jueves, 30 de enero de 2014

El abuso de la belleza | Arthur C. Danto


 
Una noche, senté a la Belleza en mis rodillas. –Y la encontré amarga. –Y la injurié.
Arthur Rimbaud



Comencemos por desarticular un concepto por demás problemático: el de las “bellas artes”. No porque todo concepto problemático tenga que ser disuelto, no se trata de un afán de disolver o de allanar hacia la simplicidad, sino al contrario se trata siempre de propiciar, de permitir, de poner en cuestión las falsas identidades que no permiten la aparición de una infinidad de problemas más complejos, más creativos, más vitales. Quienes todavía asisten a las exhibiciones de arte presos de esta identidad indisoluble entre arte y belleza, suelen volver decepcionados y culpan a los artistas contemporáneos por no haber podido provocar en ellos el sentimiento de lo bello.
Es claro, desde hace al menos cien años, que la categoría de belleza ya no es ni la única ni la principal manera para juzgar y apreciar las obras de arte. Sin embargo, no es menos cierto, como afirma Arthur C. Danto en El abuso de la belleza, que “seguramente hay buenas razones para que la belleza haya sido la propiedad pragmática paradigmática en la historia del arte, y su atrincheramiento en el discurso justifica más que de sobra el énfasis que pienso darle en este libro”. El título de este escrito, publicado originalmente en 2003 y traducido al español dos años después, explicita un tipo particular de violencia ejercida por la belleza en el campo de las manifestaciones artísticas. La belleza ha hecho a un lado, ha dejado en las sombras otras propiedades pragmáticas de las obras de arte: su capacidad de producir asco, asombro, terror, piedad, sublimidad. Así como también ha puesto en un segundo lugar a los aspectos semánticos de la obra de arte. He aquí el lugar en el que Danto identifica el problema del abuso de la belleza. Ella pretende ser signo de santidad, cree que pertenece al empíreo de las cualidades estéticas. Y no le faltan motivos, le han dicho que formaba una tríada intocable junto a la verdad y a la bondad. Lo más importante para Danto entonces “no es tanto depurar el concepto de arte de cualidades estéticas como depurar el concepto de belleza de la autoridad moral que intuimos debió poseer hasta el punto de que tener belleza acabara siendo visto como algo moralmente reprobable.”
En su famosa obra Principia Ethica, G. E. Moore (filósofo inglés y miembro del grupo de Bloomsbury) afirma comenzando el siglo XX este valor absoluto relacionado con el goce de los objetos bellos en asociación directa con la filosofía moral. Pocos años después el grupo de dadaístas y surrealistas bautizado por Danto como ‘la vanguardia intratable’ abjurará de la belleza. La denunciará porque todavía la asocia a la moralina de los siglos pasados. Los artistas Dadá atacaban al espíritu guerrero, autoritario, patriótico, serio, le oponían una agresividad destructora por el absurdo, el infantilismo, la deliberada falta de esteticismo, las obras efímeras, los panfletos. Producían obras que jamás pudieran ser consideradas “bellas”. Basta ver por ejemplo L.H.O.O.Q. de Marcel Duchamp o asomarse a alguna de las veladas que Hugo Ball y sus amigos realizaban en el Cabaret Voltaire. Está aquí implícita la pregunta respecto de si el mundo en el que vivimos merece que los artistas produzcan objetos bellos, o si se trata en todo caso de algún tipo de colaboracionismo. El artista norteamericano Philip Guston, que había pertenecido al movimiento expresionista abstracto, horrorizado frente a la Guerra de Vietnam, cambia completamente su obra y se pregunta “qué clase de hombre soy, sentado en mi mesa, leyendo revistas, incubando una frustrada furia por todo, para luego entrar en mi estudio para ajustar un rojo a un azul.”
 

No es cuestión entonces de aprender a ver la belleza, de lograr educarnos para saber apreciar las obras de arte que en principio no lograban producir este efecto. Ya Immanuel Kant afirmaba que el sentimiento de lo bello es anterior a lo conceptual. Danto sostiene sobre la belleza que “cuando está ahí no hay que esforzarse en verla. Uno sí debe esforzarse, en cambio, para descubrir que un cuadro es bueno aunque no sea bello, cuando desde siempre habíamos supuesto que la belleza era el modo en que debía entenderse el valor artístico.” No hay que llamar belleza a lo que no lo es, a la profundidad, a la grandeza, a la superioridad, a la inteligencia. El Desnudo Azul de Matisse es un gran cuadro, pero no es bello. El espectador debe educarse, pero no justamente para saber apreciar la belleza. Quizás la lección principal de este libro sea muy simple. La belleza no es una propiedad que sea deseable en todos los casos para las obras de arte, al contrario, en algunas ocasiones puede resultar en un detrimento de la calidad de la obra. ¿En qué casos sí podemos afirmar su necesidad? Solamente cuando forma parte del significado de la obra en cuestión. La belleza nos invita a la contemplación, si queremos invitar al espectador a la acción, seguramente sea poco conveniente embellecer la obra. La resistencia contra la tiranía de la belleza (y de sus primas hermanas: la verdad y la bondad) debe seguir adelante, pero una vez derribados los ídolos, podemos también volver sobre nuestros pasos y utilizar los antiguos templos como lugares de paso y vestir las vetustas máscaras como escenarios para nuestros juegos.


por Diego Singer

miércoles, 29 de enero de 2014

Stanley Kubrick’s List of Top 10 Films (The First and Only List He Ever Created)



When, over the past weekend, I noticed the words “Stanley Kubrick” had risen into Twitter’s trending-topics list, I got excited. I figured someone had discovered, in the back of a long-neglected studio vault, the last extant print of a Kubrick masterpiece we’d somehow all forgotten. No suck luck, of course; Kubrick scholars, given how much they still talk about even the auteur’s never-realized projects like Napoleon, surely wouldn’t let an entire movie slip into obscurity. The burst of tweets actually came in honor of Kubrick’s 85th birthday, and hey, any chance to celebrate a director whose filmography includes the likes of Dr. StrangeloveThe Shining, and 2001: A Space Odyssey, I’ll seize. The British Film Institute marked the occasion by posting a little-seen list of Kubrick’s top ten films.


“The first and only (as far as we know) Top 10 list Kubrick submitted to anyone was in 1963 to a fledgling American magazine named Cinema (which had been founded the previous year and ceased publication in 1976),” writes the BFI’s Nick Wrigley. It runs as follows:

1. I Vitelloni (Fellini, 1953)
2. Wild Strawberries (Bergman, 1957)
3. Citizen Kane (Welles, 1941)
4. The Treasure of the Sierra Madre (Huston, 1948)
5. City Lights (Chaplin, 1931)
6. Henry V (Olivier, 1944)
7. La notte (Antonioni, 1961)
8. The Bank Dick (Fields, 1940—above)
9. Roxie Hart (Wellman, 1942)
10. Hell’s Angels (Hughes, 1930)

But seeing as Kubrick still had 36 years to live and watch movies after making the list, it naturally provides something less than the final word on his preferences. Wrigley quotes Kubrick confidant Jan Harlan as saying that “Stanley would have seriously revised this 1963 list in later years, though Wild Strawberries, Citizen Kane and City Lights would remain, but he liked Kenneth Branagh’s Henry V much better than the old and old-fashioned Olivier version.” He also quotes Kubrick himself as calling Max Ophuls the “highest of all” and “possessed of every possible quality,” calling Elia Kazan “without question the best director we have in America,” and praising heartily David Lean, Vittorio de Sica, and François Truffaut. This all comes in handy for true cinephiles, who can never find satisfaction watching only the filmmakers they admire; they must also watch the filmmakers the filmmakers they admire admire.

Edgar Bayley: Reconquista





1



esto lo digo por el flamenco y el polen
por el aire
por el viaje
que de tanto recorrer
y desandar
se me ha vuelto pan todo romero



2


si estoy o no estoy
(quimera verdad campana)
lo mismo da
para el mar y la araucaria



3


avanzan las sombras y las luces
poco a poco
en la bahía
¿estoy despierto?
¿juego mal?
¿elijo bien la flor de mi destino?

todo es igual
victoria o exterminio
igual al fondo de la gruta



4


la casa la partida
el comején la duda
y engaño altar portón estría
nada importan al topo y al orante



5


florecer florecer
una y otra vez
en la tormenta
agridulce escozor
molienda diaria
todo sirve



6


en este salir entrar
en este incendio
ni esparto ni exorcismo
ni manantial

ni cuenca taza
ni escafandra:
sin auxilios
nada más que el rumbo cierto



7


¿pero en qué ribera
hachón
o salamandra
surgirá la fe o la pregunta?



8


¡qué difícil el rostro
el ademán
la altura!
¡oh qué bueno es estar
de verdad
en todo instante
conservar el bastón en la borrasca
aventar la duda
la señal aciaga
madurar
cobijar la adormidera
inocencia y vigilia en una mano!



9


volver
entonces volver
al sueño
al mediodía
y dejar que convivan los jazmines
con los ojos de buey y los lagartos



10


dejar que un rostro oval
un piano
la sentina
surjan de improviso
en la negra muralla embanderada



11


esto veo lentamente
reconozco el monte y el camino








En Antología personal
Buenos Aires, Centro Editor de America Latina, 1983

LA SEGUNDA MANO DE BONNARD





A los ochenta años, Pierre Bonnard, además de hundido en las sombras de la viudez, segregado por la crítica, anotaba sobre la suerte de su obra: “Cuando mis amigos y yo quisimos desarrollar la búsqueda de los impresionistas, intentamos sobrepasar sus impresiones naturalistas del color. Fuimos más exigentes con la composición. Pero la marcha del progreso se precipitó, la sociedad dio la bienvenida al cubismo y al surrealismo antes de que nosotros lográramos lo que nos habíamos propuesto. Quedamos entonces suspendidos en el aire”. Bonnard nunca había sido un artista de ruptura y sus logros, no menores en su modestia, más bien parecen sosegados. Pintaba escenas familiares, paisajes. Se lo había tildado de artista burgués y conservador. Una y otra vez dibujaba y pintaba a Marie Boursin, que se hacía llamar Marthe, y era su compañera de toda la vida. Marthe era una maniática de la higiene. Y Bonnard la registró con pasión en numerosas “toilettes” que recuerdan a Degas. Evocándolo, Raymond Carver le dedicó un poema que supo traducir Esteban Moore: “Los desnudos de Bonnard”. Escribió Carver: “Su esposa./ Durante cuarenta años su modelo./ El la pintó una y otra vez. El desnudo/ de su último/ cuadro, es el mismo desnudo joven/ del primer cuadro. Su esposa./ El la recordaba joven. Los tiempos/ en que ella era joven. Su esposa, en la bañadera,/ en el tocador frente al espejo. Sin ropas./ Su esposa cubriéndose con las manos/ los pechos duros,/ mirando hacia el jardín,/ donde los rayos del sol desparraman/ tibieza y color./ Todas las especies vivientes floreciendo./ Ella joven y temerosa y excesivamente deseable/ en su desnudez. Cuando ella murió,/ él continuó pintando un poco más./ Fueron algunos paisajes, luego se murió./ Lo enterraron junto a ella./Su joven esposa”.


El poema de Carver intenta trasmitir una obsesión, la del tema, Marthe, y sus variaciones, las “toilettes”. La misma obsesión se proyectaba décadas después en otro país, en la literatura de Carver. Sus cuentos y poemas giran en torno del deterioro de las relaciones amorosas, la depresión, el alcoholismo, un crack up social y personal. Al leerlo parece escucharse siempre un electrodoméstico descompuesto. Carver le ha contado en un reportaje a Mona Simpson para el The Paris Review que tras escribir la primera versión de un cuento lo guardaba en un sobre y lo dejaba reposar un tiempo. Meses después volvía a la carga. Lo que explica esa precisión que había aprendido de su maestro John Gardner: “Si lo podés contar en quince palabras por qué no probar si podés hacerlo en diez”. De lo que se trata, en definitiva, es de no confiar en el impromptu de la inspiración, ese arrebato sospechoso. Tal fue su obsesión que, al publicarlos por segunda vez, eran una versión más afinada que la anterior. De forma tácita, su actitud ilumina su afinidad con Bonnard.


Ahora una anécdota que los conecta. Al recorrer un museo parisiense, un guardián se alarmó al sorprender a un viejo sentado frente a un desnudo de Bonnard. El viejo, paleta en una mano, pincel en la otra, trabajaba sobre el cuerpo de una mujer en una “toilette”. El guardián se lanzó a detenerlo queriendo impedir el ultraje. Lo que tardó en aclarar fue que el viejo tenía toda una buena razón del mundo en hacer lo que hacía. Corregía lo que para él eran unas imperfecciones del artista. También tardó en presentarse: Pierre Bonnard. El cuadro sobre el que estaba trabajando era suyo. Mito o verdad, la anécdota tiene su sentido. En especial si se tiene en cuenta una anotación encontrada en uno de los cuadernos del artista, el comentario que le había hecho alguna vez un pintor de brocha gorda: “Mire, señor, en pintura la primera mano siempre queda bien, en la segunda lo espero...”

martes, 28 de enero de 2014

Carlos Fuentes - Un fantasma tropical


Les contó que en el pueblo donde vivía junto al mar había muy poca gente rica y una de ellas, fabulosamente pudiente, según decía el rumor, era una mujer muy anciana que ya no salía nunca y que, según todos los chismes de las mujeres del pueblo, guardaba tesoros incalculables y joyas finísimas en rincones secretos de su casa blanca, enjalbegada, de dos pisos, con columnas resistentes a las mordidas del mar... Como nadie la veía desde hacía diez años, la gente empezó a darla por muerta. Y como nadie reclamaba su herencia, todos decidieron que el cuento de las joyas era perfectamente fantástico, que la señora sólo tenía bisutería. Y como la casa iba viniendo a menos, escarapeladas las columnas, llenos de goteras los porches y vencidas e inválidas las mecedoras traídas de la Nueva Orleans el siglo pasado, cuando eran la gran novedad gringa, el status symbol de los años 1860, cuando el auge de quién sabe qué, estaba claro que a nadie le interesaba reclamar ninguna herencia, si es que la señora invisible de verdad se había muerto.


Los más viejos decían haberla visto de joven. ¿Cuándo de joven, de joven cuándo? Pues allá por los años veintes, cuando las mujeres de la costa empezaron a cortarse el pelo a la bob, con alas de cuervo y nucas pelonas, falditas cortas y tacones altos, toda esa putería que nos llegó del norte... y ella no. Los que la vieron entonces dicen que ella, joven y hermosa como era, persistía en vestirse como antes, con faldas largas y botines de lazo, blusas oscuras bien abotonadas hasta el cuello, y uno como collar de la decencia, una corbatilla blanca como la luz de las seis de la mañana detenida por un camafeo. ¿Qué era el camafeo, qué describía, era un novio perdido, muerto, qué qué qué? Una mujer. Era el retrato de una mujer. Y cuando la futura anciana señora salía de su casa de pisos de mármol cuadriculados como un tablero de ajedrez, siempre se cubría con un parasol negro, pero su mirada no se la daba a nadie, sino a la mujer del camafeo que tenía prendido al pecho.

La espiaban. Recibía mujeres en su casa. Jamás un hombre. Una señora decente. Pero quién sabe si lo eran las mujeres que recibía. Pelonas, con collares largos cubriéndoles los escotes de satín por donde rebotaban las teticas de seda...

—Pero todo eso pasó hace mil años.

—No hay tal cosa. Nunca hubo mil años. Hubo novecientos noventa y nueve o hubo las mil y una noches. Odio los números redondos.

—Bueno, hace cuarenta y cuatro años, pon tú.

—Pongo yo, pues...

—La dieron por muerta. Es lo interesante.

Y yo que era un muchachito curioso, pero así, reventando de curiosidad, decidí aclarar el misterio de una vez por todas. Iba a cumplir los trece y pronto mi cuerpo ya no iba a caber entre las rejas que protegían la casa de la madama esta. De modo que una noche decidí colarme, pasadas las once, cuando el pueblo o ya se durmió, o ya se emborrachó. Apenas cupe entre dos barrotes. Me atarantó el olor de magnolia. Sentí crujir los tablones de la escalera que conduce al porche. La puerta de entrada estaba cerrada pero una ventana tenía los vidrios rotos. Me colé y me encontré en un vestíbulo que era como una rotonda de piso blanquinegro y un techo de emplomados donde un ángel desplegaba alas de pavorreal. De las puntas de las alas caían gotas espesas, aceitosas. Y entraba una luz que no era la de la noche, aunque tampoco la de la mañana. Una luz propia, me dije, sólo de esta casa. Esas cosas pasan en el trópico.

Entonces comencé a explorar. Varias puertas se abrían sobre la rotonda. Eran idénticas entre sí, como en los cuentos de hadas. Abrí la primera y me asustó un Buda de esos que constantemente mueven la cabeza y enseñan la lengua, asintiendo y burlándose.
Cerré apresuradamente y me fui a la siguiente puerta. Aquí tuve suerte. Era una biblioteca, lugar ideal, según las películas de miedo, para esconder cosas y apretar botones que descubren paneles corredizos etcétera. Ya conocen el rollo. Pero yo ya había leído en la escuela el cuento de Poe traducido por Cortázar, el de la carta robada. Allí se demuestra que el mejor lugar para esconder algo es el lugar más obvio, el más visible, que de tan visible se vuelve invisible. ¿Qué era lo más obvio en una biblioteca? Los libros. ¿Y entre los libros? El diccionario, el libro sin personalidad propia. ¿Y entre los diccionarios? El de la academia española, la lengua que hablamos todos.

Me fui sobre el libro de pastas de cuero claro y etiqueta roja, que veía todos los días en la escuela. Lo abrí y era lo que yo esperaba. Un libro hueco, una simple caja que abrí sin respirar apenas. Allí estaban las joyas de la vieja dama. Metí la mano para sacar la que más brillaba y allí debí conformarme. Pero ustedes ya saben lo que es la codicia cuando no hay conciencia y volví a meter la mano. Sólo que esta vez había allí otra mano que se me adelantó, tomó la mía con fuerza y me obligó a soltar el collar de perlas y mirar hacia la dueña de la mano helada, descarnada, que con tanta fuerza oprimía la mía.

No era dueña, sino dueño.

Era un hombre. Muy viejo, sin pelo, o más bien con mechones cenizos saliéndole de donde no debieran, las orejas y las narices y los rincones de los labios, un terrible anciano de dientes amarillos y ojeras pantanosas, de cuyo tacto nauseabundo (le apestaban las manos) me desasí con toda la fuerza de mis casi trece años para huir con la única joya que salvé... Me volteé para mirarlo. Ya les dije que mi curiosidad siempre me gana. ¡Va a ser mi perdición, muchachos! Quise ver de cuerpo entero a este espanto que se me apareció antes de la medianoche, ¡qué sería después de esa hora!

Era un hombre. Calvo, anciano, macilento y maloliente. Pero vestía como mujer. Un traje largo, antiguo, con botones, cerrado hasta el cuello, una corbatilla que fue blanca, mugrosa, amarilla, y el camafeo de una mujer bellísima, antigua, viva, muerta... ¿quién sabe?

Salí corriendo por donde entré. El espectro de la casa no me persiguió.

Dormí con mi brillante joya escondida bajo la almohada. Al día siguiente, di un pretexto para irme al puerto y enseñársela a un joyero judío que había emigrado de Amsterdam huyendo de los nazis. Me dijo la verdad: la joya no valía nada, era de las que se encuentran en las tiendas Woolworth en todo el mundo...

Pero nunca le conté a nadie lo que me había pasado. El pueblo siguió creyendo que la vieja había muerto y que su fortuna era un mito, puesto que nadie la reclamaba. Yo no dije la verdad. Ustedes son los primeros en oír mi historia. Agradézcanmela, que nuestras noches van a ser largas y mañana quién sabe si sigamos vivos...



En Cuentos sobrenaturales

lunes, 20 de enero de 2014

Remedio contra el insomnio

 




París, 1930. Man Ray, el fotógrafo nacido Emmanuel Radnitzky en Brooklyn, tiene insomnio. La vida le sonríe, está donde quiere estar, se codea con los mejores artistas de su tiempo, todos quieren ser fotografiados por él, pero él no puede dormir. No hay somnífero que le haga efecto, no hay método que lo ayude a conciliar el sueño, hasta que un norteamericano llamado William Seabrook le murmura en el oído que se acueste con una pistola cargada junto a la almohada.


Santo remedio. Agradecidísimo, Man Ray va hasta su hotel y le ofrece retratarlo. Seabrook había llegado a París rodeado del escándalo de sus tres libros de viaje: en el primero contaba cómo se había aventurado hasta los confines del desierto en Arabia para encontrar a una tribu de adoradores de Satán; en el segundo revelaba al mundo que en Haití había una magia llamada vudú que permitía que los muertos trabajasen para los vivos (a él le debemos la palabra zombis); en el tercero encontraba una tribu caníbal en Africa que le daba de comer carne humana. Para demostrar a los surrealistas que no mentía, compró a unos estudiantes de medicina unas lonjas de cadáver de la morgue y las cocinó él mismo y se las comió delante de los surrealistas, luego de que todos ellos declinaran el convite.


Man Ray llevó a su asistente y amante Lee Miller a la sesión de fotos con Seabrook. El los recibió en su hotel, en una suite enorme. En un rincón había una mujer desnuda en el piso, con las manos esposadas a una larga cadena, pero Seabrook se dispuso a posar como si nada. Lee Miller vio sobre una mesa una inquietante gargantilla de metal y preguntó si podía probársela. Seabrook se la puso, Man Ray los fotografió. Seabrook dijo que tenía que irse. Man Ray dijo que no habían terminado. Seabrook propuso que lo esperaran, él les haría subir comida, a la chica del rincón debían trozarle la comida y dejársela en un plato en el piso, ella comería de ahí, les daba la llave de las esposas sólo por alguna emergencia como que se incendiara el hotel pero en ningún otro caso debían soltarla, la cadena era lo suficientemente larga como para que llegara hasta el balde que había en el baño.


Cuando les subieron la comida, Man Ray liberó a la chica y le ofreció sentarse con ellos. Ella les contó que Seabrook no la dejaba lavarse pero eso era todo, otro cliente le daba latigazos, venía especialmente de Alemania con una valija llena de látigos, le daba un solo azote con cada uno y ponía un billete de cien francos sobre la cómoda antes; ver crecer el montón de billetes ayudaba, y además eran látigos de fantasía, así que no lastimaban tanto. Seabrook, en cambio, se conformaba con sentarse a mirarla con un vaso de whisky en la mano, y la llevaba con la cadena hasta los pies de su cama cuando se iba a dormir. La conversación no podía ser más amena, pero Seabrook volvió antes de lo esperado y se puso como un basilisco. “¡Han arruinado ocho días de amorosa tarea!” Echando fuego por los ojos se encaró con Man Ray, le murmuró unas palabras en idioma desconocido y lo echó a empujones de la suite.


Me faltó decir que Man Ray pintaba, además de sacar fotos. Cuando se cambió el nombre y partió rumbo a París, el plan era triunfar como pintor allá, pero a todos les gustaban más sus experimentos fotográficos que sus telas. Kiki de Montparnasse dijo una vez: “No poso para fotógrafos, sólo para pintores. Un fotógrafo no puede cambiar la apariencia de las cosas. Salvo Man Ray”. Le faltó agregar: pero no como pintor, que era lo que le decía siempre que lo veía luchando frente a una tela. Sin embargo, cuando escapó de París, Man Ray no llevó consigo ni sus cámaras ni sus negativos; sólo un puñado de sus lienzos favoritos, enrollados dentro de una alfombra. Una cosa era sacar fotos en París y otra ser fotógrafo en América, y Man Ray se negaba a ser eso en su tierra: allá quería exponer su pintura. Logró llegar en barco a Nueva York, aunque debió dejar en manos caritativas su enorme tela Les Amoreux, un par de labios gigantes que flotaban en el cielo. No pasó nada con sus cuadros en Nueva York, pero le ofrecieron una muestra en Los Angeles. Aceptó ir por una semana y terminó anclado allá toda la guerra, dando clases de pintura a las esposas de los ricos de Hollywood.


En 1945, recibió un inesperado telegrama de Seabrook, que acababa de llegar de Europa y traía algo que quería entregarle en mano. Junto al telegrama venía un pasaje en tren a Nueva York. Man Ray llegó hasta la suite de Seabrook en el Waldorf-Astoria. En un rincón había una mujer encadenada, desnuda pero cargada de joyas. Seabrook la presentó como su secretaria y la desestimó como si no existiera. Estaba muy borracho y muy frenético. De un baúl cerrado con llave sacó una tela enrollada y se la tendió a Man Ray. Era Les Amoreux. Seabrook dijo que no había sido fácil entrarla pero se lo debía, porque temía haberle echado una maldición muy poderosa la última vez que se habían visto. “He descubierto que mis poderes son superiores a lo que suponía, y no son del todo gobernables. Es mi deber decírtelo.” Man Ray estaba demasiado feliz por el reencuentro con su pintura (si había algún lugar en el mundo donde podían pagar dinero por ella era en las mansiones de Hollywood), no prestó atención a las palabras de Seabrook. Meses después llegó hasta Los Angeles la noticia de que Seabrook había muerto en el hospital psiquiátrico de Bellevue. Lo tenían internado porque lo encontraron desvariando por la calle. Aunque estaba atado con tiras de cuero a su cama logró engullir un frasco entero de somníferos. Cuando nadie reclamó el cadáver fueron al domicilio que figuraba en su billetera: una casita humilde de Nueva Jersey, cuya puerta estaba sin llave, y en cuyo interior encontraron a una mujer desnuda y cargada de joyas dentro de una jaula con la reja abierta, que dijo ser la esposa de Seabrook, y mostró documentos que certificaban el vínculo.


Man Ray volvió a París en cuanto pudo; es decir, cuando pudo recuperar su vandalizada casa en Montparnasse. Para entonces, dadaístas y surrealistas ya eran piezas de museo, el centro de la pintura mundial se había trasladado a Nueva York, pero a Man Ray no le importó porque por fin le ofrecieron la muestra de pintura que creía merecerse. Durante los tres días iniciales no fue nadie, pero entonces unos jovencitos vandalizaron la muestra y dispararon una pistola contra Les Amoreux, dejándole cinco orificios de bala. La compañía de seguros ofreció restaurarla y reinaugurar cuando estuviese lista. Man Ray prefirió dejarla como estaba y que la muestra continuara así. Fue la sensación de la temporada. Los viejos surrealistas salieron de sus sepulcros en vida y acudieron en masa atraídos por el escándalo, y por supuesto felicitaron a su colega, dando por obvio que los balazos los había mandado a disparar él, siguiendo el viejo adagio surrealista: “No hay nada que no pueda solucionarse con una pistola”, las mismas palabras que el difunto William Seabrook le había murmurado en el oído a Man Ray veinte años antes.



por Juan Forn 

lunes, 13 de enero de 2014

Kurt Vonnegut - Tango






En todas las solicitudes de trabajo que relleno, se piden los datos y las fechas de todo lo que he hecho hasta ahora con mi vida adulta y se advierte severamente contra la posibilidad de dejar períodos en blanco. Daría lo que fuera por un permiso para obviar los tres últimos meses, cuando trabajé de profesor particular en un pueblo llamado Pisquontuit; cualquiera que llame a mi antiguo jefe en busca de una evaluación sobre mi carácter, acabará con las orejas ardiendo.
En todos los formularios hay una pequeña sección titulada Observaciones donde puedo contar mi versión de lo acaecido en Pisquontuit, pero hay pocas posibilidades de que alguien entienda mi versión si no ha visto Pisquontuit. Y las posibilidades de que un hombre normal vea Pisquontuit son más o menos las mismas de tener una mano con dos escaleras reales de picas seguidas.
Pisquontuit es una palabra india que significa aguas brillantes y que los pocos privilegiados que conocen la existencia de la localidad pronuncian Ponit. Es una colección secreta de mansiones junto al mar. Se llega por un camino poco prometedor y sin señalización alguna que se separa de la carretera principal y desaparece en un bosque de pinos. En el bosque, junto a la rotonda de la entrada del camino, vive un guardia que se encarga de que los vehículos que no sean del término de Pisquontuit den la vuelta y se marchen por donde llegaron. Los coches de Pisquontuit son muy grandes o muy pequeños.
Trabajé allí como profesor particular de Robert Brewer, un amable y mediamente espabilado joven que estaba preparando el examen de acceso a la universidad y necesitaba ayuda.
Creo que puedo afirmar sin temor a equivocarme que Pisquontuit es la comunidad más selecta de los Estados Unidos. Mientras estuve allí, un caballero vendió su casa con el argumento de que sus vecinos eran «un bonito montón de estirados» y se volvió al lugar al que pertenecía, el elitista barrio de Beacon Hill, en Boston. Mi jefe, el padre de Robert, Herbert Clewes Brewer, dedicaba casi todo su tiempo a las regatas de veleros y a escribir cartas llenas de indignación que luego enviaba a Washington. Estaba indignado porque todas las mansiones de la localidad aparecían en los mapas del Estudio Geodésico de los Estados Unidos, que prácticamente cualquiera podía comprar.
Era una comunidad tranquila. Sus miembros habían pagado sumas espléndidas a cambio de paz y cualquier onda pequeña parecía un maremoto. En el corazón de mis problemas no había nada más violento ni bárbaro que el tango.
El tango es, por supuesto, un baile de origen hispanoamericano, generalmente en compás de cuatro por cuatro, con inclinaciones muy marcadas y pasos de tuerca sobre las puntillas de los pies. Un sábado por la noche, durante el baile semanal del Club Náutico de Pisquontuit, el joven Robert Brewer, mi alumno, que no había visto la ejecución de un tango en sus dieciocho años de vida, empezó a doblarse lentamente y a retorcer las puntillas de los pies. Sus movimientos eran vacilantes al principio, tan involuntarios como un escalofrío. La mente y la cara de Robert estaban en blanco cuando ocurrió. La embriagadora música hispana se introdujo por sus oídos, no encontró a nadie en casa bajo su marcial corte de pelo y tomó posesión de su largo y delgado cuerpo.
Algo hizo clic y atrapó a Robert en el mecanismo de la música. Su compañera, una sencilla y saludable chica con tres millones de dólares y un centro bajo de gravedad, forcejeó avergonzada y luego, al ver la expresión feroz de los ojos de Robert, sucumbió. Los dos se fundieron en uno. En uno que se movía muy deprisa.
Nunca se había hecho nada igual en Pisquontuit.
Bailar en Pisquontuit consistía en un cambio de peso casi imperceptible de un pie a otro, con los dos pies en el suelo y separados por una distancia de entre siete y catorce centímetros. Ese cambio de peso tan recatado servía para todos los tipos de música, desde la samba, el vals y la gavota hasta el fox-trot, el bunny hogy el hokey pokey. No importaba qué baile nuevo se pusiera de moda, porque Pisquontuit lo sofocaba con facilidad. Si la sala de baile hubiera estado llena de gelatina transparente hasta la altura de los hombros, no habría dificultado los movimientos de los bailarines. Ya puestos, se podría haber llenado hasta un punto situado justo por debajo de sus narices, porque su acuerdo en todos los temas era tan absoluto que las discusiones se habían reducido a una especie de taquigrafía verbal que se parecía al asma.
Y allí estaba Robert, cruzando y volviendo a cruzar la sala de baile como una motora.
Nadie prestó la menor atención a Robert y su acompañante mientras navegaban a toda velocidad y se escoraban. La indiferencia equivalía a la decisión de atar a un hombre al timón o de arrojarlo a una mazmorra en otros lugares y épocas. Robert se acababa de incluir en la misma categoría que el pobre diablo de Pisquontuit que pintó de negro la parte inferior de su barco, de otro que descubrió demasiado tarde que nadie salía a nadar antes de las once de la mañana y de uno más que no se pudo quitar la costumbre de decir «vale» por teléfono.
Cuando la canción terminó, la compañera de Robert se excusó, sonrojada y temblorosa, y el padre de Robert se unió a él junto al quiosco de música.
Cuando el señor Brewer estaba enfadado, metía la lengua entre los dientes y hablaba por los lados, retirándola únicamente para pronunciar las palabras con s.
—¡Por todos los santos, Bubs! —dijo a Robert—. ¿Qué crees que eres, un gigoló?
—No sé lo que ha pasado —se defendió Robert, colorado—. Nunca había bailado ese tipo de música... ha sido como si me volviera loco. Como volar.
—Considérate arrojado a las llamas —declaró el señor Brewer—. Esto no es Coney Island y no se va a convertir en Coney Island. Y ahora, pide disculpas a tu madre.
—Sí, señor —dijo Robert, conmocionado.
—Parecías un maldito flamenco jugando al fútbol —insistió el señor Brewer, que después asintió, metió la lengua en la boca, cerró los dientes con un clac y se marchó ofendido.
Robert pidió disculpas a su madre y se fue directamente a casa.
Robert y yo compartíamos una suite de dos dormitorios, un salón y un cuarto de baño, situada en el tercer piso de lo que se conocía como el chalet Brewer. Robert parecía dormido cuando volví a casa, poco después de la medianoche.
Pero a las tres de la mañana me despertó una música suave que procedía del salón y los sonidos de alguien que iba de un lado a otro, agitado. Abrí la puerta y sorprendí a Robert en el acto de bailar un tango en soledad. En el instante anterior a que me viera, sus narinas estaban ensanchadas y sus ojos, entrecerrados, parecían los ojos ardientes de un jeque.
Soltó un grito ahogado, apagó el tocadiscos y se dejó caer en el sofá.
—Sigue —dije—. Lo estabas haciendo bien.
—Supongo que nadie es tan civilizado como le gustaría creer —declaró Robert.
—Hay mucha gente decente que baila tango —alegué.
El apretó y relajó los puños.
—¡Ordinario, necio, grotesco! —exclamó.
—No está pensado para dar buena imagen, sino para sentirse bien.
—Eso no se hace en Pisquontuit —dijo.
Yo me encogí de hombros.
—¿Qué pasa con Pisquontuit?
—No pretendo ser maleducado, pero no lo entenderías.
—He dado suficientes vueltas por el mundo como para distinguir la clase de maniobras que se ejecutan por aquí —dije.
—Para ti es fácil hacer comentarios. Cuando no se tienen responsabilidades, reírse de todo es muy fácil.
—¿Responsabilidades? —pregunté—. ¿Tú tienes responsabilidades? ¿Hacia qué?
Robert miró a su alrededor con expresión malhumorada.
—Hacia esto... hacia todo esto —contestó—. Es de suponer que algún día estaré a cargo de todo esto. Tú, en cambio, eres libre como el viento; puedes ir y venir y reírte tanto como quieras.
—¡Pero Robert! Sólo es una propiedad inmobiliaria. Si te deprime, véndela cuando sea tuya.
Robert se quedó anonadado.
—¿Venderla? Mi abuelo construyó este lugar.
—Pues era un gran albañil.
—Es una forma de vida que está desapareciendo a toda prisa, en todo el mundo —afirmó Robert.
—Que vaya con Dios —dije.
—Si Pisquontuit se hunde, si todos abandonamos el barco, ¿quién va a preservar los viejos valores?
—¿Qué viejos valores? ¿Ponerse lúgubre con el tenis y las regatas?
—¡La civilización! —exclamó—. ¡El liderazgo!
—¿Qué civilización? ¿Te refieres al libro que tu madre insiste en que leerá algún día, aunque la mate? ¿Es que hay alguien aquí que vaya a alguna parte?
—Mi bisabuelo fue vicegobernador de Rhode Island —bramó.
Como necesitaba una réplica para la sentencia de Robert, encendí el tocadiscos. La habitación se volvió a llenar de tangos.
Llamaron suavemente a la puerta. Abrí y resultó ser Marie, la joven y bella criada del piso de arriba, que estaba en bata.
—He oído voces y he pensado que podían ser merodeadores —explicó. Sus hombros se movían levemente al ritmo de la música.
La tomé entre mis brazos, con facilidad, y fuimos bailando tango hasta el salón.
—Con cada paso que damos —dije—, traicionamos nuestros orígenes de clase media baja y hundimos la estaca un poco más en el corazón de la civilización.
—¿Cómo? —preguntó Marie, con los ojos cerrados.
Sentí una mano en el hombro. Robert, cuya respiración se había acelerado, tomó el relevo.
—Tras nosotros, el diluvio —sentencié mientras llenaba el cargador del tocadiscos.
Así empezó el vicio secreto de Robert. Y el de Marie y el mío.
Repetíamos el ritual casi todas las noches. Encendíamos el tocadiscos, Marie bajaba a investigar y después bailaba conmigo ante la mirada huraña de Robert. Luego, Robert se levantaba dificultosamente del sofá, como un anciano con artritis, y me sustituía sin decir nada. Era el equivalente en Pisquontuit a una misa negra.
Al cabo de tres semanas, Robert se había convertido en un bailarín magnífico y se había enamorado locamente de Marie.
—¿Cómo ha pasado? —me preguntó—. ¿Cómo ha podido pasar?
—Tú eres un hombre y ella es una mujer —respondí.
—Pero somos absolutamente diferentes.
— ¡Vive la diferencia absoluta!
—¿Qué puedo hacer? ¿Qué puedo hacer? —repitió, desconsolado.
—Proclamar tu amor.
—¿Por una criada? —preguntó con incredulidad.
—La realeza ha desaparecido o ha pasado a ser una simple palabra, Robert. Los descendientes del vicegobernador de Rhode Island no tienen más opción que casarse con plebeyos. Es como el juego de la silla.
—No tiene ninguna gracia —protestó amargamente.
—Bueno, no te puedes casar con nadie en Pisquontuit, ¿verdad? Ha habido un guardia en el bosque durante tres generaciones y, en la actualidad, todas las personas que están dentro son primos segundos por lo menos. El sistema lleva la semilla de su propia destrucción, salvo que se empiece a mezclar con los chóferes y con las criadas del piso de arriba.
—Recibimos sangre nueva constantemente —alegó Robert.
—No. La sangre nueva se marchó. Volvió a Beacon Hill.
—¿En serio? No lo sabía. Me he fijado en pocas cosas además de Marie. —Se llevó una mano al corazón—. Esta fuerza hace contigo lo que quiere hacer contigo; hace que sientas lo que quiere que sientas.
—Tranquilo, chico, tranquilo —dije, y empecé a interrogar a Marie, con cierta brusquedad, sobre si estaba o no estaba enamorada de Robert.
Por encima del ruido de la aspiradora, me dio respuestas evasivas y equívocas.
—Me siento como si hubiera creado a Robert a partir de la nada —declaró.
—Dice que le has mostrado al salvaje que lleva dentro.
—Eso es lo que quería decir. Que dudo que hubiera un salvaje en él cuando empezamos.
—Qué lástima. Con todas las molestias que se han tomado para mantener a los salvajes a distancia... Ya sabes que, si te casas con él, tendrás un salvaje muy rico.
—De momento, sólo es un bebé en una incubadora —afirmó con malicia.
—Para Robert, la vida está perdiendo todo su sentido. No eres consciente de lo que le estás haciendo. Ya ni siquiera le importa si gana o pierde en el tenis y las regatas.
Mientras yo hablaba del amor de otro y miraba a través de las anchas y azules ventanas del alma de Marie, un anhelo denso e insistente inundó mis sentidos.
—Ni siquiera sonríe cuando alguien pronuncia Pisquontuit como se deletrea —susurré, alargando las últimas sílabas de la frase.
—Supongo que lo siento terriblemente —declaró, picara.
Yo perdí la cabeza. La agarré de la muñeca.
—¿Me amas? —dije con voz baja y ronca.
—Quizás.
—¿Me amas? ¿O no me amas?
—Nunca se sabe con una chica a la que criaron para que fuera afectuosa y amable. Y ahora, permite que esa chica honrada siga con su trabajo.
Me dije a mí mismo que no había visto a una joven tan bella y tan honrada en toda mi vida. Cuando volví con Robert, yo era un rival celoso.
—No puedo comer, no puedo dormir —confesó.
—No me llores en el hombro —estallé—. Ve a hablar con tu padre y cuéntaselo. Que te compadezca él.
—¡Dios mío, no! ¡Menuda idea!
—¿Has hablado alguna vez con él, de alguna cosa?
—Bueno, durante una temporada tuvimos lo que él llamaba conocer al niño —respondió Robert—. Cuando yo era pequeño, solía reservar las noches de los miércoles para eso.
—Muy bien, entonces tienes un precedente para hablar con él. Recrea el espíritu de aquellos días. —Yo quería que se levantara del sofá para poder tumbarme y mirar el techo.
—Pero no se puede afirmar que habláramos exactamente. El mayordomo venía a mi habitación e instalaba el proyector de cine. Después, mi padre subía y proyectaba una película de Mickey Mouse durante una hora. Nos limitábamos a sentarnos en la oscuridad mientras la película pasaba.
—¡Erais uña y carne! ¿Qué puso fin a esa borrachera emocional?
—Una mezcla de cosas. Sobre todo, la guerra. Era jefe del servicio contra incursiones aéreas de Pisquontuit; estaba a cargo de la sirena y de todo, y le exigía mucho... Yo le cogí el tranquillo a pasar los carretes de película sin ayuda de nadie.
—Los niños de este lugar maduran pronto —dije, afrontando un bonito dilema. Como tutor de Robert, tenía la responsabilidad de que madurara; pero su inmadurez era mi mayor ventaja en nuestra rivalidad por Marie. Tras pensarlo mucho, tracé un plan que prometía convertir a Robert en un hombre y arrojar a Marie, libre y sin obstáculo alguno, a mis brazos.
—Marie —dije, tras alcanzarla en el pasillo—. ¿Es Robert? ¿O soy yo?
—¡Ssssss! Baja la voz. Abajo hay una fiesta, y el sonido baja por la escalera.
—¿Te gustaría liberarte de todo esto? —susurré.
—¿Por qué? Me gusta el olor a cera de muebles. Gano más dinero que mi amiga de la fábrica de aviones. Y conozco a gente de clase social muy alta.
—Te estoy pidiendo que te cases conmigo, Marie. Yo nunca me avergonzaría de ti.
Ella dio un paso atrás.
—¿Qué has querido decir con eso? Exijo saber quién se avergüenza de mí.
—Robert —respondió—. Te ama, pero su vergüenza es más fuerte que su amor.
—Pues parece contento de bailar conmigo. Nos lo pasamos bien.
—En privado —puntualicé—. A pesar de todos tus encantos, ¿crees que daría un solo paso de baile, contigo, en el Club Náutico? No lo haría por nada del mundo.
—Lo haría —dijo lentamente— si yo lo quisiera, si yo lo quisiera de verdad.
—Preferiría morir a bailar contigo. ¿Has oído hablar de los borrachos que sólo beben a solas? Pues bien, te has buscado un amante que sólo ama en privado.
La dejé con aquel pensamiento inquietante y me sentí satisfecho cuando, bien entrada la noche, vino a bailar y me lanzó una mirada de desafío. Sin embargo, no hizo nada fuera de lo común hasta que Robert se acercó a sustituirme. Normalmente, pasaba de mí a Robert sin abrir los ojos ni perder el paso. Esta vez se detuvo, con los ojos muy abiertos.
—¿Qué ocurre? —preguntó Robert, descendiendo hasta abajo y girando las puntillas de los pies mientras ella se quedaba rígida como un poste de hierro—. ¿Pasa algo malo?
—No —respondió Marie, brusca—. ¿Por qué iba a pasar algo malo?
Más tranquilo, Robert empezó a descender otra vez y a girar las puntillas, pero fracasó de nuevo al intentar que Marie aflojara el cuerpo.
—Pasa algo malo — afirmó él.
—¿Me encuentras atractiva, Robert? —preguntó Marie con frialdad.
—¿Atractiva? ¿Atractiva? —dijo Robert—. ¡Por Dios que sí! Debería haberlo dicho. Se lo diré a todo el mundo.
—¿Tan atractiva como cualquier chica de Pisquontuit de mi edad?
—¡Más! —exclamó Robert, vehemente, mientras retomaba el baile y volvía a fracasar—. ¡Mucho más! ¡Mucho, mucho más! —añadió, renunciando poco a poco a moverse.
—¿Y tengo buenos modales?
—¡Los mejores, Marie! —dijo Robert, perplejo—. Los mejores, rotundamente.
—Entonces, ¿por qué no me llevas al próximo baile del Club Náutico?
Robert se quedó tan rígido como ella.
—¿El Club Náutico? ¿El Club Náutico de Pisquontuit?
—El mismo.
—Marie te está preguntando —intervine yo, servicial— si eres un hombre o un ratón. ¿La vas a llevar al baile del Club Náutico? ¿O tiene que salir de tu vida para siempre y marcharse a la fábrica de aviones?
—En la fábrica de aviones necesitan una buena chica —comentó Marie.
—Nunca hubo una chica mejor —dije yo.
—En la fábrica de aviones, no se avergüenzan de sus chicas —dijo Marie—. Tienen picnics, fiestas de Navidad, despedidas de solteras y todo tipo de cosas... y los capataces, los jefes, el encargado y el interventor van a todas las fiestas, bailan con las chicas y se lo pasan bien. El interventor suele llevar a mi amiga a todas partes.
—¿Qué hace un interventor? —preguntó Robert, ganando tiempo.
—No lo sé, pero sé que se gana el pan con el sudor de su frente y que no ama sólo en privado.
Robert se quedó sin habla.
—¿Hombre? ¿O ratón? —dije yo, volviendo al tema original.
Robert se mordió el labio y, por fin, masculló algo que no pudimos entender.
—¿Qué has dicho? —preguntó Marie.
—Ratón —contestó Robert con un suspiro—. He dicho ratón.
Ratón —repitió Marie, suavemente.
—No lo pronuncies así —declaró Robert, desolado.
—¿Es que hay otra manera de decir ratón? —dijo Marie—. Buenas noches.
La seguí hasta el pasillo y dije:
—Bueno, ha sido duro para él, pero...
—Marie... —Robert apareció en la puerta, pálido—. No te gustaría. Lo odiarías. Lo pasarías terriblemente mal. Todo el mundo lo pasa terriblemente mal. Por eso he dicho ratón.
—Mientras suene la música y el caballero se enorgullezca de su dama, lo demás no importa —dijo Marie.
—Hum —dijo Robert. Volvió al salón y oímos crujir los muelles del sofá.
—¿Qué estabas diciendo? —preguntó Marie.
—Estaba diciendo que hacerlo pasar por esto ha sido duro —contesté—; pero a largo plazo, le hará bien. Se reconcomerá durante años, pero existe la posibilidad de que al final se convierta en el primer ser humano íntegro de la historia de Pisquontuit. Será una reacción larga, lenta y profunda.
—Escucha. Está hablando solo. ¿Qué dice?
—Ratón, ratón, ratón —decía Robert—. Ratón, ratón...
—Hemos encendido la mecha de una bomba espiritual de relojería —dije yo.
—Ratón, hombre, ratón, hombre... —continuó Robert.
—Y dentro de un par de años —añadí—, ¡pum!
—¡Hombre! —gritó Robert—. ¡Hombre, hombre, hombre! —Se había levantado y corría hacia el pasillo—. ¡Hombre! —exclamó como un salvaje antes de inclinar a Marie hacia atrás y besarla apasionadamente.
Después, la puso derecha y la llevó por las escaleras, hasta el segundo piso.
Yo los seguí, consternado.
—Robert —dijo Marie, asustada—, ¿qué pasa?
Robert golpeó la puerta del dormitorio de sus padres.
—Ya lo verás. ¡Le voy a decir a todo el mundo que eres mía!
—Oye, Robert —intervine—, tal vez deberías calmarte un poco y...
—¡Ajajá! ¡El gran desenmascarador de ratones! —exclamó, desaforado, y me derribó de un puñetazo—. ¿Qué te ha parecido eso? No está mal para un ratón, ¿verdad? —Volvió a golpear la puerta—. ¡Levantaos de la cama!
—No quiero ser tuya —declaró Marie.
—Iremos al Oeste, a alguna parte, y criaremos ganado o sembraremos soja —bramó Robert.
—Yo sólo quería ir a bailar al Club Náutico —susurró Marie, con temor.
—¿Es que no lo entiendes? —preguntó Robert—. ¡Soy tuyo!
—Pero yo soy de él —dijo Marie, señalándome. Se apartó de él y corrió escaleras arriba hacia su habitación, con Robert pisándole los talones. Cerró la puerta de golpe y echó el cerrojo.
Yo me levanté lentamente y me froté la mejilla dolorida.
La puerta del dormitorio del señor y la señora Brewer se abrió de repente. El señor Brewer se quedó en la entrada, mirándome fijamente, con la lengua entre los dientes.
—¿Y bien? —dijo.
—Yo... Esto... —acerté a decir con una sonrisa pétrea—. No importa, señor.
—¿Que no importa? —rugió—. ¿Golpea la puerta como si hubiéramos llegado al fin del mundo y ahora dice que no importa? ¿Está borracho?
—No, señor.
—Pues yo tampoco lo estoy. Mi mente está tan despejada como el cielo, y usted está despedido. —Cerró de un portazo.
Regresé a la suite que compartía con Robert y empecé a caminar de un lado a otro. Robert estaba tumbado otra vez en el sofá, mirando el techo.
—Ella también está haciendo las maletas —anunció.
—¿Qué?
—Supongo que os casaréis, ¿verdad?
—Supongo que sí. Tendré que buscar otro trabajo.
—Deberías dar gracias por lo que tienes. Le podría pasar a cualquiera, pero te ha pasado a ti.
—Tranquilízate un poco, ¿quieres?
—De todas formas, no quiero saber nada más de Pisquontuit —afirmó.
—Creo que haces bien.
—Me estaba preguntando si Marie y tú me podrías hacer un favorcito antes de que os vayáis.
—Lo que quieras.
—Me gustaría bailar con ella en la escalera. —Robert entrecerró los ojos y le brillaron como cuando lo sorprendí bailando un tango a solas—. Ya sabes, como Fred Astaire.
—Eso está hecho. No me lo perdería por nada del mundo.
El volumen del tocadiscos estaba al máximo y las veintiséis habitaciones del chalet Brewer latían al alba con el ritmo de la música.
Robert y Marie, una bonita pareja, se doblaron hacia el suelo y retorcieron las puntillas de los pies mientras bajaban por la escalera de caracol. Yo los seguí con mi equipaje y el de Marie.
De nuevo, el señor Brewer salió bruscamente de su habitación, con la lengua entre los dientes.
—¡Bubs! ¿Qué significa esto?
Cada vez que relleno una solicitud de trabajo, pienso que la respuesta de Robert a la pregunta de su padre fue innecesariamente heroica. Si no lo hubiera dicho, la actitud del señor Brewer hacia mí se habría suavizado con el tiempo. Pero ahora, cuando tengo que escribir su nombre, el de mi último jefe, lo emborrono con el pulgar con la esperanza de que mis patrones potenciales acepten mi sonrisa honrada como referencia suficiente.
—Significa, señor —respondió Robert—, que debería dar las gracias a mis dos amigos, aquí presentes, por haber sacado a su hijo de entre los muertos.



En Mientras los mortales duermen (cuentos)
Traducción de Jesús Gómez Gutiérrez
Copyright © 2011, Kurt Vonnegut
Título original While Mortals Sleep