientras se lo ve asegurado con arneses dentro de una especie de bote. Está a punto de elevarse en un zeppelín similar al que unos años antes, en el mismo lugar, se vino abajo. En el accidente murió el camarógrafo Dieter Plage, que iba sentado donde ahora está Herzog. El zeppelín debe sobrevolar la jungla de Guyana y Herzog se ha enamorado del sueño del inglés que está al frente del proyecto; la pasión de volar, más fuerte que el trauma angustiante por el error que costó la vida de un amigo. Metido en el sueño, Herzog necesita tomar imágenes de algo que ningún hombre jamás vio. Pese a las protestas de sus asistentes, es el primero del equipo en subir. "El vuelo podría no repetirse", relatará más tarde en off, y agregará "por eso he llevado la cámara".

Por supuesto, algo falló. Herzog había tomado al inglés mostrando la pieza que luego produciría el desperfecto. Pero afortunadamente nadie salió herido y el rodaje siguió adelante para convertirse en El diamante blanco, documental que se estrenará en Argentina en el ciclo Mis Films son lo que Yo Soy.

El desperfecto del zeppelín y el ingeniero mostrando en flashback la pieza que estuvo a punto de causar un desastre, es una entre tantas anécdotas de las películas de Herzog. Las suyas son del tipo de aventuras alrededor de las cuales crecen y se enredan junglas de leyendas, las que naturalmente terminan siendo la verdad.





Muchas anécdotas surgen de su estilo de realización catch-as-catch-can, cine a las patadas o, como lo estableció él mismo, "el cine tiene que ser físico". Prender fuego todo, jugarlo todo. El director Volker Schlöndorff ha explicado que Herzog siempre hace documentales: crea situaciones singulares e irrepetibles y las filma. Herzog hace lo que hace, absorto. O poseso. Es él en relación muy directa con su asunto. De allí dentro aparecen en procesión furiosa sus demonios del medioevo en Bavaria. Es un despliegue de acción pura de fertilidad inagotable. Werner Herzog va a la cabeza de una romería a la que la gente se va sumando. Actores, intelectuales, público de cine se va apropiando del mundo que abre con su nave de los locos. Klaus Kinski es el caso más expresionista: encuentra en Herzog un formidable suelo, tal vez el mejor que encontró en su vida, para agarrarse clavándole las uñas de sus patas con la fuerza necesaria para hacer de sí lo que adoraba ser: la máscara de un anticristo paranoico. Los espectadores nos agarramos también del suelo de Werner Herzog para sopapearnos con su obra.

En el libro Werner Herzog (coedición de Jovis, el Film Museum de Berlín y el Goethe Institute) el director Herbert Achternbusch asegura que "Werner ha despertado en mí la vida del modo en que sólo el amor puede hacerlo" y confiesa que no habría hecho ninguna película sin la inspiración que le ha causado Herzog. Y filmó 28.

Herzog atrae discípulos como un Elegido porque trabaja en la carne de su cerebro un motor de calidad mística, el que lo impulsa a encontrar algo, que es siempre lo mismo. Toda la vida, a lo largo de sus más de 40 películas, Herzog dijo lo mismo y seguirá diciendo lo mismo. Se lanza a atrapar el mismo algo en cada expedición, que no son paseos por el Central Park. Estamos ante el patriarca del rodaje en condiciones extremas, del Cine o Muerte.

Pero fracasa, no encuentra El Dorado. Con voz desgarrada dirá que vuelve de un Apocalipsis que ya no encierra ningún sentido. Sin embargo, he aquí que trae de la expedición unas cicatrices, que resultan ser la marca de los arañazos de la Verdad. Sus películas. Quedan muchos vestigios (libros, fotos, las anécdotas), pero él eligió hacer cine, de modo que nos quedan de sus expediciones, básicamente, películas.






No parece importarle a Herzog otra cosa que su búsqueda. Ha dicho "siempre tuve muy claro que lo único que importaba era lo que quedaba reflejado en la pantalla". También aseguró que sus películas son "más importantes que cualquiera de las vidas de las personas que trabajen en ellas o se opongan durante el rodaje a ellas", y su mujer contó que dijo algo así como "la posteridad me chupa un huevo".

En las películas de Herzog no ve el espectador a unos inversores forzando escenas a un director taquillero, sino algo así como una expedición zambullida de este hombre dentro del mundo para encontrar las sirenas que ha escuchado cantar. Aguirre, la ira de Dios muestra la historia de un conquistador que encara una empresa demencial y demuestra que Herzog está haciendo en ese momento una hazaña en la misma sintonía. Adentro de su cabeza Herzog parece abocado a una batalla a muerte con los seres estrambóticos que reinan allí. Ellos guardan la verdad cuyo sentido Herzog persigue maníaca e implacablemente, pero viven en un caos terrible. El desquicio es la contracara de la parsimonia y racionalidad alemana de Werner Herzog. Fiestas de un desquicio frenético componen las mejores escenas de Aguirre, También los enanos empezaron pequeños, Cobra Verde e inclusive Nosferatu. En Mi enemigo íntimo, tras convencer al espectador de que Klaus Kinski vivía entregándose a su rabia demencial, admite que en un momento en que el actor amenazó con abandonar el rodaje de Aguirre, él con aplomo le anunció que le metería ocho balazos en la cabeza. El chiste se eleva de tono cuando aparece el dato de que Herzog le había regalado a Kinski, para esa filmación, un Winchester. Herzog cuenta también, tentado de risa, que años después, en la misma selva, los indios le ofrecerían matar a Kinski. "¡Querían matarlo realmente! Utilicé eso en la película".

Herzog es "amad y haced lo que queráis". De algo así saca Werner Herzog su libertad densa e irrevocable. Hagamos un film sobre lo enano, pensó una vez —y de allí salió También los enanos empezaron pequeños. Y entonces la mente de Werner Herzog es forjada por sus ocurrencias. Escuchó la risa de otro mundo de uno de los enanos que reclutó y pensó: este sonido dice la verdad. Lo metió en la película, obsesivamente y uno termina medio alienado por esa risa. En la película dos gallos de riña pelean hasta matarse en una secuencia insoportablemente eterna. Los rodean los enanos. Cruza el cuadro el humo de las fogatas que los enanos, en su revuelta dentro del instituto donde están encerrados, han encendido en las macetas con plantas con flores. Los enanos ríen y saltan con los gallos que se masacran. Se escucha una música que viene de un tiempo perdido, de México o de España. Con el salto de imagen comienza a escucharse otra música, africana, de otro tiempo abandonado; voces y tambores para los enanos que ahora en procesión llevan una gran cruz con un Cristo crucificado. Pero no es un Cristo, es un mono vivo. A unos metros entra y sale de escena un automóvil que los enanos han puesto a dar vueltas en círculo sin conductor (gira desde el principio de la película y no se detendrá ). Como si fuera incienso, los enanos llevan las macetas humeantes. Hay una silla prendida fuego. El monito se revuelve en la cruz.

Por tres décadas los seguidores de Werner Herzog han terminado llenos de arañazos luego de asistir al infierno en el hospicio de los enanos. Son arañazos que provienen de muy lejos, de la remota época en que los enanos eran tratados crudamente como monstruos y respondían con rencor asesino, horror, perversión y carcajadas. Herzog está seguro de que en nuestro subconsciente saltan exaltados los seres del medioevo y nos los pone adelante, demostrando que la razón moderna, con la que creemos haberlos domesticado, es un chiste.






Klaus Kinski describió a Werner Herzog: "No entiendo en absoluto de qué está hablando, excepto que está enamorado de sí mismo sin motivo aparente y está fascinado por su propia osadía, que no es más que la ignorancia de un diletante" (en la autobiografía de Kinski, Yo necesito amor). "El solitario de los más solitarios", se dice del Francisco Manoel Da Silva de Cobra Verde. Un loco, un enajenado, pero poseído por un asunto, tiene gente en la terraza. Herzog acepta el rol sin problemas. Romántico, Herzog habla del mundo en su estado crudo. Un crítico explicó que "viene de los espesos bosques alemanes, en los cuales no penetró jamás un rayo de sol". Herzog menosprecia las ruindades que gobiernan la actualidad considerándolas insignificantes en el contexto de una historia de milenios. En esa continuidad encuentra lo auténtico, suceda esta verdad en el Amazonas, el Tibet o en Bavaria. Adscribiendo con entusiasmo a la tradición germánica de beber en los manantiales atávicos, dirigió la ópera Tannhäuser, en franca lucha cuerpo a cuerpo con Wagner. Los antiguos dioses germánicos de la Naturaleza llegan casi sin traducción por boca de Herzog al siglo XXI.

En El diamante blanco la cámara sigue a unos pájaros negros, que vuelan rápidos, gráciles, perfectos, delante de masas planetarias de aguas anaranjadas que se arrojan al mundo con una fuerza colosal. Las fuerzas de la Naturaleza son tan descomunales que se vuelven abstractas a la vista. El documental trata de la pasión humana en su incesante berretín de volar. Pero en algunos pasajes Werner Herzog ha extendido los límites. En la escena de la catarata, los ojos del espectador pueden mirar los pájaros o seguir las masas de aguas cayendo. Una experiencia que sólo podrá tener con una película, y lo que estará viendo será algo más que una imagen bella, será una visión, de una hermosura tan atroz capaz de hacerlo llorar a los gritos.

Se ha amado la rebeldía inquebrantable de Herzog. La frustrada generación posdictadura en Argentina, la que se quedó sin hermanos mayores y conoció a Werner Herzog en el año 1984 (con el estreno de Fitzcarraldo, con las proyecciones en la Cinemateca de la SHA), ha celebrado su desprecio por las formas de la industria cinematográfica, libre y rabioso, por fuera de todo canon: porque en sus películas el diálogo con el espectador se establece por un entendimiento creativo y singular y no a través de las convenciones de Hollywood. Dando lugar en la pantalla a lo otro, lo prohibido por anómalo, lo raro, los seres más desgraciados de la Humanidad.



Por GUSTAVO EMILIO NG LORENZO
Revista Ñ
Buenos Aires, 2 de julio de 2005



domingo, 2 de octubre de 2011

Carl Gustav Jung - Los pueblos indios




Carl Gustav Jung - Los pueblos indios


Necesitamos siempre un punto de vista al margen de las cosas para emplear eficazmente la palanca de la crítica. Ello es especialmente válido para las cuestiones psicológicas en las cuales somos más parcialmente subjetivos que en cualquier otra ciencia. Por ejemplo, ¿cómo podremos hacernos cargo de las características nacionales si nunca tenemos ocasión de contemplar nuestra nación desde fuera? Contemplar desde fuera significa ver desde el punto de vista de otra nación. Para ello es necesario adquirir un conocimiento suficiente del alma colectiva ajena, y en este proceso de asimilación se enfrenta uno con todas aquellas incompatibilidades que constituyen el prejuicio nacional y la idiosincrasia nacional. Todo lo que a mí me irrita, en otro puede convertirse en conocimiento de mí mismo. Comprendo a Inglaterra sólo cuando yo como suizo no encajo con ella. Europa, nuestro mayor problema, sólo la comprendo si veo, como europeo, que yo no encajo en el mundo. Gracias a mi trato con muchos americanos y a mis viajes hacia América y a través de ella se debe mucho de mi comprensión y crítica de la naturaleza de europeo, y me parece que no hay nada más provechoso para un europeo que contemplar a Europa desde lo alto de un rascacielos. Por primera vez contemplé el espectáculo europeo desde el Sahara, rodeado de una civilización que es a la nuestra algo así como la antigüedad romana es a la época moderna. Luego en América comprendí hasta qué punto estaba yo preso todavía en la consciencia de la cultura del hombre blanco. Entonces creció en mí el deseo de proseguir de este modo la comparación histórica descendiendo a un nivel cultural aún más profundo.

Mi siguiente viaje lo realicé en compañía de algunos amigos americanos. Visité a los indios de Nuevo México, y concretamente a los pueblos indios constructores de ciudades. Por cierto, que «ciudades» es decir demasiado, pues en realidad son aldeas nada más, pero sus casas apiñadas y construidas una sobre otras sugirieron la palabra «ciudad», así como su idioma y todas sus costumbres. Allí tuve por primera vez la suerte de hablar con un no europeo, es decir,
con un hombre no blanco. Era un cacique del pueblo Tao, un hombre inteligente de entre cuarenta y cincuenta años. Se llamaba Ochwiä Biano (Lago de montaña). Pude hablar con él de un modo como raramente he hablado con un europeo. Evidentemente estaba preso en su mundo, como un europeo lo está en el suyo, pero ¡en qué mundo! Si se habla con un europeo, uno encalla siempre en lo conocido desde tiempo inmemorial y, sin embargo, nunca comprendido; en cambio allí uno navega por mares profundos y exóticos. En ello no se sabe qué es lo más fascinante, si la visita desde la otra orilla o el descubrimiento de nuevos accesos a lo remotamente conocido y casi olvidado.

«Mira», decía Ochwiä Biano, «lo crueles que parecen los blancos. Sus labios son finos, su nariz puntiaguda, sus rostros los desfiguran y surcan las arrugas, sus ojos tienen duro mirar, siempre buscan algo. ¿Qué buscan? Los blancos quieren siempre algo, están inquietos y desasosegados. No sabemos lo que quieren. No les comprendemos. Creemos que están locos».

Le pregunté por qué creía que todos los blancos están locos.

Me respondió: «Dicen que piensan con la cabeza.»

«¡Pues claro! ¿Con qué piensas tú?», le pregunté.

«Nosotros pensamos aquí», dijo señalando su corazón. Quedé sumido en largas reflexiones. Por vez primera en mi vida me pareció que alguien me había trazado un retrato del auténtico hombre blanco. Era como si hasta entonces sólo hubiera recibido impresiones teñidas de sentimentalismo. Este indio había acertado nuestro punto vulnerable y señalado algo para lo que somos ciegos. Sentí nacer en mí como una niebla difusa, algo desconocido y, sin embargo, entrañablemente íntimo. Y de esta nebulosa iban surgiendo, imagen tras imagen, primero legiones romanas, tal como irrumpieron en las ciudades de la Galia, las facciones angulosas de Julio César, Escipión el Africano, Pompeyo. Vi la nobleza romana en el mar del Norte y a orillas del Nilo blanco. Entonces vi a Agustín cómo predicaba el credo cristiano a los británicos a punta de lanzas romanas, y la gloriosa misión de Carlomagno entre los gentiles; luego las bandas criminales y devastadoras del ejército de cruzados y con una íntima punzada vi claramente la futilidad del tradicional romanticismo de las cruzadas. A continuación venían Colón, Cortés y los demás conquistadores que con el fuego y la espada, la tortura y hasta con el cristianismo aterrorizaron a estos pueblos remotos, que soñaban apaciblemente al sol, su padre. Vi también la despoblación de Oceanía mediante las ropas infectadas de escarlatina, el aguardiente y la sífilis.

Con esto tuve ya bastante. Lo que describimos como colonización, misiones, difusión de la civilización, etc., presenta también otro rostro, un rostro de ave de rapiña que acecha con cruel avidez el lejano botín, un rostro digno de una ralea de piratas y salteadores. Todas las águilas y demás animales de rapiña que adornan nuestros escudos de armas me parecieron exponentes psicológicos adecuados a nuestra verdadera naturaleza.

Todavía algo más de lo que me dijo Ochwiä Biano se me grabó en la memoria. Lo que me dijo me parece tan unido a la atmósfera ambiente, que mi descripción sería incompleta si de ello no mencionara nada. Nuestra conversación tuvo lugar en el tejado del quinto piso del edificio principal. Desde allí se veían figuras en otros tejados envueltas en sus sarapes de lana abismados en la contemplación del sol errante que todos los días se elevaba en un cielo puro. A nuestro alrededor se agrupaban las humildes casas cuadradas construidas con ladrillos secados al aire (adobes) con las típicas escaleras de mano que conducían desde el suelo al techo o de techo en techo a los pisos superiores. (En los primitivos tiempos de inseguridad la entrada acostumbraba a estar en el techo.) Ante nosotros se extendía la ondulante meseta del Tao (aproximadamente a 2.300 metros sobre el nivel del mar) hasta el horizonte donde se elevaban algunas cumbres cónicas (antiguos volcanes) hasta los 4.000 metros. Detrás de nosotros, frente a las casas, corría un río claro, y en la otra orilla había un segundo «pueblo», con sus casas de adobes rojas edificadas una detrás de otra en dirección al centro de la población, y que anticipaban curiosamente la perspectiva de una gran urbe americana con sus rascacielos en el centro. Quizás a una media hora, aguas arriba, se alzaba una enorme montaña aislada, la montaña que no tiene nombre. La leyenda dice que los días en que la montaña está oculta por las nubes, los hombres desaparecen aguas arriba en cumplimiento de
misteriosos ritos.

El pueblo indio es extremadamente reservado e impenetrable por completo en lo que respecta a su religión. Del ejercicio de su culto hace intencionadamente un misterio. Es algo tan celosamente guardado que abandoné sin esperanzas el camino de la pregunta directa. Nunca anteriormente había notado aún tal atmósfera de misterio, pues las religiones de los actuales pueblos civilizados son todas accesibles; sus sacramentos hace ya mucho tiempo que han dejado de ser misteriosos. Pero aquí el aire estaba saturado de misterio, lo que era consciente para todos, pero inaccesible a los blancos. Esta extraña situación me recordó a Eleusis, cuyo secreto era conocido por una nación y, sin embargo, nunca fue revelado. Comprendí lo que sintió un Pausanias o un Herodoto cuando escribían «...no me está permitido citar el nombre de aquel Dios». Sin embargo, no lo sentí como un secreto insidioso, sino como un secreto vital, cuya revelación comportaba peligro tanto para el individuo como para la colectividad. El guardar el secreto da al «pueblo» orgullo y fuerza de resistencia frente al predominio del blanco. Le da unidad y firmeza y se siente como certeza que los «pueblos» existirán como colectividad independiente mientras sus misterios no sean desvelados.

Me resultó asombroso ver cómo varía la expresión del indio cuando habla de sus concepciones religiosas. En la vida corriente demuestra el indio un notable autodominio y dignidad, hasta una indiferencia casi apática. Si, por el contrario, habla de cuestiones que tienen relación con sus misterios, experimenta una súbita emoción que no puede ocultar, hecho que contribuía mucho a mi curiosidad. Tal como ya dije, tuve que abandonar por inútil el interrogatorio directo. Pero si quería saber algo esencial hacía observaciones de tanteo y me fijaba en el rostro de mi interlocutor en los para mí bien conocidos gestos emotivos. Si yo había acertado en lo esencial, el indio callaba o daba una respuesta evasiva, pero con todos los signos de una profunda emoción, con frecuencia se le saltaban las lágrimas de los ojos. Sus concepciones no son para él teoría alguna (que debería ser de naturaleza muy especial para poder provocar lágrimas), sino hechos de significado tan grande y conmovedor como las realidades externas que les corresponden.

Cuando estaba sentado en el tejado con Ochwiä Biano y al elevarse el sol cada vez más alto y con luz deslumbrante, dijo, señalando al sol: «¿No es nuestro padre el que por allí va? ¿Cómo se puede decir otra cosa? ¿Cómo puede haber otro Dios? Nada puede existir sin el sol», su excitación, visible ya, aumentó aún más, meditó unas palabras y por fin exclamó: «¿Qué quiere hacer un hombre solo en las montañas? No puede ni siquiera encender el fuego sin él.»

Le pregunté si no creía que el sol fuese una bola de fuego creada por un dios invisible. Mi pregunta ni siquiera le produjo asombro, y menos aún enojo. Nada en absoluto pareció reaccionar en él, a pesar de que era evidente que mi pregunta no le parecía tonta. Le dejó completamente frío. Tuve la sensación de estar ante una pared infranqueable. La única respuesta que obtuve fue: «El sol es Dios. Todo el mundo puede verlo.»

A pesar de que nadie puede sustraerse a la poderosa impresión del sol, me resultó una experiencia nueva que me afectó profundamente ver a estos hombres maduros y dignos bajo una emoción que no podían ocultar cuando hablaban del sol.

En otra ocasión me hallaba junto al río y miraba hacia la montaña que se elevaba todavía casi 2.000 metros sobre la meseta. Pensaba concretamente que tal era el techo del continente americano y la gente aquí vivía en la presencia del sol, como los hombres que, envueltos en su serape, se hallan en los más elevados techos del «pueblo», taciturnos y absortos en sí mismos, en presencia del sol. Entonces se oyó una voz profunda que vibraba de secreta emoción detrás de mi oído izquierdo: «¿No crees que toda vida viene de la montaña?» Un anciano indio se había aproximado, calzado con silenciosos mocasines, y me planteaba esta pregunta —que no sé hasta dónde abarcaba. Una ojeada al río que surgía de la montaña me mostró la imagen externa que corroboraba esta concepción. Evidentemente aquí toda vida provenía de la montaña, pues donde hay agua, hay vida. Nada era más evidente. Sentí en su pregunta una emoción vinculada a la palabra «montaña» y pensé en el rumor de los ritos secretos que se celebraban en la montaña. Le respondí: «Todo el mundo puede ver que dices la verdad.»

Desgraciadamente se interrumpió pronto la conversación y no pude obtener una idea más profunda del simbolismo del agua y de la montaña.

Observé que los pueblos indios tan a disgusto como hablaban de algo que afectaba a su religión, hablaban con gran solicitud y viveza de sus relaciones con los yanquis. «¿Por qué», dijo Mountain Lake, «no nos dejan los yanquis en paz? ¿Por qué quieren prohibir nuestras danzas? ¿Por qué no quieren permitir a nuestros jóvenes dejar la escuela cuando nosotros queremos llevarles a la Kiwa (templo) e instruirles en religión? ¡Pero si nosotros no hacemos nada en contra de los yanquis!». Tras una larga pausa, prosiguió: «Los yanquis quieren prohibir nuestra religión. ¿Por qué no pueden dejarnos en paz? Lo que nosotros hacemos, lo hacemos no sólo por nosotros, sino también para los yanquis. Sí, lo hacemos para todo el mundo. Pues es bueno para todos.»

Observé en su excitación que evidentemente se refería a algo muy importante de su religión. Por ello le pregunté: «¿Creéis que lo que hacéis en vuestra religión es bueno para todo el mundo?» Respondió apasionadamente: «Naturalmente, ¿si no lo hiciéramos, qué sería del mundo?» Y con un gesto lleno de significado señaló el interlocutor al sol.

Sentí que llegábamos a un terreno muy espinoso que lindaba con los misterios de la raza. «Nosotros somos un pueblo», dijo, «que vive en el techo del mundo, somos los hijos del padre sol, y con nuestra religión ayudamos diariamente a nuestro padre a recorrer el cielo. No lo hacemos sólo para nosotros, sino para todo el mundo. Si no pudiéramos ejercer más nuestra religión, no saldría el sol ya más en diez años. Entonces sería siempre de noche».

Entonces comprendí en qué consistía la «dignidad», la serena naturalidad del individuo: es el hijo del sol, su vida tiene un sentido cosmológico, ayuda a su padre y mantenedor de toda vida en su salida y ocaso diarios. Comparemos con ello nuestra automotivación, nuestro sentido de vida que nos formula la razón, y con ello no podemos menos que sentirnos impresionados por nuestra miseria. Por mera envidia tenemos que reírnos de la ingenuidad de los indios y mostrarnos orgullosos de nuestra inteligencia para no descubrir cuán empobrecidos y rebajados estamos. El saber no nos enriquece sino que nos aleja cada vez más del mundo místico, en el cual tuvimos una vez nuestra verdadera patria.

Desprendámonos por un instante de todo racionalismo europeo y sumerjámonos en la clara atmósfera de aquellas aisladas mesetas, que por una parte dan a las extensas praderas continentales y por la otra al silencioso océano, prescindamos de nuestra consciencia del mundo y cambiémosla por un aparentemente infinito horizonte vinculado a una inconsciencia del mundo y comenzaremos a comprender el punto de vista del pueblo indio. «Toda vida viene de la montaña» es algo directamente convincente para él. Del mismo modo es profundamente consciente de que vive en el techo de un mundo infinito, inmediato al caos. Él, ante todo, posee el oído de la divinidad y sus cultos alcanzarán lo antes posible el lejano sol. El carácter sagrado de la montaña, la aparición de Jehová en el Sinaí, la inspiración que Nietzsche experimentó en Engadina, se encuentran en la misma línea. La idea, que nos parece absurda, de que una ceremonia litúrgica pueda influir mágicamente en el sol, no resulta menos irracional al contemplarla de cerca, pero tiene para nosotros un significado más íntimo de lo que pueda parecer en un principio. Nuestra religión cristiana, como todas las demás, está imbuida por la idea de que mediante una ceremonia especial o un tipo determinado de acto se pueda influir en Dios, por ejemplo, mediante ritos u oraciones o mediante una moral del agrado de Dios.

Frente a la influencia de Dios sobre los hombres está el culto litúrgico del hombre como respuesta y repercusión y quizás no sólo esto, sino también como «influencia» activa, como imperativo mágico. El hecho de que el hombre se sienta capaz de responder satisfactoriamente a la poderosa influencia de Dios y ejercer a su vez una contrainfluencia esencial en el mismo Dios es una sensación de orgullo que eleva al individuo a la categoría de factor metafísico. «Dios y nosotros» — incluso cuando no es más que un sous-entendu inconsciente—, en un plano equivalente se basa aquella serenidad envidiable. Un hombre tal está, en el pleno sentido de la palabra, en su lugar.


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