jueves, 7 de noviembre de 2013

Octavio Paz: Pasado en claro





A Roman Jakobson


Oídos con el alma,
pasos mentales más que sombras,
sombras del pensamiento más que pasos,
por el camino de ecos
que la memoria inventa y borra:
sin caminar caminan
sobre este ahora, puente
tendido entre una letra y otra.
Como llovizna sobre brasas
dentro de mí los pasos pasan
hacia lugares que se vuelven aire.
Nombres: en una pausa
desaparecen, entre dos palabras.
El sol camina sobre los escombros
de lo que digo, el sol arrasa los parajes
confusamente apenas
amaneciendo en esta página,
el sol abre mi frente,
balcón al voladero
dentro de mí.

Me alejo de mí mismo,
sigo los titubeos de esta frase,
senda de piedras y de cabras.
Relumbran las palabras en la sombra.
Y la negra marea de las sílabas
cubre el papel y entierra
sus raíces de tinta
en el subsuelo del lenguaje.
Desde mi frente salgo a un mediodía
del tamaño del tiempo.
El asalto de siglos del baniano
contra la vertical paciencia de la tapia
es menos largo que esta momentánea
bifurcación del pensamiento
entre lo presentido y lo sentido.
Ni allá ni aquí: por esa linde
de duda, transitada
sólo por espejeos y vislumbres,
donde el lenguaje se desdice,
voy al encuentro de mí mismo.
La hora es bola de cristal.
Entro en un patio abandonado:
aparición de un fresno.
Verdes exclamaciones
del viento entre las ramas.
Del otro lado está el vacío.
Patio inconcluso, amenazado
por la escritura y sus incertidumbres.
Ando entre las imágenes de un ojo
desmemoriado. Soy una de sus imágenes.
El fresno, sinuosa llama líquida,
es un rumor que se levanta
hasta volverse torre hablante.
Jardín ya matorral: su fiebre inventa bichos
que luego copian las mitologías.
Adobes, cal y tiempo:
entre ser y no ser los pardos muros.
Infinitesimales prodigios en sus grietas:
el hongo duende, vegetal Mitrídates,
la lagartija y sus exhalaciones.
Estoy dentro del ojo: el pozo
donde desde el principio un niño
está cayendo, el pozo donde cuento
lo que tardo en caer desde el principio,
el pozo de la cuenta de mi cuento
por donde sube el agua y baja
mi sombra.

El patio, el muro, el fresno, el pozo
en una claridad en forma de laguna
se desvanecen. Crece en sus orillas
una vegetación de transparencias.
Rima feliz de montes y edificios,
se desdobla el paisaje en el abstracto
espejo de la arquitectura.
Apenas dibujada,
suerte de coma horizontal (-)
entre el cielo y la tierra,
una piragua solitaria.
Las olas hablan nahua.
Cruza un signo volante las alturas.
Tal vez es una fecha, conjunción de destinos:
el haz de cañas, prefiguración del brasero.
El pedernal, la cruz, esas llaves de sangre
¿alguna vez abrieron las puertas de la muerte?
La luz poniente se demora,
alza sobre la alfombra simétricos incendios,
vuelve llama quimérica
este volumen lacre que hojeo
(estampas: los volcanes, los cúes y, tendido,
manto de plumas sobre el agua,
Tenochtitlán todo empapado en sangre).
Los libros del estante son ya brasas
que el sol atiza con sus manos rojas.
Se rebela el lápiz a seguir el dictado.
En la escritura que la nombra
se eclipsa la laguna.
Doblo la hoja. Cuchicheos:
me espían entre los follajes
de las letras.

Un charco es mi memoria.
Lodoso espejo: ¿dónde estuve?
Sin piedad y sin cólera mis ojos
me miran a los ojos
desde las aguas turbias de ese charco
que convocan ahora mis palabras.
No veo con los ojos: las palabras
son mis ojos. vivimos entre nombres;
lo que no tiene nombre todavía
no existe: Adán de lodo,
No un muñeco de barro, una metáfora.
Ver al mundo es deletrearlo.
Espejo de palabras: ¿dónde estuve?
Mis palabras me miran desde el charco
de mi memoria. Brillan,
entre enramadas de reflejos,
nubes varadas y burbujas,
sobre un fondo del ocre al brasilado,
las sílabas de agua.
Ondulación de sombras, visos, ecos,
no escritura de signos: de rumores.
Mis ojos tienen sed. El charco es senequista:
el agua, aunque potable, no se bebe: se lee.
Al sol del altiplano se evaporan los charcos.
Queda un polvo desleal
y unos cuantos vestigios intestados.
¿Dónde estuve?

Yo estoy en donde estuve:
entre los muros indecisos
del mismo patio de palabras.
Abderramán, Pompeyo, Xicoténcatl,
batallas en el Oxus o en la barda
con Ernesto y Guillermo. La mil hojas,
verdinegra escultura del murmullo,
jaula del sol y la centella
breve del chupamirto: la higuera primordial,
capilla vegetal de rituales
polimorfos, diversos y perversos.
Revelaciones y abominaciones:
el cuerpo y sus lenguajes
entretejidos, nudo de fantasmas
palpados por el pensamiento
y por el tacto disipados,
argolla de la sangre, idea fija
en mi frente clavada.
El deseo es señor de espectros,
somos enredaderas de aire
en árboles de viento,
manto de llamas inventado
y devorado por la llama.
La hendedura del tronco:
sexo, sello, pasaje serpentino
cerrado al sol y a mis miradas,
abierto a las hormigas.

La hendedura fue pórtico
del más allá de lo mirado y lo pensado:
allá dentro son verdes las mareas,
la sangre es verde, el fuego verde,
entre las yerbas negras arden estrellas verdes:
es la música verde de los élitros
en la prístina noche de la higuera;
-allá dentro son ojos las yemas de los dedos,
el tacto mira, palpan las miradas,
los ojos oyen los olores;
-allá dentro es afuera,
es todas partes y ninguna parte,
las cosas son las mismas y son otras,
encarcelado en un icosaedro
hay un insecto tejedor de música
y hay otro insecto que desteje
los silogismos que la araña teje
colgada de los hilos de la luna;
-allá dentro el espacio
en una mano abierta y una frente
que no piensa ideas sino formas
que respiran, caminan, hablan, cambian
y silenciosamente se evaporan;
-allá dentro, país de entretejidos ecos,
se despeña la luz, lenta cascada,
entre los labios de las grietas:
la luz es agua, el agua tiempo diáfano
donde los ojos lavan sus imágenes;
-allá dentro los cables del deseo
fingen eternidades de un segundo
que la mental corriente eléctrica
enciende, apaga, enciende,
resurrecciones llameantes
del alfabeto calcinado;
-no hay escuela allá dentro,
siempre es el mismo día, la misma noche siempre,
no han inventado el tiempo todavía,
no ha envejecido el sol,
esta nieve es idéntica a la yerba,
siempre y nunca es lo mismo,
nunca ha llovido y llueve siempre,
todo está siendo y nunca ha sido,
pueblo sin nombre de las sensaciones,
nombres que buscan cuerpo,
impías transparencias,
jaulas de claridad donde se anulan
la identidad entre sus semejanzas,
la diferencia en sus contradicciones.
La higuera, sus falacias y su sabiduría:
prodigios de la tierra
-fidedignos, puntuales, redundantes-
y la conversación con los espectros.
Aprendizajes con la higuera:
hablar con vivos y con muertos.
También conmigo mismo.

La procesión del año:
cambios que son repeticiones.
El paso de las horas y su peso.
La madrugada: más que luz, un vaho
de claridad cambiada en gotas grávidas
sobre los vidrios y las hojas:
el mundo se atenúa
en esas oscilantes geometrías
hasta volverse el filo de un reflejo.
Brota el día, prorrumpe entre las hojas
gira sobre sí mismo
y de la vacuidad en que se precipita
surge, otra vez corpóreo.
El tiempo es luz filtrada.
Revienta el fruto negro
en encarnada florescencia,
la rota rama escurre savia lechosa y acre.
Metamorfosis de la higuera:
si el otoño la quema, su luz la transfigura.
Por los espacios diáfanos
se eleva descarnada virgen negra.
El cielo es giratorio lapizlázuli:
viran au ralenti, sus continentes,
insubstanciales geografías.
Llamas entre las nieves de las nubes.
La tarde más y más es miel quemada.
Derrumbe silencioso de horizontes:
la luz se precipita de las cumbres,
la sombra se derrama por el llano.

A la luz de la lámpara –la noche
ya dueña de la casa y el fantasma
de mi abuelo ya dueño de la noche-
yo penetraba en el silencio,
cuerpo sin cuerpo, tiempo
sin horas. Cada noche,
máquinas transparentes del delirio,
dentro de mí los libros levantaban
arquitecturas sobre una sima edificadas.
Las alza un soplo del espíritu,
un parpadeo las deshace.
Yo junté leña con los otros
y lloré con el humo de la pira
del domador de potros;
vagué por la arboleda navegante
que arrastra el Tajo turbiamente verde:
la líquida espesura se encrespaba
tras de la fugitiva Galatea;
vi en racimos las sombras agolpadas
para beber la sangre de la zanja:
mejor quebrar terrones
por la ración de perro del labrador avaro
que regir las naciones pálidas de los muertos;
tuve sed, vi demonios en el Gobi;
en la gruta nadé con la sirena
(y después, en el sueño purgativo,
fendendo i drappi, e mostravami’l ventre,
quel mí svegliò col puzzo che n’nuscia);
grabé sobre mi tumba imaginaria:
no muevas esta lápida,
soy rico sólo en huesos;
aquellas memorables
pecosas peras encontradas
en la cesta verbal de Villaurrutia;
Carlos Garrote, eterno medio hermano,
Dios te salve, me dijo al derribarme
y era, por los espejos del insomnio
repetido, yo mismo el que me hería;
Isis y el asno Lucio; el pulpo y Nemo;
y los libros marcados por las armas de Príapo,
leídos en las tardes diluviales
el cuerpo tenso, la mirada intensa.
Nombres anclados en el golfo
de mi frente: yo escribo porque el druida,
bajo el rumor de sílabas del himno,
encina bien plantada en una página,
me dio el gajo de muérdago, el conjuro
que hace brotar palabras de la peña.
Los nombres acumulan sus imágenes.
Las imágenes acumulan sus gaseosas,
conjeturales confederaciones.
Nubes y nubes, fantasmal galope
de las nubes sobre las crestas
de mi memoria. Adolescencia,
país de nubes.

Casa grande,
encallada en un tiempo
azolvado. La plaza, los árboles enormes
donde anidaba el sol, la iglesia enana
-su torre les llegaba a las rodillas
pero su doble lengua de metal
a los difuntos despertaba.
Bajo la arcada, en garbas militares,
las cañas, lanzas verdes,
carabinas de azúcar;
en el portal, el tendejón magenta:
frescor de agua en penumbra,
ancestrales petates, luz trenzada,
y sobre el zinc del mostrador,
diminutos planetas desprendidos
del árbol meridiano,
los tejocotes y las mandarinas,
amarillos montones de dulzura.
Giran los años en la plaza,
rueda de Santa Catalina,
y no se mueven.

Mis palabras,
al hablar de la casa, se agrietan.
Cuartos y cuartos, habitados
sólo por sus fantasmas,
sólo por el rencor de los mayores
habitados. Familias,
criaderos de alacranes:
como a los perros dan con la pitanza
vidrio molido, nos alimentan con sus odios
y la ambición dudosa de ser alguien.
También me dieron pan, me dieron tiempo,
claros en los recodos de los días,
remansos para estar solo conmigo.
Niño entre adultos taciturnos
y sus terribles niñerías,
niño por los pasillos de altas puertas,
habitaciones con retratos,
crepusculares cofradías de los ausentes,
niño sobreviviente
de los espejos sin memoria
y su pueblo de viento:
el tiempo y sus encarnaciones
resuelto en simulacros de reflejos.
En mi casa los muertos eran más que los vivos.
Mi madre, niña de mil años,
madre del mundo, huérfana de mí,
abnegada, feroz, obtusa, providente,
jilguera, perra, hormiga, jabalina,
carta de amor con faltas de lenguaje,
mi madre: pan que yo cortaba
con su propio cuchillo cada día.
Los fresnos me enseñaron,
bajo la lluvia, la paciencia,
a cantar cara al viento vehemente.
Virgen somnílocua, una tía
me enseñó a ver con los ojos cerrados,
ver hacia dentro y a través del muro.
Mi abuelo a sonreír en la caída
y a repetir en los desastres: al hecho, pecho.
(Esto que digo es tierra
sobre tu nombre derramada: blanda te sea.)
Del vómito a la sed,
atado al potro del alcohol,
mi padre iba y venía entre las llamas.
Por los durmientes y los rieles
de una estación de moscas y de polvo
una tarde juntamos sus pedazos.
Yo nunca pude hablar con él.
Lo encuentro ahora en sueños,
esa borrosa patria de los muertos.
Hablamos siempre de otras cosas.
Mientras la casa se desmoronaba
yo crecía. Fui (soy) yerba, maleza
entre escombros anónimos.

Días
como una frente libre, un libro abierto.
No me multiplicaron los espejos
codiciosos que vuelven
cosas los hombres, número las cosas:
ni mando ni ganancia. La santidad tampoco:
el cielo para mí pronto fue un cielo
deshabitado, una hermosura hueca
y adorable. Presencia suficiente,
cambiante: el tiempo y sus epifanías.
No me habló dios entre las nubes:
entre las hojas de la higuera
me habló el cuerpo, los cuerpos de mi cuerpo.
Encarnaciones instantáneas:
tarde lavada por la lluvia,
luz recién salida del agua,
el vaho femenino de las plantas
piel a mi piel pegada: ¡súcubo!
-como si al fin el tiempo coincidiese
consigo mismo y yo con él,
como si el tiempo y sus dos tiempos
fuesen un solo tiempo
que ya no fuese tiempo, un tiempo
donde siempre es ahora y a todas horas siempre,
como si yo y mi doble fuesen uno
y yo no fuese ya.
Granada de la hora: bebí sol, comí tiempo.
Dedos de luz abrían los follajes.
Zumbar de abejas en mi sangre:
el blanco advenimiento.
Me arrojó la descarga
a la orilla más sola. Fui un extraño
entre las vastas ruinas de la tarde.
Vértigo abstracto: hablé conmigo,
fui doble, el tiempo se rompió.

Atónita en lo alto del minuto
la carne se hace verbo –y el verbo se despeña.
Saberse desterrado en la tierra, siendo tierra,
es saberse mortal. Secreto a voces
y también secreto vacío, sin nada adentro:
no hay muertos, sólo hay muerte, madre nuestra.
Lo sabía el azteca, lo adivinaba el griego:
el agua es fuego y en su tránsito
nosotros somos sólo llamaradas.
La muerte es madre de las formas…
El sonido, bastón de ciego del sentido:
escribo muerte y vivo en ella
por un instante. Habito su sonido:
es un cubo neumático de vidrio,
vibra sobre esta página,
desaparece entre sus ecos.
Paisajes de palabras:
los despueblan mis ojos al leerlos.
No importa: los propagan mis oídos.
Brotan allá, en las zonas indecisas
del lenguaje, palustres poblaciones.
Son criaturas anfibias, con palabras.
Pasan de un elemento a otro,
se bañan en el fuego, reposan en el aire.
Están del otro lado. No las oigo, ¿qué dicen?
No dicen: hablan, hablan.

Salto de un cuento a otro
por un puente colgante de once sílabas.
Un cuerpo vivo aunque intangible el aire,
en todas partes siempre y en ninguna.
Duerme con los ojos abiertos,
se acuesta entre las yerbas y amanece rocío,
se persigue a sí mismo y habla solo en los túneles,
es un tornillo que perfora montes,
nadador en la mar brava del fuego
es invisible surtidor de ayes
levanta a pulso dos océanos,
anda perdido por las calles
palabra en pena en busca de sentido,
aire que se disipa en aire.
¿Y para qué digo todo esto?
Para decir que en pleno mediodía
el aire se poblaba de fantasmas,
sol acuñado en alas,
ingrávidas monedas, mariposas.
Anochecer. En la terraza
oficiaba la luna silenciaria.
La cabeza de muerto, mensajera
de las ánimas, la fascinante fascinada
por las camelias y la luz eléctrica,
sobre nuestras cabezas era un revoloteo
de conjuros opacos. ¡Mátala!
gritaban las mujeres
y la quemaban como bruja.
Después, con un suspiro feroz, se santiguaban.
Luz esparcida, Psiquis…

¿Hay mensajeros? Sí,
cuerpo tatuado de señales
es el espacio, el aire es invisible
tejido de llamadas y respuestas.
Animales y cosas se hacen lenguas,
a través de nosotros habla consigo mismo
el universo. Somos un fragmento
-pero cabal en su inacabamiento-
de su discurso. Solipsismo
coherente y vacío:
desde el principio del principio
¿qué dice? Dice que nos dice.
Se lo dice a sí mismo. Oh madness of discourse,
that cause sets up with and against itself!

Desde lo alto del minuto
despeñado en la tarde plantas fanerógamas
me descubrió la muerte.
Y yo en la muerte descubrí al lenguaje.
El universo habla solo
pero los hombres hablan con los hombres:
hay historia. Guillermo, Alfonso, Emilio:
el corral de los juegos era historia
y era historia jugar a morir juntos.
La polvareda, el grito, la caída:
algarabía, no discurso.
En el vaivén errante de las cosas,
por las revoluciones de las formas
y de los tiempos arrastradas,
cada una pelea con las otras,
cada una se alza, ciega, contra sí misma.
Así, según la hora cae desen-
lazada, su injusticia pagan. (Anaximandro.)
La injusticia de ser: las cosas sufren
unas con otras y consigo mismas
por ser un querer más, siempre ser más que más.
Ser tiempo es la condena, nuestra pena es la historia.
Pero también es el lugar de prueba:
reconocer en el borrón de sangre
del lienzo de Verónica la cara
del otro-siempre el otro es nuestra víctima.
Túneles, galerías de la historia
¿sólo la muerte es puerta de salida?
El escape, quizás, es hacia dentro.
Purgación del lenguaje, la historia se consume
en la disolución de los pronombres:
ni yo soy ni yo más sino más ser sin yo.
En el centro del tiempo ya no hay tiempo,
es movimiento hecho fijeza, círculo
anulado en sus giros.

Mediodía:
llamas verdes los árboles del patio.
Crepitación de brasas últimas
entre la yerba: insectos obstinados.
Sobre los prados amarillos
claridades: los pasos de vidrio del otoño.
Una congregación fortuita de reflejos,
pájaro momentáneo,
entra por la enramada de estas letras.
El sol en mi escritura bebe sombra.
Entre muros –de piedra no:
por la memoria levantados-
transitoria arboleda:
luz reflexiva entre los troncos
y la respiración del viento.
El dios sin cuerpo, el dios sin nombre
que llamamos con nombres
vacíos –con los nombres del vacío-,
el dios del tiempo, el dios que es tiempo,
pasa entre los ramajes
que escribo. Dispersión de nubes
sobre un espejo neutro:
en la disipación de las imágenes
el alma es ya, vacante, espacio puro.
En quietud se resuelve el movimiento.
Insiste el sol, se clava
en la corola de la hora absorta.
Llama en el tallo de agua
de las palabras que la dicen,
la flor es otro sol.
La quietud en sí misma
se disuelve. Transcurre el tiempo
sin transcurrir. Pasa y se queda. Acaso,
aunque todos pasamos, no pasa ni se queda:
hay un tercer estado.

Hay un estar tercero:
el ser sin ser, la plenitud vacía,
hora sin horas y otros nombres
con que se muestra y se dispersa
en las confluencias del lenguaje
no la presencia: su presentimiento.
Los nombres que la nombran dicen: nada,
palabras de dos filos, palabra entre dos huecos.
Su casa, edificada sobre el aire
con ladrillos de fuego y muros de agua,
se hace y se deshace y es la misma
desde el principio. Es dios:
habita nombres que lo niegan.
En las conversaciones con la higuera
o entre los blancos del discurso,
en la conjuración de las imágenes
contra mis párpados cerrados
el desvarío de las simetrías,
los arenales del insomnio,
el dudoso jardín de la memoria
o en los senderos divagantes
era el eclipse de las claridades.
Aparecía en cada forma
de desvanecimiento.

Dios sin cuerpo,
con lenguajes de cuerpo lo nombraban
mis sentidos. Quise nombrarlo
con un nombre solar,
una palabra sin revés.
Fatigué el cubilete y el ars combinatoria.
Una sonaja de semillas secas
las letras rotas de los nombres:
hemos quebrantado a los nombres
hemos deshonrado a los nombres.
Ando en busca del nombre desde entonces.
Me fui tras un murmullo de lenguajes,
ríos entre los pedregales
color ferrigno de estos tiempos.
Pirámides de huesos, pudrideros verbales:
nuestros señores son gárrulos y feroces.
Alcé con las palabras y sus sombras
una casa ambulante de reflejos
torre que anda, construcción en viento.
El tiempo y sus combinaciones:
los años y los muertos y las sílabas,
cuentos distintos de la misma cuenta.
Espiral de los ecos, el poema
es aire que se esculpe y se disipa,
fugaz alegoría de los nombres
verdaderos. A veces la página respira:
los enjambres de signos, las repúblicas
errantes de sonidos y sentidos,
en rotación magnética se enlazan y dispersan
sobre el papel.

Estoy en donde estuve:
voy detrás del murmullo,
pasos dentro de mí, oídos con los ojos,
el murmullo es mental, yo soy mis pasos,
oigo las voces que yo pienso,
las voces que me piensan al pensarlas.
Soy la sombra que arrojan mis palabras.



México, FCE, 1975/1985

martes, 29 de octubre de 2013

Stéphane Mallarmé - La tumba de Charles Baudelaire



EL enterrado templo divulga por la boca
Sepulcral de la cloaca que escupe lodo
Y rubíes, abominablemente (algún ídolo Anubis
De hocico chamuscado cual esquivo ladrido

O si el reciente gas tuerce la turbia mecha
Que, sabemos, enjuga los oprobios sufridos,
Y huraño alumbra entonces en pubis inmortal
Cuyo vuelo se eclipsa según el reverbero.

¡Qué follaje secado en ciudades sin noche,
Podrá bendecir, votivo, y ella volver en vano
Ausentarse en el mármol de-Baudelaire!

Ausente con temblores del velo que la ciñe,
Ésta su Sombra, igual a un tutelar veneno
Que aun cuando nos mate debemos respirar.


Le tombeau de Charles Baudelaire

LE temple enseveli divulgue par la bouche
Sépulcrale d'égout bavant boue et rubis
Abominablement quelque idole Anubis
Tout le museau flambé comme un aboi farouche

Ou que le gaz récent torde la mèche louche
Essuyeuse on le sait des opprobres subis
Il allume hagard un immortel pubis
Dont le vol selon le réverbère découche

Quel feuillage séché dans les cités sans soir
Votif pourra bénir comme elle se rasseoir
Contre le marbre vainement de Baudelaire

Au voile qui la ceint absente avec frissons
Celle son Ombre même un poisont tutélaire
Toujours à respirer si nous en périssons.





En Homenajes y tumbas
Traducción: Federico Gorbea
Imagen: Paul Gauguin, retrato de Stéphane Mallarmé, 1891

sábado, 19 de octubre de 2013

Ernesto Sabato - Sofismas sobre literatura popular




Muchos admiran a Arlt por sus defectos, que creen sus virtudes. Pero es grande a pesar de ellos, a pesar de esa mala retórica de la que no tuvo tiempo de deshacerse. Hay en sus obras demasiada «literatura», lo que puede parecer incompatible para un hombre cuya única universidad fue la calle. Pero es que también en la calle hay retórica, y la peor. Una retórica que se adquiere leyendo la mala literatura de las radio-novelas y las crónicas deportivas o policiales de los diarios; allí donde se lee equino en lugar de caballo y precipitación pluvial en lugar de lluvia. Ya Stendhal se reía de los cursis que decían coursier en lugar del modesto, servicial y cotidiano cheval. Porque ha sido siempre rasgo característico de una mala educación literaria la idea de que el estilo consiste en emplear palabras grandiosas para reemplazar a las modestas palabras que empleamos todos los días. Y la mayor parte de la gente de la calle, que del mismo modo (y por motivos psicológicos idénticos), intenta imitar las modas de la alta sociedad que ve en las revistas, trata de emplear el lenguaje que considera distinguido, que no puede ser otro que el propalado por los diarios, la radio, la historieta y la televisión. De modo que el pueblo, sobre todo el de hoy (acondicionado monstruosamente por esos instrumentos masivos y centralizados) no es esa fresca y virginal fuente de toda sabiduría y de toda belleza que imaginan ciertos estéticos del populismo, sino el alumnado de una pésima universidad, envenenado por el folletín de la historieta o la fotonovela, por un cine para oficinistas y por una retórica para chicas semianalfabetas y cursis.

Acaso el pueblo, tal como existía en las primitivas comunidades, tenía un sentido profundo y verdadero del amor y la muerte, de la piedad y el heroísmo. Ese sentido profundo y verdadero que se manifestaba en la mitología, en sus cuentos folklóricos y leyendas, en la alfarería y en las danzas rituales. Cuando el pueblo estaba aún entrañablemente unido a los hechos esenciales de la existencia: al nacimiento y la muerte, a la salida y puesta del sol, a las cosechas y al comienzo de la adolescencia, al sexo y el sueño. Pero ahora ¿qué es, realmente, el pueblo? Y, sobre todo, ¿cómo puede tomárselo como piedra de toque de un arte genuino cuando está falsificado, cosificado y corrompido por la peor literatura y por un arte de bazar barato? Basta comparar la vulgaridad de cualquier estatuita fabricada en serie para el adorno del hogar o para una iglesia contemporánea con un icono popular o un fetiche africano para advertir el enorme foso que se ha abierto entre el pueblo y la belleza. En la tribu más salvaje del Amazonas o del África Central no encontraremos jamás la vulgaridad ni en sus potiches ni en sus vasijas ni en sus trajes que hoy nos rodean por todos lados.

Así llegamos a otra conclusión que podría parecer paradojal.

Y es que en nuestro tiempo sólo los grandes e insobornables artistas son los herederos del mito y de la magia, son los que guardan en el cofre de su noche y de su imaginación aquella reserva básica del ser humano, a través de estos siglos de bárbara enajenación que soportamos.
No es, en suma, el artista quien está deshumanizado, no es Van Gogh o Kafka quienes están deshumanizados, sino la humanidad, el público.


En El escritor y sus fantasmas

sábado, 12 de octubre de 2013

Arthur Rimbaud - Frases




Cuando el mundo se reduzca a un solo bosque negro para nuestros cuatro ojos asombrados, — a una playa para dos niños fieles, — a una casa musical para nuestra clara simpatía, — te encontraré.


No quede aquí abajo más que un viejo solo, tranquilo y hermoso, rodeado de «un lujo inaudito», — y abrazo tus rodillas.


Sea yo quien haya cumplido todos tus recuerdos, — ¿quién retrocede? Estamos muy alegres, — ¿quién se cae de ridículo? Cuando somos malísimos, — ¿qué harían con nosotros?


Engalánate, danza, ríe. — Nunca podré tirar el amor por la ventana.


— ¡Compañera mía, mendiga, niña monstruo! Qué poco te importan estas desdichas y estas maniobras, y mis apuros. Apégate a nosotros con tu voz imposible, ¡tu voz!, única aduladora
de esta vil desesperación.

Una mañana encapotada, en julio. Un sabor a ceniza revolotea por el aire; — un olor a madera que suda en el lar, — las flores maceradas — el saqueo de las avenidas — la llovizna de los
canales en los campos — ¿por qué no ya los juguetes y el incienso?


* * *

He tendido cuerdas de campanario en campanario; guirnaldas de ventana en ventana; cadenas de oro de estrella en estrella, y bailo.


* * *

El alto estanque humea de continuo. ¿Qué bruja va a salir por el poniente blanco? ¿Qué violentas frondosidades van a ponerse?


* * *

Mientras los fondos públicos se consumen en fiestas de fraternidad, repica una campana de fuego rosa en las nubes.


* * *

Avivando un agradable sabor a tinta china un polvo negro llueve suavemente sobre mi velada. — Amortiguo las luces de la araña, me tumbo en la cama, y vuelto hacia el lado de la sombra os veo, ¡niñas mías! ¡reinas mías!


* * *

En Iluminaciones
Traducción: Ramón Buenaventura

domingo, 29 de septiembre de 2013

Alfred Döblin - Ella, que bailó una vez en Treptow


«Adelante la jauría», gritan las viejas furias. Qué horror, qué horror contemplar a un hombre maldecido por los dioses ante el altar, con las manos chorreando sangre. Cómo roncan: ¿estás dormido? Sacudid vuestra somnolencia. Arriba, arriba. Agamenón, su padre, había partido de Troya hacía muchos años. Troya había sucumbido y desde allí hicieron señales con hogueras, desde Ida, sobre el Athos, una hilera de antorchas ardientes hasta el bosque de Citérea.


Qué espléndido, dicho sea de pasada, ese mensaje incandescente desde Troya hasta Grecia. ¡Qué grandiosa esa carrera de fuego sobre el mar, luz, corazón, alma, felicidad y grito!

El fuego rojo oscuro, rojo como la brasa sobre el lago de Gorpopis, que luego es visto por un centinela, el cual grita y se alegra, y eso es vida, y se enciende un fuego y se transmite la noticia y la excitación y la alegría, todo junto, y salta sobre una ensenada, en desenfrenada carrera hacia las alturas de Aracneon, siempre los gritos y el frenesí que, rojo como la brasa, puedes ver: ¡Agamenón vuelve! Con tal escenificación no podemos compararnos. También en esto nos superan.

Para las comunicaciones nos servimos de algunos resultados de los experimentos de Heinrich Hertz, que vivió en Karlsruhe, murió joven y, por lo menos en la fotografía de la colección de estampas de Munich, llevaba barba cerrada. Utilizamos la telegrafía sin hilos. Mediante transmisores mecánicos, producimos, en grandes estaciones, corrientes alternas de alta frecuencia. Mediante las oscilaciones de un circuito, creamos ondas eléctricas. Las oscilaciones se propagan esféricamente. Y luego hay un tubo electrónico de cristal y un micrófono, cuyo disco vibra más o menos, y de esa forma el sonido sale exactamente como entró en la máquina, y resulta sorprendente, inteligente e ingenioso. Pero entusiasmarse con ello es difícil; funciona y eso es todo.

¡Qué distinta la antorcha de tea que anuncia el regreso de Agamenón!

Arde, llamea, en todo momento, en todo lugar, habla, siente y el júbilo es general: ¡Agamenón vuelve! Mil hombres resplandecen en cada lugar: Agamenón vuelve, y ahora son diez mil, cien mil al otro lado de la ensenada.

Y entonces, para volver al tema, él llega a casa. Las cosas cambian por completo. Se vuelven las tornas. Cuando su mujer lo tiene en casa, lo mete en el baño. En ese momento demuestra que es una furcia sin precedentes. Mientras está en el agua, le arroja una red por encima, para que no pueda moverse, y ella ha traído ya un hacha como si fuera a cortar leña. Él se lamenta: «¡Ay de mí, muero!». Fuera preguntan: «¿Quién grita así?». «¡Ay de mí y una vez más ay de mí!» Aquella bestia de la antigüedad lo remata sin pestañear y encima abre la bocaza: «Lo he ejecutado, le lancé una red por encima y golpeé dos veces, y con dos suspiros se abatió, y entonces, de un tercer golpe, lo envíe al Hades». Los senadores se afligen, pero de todas formas encuentran el comentario adecuado: «Admiramos la osadía de tu discurso». Así pues, fue aquella mujer, aquella bestia de la antigüedad, que ocasionalmente, como consecuencia de un escarceo conyugal con Agamenón, se convirtió en madre de un niño que recibió al nacer el nombre de Orestes. Ella fue muerta más tarde por el fruto de sus placeres, y a él lo atormentaron las furias.

Con nuestro Franz Biberkopf es distinto. Al cabo de cinco semanas también su Ida ha muerto, en el hospital de Friedrichshain, fractura de costillas con complicaciones, desgarro de la pleura, pequeño desgarro de pulmón con el consiguiente empiema, pleuresía, neumonía, mujer, la fiebre no baja, qué aspecto tienes, mírate en el espejo, estás lista, estás sentenciada, ya puedes liar el petate. Le hicieron la autopsia, la enterraron en la Landsberger Allee, a tres metros de profundidad. Murió odiando a Franz, pero la rabia ciega de él tampoco cedió después de su muerte, su nuevo amigo, el de Breslau, fue todavía a visitarla. Allí abajo está ella, desde hace ya cinco años, horizontal sobre la espalda, las tablas de madera se pudren, ella se deshace en estiércol, ella, que bailó una vez en Treptow, en el Jardín del Paraíso, con Franz, con sus zapatitos blancos de lona, que amó y correteó por ahí, está muy quieta y ya no está.


En Berlín Alexanderplatz
Traducción: Miguel Sáenz

sábado, 21 de septiembre de 2013

Georges Perec: Un hombre que duerme (fragmento II)







Más tarde, te vas de París; no vas a la ventura, vas a casa de tus padres, en el campo, cerca de Auxerre. Es una villa un poco muerta donde se han retirado. De niño pasaste allí algunos años, algunas vacaciones. Las ruinas de un castillo fortificado coronan una colina al pie de la cual se extiende el pueblo. Se supone que un beato vivió en una caverna, no muy lejos de allí, y se puede visitar. En la plaza, cerca de la iglesia, hay un árbol del que se dice que tiene varios cientos de años.

Te quedas allí varios meses. A la hora de las comidas escucháis las noticias, los juegos de la radio. Por la tarde juegas a la belote con tu padre, que te gana. Te acuestas temprano, antes que tus padres, a las nueve. Lees a veces durante toda la noche. Has encontrado, en tu cuarto, en el desván, en el fondo de armarios de ropa blanca, los libros de tus quince años, Alejandro Dumas, Julio Verne, Jack London, y los montones de novelas policiacas que solías llevar a cada una de tus estancias allí. Los relees minuciosamente, sin saltarte una sola línea, como si los hubieras olvidado por completo, como si nunca los hubieras leído realmente.
Apenas hablas con tus padres. Sólo los ves a la hora de las comidas. Por la mañana, te quedas en la cama. Los oyes ir y venir por la casa, subir y bajar la escalera, toser, abrir cajones. Tu padre corta leña. Un tendero ambulante toca el claxon cerca del portal. Un perro ladra, los pájaros cantan, la campana de la iglesia suena. Acostado sobre tu alta cama, con el edredón de plumas hasta el mentón, miras los maderos del techo. Una araña diminuta, con el vientre de un gris casi blanco, teje su tela en el rincón de una viga.
Te sientas a la mesa de la cocina, cubierta con un hule. Tu madre te sirve un tazón de café con leche, te acerca el pan, la mermelada, la mantequilla. Comes en silencio. Ella te habla de sus riñones, de tu padre, de los vecinos, del pueblo. La señora Theneveau ha hecho un vitalicio sobre su granja. El perro de los Moreau ha muerto. Las obras de la autopista ya han comenzado.
Bajas al pueblo a hacer algunas compras para tu madre, a buscar tabaco para tu padre, cigarrillos para ti. Los granjeros han abandonado lo que alguna vez fue una gran villa. Se paraba el ferrocarril, había un notario, un mercado. Solamente subsisten dos explotaciones agrícolas. El pueblo está ahora lleno de jubilados y de habitantes de la ciudad que vienen a pasar el fin de semana y un mes cada verano, duplicando o triplicando la población invernal.
Caminas a lo largo de las casas restauradas: postigos recientemente pintados de verde manzana, chapados de flores de lis de hierro forjado, faroles de anticuario, jardines de adorno, rocas que no habita divinidad alguna, paraíso de veraneantes. Abogados, tenderos, funcionarios que podan los arbustos, rastrillan la grava, desempolvan los arriates, dan de comer a los peces. Sobre la plaza se aglomeran las motocicletas, las vespas de los más jóvenes. El café-tabac está lleno.
Todas las tardes vas de paseo. Al principio sigues la carretera, y después, más allá de una cantera abandonada, te adentras en el bosque. Recoges del suelo una rama que escamondas como puedes. Caminas a lo largo de los campos de trigo maduro, decapitas las hierbas salvajes a grandes golpes torpes de tu bastón. No conoces los nombres de los árboles, ni de las flores, las plantas, o las nubes. Te sientas en la cima de una colina desde la cual dominas todo el pueblo: la casa de tus padres, un poco apartada, con sus tres tejados de colores distintos, la iglesia, el castillo casi a la altura de tus ojos, el viaducto por donde solía pasar el ferrocarril, el lavadero, el correo. Sobre la carretera blanca, como un galeón saliendo del puerto, un enorme camión se va alejando. Un campesino, solo, en medio de su campo, guía el arado que arrastra un caballo tordo.
Los pájaros lanzan sus cantos, gorjeos, llamadas roncas, trinos. Los altos árboles tiemblan. He ahí la naturaleza que te invita y te ama. Masticas hierbas que luego escupes: el paisaje te inspira muy poco, la paz de los campos no te conmueve, el silencio de la campiña no te irrita ni te apacigua. Sólo te fascina a veces un insecto, una piedra, una hoja caída, un árbol: a veces te quedas durante horas mirando un árbol, describiéndolo, disecándolo: las raíces, el tronco, el ramaje, las hojas, cada hoja, cada nervadura, cada rama desde el principio, y el juego infinito de las diferentes formas que tu mirada ávida solicita o suscita: cara, cabalgata, dédalos o senderos, ciudades y blasones. A medida que tu percepción se afina, se hace más paciente y más ágil, el árbol explota y renace, mil matices de verde, mil hojas idénticas y sin embargo distintas. Te parece que podrías pasarte la vida frente a un árbol, sin agotarlo, sin comprenderlo, solamente mirando: lo único que puedes decir de este árbol, después de todo, es que es un árbol; lo único que este árbol te puede decir es que es un árbol, raíz, tronco, ramas y hojas. No puedes esperar de él ninguna otra verdad. El árbol no tiene una moral que proponerte, no tiene un mensaje que transmitirte. Su fuerza, su majestuosidad, su vida -si acaso esperas aún sacar algún sentido, algún coraje, de estas antiguas metáforas- no son más que imágenes, buenas vistas, tan vanos como la paz de los campos, como la perfidia del agua estancada, o el valor de los pequeños senderos que trepan, no muy alto pero ellos solos, o la sonrisa de los viñedos donde los racimos de uvas maduran al sol.
Por eso el árbol te fascina, o te sorprende, o te tranquiliza, a causa de esa evidencia insospechada, insospechable, de la corteza y las ramas, de las hojas. Por eso, quizá, jamás paseas con un perro, porque el perro te mira, te suplica, te habla. Sus ojos húmedos de agradecimiento, su aire de perro apaleado, sus brincos de perro feliz, te obligan constantemente a conferirle el despreciable rango de animal doméstico. No puedes permanecer neutro frente a un perro, tampoco frente a un hombre. Pero no dialogarás jamás con un árbol. No puedes vivir con un perro, porque el perro, a cada instante, te pedirá que lo hagas vivir, que lo alimentes, que lo acaricies, que seas hombre para él, que seas su dueño, que seas el dios que clama con voz de trueno ese nombre de perro que lo hará arrastrarse inmediatamente por el suelo. Pero el árbol no te pide nada. Puedes ser Dios de los perros, Dios de los gatos, Dios de los pobres, te basta con una correa, con algunos despojos, con algo de riqueza, pero no serás nunca dueño del árbol. Nunca podrás sino desear volverte árbol a tu vez.
No es que odies a los hombres, ¿por qué habrías de odiarlos? ¿Por qué habrías de odiarte? ¡Tan sólo desearías que pertenecer a la especie humana no fuera acompañado de este insoportable estrépito, que esos pocos pasos irrisorios que hemos dado dentro del reino animal no se pagasen con esta perpetua indigestión de palabras, de proyectos, de grandes comienzos! Pero es un precio demasiado alto por dos pulgares oponibles, por la posición erecta, por la imperfecta rotación de la cabeza sobre los hombros: ¡esta caldera, este horno, esta parrilla caliente que es la vida, estos millones de conminaciones, de incitaciones, de advertencias, de exaltaciones, de desesperaciones, este baño de coacciones que no termina nunca, esta eterna máquina de producir, de triturar, de engullir, de triunfar sobre los obstáculos, de recomenzar una y otra vez, este dulce terror que se empeña en regir cada día, cada hora de tu pobre existencia!
Casi no has vivido y, sin embargo, todo está ya dicho, ya terminado. No tienes más que veintincinco años, pero tu camino está trazado de antemano. Los papeles están distribuidos, las etiquetas: desde el orinal de tu primera infancia hasta la silla de ruedas de tu vejez, todos los asientos están listos y esperan su turno. Tus aventuras están tan bien descritas que la más violenta de las rebeliones no haría fruncir el ceno a nadie. Podrías bajar a la calle y hacer volar los sombreros de las gentes, cubrirte la cabeza de inmundicias, andar descalzo, publicar manifiestos, disparar balazos al paso de un usurpador cualquiera, de nada serviría: tu cama ya está hecha en el dormitorio del manicomio, tu cubierto ya está puesto en la mesa de los poetas malditos. Barco ebrio, miserable milagro: el Harrar es una atracción de feria, un viaje organizado. Todo está previsto, todo está preparado hasta el más mínimo detalle: los grandes impulsos del corazón, la fría ironía, el desgarramiento, la plenitud, el exotismo, la gran aventura, la desesperación. No venderás tu alma al diablo, no irás, en sandalias, a arrojarte dentro del Etna, no destruirás la séptima maravilla del mundo. Todo está ya listo para tu muerte: la bala de cañón que acabará contigo ya está fraguada desde hace mucho tiempo, las plañideras ya han sido designadas para seguir tu féretro. ¿Por qué habrías de escalar la cima de las más altas colinas, para tener que volver a bajar en seguida? Y, una vez abajo de nuevo, ¿cómo hacer para no pasarte la vida contando cómo lograste subir? ¿Por qué habrías de fingir que estás vivo? ¿Por qué habrías de continuar? ¿No sabes ya todo lo que tiene que ocurrir? ¿No has sido ya todo lo que tenías que ser: el hijo digno de tu padre y de tu madre, el valiente boy scout, el buen alumno que hubiera podido ser mejor, el amigo de infancia, el primo lejano, el apuesto militar, el joven estudiante pobre? Algunos esfuerzos, ni siquiera algunos esfuerzos, algunos años más, y serás el ejecutivo medio, el apreciable colega. Veterano de guerra. Uno a uno, como la ranita, escalarás los pequeños travesaños del éxito social. Podrás escoger, entre una amplia y variada gama, la personalidad que mejor convenga a tus deseos, la cual será adaptada cuidadosamente a tus medidas: ¿serás veterano condecorado? ¿Hombre culto? ¿Gastrónomo refinado? ¿Explorador de entrañas y corazones? ¿Amigo de los animales? ¿Dedicarás tu tiempo libre a masacrar con tu piano desafinado sonatas que no te han hecho daño alguno? ¿O bien fumarás tu pipa en una mecedora repitiéndote a ti mismo que la vida tiene sus cosas buenas?
No. Prefieres ser la pieza que falta en el rompecabezas. Retiras del juego tus canicas y tus alfileres. No pones a la suerte de tu lado, ni ningún huevo en ninguna canasta. Empiezas la casa por el tejado, echas la soga tras el caldero, matas a la gallina de los huevos de oro, te gastas la renta antes de cobrarla, te comes la hacienda, echas la llave bajo la puerta, te vas sin volver la cabeza.
Ya no escucharás los buenos consejos. No pedirás remedios. Pasarás de largo, mirarás los árboles, el agua, las piedras, el cielo, tu cara, las nubes, los techos, el vacío. Te quedas al lado del árbol. Ni siquiera le pides al ruido del viento entre las hojas que se vuelva oráculo.
Llega la lluvia. Ya no sales de la casa, apenas de tu cuarto. Lees en voz alta, todo el día, siguiendo con el dedo las líneas del texto, como los niños, como los viejos, hasta que las palabras pierden sentido, la frase más simple se vuelve coja, caótica. Llega la tarde. No enciendes la luz y te quedas inmóvil, sentado frente a la pequeña mesa al lado de la ventana, con el libro entre las manos, ya sin leer, oyendo apenas los ruidos de la casa, el crujir de las vigas, de los suelos, la tos de tu padre, las hornillas de hierro al ser colocadas sobre la cocina de leña, el ruido de la lluvia sobre los canalones de cinc, el paso muy lejano de un automóvil por la carretera, el bocinazo del autocar de las siete en la curva cerca de la colina.
Los veraneantes se han ido. Las casas de campo están cerradas. Cuando atraviesas el pueblo, algún perro ladra a tu paso. Carteles amarillos en jirones, sobre la plaza de la iglesia, al lado del palacio municipal, del correo, del lavadero, anuncian todavía subastas, bailes, fiestas que ya pasaron.
Todavía paseas a veces. Recorres los mismos caminos. Atraviesas campos cultivados que dejan espesas suelas de barro en tus botas. Te hundes en los lodazales de los senderos. El cielo está gris. Capas de bruma ocultan el paisaje. De algunas chimeneas sale humo. Tienes frío a pesar del chaquetón forrado, las botas, los guantes; intentas torpemente encender un cigarrillo.


Das paseos más largos que te llevan hacia otros pueblos, a través de los campos y los bosques. Te sientas a la larga mesa de madera de una tienda de comestibles con bar donde eres el único cliente. Te sirven un concentrado de carne o un café desabrido. Decenas de moscas se han aglutinado sobre el papel pegajoso que cuelga aún en espiral de la pantalla metálica de la lámpara. Un gato indiferente se calienta cerca de la estufa de hierro. Miras las latas de conservas, los paquetes de detergente, los delantales, los cuadernos escolares, los periódicos ya viejos, las tarjetas postales rosa caramelo en las cuales soldados rubicundos cantan en verso los bellos sentimientos que les inspira una novia rubia, el horario de los autocares, los números ganadores de las carreras de caballos, el resultado de los partidos del domingo.
Bandadas de pájaros pasan muy alto por el cielo. En el canal del Yonne, una larga gabarra, con el casco de un azul metálico, se desliza tirada por dos grandes caballos grises. Regresas caminando por la carretera nacional, por la noche, cruzado y rebasado por coches que aúllan, deslumbrado por los faros que, desde la parte de abajo de las cuestas, durante un instante parecen querer iluminar el cielo antes de precipitarse sobre ti.


Traducción de Mercedes Cebrián
Madrid, Impedimenta, 2009
Foto: Christine Lipinska