domingo, 23 de junio de 2013

Fritz Lang por Mary Morr (1964, París)




Me precisaron que durante los 11 años que había pasado en Estados Unidos, había adquirido un gran conocimiento de los problemas de dicho país, que era un atento observador de los acontecimientos sociales y políticos y un liberal en su pensamiento político. Añadieron que era autoritario, egoísta y cruel. [...] Le telefoneé al hotel Beverly Wilshire. Me respondió que le encantaría hablar conmigo, que incluso podíamos cenar juntos. El Beverly Wilshire, uno de los hoteles más selectos de la región, era único por su ambiente digno y apacible. La gente con la que me cruzaba por los pasillos y en el ascensor llevaban ropa sin duda cara. Cuando llamé a su puerta, me abrió el propio Fritz Lang, con un monóculo en el ojo. [...] Hablaba con seriedad y me sorprendió un poco. Durante la hora siguiente, mi Martini y su café fueron como el símbolo del conflicto subyacente de nuestra conversación sin orden ni concierto. Más tarde, durante la cena, me hizo saber sin querer que su rechazo a beber se debía más bien a una orden del médico. Sin duda había algo de verdad en la primera explicación pero sospecho que su idea había sido dramatizar la situación entre nosotros, lo que debía divertirle. Por otro lado, esto nos llevó a su tema favorito. -“Ese instante que se nos escapa. Esa es mi obsesión”, me dijo Lang. “Para cada uno de nosotros ese instante existe, un momento de debilidad en el que uno puede equivocarse. Es una ley inevitable en la vida”. Se levantó, soñador. Le observé. Se había quitado la chaqueta y llevaba una camisa de seda a cuadros de un azul muy suave. Se pasó una mano por el pecho, como para sentir el tacto de la seda. -¿Ve usted?, por eso dedico tan a menudo mis películas a los asesinos. Me interesan mucho. Es tan fácil en uno de esos instantes convertirse en un criminal. Estoy convencido de que si uno da el primer paso, los abismos se abren y el segundo paso se vuelve inevitable. Ya conoce el dicho: dale al diablo la mano y te cogerá el brazo. Los criminales son aquellos que se han dejado engañar. No los condeno, trato únicamente de comprenderlos, de saber por qué han caído en la trampa. -¿Cree usted que es posible determinar de qué sufre nuestro sistema social examinando los casos de nuestros criminales? -Seguramente, y deseo que la gente aprenda a ver mejor las causas reales del crimen. Leo mucho la prensa ya que uno encuentra un montón de cosas interesantes sobre el crimen. Por desgracia, no podemos mencionar en nuestras películas muchos tipos de asesinatos. A continuación, hablamos durante un momento de un crimen reciente cometido en Los ángeles. Un hombre había llevado a una joven a una habitación de hotel y la había cortado en pedazos con un cuchillo. Poco después, repitió exactamente el mismo crimen. A mi alrededor, la gente sentía demasiada repugnancia para tener ganas de informar más sobre el caso. En cambio, Lang devoró todos los periódicos que hablaban de ello y contactó con periodistas para obtener esas informaciones que, por lo general, nos negamos a publicar. Entre otras cosas, descubrió que el asesino había sufrido durante su infancia diversas dificultades. [...] -Me esmero en informarme de cómo son exactamente las personas que muestro en mis películas. En cada una de ellas revelo signos de su debilidad y, al mismo tiempo, de su fuerza. La gente repite los mismos errores durante toda su vida. Es algo completamente lógico y que se puede observar muy a menudo, en especial entre los criminales. Cuando un asesino se despierta -A menudo pienso en el estado de ánimo que debe tener un asesino que se despierta un día y se da cuenta de que sus víctimas no volverán a vivir. El instinto, el odio, la envidia han desaparecido, para dejar paso a una terrible desesperanza, la certeza de que en un día o dos le cogerán. Durante cierto tiempo, sabrá concentrarse bastante bien para evitar a aquellos que lo buscan pero, tarde o temprano, inevitablemente conocerá ese instante que se nos escapa. Por ejemplo, se traicionará a sí mismo al dar rienda suelta a su pasión por la buena comida. La policía, que conoce su debilidad, vigila todos los restaurantes de la ciudad. Se detuvo de nuevo, pasó la lengua por sus labios y prosiguió: -El resto de su vida tan sólo esperará su cita con la silla eléctrica. Le pregunté si tenía dificultades para obtener que los estudios le dejaran realizar películas serias. En vez de responder directamente a mi pregunta, me dijo: -Desde que estoy en Estados Unidos trato de expresar, mediante el cine, lo que pienso de los nazis. Debo poseer una especie de conciencia social y tener algo que decir. Por ejemplo, considero que algunos tipos de guión deben ser rechazados hoy. Así, sin duda no es el momento de pretender que existen alemanes buenos. [...] -Pero usted era uno de los directores europeos más célebres... -Escuche, querida: Hitler tomó el poder. Y una noche, Goebbels, ministro de Propaganda, me convocó para pedirme que dirigiera lo que sería la industria cinematográfica nazi. Hice como si estuviera encantado, pero unas horas más tarde, con todos los papeles en orden, me metí en un tren y me marché de Alemania hacia Francia. Dejé abandonada mi fortuna, mi colección de libros y de cuadros. Tuve que volver a empezar de cero. No fue fácil pero finalmente fue positivo. En aquel momento, había llegado, mi corazón y mi mente se habían cubierto de grasa. Demasiado éxito es malo para el hombre. En su biblioteca ¿Supuso un problema cambiar de idioma? -Lo es, aunque descubro una gran belleza en esta lengua que hablo tan mal. En especial cuando se trata de ideas, me resulta imposible expresarme con exactitud y me cansa tener que buscar siempre la verdadera expresión. Cuando ruedo una película, al final de una jornada de trabajo estoy agotado y mi lengua no logra articular convenientemente. Por la noche, vuelvo a mi casa y leo para relajarme. Pero me espera de nuevo el trabajo porque debo constantemente tener el diccionario a mano. Leo cada día cinco o seis periódicos, las tiras cómicas, PM y los diarios republicanos. [...] -En su opinión, ¿qué ideas y qué temas deben ser dramatizados? -Deberíamos realizar películas que hicieran reflexionar a la gente sobre la unidad de los aliados, sobre el paralelismo existente entre la historia de Estados Unidos y lo que ocurre actualmente en Europa o sobre lo que fue la guerra en Saipán. Pero todo esto es tan difícil. Siempre me pregunto si se puede hablar con seriedad de estas cosas y al mismo tiempo volverlas sensibles para el gran público. El cine es el arte del pueblo y yo estoy al lado del pueblo. -Entonces, ¿por qué no hace películas que aborden problemas actuales? -En Hollywood es difícil encontrar gente que te apoye cuando quieres innovar. De todos modos, no puedes pasarte la vida predicando. “Sí”, dije, “pero si Fritz Lang no se opone a las tradiciones de Hollywood, ¿quién lo hará? La gente que sigue su cine lo espera de usted”. -Quiero vivir honradamente y me niego a contribuir a ninguna forma de fascismo. “Apuesto a que usted no tiene alma de cruzado”, le dije. -Un cruzado actúa hasta que es abatido por su adversario. Por mi parte, quiero vivir el mayor tiempo posible. Quería discutir, pero me di cuenta de que toda la amabilidad había desaparecido de su rostro. Así pues, abandoné y sugerí ir a cenar. Una vez fuera, subimos a un coche y nos dirigimos hacia The Players, célebre establecimiento cuyo propietario era Preston Sturges. Encendí la radio y pudimos escuchar una vieja melodía sentimental y pasada de moda. Pasamos a hablar de lo que ocultan palabras como “sentimental” o “romántico”. Y, con toda naturalidad, abordó el tema del amor. Recuerdo sus palabras: -Todo el mundo busca el amor, algo que no conocemos todavía. Uno cree por fin sentirlo delante de alguien y, claro está, se miente a sí mismo. Uno intenta convencerse, por vanidad. La mayor confusión reside en el sexo. Es un juego que crea la ilusión del amor para combatir la ociosidad y el aburrimiento. Sus ideas sobre las mujeres “Ustedes, con sus maneras continentales, representan una amenaza”, le dije. -¡Al contrario! Y rompió a reír. Darling, pretenden que nosotros, los europeos, comprendemos mejor a las mujeres que los estadounidenses. Si no están haciendo el amor, los hombres de su país prefieren la compañía de otros hombres, mientras que el europeo disfruta en compañía de mujeres. Pero veamos las cosas de frente: no creo que un solo hombre comprenda realmente a las mujeres. Un día, un escritor muy conocido me habló de Joan Bennett: me gusta mucho Joan, pero no me siento a gusto con ella. Es tan hembra, 100% hembra. Darling, la mujer es un terreno inexplorado, extraño para los hombres inteligentes, salvo cuando hacen el amor. “¿No está usted casado?”, pregunté. -“Hace tiempo”, respondió. Sabía que en Alemania estuvo casado con una mujer que escribía guiones para sus películas, Thea von Harbou. Le pregunté qué había ocurrido. -El caso trivial de dos individuos que evolucionan cada uno por su lado. Al principio, nos interesábamos por las mismas cosas, la cultura alemana, los libros, la música. Mi ángel, es muy frecuente que todo coincida perfectamente al principio. Pero la vida es cambiante y nos cambia. ¿Ha creído alguna vez seriamente que el amor puede durar? [...] Ya estábamos en el restaurante. Nos indicaron cuál era nuestra mesa y ¡qué mesa! Gary Cooper estaba a nuestra izquierda y Humphrey Bogart y Lauren Bacall a nuestra derecha. Bogart se sentó con nosotros unos momentos, deseoso sin duda de contarme algunas de esos chistes sobre el tonto del pueblo con las que él y Bacall me aturdieron unas semanas atrás cuando los visité en el estudio. Cuando Bogart volvió a sentarse con Bacall, pedí a Fritz Lang que me dijera por qué se había ganado esa fama de maniaco. -Querida, soy el monstruo de Hollywood. Un hombre demoníaco. Deje mi leyenda intacta. Nos pusimos a reír con ganas. Se volvía sofisticado pero adivinaba que en él había otros sentimientos. Le pedí que volviera a ponerse serio. -Creo conocer mi oficio. Tengo unas fuertes convicciones y sé exactamente lo que quiero, sobre cualquier tema. Es una forma de sabiduría, darling, que a la gente no le gusta. Es así. Es cierto que soy más difícil que otros directores. Me siento decepcionado o engañado muy a menudo, y ocurre porque sé con toda precisión por adelantado cómo debe ser cada línea del guión, la interpretación de los actores, la calidad arquitectónica de la película, cada movimiento de cámara. Durante semanas, trabajo, establezco los planos y tomo notas sobre todo lo que quiero hacer. Si, por cualquier motivo, no puedo realizar un movimiento de cámara como lo deseo, es un verdadero sufrimiento físico. Es mi razón de vivir: el trabajo. Sé que rechazo los compromisos y la gente murmura a mi espalda. Nunca he tenido la intención de no ser amable con la gente. No se obtiene nada sin amabilidad. Por supuesto, sé que he cometido muchos errores en este sentido y que he pisado a bastante gente. En Europa, no me imaginaba en absoluto todo lo que podía suponer un rodaje en Hollywood. Cuando ruedo una escena, no me gusta pararme hasta que la he terminado. Pero los actores estadounidenses tienen grandes principios respecto a la necesidad de comer a unas horas regulares. Cuando volvíamos en coche hacia su hotel, Fritz Lang me dijo que estaba preocupado. -No consigo descansar, me ocurre cada noche. Enciendo la lámpara de mi mesilla y abro un libro cualquiera. Cada día debo hablar sin parar, pesar y acumular las ideas. En el estudio, ya no reconozco a la gente u olvido sus nombres. Me falla la memoria y temo que la gente no lo admita. Le digo que es la mejor forma de lograr una fama de vanidoso. -¿Pero cómo puedo encontrar tiempo para vivir? Mi trabajo ocupa todo mi tiempo. Le respondí que esa era una declaración curiosa de parte de alguien que hablaba tan bien del amor. Llegamos al hotel de Lang. -Acabo de comprar una mansión y en cuanto me instalen el teléfono, me mudaré con mis perros. Tengo algunos cuadros de valor y una biblioteca de unos cinco o seis mil libros. He gastado mucho dinero para ofrecerme la máxima comodidad. Le pregunté por qué, tras 11 años en una ciudad célebre por sus mujeres bonitas, no estaba todavía casado. -Darling, ¿cree usted realmente que sería un buen marido?

Pablo Picasso por Brassai (Gyula Halász 1899-1984)




Con Jaume Sabartés

viernes, 17 de mayo de 2013

Luis Buñuel: Alucinaciones en torno a una mano muerta


Un hombre está leyendo tranquilamente en su escritorio. Son alrededor de las once de la noche. Ante él, un grueso libro abierto.

En ese momento comienza a oírse de fondo una música sobrenatural.
Oímos, lejano, el canto de un gallo. Como un eco, se oye el mismo canto más cerca, pero con la banda sonora pasada al revés. Arde el fuego en la chimenea. Se oyen extraños ruidos. Uno de ellos despierta la atención y las temerosas sospechas del hombre: es como si una mano hubiera roto brutalmente las cuerdas de algún instrumento musical.
Son las once de la noche. Oímos el carillón de la torre de la iglesia desgranando las horas y, como reverberación de un eco, el mismo carillón, pero con el sonido al revés.
El hombre mira a su derecha. Ve el cordón del timbre de su habitación oscilar como movido por una mano. Decididamente alarmado, mira con miedo a su alrededor.
"Click, click, click". (Sonido que recuerda el producido por el dedo medio al chasquear contra la base del pulgar).
"Click, click, click".
Un libro cae del anaquel. Se desmoronan los troncos en la chimenea.
El hombre seca el sudor de su frente con un gran pañuelo, que coloca ante él, en la mesa, nerviosamente.
"Click, click, click".
Esta vez el ruido llega desde la mesa, cerca del pañuelo. El hombre está muy asustado. Ve como el pañuelo se mueve lentamente. Sus pliegues se mueven como los pétalos de una flor carnívora. (Esta toma y las siguientes con el pañuelo y la mano, al ralentí).
Súbitamente, la más inesperada y horrible cara aparece entre los pliegues del pañuelo, que envuelve el extraño rostro como un sudario.
El rostro no tiene frente, y entre los dos minúsculos e inhumanos ojos negros una nariz afilada y fofa sobresale encima de una boca sin dientes y solamente dotada de mandíbula inferior. Este rostro se convierte lenta e inesperadamente en una mano que empieza a deslizarse hacia el aterrorizado personaje.
(Esta cara está formada por una mano cuyo dedo medio corazón hace de nariz, formando el pulgar la mandíbula inferior. Los ojos son dos puntos negros como dos perdigones.)
El hombre se levanta y retrocede, mientras la mano continúa deslizándose. (En todo momento ha de verse la mano deslizarse y no caminar, porque entonces podría ser asociada de inmediato con la representación de una rata común).
Cuando la mano alcanza el borde de la mesa, cae al suelo de plano, produciendo un ruido similar al de una palma abierta al golpear un montón de masa.
La mano permanece un momento inerte, atontada sobre el suelo.
El hombre empieza a reaccionar. Su miedo va trocándose en rabia, pero aún retrocede cuando la mano inicia de nuevo su avance. El hombre se rehace y rebusca en sus bolsillos como si intentase encontrar un arma. No tiene nada. Mira en torno suyo buscando algo con que aniquilar a su obstinado enemigo.
Cerca de él ve una pequeña estatua de bronce sobre un pesado podio de mármol. Rápidamente, aparta la estatua, levanta el podio en sus brazos con fuerza y lo deja caer con furiosa decisión sobre la atosigante mano. Queda casi destrozada. Dos o tres dedos sobresalen de la base del podio. Los ojos del hombre se abren sorprendidos.
El podio se desliza en dirección suya. La mano carga con él como un caracol su concha.
Aparta el podio a puntapiés a toda prisa e inclinándose coge la mano por el dedo corazón. Los otros dedos cuelgan lastimosamente, fofos e inarticulados como un guante.
El hombre se dirige a la ventana, la abre y arroja fuera la mano, pero apenas ha conseguido desembarazarse de ella cuando la mano regresa como empujada por un viento imaginario y se estrella contra su cara con la palma abierta, repitiendo el característico ruido de una mano que golpea la masa.
El hombre agarra otra vez la mano y la tira por la ventana, cerrándola de inmediato. Esta vez está seguro de haberse librado de ella.
Aún jadeante regresa hacia su escritorio, cuando de pronto su rostro se contrae con repulsión y horror. Con las manos en su pecho y los ojos desorbitados ve cómo los dedos de la mano salen lentamente de su camisa medio abierta y la mano emerge de su propio pecho.
Loco de rabia, coge con decisión el órgano mutilado y lo sujeta furiosamente con su mano izquierda mientras empuña una daga con la derecha.
Se dirige a la mesa y coloca la mano muerta sobre ella.
Las dos manos izquierdas, la viva y la muerta. El espectador desconoce cuál de las dos manos es la muerta.
Primer plano del hombre con el rostro enfurecido y alzando la mano derecha, en la que empuña la daga, mientras dirige una mirada de odio a las manos situadas sobre la mesa. Baja la daga. Hace descender el puñal.
Primer plano de las dos manos izquierdas. El puñal atraviesa una de ellas. Alarido de dolor. Una de las manos ha quedado clavada contra la, mesa por la daga. La otra comienza a deslizarse. El hombre ha atravesado su propia mano.
Con decisión, extrae la daga y detiene la mano deslizante con un simple golpe de puñal, clavando por fin la mano muerta sobre la mesa.



Luis Buñuel
5642 Fountain Avenue,
Hollywood (28), California

Luis Buñuel, Obra literaria
Introducción y notas de Agustín Sánchez Vidal
Zaragoza, Editorial Heraldo de Aragón, 1982
Foto: Buñuel en marzo 1954 Photo by RDA – © 2006

viernes, 10 de mayo de 2013

Auguste Renoir (1841-1919) por otros

 Renoir en 1893 en su casa-castillo de Brouillards



 Ultima fotografía de Renoir




 Renoir en 1916




 Degas:  Stephan Mallarme y Auguste Renoir




  Vuillard: Renoir en 1916




 Auguste Renoir, 1880 – Retrato al pastel de Paul Cezanne

Ernest Hemingway - Ezra Pound y el Bel Esprit


Ezra Pound se portó siempre como un buen amigo y siempre estaba ocupado en hacer favores a todo el mundo. El estudio donde vivía con su esposa Dorothy, en la rué Notre-Dame-des-Champs, tenía tanto de pobre como tenía de rico el estudio de Gertrude Stein. El de Ezra sólo tenía mucha luz y una estufa para calentarlo, y había pinturas de artistas japoneses amigos suyos. Eran todos nobles en su país de origen, y llevaban el pelo muy largo. Era un pelo de un negro muy brillante, que basculaba adelante cuando hacían sus reverencias, y a mí me impresionaban todos mucho, pero no me gustaban sus pinturas. No las comprendía, pero no encerraban ningún misterio, y en cuanto llegué a comprenderlas me importaron un comino. Lo lamentaba muy sinceramente, pero no pude hacer nada por remediarlo.
Los cuadros de Dorothy sí que me gustaban mucho, y Dorothy me parecía muy hermosa, con un tipo maravilloso. También me gustaba el busto de Ezra que hizo Gaudier-Brzeska, y me gustaron todas las fotos de obras de este escultor que Ezra me enseñó, y que estaban en el libro del propio Ezra sobre él. A Ezra también le gustaba la pintura de Picabia, pero a mí me parecía entonces que no valía nada.
Tampoco me gustaba nada la pintura de Wyndham Lewis, que a Ezra le entusiasmaba. Siempre le gustaban las obras de sus amigos, lo cual está muy bien como prueba de lealtad, pero puede ser un desastre a la hora de dar juicios. Nunca discutíamos sobre cosas de éstas, porque yo guardaba la boca callada cuando algo no me gustaba. Si a una persona le gustaban las pinturas o los escritos de sus amigos, yo lo miraba como algo parecido a lo de la gente que quiere a su familia, y es descortés criticársela. A veces, uno puede pasar mucho tiempo antes de tomar una actitud crítica ante su propia familia, la de sangre o la política, pero todavía es más fácil ir tirando con los malos pintores, porque nunca cometen maldades horribles ni le destrozan a uno en lo más íntimo, como son capaces de hacer las familias. Con los pintores malos, basta con no mirarles. Pero incluso cuando uno ha aprendido a no mirar a las familias ni escucharlas ni contestar a las cartas, la familia encuentra algún modo de hacerse peligrosa. Ezra era más bueno que yo, y miraba más cristianamente a la gente. Lo que él escribía era tan perfecto cuando se le daba bien, y él era tan sincero en sus errores y estaba tan enamorado de sus teorías falsas, y era tan cariñoso con la gente, que yo le consideré siempre como una especie de santo. Claro que también era iracundo, pero acaso lo han sido muchos santos.
Ezra quiso que yo le enseñara a boxear, y un día que le daba una lección en su estudio, a última hora de la tarde, conocí allí a Wyndham Lcwis. Ezra boxeaba desde muy poco tiempo, y me avergonzaba que se mostrara torpe ante un amigo suyo, y procuré que diera la mejor impresión posible. Pero no podía darla muy buena, porque la práctica de la esgrima le había resabiado, y yo estaba todavía intentando lograr que concentrara su boxeo en la mano izquierda y guardara el pie izquierdo adelantado, y que cuando tuviera que adelantar el pie derecho lo hiciera paralelamente al izquierdo. O sea que estábamos todavía en lo básico. No llegaba nunca a enseñarle cómo se dispara un gancho de izquierda, y en cuanto a enseñarle el hábito de retirar su derecha, eso lo reservaba para el futuro.
Wyndham Lewis llevaba un sombrero negro de alas anchas, como un personaje del barrio, y se vestía como un cantante en La Bohème. Su cara me recordaba la de una rana, y ni siquiera de una rana toro sino de una rana cualquiera, y París era una charca que le venía ancha. Por aquellos tiempos, pensábamos que un escritor o un pintor puede llevar cualquier vestimenta de la que sea poseedor, y que no hay uniforme oficial para el artista; pero Lewis llevaba el uniforme de un artista de antes de la guerra. Daba grima mirarle, pero él nos observaba muy engreído, mientras yo; esquivaba las izquierdas de Ezra o las bloqueaba en la palma de mi guante derecho.
Quise dejarlo, pero Lewis insistió para que continuáramos, y me di cuenta de que, como no comprendía nada de lo que hacíamos, estaba al acecho, en la esperanza de que Ezra recibiera daño. Nada ocurrió. No contraataqué nunca, y mantuve a Ezra persiguiéndome, con su izquierda adelantada, pero lanzando de vez en cuando una derecha, y al fin dije que ya estaba bien por aquel día, y me lavé en una palangana, me sequé con una toalla y me puse mi chandail.
Nos servimos algo de beber, y yo escuché mientras Ezra y Lewis hablaban, haciendo comentarios sobre gentes que vivían en Londres o en París. Observé a Lewis con cuidado, pero fingiendo no mirarle, como hace uno cuando boxea, y creo que nunca he conocido a un hombre tan repelente. Ciertas personas traslucen el mal, como un gran caballo de carreras trasluce su nobleza de sangre. Tienen la dignidad de un chancro canceroso. Pero Lewis no traslucía el mal; sólo resultaba repelente.
Caminando de vuelta a casa, intenté enumerar las cosas en que Lewis me hacía pensar, y encontré varias cosas. Pero eran todas de orden médico, excepto el sudor de pies. Quise descomponer su cara en sus distintas facciones e írmelas describiendo, pero sólo recordé los ojos. Debajo del sombrero negro, en el primer instante en que le vi, me parecieron los ojos de un violador fracasado.
—Hoy he conocido al hombre más repelente con quien me he encontrado nunca — dije a mi mujer.
—Por favor, Tatie, no me hables de él —contestó—. No me digas nada. Estamos a punto de comer.
Cosa de una semana más tarde, hablé con Miss Stein y le dije que había conocido a Wyndham Lewis, y le pregunté si ella le conocía.
—Yo le llamo «la Tenia Métrica» —me dijo—. Llega de Londres y ve un buen cuadro, y se saca un lápiz del bolsillo y se pone a medir los detalles del cuadro, y dale de tomar medidas con el pulgar en el lápiz. Y toma sus vistas y sus medidas y apunta exactamente cómo está hecho. Luego se vuelve a Londres y rehace el cuadro, y no le sale. No se ha dado ni cuenta de por dónde va la cosa.
De modo que me acostumbré a pensar en él como la Tenia Métrica. Un término más amable y más provisto de piedad cristiana que cualquiera de los que yo mismo había inventado para designarle. Más tarde, hice lo posible por apreciarle y mostrarme amistoso con él, como hice con todos los amigos de Ezra cuando él me los explicaba. Pero aquella impresión tuve, el día que le conocí en el estudio de Ezra.
Ezra era el escritor más generoso y más desinteresado que nunca he conocido. Corría en auxilio de los poetas, pintores, escultores y prosistas en los que tenía fe, y si alguien estaba verdaderamente apurado, corría en su auxilio tanto si tenía fe como si no. Se preocupaba por todo el mundo, y en los primeros tiempos de nuestra amistad la persona que más le preocupaba era T. S. Eliot, quien, según me dijo Ezra, tenía que estar empleado en un banco en Londres, y, por consiguiente, no disponía de tiempo ni seguía un horario apropiado para dar un buen rendimiento poético.
Ezra fundó una institución llamada Bel Esprit, asociándose con Miss Natalie Barney, que era una americana rica, protectora de las artes. Miss Barney había sido amiga de Rémy de Gourmont (eso fue antes de mis tiempos), y tenía en su casa un salón donde recibía en cierto día de la semana, y en su jardín un templete griego. Muchas mujeres, americanas y francesas, provistas de dinero suficiente, tenían sus salones, y comprendí pronto que eran unos lugares excelentes para que yo me guardara de poner en ellos los pies. Pero creo que Miss Barney era la única con un templete griego en su jardín.
Ezra me mostró el folleto anunciador del Bel Esprit, y Miss Barney le había permitido usar una viñeta del templete griego para la portada. La concepción encarnada en el Bel Esprit era la de que cada cual aportaría una parte de sus ingresos, y entre todos constituiríamos un fondo con el que sacaríamos a Mr. Eliot de su banco, y él tendría dinero para escribir poesía. A mí me pareció una buena idea, y una vez que tuviéramos a Mr. Eliot fuera de su banco, Ezra calculó que la cosa progresaría en línea recta y labraríamos un porvenir para todo el mundo.
Yo metí un poco de claroscuro en la cosa al referirme siempre a Eliot bajo el titulo de Comandante Eliot, fingiendo le confundía con el Comandante Douglas, un economista cuyas ideas entusiasmaron grandemente a Ezra. Pero Ezra comprendió que a pesar de todo mi corazón latía como los buenos y que yo estaba imbuido de Bel Esprit, por mucho que a Ezra le irritara oírme solicitar de mis amigos fondos para sacar al Comandante Eliot del banco, y oír a alguien replicar que qué diablos estaba haciendo un comandante en un banco, y que si le habían dado el retiro, no se comprendía que no tuviera una pensión, o que por lo menos no hubiera recibido una indemnización al retirarse.
En casos tales, yo explicaba a mis amigos que todo aquello no venía a cuento. Uno estaba dotado de Bel Esprit o no lo estaba. Si tienes Bel Esprit, contribuirás para que el Comandante salga del banco. Si no lo tienes peor para ti. ¿Comprendes por lo menos el significado del templete griego? ¿No? Ya me parecía a mi. Adiós, muy buenas. Te metes tu dinero donde te convenga. No lo aceptamos aunque nos lo implores de rodillas.
Mi actividad como agente del Bel Esprit fue muy enérgica, y por entonces mis sueños más felices eran aquellos en que veía al Comandante salir a grandes zancadas por la puerta del banco, transformado en hombre libre. No logro acordarme de cómo se cascó por fin el Bel Esprit, pero me parece que tiene alguna relación con el hecho de que el Comandante publicó The Waste Land y el poema ganó el premio del Dial, y poco después una dama con título financió para Eliot una revista llamada The Criterion, y ni Ezra ni yo tuvimos que preocuparnos más por él. Creo que el templete se encuentra todavía en su jardín. Para mí fue una decepción eso de que no hubiéramos logrado sacar al Comandante de su banco mediante la operación única del Bel Esprit, según yo lo visualizaba en mis sueños, con lo que tal vez se hubiera venido a vivir en el templete griego, por donde podríamos dejarnos caer de vez en cuando, Ezra y yo, a coronarle de laurel. Yo conocía un lugar donde había laureles muy hermosos, y yo hubiera podido ir a cortar unas ramas y traerlas en bicicleta, y hubiéramos podido coronarle cada vez que se sintiera solo, o cada vez que a Ezra le fuera dable revisar los manuscritos o las pruebas de otro poema tan grande como The Waste Land. Para mí, la empresa aquella resultó moralmenle perniciosa, como han resultado tantas otras cosas, porque me metí en el bolsillo el dinero que había destinado a sacar al Comandante del banco, y me lo llevé a Enghien y lo aposté en caballos que saltaban bajo la influencia de estimulantes. En dos reuniones hípicas, los estimulados caballos por los que yo apostaba dejaron atrás a los animales sin estimulo o con estímulo insuficiente, salvo en una carrera en la que nuestro angelito querido se estimuló hasta tal punto que antes de la salida arrojó a su jockey al suelo y se escapó, y dio una vuelta entera al circuito del steeplechase, saltando hermosamente en su soledad, tal como uno salta a veces en sueños. Cuando lo cazaron y lo volvieron a montar, arrancó en cabeza y, como dicen los franceses, hizo una carrera honrosa, pero el dinero fue para otro.
Me hubiera sentido más dichoso si el dinero de la apuesta hubiera ido a parar al Bel Esprit, que había dejado de existir. Pero me consolé pensando que, con las apuestas acertadas, hubiera podido contribuir al Bel Esprit con una suma mucho mayor que mi primera intención.


En París era una fiesta