miércoles, 18 de diciembre de 2013
Entrevista con Giuseppe Tornatore: "No me interesaba hacer una película realista"
Como en tantas otras trayectorias cinematográficas, en la carrera de Giuseppe Tornatore (1956) hay una mezcla de éxito e incomprensión del todo admirable. Pero, a diferencia de lo que suelen ser las filmografías de muchos directores, en el caso de Tornatore el éxito llegó pronto, con el éxito internacional de ‘Cinema Paradiso’ (Nuovo Cinema Paradiso, 1988) que se alzó con la estatuilla a la mejor película extranjera, aunque Tornatore siempre recuerda que el éxito de la película nunca fue en el momento de su estreno sino con su resonancia internacional.
La trayectoria posterior del cineasta ha sido, en mi opinión, infinitamente más interesante y variada. Ha filmado dos películas intimistas y magníficas, la olvidada comedia ‘Están todos bien’ (Stanno Tutti Bene, 1990), la que no ha dejado de ser su mejor película, ‘Una pura formalidad’ (Una pura formalità, 1994) y la bellísima ‘La leyenda del pianista en el océano’ (La leggenda del pianista sull’oceano, 1998).
En las últimas películas de Tornatore hay una cercanía italia. Desde la cercanía de nuevo autobiográfica con ‘Malèna’ (id, 2000) hasta ‘Baarià’ (id, 2009) su tanteo con el drama histórico. Ahora ha vuelto, con un nuevo éxito en taquilla en Italia, ‘La mejor oferta’ (La migliore offerta, 2013) un interesantísimo y sugestivo film que propone una sorprendente variante del thriller sin recurrir a violencia alguna. En su reparto, un magnífico Geoffrey Rush y un sorprendente Jim Sturgess, además de la revelación, al menos para el público español, de Sylvia Hoeks y la siempre solvente presencia de Donald Sutherland. Es una historia de deseo, amor y engaño.
Después de una rueda de prensa, nos sentamos a charlar con un Tornatore que parece responder a todas las cuestiones con bonhomia, alegría y trenzando su pensamiento vigoroso en cada nueva frase, entusiasta aunque repita, siempre amable. Debe saber el lector que la quinta pregunta contiene importantes revelaciones argumentales.
Aunque han sido muchas las comparaciones con Hitchcock, por aquello de contar una historia en la que hay un tipo de fobia y una mujer y un objeto de deseo, tengo que decir que lo que más me ha gustado de su película es que no hay ningún asesinato, ni prácticamente nada truculento, excepto en una escena. Es lo que, en mi opinión, la distancia más de Hitchcock y lo que me parece refrescante en el panorama actual: no hay asesinato, ni perversión. ¿Cómo concibió esta historia?
Muchas gracias. Es verdad que Hitchock es un maestro, pero, como ya he dicho antes, creo que la influencia trabaja de un modo inconsciente. Para mi era mucho más interesante crear un misterio y hacerlo a través del personaje y no sentí que debiera recurrir al asesinato, porque no era lo que pedía la historia. Sin embargo, debo decir, que cualquier historia funciona si sus personajes son interesantes, no creo que ningún efecto pueda suplir esto.
Creo que esta comparte muchos elementos con ‘Una pura formalidad’. Y uno que me ha parecido fascinante es la irrealidad que transmite la ciudad y el escenario, en ambas películas tiene mucha importancia. ¿Fue una decisión que tomó deliberadamente?
Sí, totalmente. De hecho, esa fue la razón por la cual me alejé completamente de Roma para rodar esta película. Cuando rodé ‘Cinema Paradiso’ o ‘Malena’ sabía que tenían que transcurrir en Roma porque eran películas totalmente autobiográficas. Pero si te fijas, esta película tiene muchos escenarios (Londres, Viena, Trieste, Praga) porque no podía suceder en Roma, sentía que tenía una relación muy estrecha con esa ciudad y que además sería demasiado familiar para mi. La idea principal en ambas películas fue que transcurrieran en espacios donde pudiera expresar el ánimo del personaje por encima de cualquier otra cosa. En este caso, no me interesaba hacer una película realista.
Es evidente que Geoffrey Rush está mereciendo todas las alabanzas que ha obtenido. Su interpretación es muy clásica, confidente y agradable, pero me gustaría saber cómo seleccionó a Sylvia Hoeks y por qué. Su personaje es francamente difícil, y su momento más dramático es hábilemente elidido. ¿Cuando se fijó en ella y por qué?
Fue una elección realmente complicada. Ninguna actriz aceptaba el papel, lógicamente. Hicimos muchos cástings, en Londres, en Roma, en Los Ángeles y no encontrábamos el perfil. ¡Imagine! Es un personaje que se pasa media película fuera de pantalla, debido a su fobia al exterior, y del que solamente oímos la voz. Un día, encontré a Hoeks en Los Ángeles y expresó un gran interés en el papel. Era una actriz holandesa y al verla supe que era el personaje. Porque, además de ser un personaje complicado, ella era un tipo de belleza muy peculiar: escribí el personaje sintiendo que podía ser muy bello en ocasiones pero que también podía resultar vulgar y Hoeks lograba ese efecto. Luego le pregunté lo que le interesó más del personaje y me dijo que cómo pensaba rodar esas escenas en las que ella está escondida y solamente habla a través de una puerta. Le dije que lo haríamos tal cual, con ella detrás de la puerta y que sería su voz la que se oiría. Me respondió que eso era lo que le interesaba del papel. Y así supe que solamente podía ser ella.
Una cualidad de su trabajo, una sorprendente, es que siempre logra sacar interpretaciones intimistas de sus personajes. De un actor tan legendario como Mastroianni logró un papel de hombre común, casi vecinal. Y aquí con Jim Sturgess, más conocido por sus roles juveniles, logra un papel lleno de aristas, sorprendente ¿Cómo trabaja con los actores?
Bueno, no es que haga un trabajo especialmente enfático con los actores, pero fue un honor trabajar con Mastroianni y ha sido un placer trabajar con Jim Sturgess. Lo que intento siempre es que el ambiente esté relajado y los personajes formen parte de la historia, tengan mucho sentido todo lo que hacen e incluso su papel en la ciudad. Cuando vi a Sturgess, supe que era esa clase de personaje y trabajamos con gran fluidez, sin mayor problema. Pero es que también hay un gran mérito en el enfoque.
Aunque hay, por supuesto, muchas de sus películas que rompen esto, aquí volvemos a una de sus constantes. La narración subjetiva. Es algo que ha aparecido en sus películas más optimistas, como ‘Cinema Paradiso’ o ‘La leyenda del pianista en el océano’ o en las más turbias. ¿Por qué le interesa ese tipo de narraciones?
Bueno (risas) ¡yo venía de rodar ‘Baarià’ (id, 2009)! Era un drama histórico, sabía muy bien que todo cuanto contara tenía que ser lo más objetivo posible y fue un reto, claro. En realidad, todo esto surge en el momento en el que me siento a escribir y me planteo cómo lo vería el personaje. Verás, la historia de ‘La mejor oferta’ la habríamos podido contar de mil maneras. A fin de cuentas, es una historia sencilla, de un hombre que es estafado y no se ha dado cuenta de ello hasta el final. Podíamos seguir los planes de los estafadores, como urden toda esa trama y como se escapan con el botín. Pero eso no me interesaba. A mi me interesaba quien era ese hombre y por qué se había dejado engañar. Qué mecanismos se fueron de él y una vez decidí eso, supe que la película solamente podía existir a través de su mirada, a partir de él. Fue una decisión temprana y estructural y por eso me interesó esta historia, porque era ese personaje el que despertaba mi curiosidad.
Por @Alvy_Singer
lunes, 16 de diciembre de 2013
Jean Baudrillard: La cirugía de la alteridad
La liquidación del Otro va acompañada de una síntesis artificial de la alteridad, cirugía estética radical, de la cual la cirugía de la cara y la del cuerpo no son más que el síntoma. Pues el crimen sólo es perfecto cuando hasta las huellas de la destrucción del Otro han desaparecido.
Con la modernidad, entramos en la era de la producción del otro. Ya no
se trata de matarlo, de devorarlo, de seducirlo, de rivalizar con él, de
amarlo o de odiarlo; se trata fundamentalmente de producirlo. Ya no es
un objeto de pasión, es un objeto de producción.
¿Es posible que el Otro, en su singularidad irreductible, se haya vuelto
peligroso o insoportable, y sea preciso exorcizar su seducción? ¿O más
sencillamente la alteridad y la relación dual desaparecen
progresivamente con el aumento de poder de los valores individuales? El
caso es que la alteridad se echa en falta, y que es absolutamente
necesario producir al Otro como diferencia, si no queremos vivir la
alteridad como destino. Esto sirve también para el cuerpo, el sexo y la
relación social. Para escapar al mundo como destino, al cuerpo como
destino, al sexo (y al otro sexo) como destino, inventamos la producción
del Otro como diferencia. Ocurre lo mismo con la diferencia sexual.
Querer desentrañar la inexplicable alteridad de lo masculino y de lo
femenino para devolver a cada uno de los dos a su especificidad y a su
diferencia es un absurdo; Pero eso es lo que hace, no obstante, nuestra
cultura sexual de liberación y de emancipación del deseo. Cada sexo con
sus características anatómicas, psicológicas, con su deseo propio, y
todas las peripecias irresolubles qué de ahí se deducen, incluida la
ideología del sexo y la utopía de una diferencia basada simultáneamente
en el derecho y en la naturaleza.
Este invento de la diferencia coincide con el de una nueva imagen de la
mujer, y por tanto con un cambio del paradigma sexual. Es la producción
por la histeria masculina, en las fronteras entre el siglo XIX y la
modernidad, de una imaginación de la mujer en lugar de la feminidad
robada (Christina von Braun, Nicht-Ich y Die schamlose Schönheit des Vergangenen,
1985, 1989). Es esta configuración histérica, es en cierto modo la
feminidad del hombre la que se proyecta en la mujer y la modela como
figura ideal a su imagen y semejanza. Ya no se trata, como en la figura
cortés y aristocrática de la seducción, de conquistar a la mujer, de
seducirla o de ser seducido por ella, se trata de producirla como utopía
realizada; mujer ideal o mujer fatal, metáfora histérica y
sobrenatural. El Eros romántico se encargó de poner en escena este
ideal: la mujer como resurrección proyectiva de lo mismo, figura gemela
casi incestuosa, artefacto condenado a partir de entonces a la confusión
amorosa, es decir a un patetismo de la semejanza ideal de los seres y
de los sexos. La diferencia sexual, el concepto de diferencia sexual que
se instala en el mismo impulso no es más que un subterfugio de la forma
incestuosa. En ella, hombre y mujer no son más que un espejo recíproco.
La separación y la diferencia les sirve para convertirse mejor en el
espejo, indiferente muchas veces, mutuo. Toda la mecánica erótica cambia
de sentido, ya que la atracción erótica que emanaba antes de la
extrañeza y de la alteridad se instala ahora en el lado de lo semejante y
lo parecido.
Así pues, El mundo sin mujeres de Martini no es tan alegórico
como pudiera parecer. Gracias al invento de una feminidad que hace
superflua a la mujer, que la convierte en una encarnación supletoria, la
mujer ha desaparecido realmente, si no físicamente, sí por lo menos
bajo el peso de una feminidad de sustitución.
Ni que decir tiene que esto vale también para el hombre, ya que lo que
éste transpone en el espejo teatral del papel y de la idea de la mujer
es su propia feminidad robada. Y si la mujer real parece desaparecer en
esta invención histérica, hay que ver que también el deseo masculino
pasa a ser completamente problemático, pues ya sólo es capaz de
proyectarse en su imagen y de convertirse de ese modo, en puramente
especulativo.
Así pues, todas las glosas sobre el privilegio sexual de lo masculino no
son más que tonterías. En la ilusión sexual de nuestro tiempo, existe
una especie de justicia inmanente que hace que, en esta diferencia en
trampantojo, ambos sexos pierdan conjuntamente su singularidad, ya que
su diferencia culmina inexorablemente en la indiferenciación. El proceso
de extrapolación de lo Mismo, de gemelización de los sexos (si la
gemelidad es un tema tan actual es porque refleja de este modo la
clonación libidinal), concluye en una asimilación progresiva que llega a
convertir la sexualidad en una función inútil, adelantándose a los
clones futuros, inútilmente sexuados, puesto que la sexualidad ya no
será necesaria para su reproducción.
La aparición de la problemática del «género» (gender) que
sustituye a la del sexo, ilustra esta dilución progresiva de la función
sexual. Estamos en la era de lo Transexual, donde los conflictos ligados
a la diferencia, e incluso los signos biológicos y anatómicos de la
diferencia, se perpetúan mucho después de que la alteridad real de los
sexos haya desaparecido.
Cuando, los sexos se miran sesgadamente el uno al otro, uno a través del
otro. El masculino bizquea sobre el femenino, el femenino sobre el
masculino. Ya no es la mirada de la seducción, es un estrabismo sexual
generalizado, que refleja el de los valores morales y culturales: lo
verdadero bizquea sobre lo falso, lo hermoso bizquea sobre lo feo, el
bien bizquea sobre el mal, y viceversa. Se conectan entre sí, en un
intento de desviación de sus signos distintivos. De hecho, son cómplices
para saltarse la diferencia. Funcionan como vasos comunicantes,
obedeciendo a unos nuevos rituales maquínicos de conmutación. La utopía
de la diferencia sexual culmina en la conmutación de los polos sexuales y
en el intercambio interactivo. En lugar de una relación dual, el sexo
se convierte en una función reversible. En lugar de la alteridad, una
corriente alternativa.
Es en la seducción, en la ilusión, en el artificio, donde se halla su
intensidad máxima, cuando cada uno de los sexos es fatal para el otro,
es decir portador de una alteridad radical. En términos naturalistas,
por el contrario, en los cuales se basa nuestra diferencia, y por
consiguiente nuestra «liberación», los sexos son menos diferentes de lo
que se cree. Tienen más bien tendencia a confundirse, por no decir a
intercambiarse. Lo que se ha «liberado» no es precisamente su
singularidad, sino su confusión relativa, y, claro está, una vez ha
quedado atrás la orgía y el éxtasis del deseo, su indiferencia
respectiva. ¿Cómo hablar de pasión en tal caso? Sería más bien de
compasión sexual. Ni siquiera se oye hablar mucho de deseo. Su declive
ha sido rápido en el firmamento de los conceptos. Se ha convertido en el
tema astral de una jerga, psicoanalítica y publicitaria.
La liberación siempre es naturalista: naturaliza el deseo como función,
como energía, como libido. Y esta naturalización de los placeres y de
las diferencias lleva también «naturalmente» a la pérdida de la ilusión
sexual. El sexo arrebatado al artificio, a la ilusión, a la seducción,
devuelto a su economía consciente o inconsciente (muy listo el que
afirme que ahí está la «realidad» del sexo). La mujer arrancada a su
condición artificial y devuelta a su ser natural, a su estatuto
«legítimo» de ser sexual, y a un reconocimiento jurídico. Ahora bien, la
seducción y la pasión no tienen nada que ver con el reconocimiento del
otro. La singularidad tampoco tiene nada que ver con la identidad o la
diferencia; se presenta como singular, ilegal, y basta. El
reconocimiento va acompañado de la diferencia, y ambas son virtudes
burguesas.
De todos modos, en esta historia de diferencia, siempre hay un término
más diferente que el otro. En efecto, la mujer es más diferente que el
hombre. Y no sólo más diferente que él, sino más que diferente, El
hombre sólo es diferente, la mujer es otra cosa: extraña, ausente,
enigmática, antagónica. Y para conjurar esta alteridad radical se ha
inventado la diferencia biológica, pero también psicológica, ideológica,
política, etc. Todo ello puede negociarse en una oposición pactada,
aunque sea en términos de correlación de fuerzas. Pero, hablando con
exactitud, esta oposición no existe, no es más que la sustitución de una
forma dual y disimétrica por una forma simétrica y diferencial. Es lo
mismo que decir que esta forma de compromiso «natural» es extremadamente
frágil. No se puede confiar en la naturaleza.
La mujer fatal, por su parte, nunca lo es como elemento natural. Lo es
como artificio, como seductora, como artefacto proyectivo de la histeria
masculina. La mujer ausente, ideal o diabólica, pero siempre
fetichizada, esa mujer construida, esa Eva maquínica, ese objeto mental,
se ríe de la diferencia de los sexos. Se fíe del deseo, y del sujeto
del deseo. Más femenina que lo femenino: la mujer-objeto. Pero no se
trata de alienación, se trata de un objeto mental, de un objeto puro
(que no se cree un sujeto), un ser irreal, maquillado, cerebral,
devorador de materia gris y libidinal. A través de ella, el sexo niega
la diferencia sexual, el propio deseo se tiende una trampa, el objeto se
venga. La mujer-objeto, la mujer fatal, se ríe de esta feminidad
histérica de esencia masculina. Se ríe de esta imagen especulativa con
una especulación incondicional, con un incremento de poder de su propia
imagen. Mediante una saturación de su condición de objeto, se convierte
en fatal para sí misma, y así es como llega a serlo para los demás. Lo
femenino se transparenta a través de los mismos rasgos del ideal
artificial que se le ha fabricado, no para alcanzar la mujer «real» que
se supone que debe ser, sino para alejarla aún más de su naturaleza y
hacer de ese artificio un; destino triunfante.
Pero los sexos tienen un destino asimétrico. El mismo jugárselo a doble o
nada que se le impone sobre el ideal-tipo de virilidad no es posible
para el hombre. No le queda más remedio que descartarse en lugar de
sobrepujar. Y si cada vez hay menos mujeres fatales es porque ya no
quedan hombres para caer en sus manos.
De todos modos, este histerismo respectivo de los sexos disminuye a
medida que la creencia de la naturaleza se borra en la época
contemporánea y estalla, con su «liberación», el carácter problemático y
ambiguo de la diferencia. La histeria fue la última forma de estrategia
fatal de la sexualidad. Así pues, no es casualidad que desaparezca
ahora después de haber fomentado las figuras extremas de la mitología
sexual de todo un siglo. Las estrategias fatales se borran ante la
solución final.
Ha aparecido un nuevo espectro de dispersión, y en este juego sexual de baja definición (Low Definition Sexual Game)
parece que nos deslizamos del éxtasis a la metástasis, la metástasis de
innumerables pequeños dispositivos de transfusión y de perfusión
libidinal, micro-argumentos de la insexualidad y de la transexualidad
bajo todas sus formas. Resolución del sexo en sus miembros sueltos, en
sus objetos parciales, en sus elementos fractales.
En este viraje sexual de la indiferencia, la única alternativa correspondería a la mujer.
Como quiere producirse a sí misma como diferencia, como ya no quiere ser
producida como tal por la histeria masculina, le corresponde producir
al otro de rebote, producir una nueva figura del otro como objeto de
seducción, de la misma manera que lo masculino lo ha conseguido en
cierto modo al producir una cultura de la imagen seductora de la mujer.
Es el problema de una mujer que se ha convertido en sujeto de deseo,
pero que ya no encuentra al otro que podría desear como tal (es el
problema más general de nuestra época: devenir-sujeto en un mundo donde
entretanto el objeto ha desaparecido). Pues el secreto no está jamás en
el intercambio equivalente de los deseos, bajo el signo de una
diferencia igualitaria, está en inventar al otro que sabrá jugar y
burlarse de mi propio deseo, diferirlo, suspenderlo, y por tanto
suscitarlo indefinidamente.
¿Acaso lo femenino es capaz actualmente de producir, ya que no quiere
encarnarlo, esta misma alteridad seductora? ¿Acaso lo femenino sigue
siendo suficientemente histérico como para inventar al otro?
Lamentablemente parece que nos estamos acercando al extremo inverso, es
decir, a la forma exacerbada de la diferencia, es decir, a la solución
final: el acoso sexual. Desarrollo último de la histeria femenina,
mientras la pornografía es el desarrollo último y caricaturesco de la
histeria masculina. En el fondo, son las dos vertientes de la misma
indiferencia histérica.
El acoso sexual: caricatura fóbica de cualquier aproximación sexual,
rechazo incondicional de seducir y de ser seducido. ¿Esta compulsión no
es más que la coartada de la indiferencia o bien oculta, como cualquier
síntoma alérgico, una hipersensibilidad al otro? El caso es que
cualquier veleidad de seducción, cualquier expresión del deseo, cae bajo
la inculpación de violación. Habría presunción de violación en cada una
de las fases de la relación, incluso conyugal, si no es expresamente
consentida. La ley italiana prevé como delito la inducción, es decir, no
forzar el deseo del otro, ni siquiera la seducción, sino el mero hecho
de inducir su consentimiento por cualquier tipo de gesto o de signo.
Convendría además, dentro de la misma línea, poner en el índice al
espermatozoide, ya que su esfuerzo por penetrar el óvulo es exactamente
el prototipo del acoso sexual (¿o tal vez existe inducción por parte del
ovario?).
¿Dónde comienza la violación, donde comienza el acoso sexual? Una vez
trazada la línea fronteriza, la línea de una diferencia inexpugnable
entre los sexos, no hay otra posibilidad de aproximación que la
violencia. Así por ejemplo, en una película de Bellochio, El veredicto,
el problema está en saber si la ha violado realmente, ya que ella ha
tenido un orgasmo. La acusación sostiene que sí, la defensa invoca el
consentimiento final de la víctima. Pero nadie se pregunta si el orgasmo
es o no una circunstancia agravante. Cabe sostener, en efecto, que
forzar el placer del otro, forzar su arrebato, es el colmo de la
violación, más grave que forzar al otro a darnos placer.
De todos modos, esto ilustra el absurdo de toda esta problemática. El
acoso sexual significa la entrada en escena de una sexualidad victimista
e impotente para constituirse en objeto o en sujeto de deseo en su
voluntad paranoica de identidad y de diferencia. Ya no es el pudor lo
que está amenazado por la violación sino el sexo, o mejor dicho la
estupidez sexista, que se hace justicia a sí misma.
Esto ilustra al mismo tiempo la situación sin salida de la diferencia.
El problema de la diferencia es irresoluble debido a que los términos
enfrentados no son diferentes, sino incomparables. Los términos que
estamos acostumbrados a enfrentar son mera y simplemente incompatibles,
lo que hace que el concepto de diferencia carezca de sentido. Así, lo
Femenino y lo Masculino son dos términos incomparables, y, si en el
fondo no existe diferencia sexual, se debe a que los dos sexos no son
enfrentables.
Esto vale para todas las oposiciones tradicionales. Cabe decir lo mismo del Bien y el Mal.
No están en un mismo plano, y su oposición es un señuelo. Lo malo es
precisamente la extrañeza, la impermeabilidad radical del Bien y el Mal,
que hace que no exista reconciliación, ni superación, ni, por tanto,
solución ética al problema de su oposición. La alteridad inexorable del
Mal cruza la eclíptica de la moral. Le ocurre lo mismo a la libertad
enfrentada a la información, leitmotiv de nuestra ética mediática: ese
conflicto es un falso conflicto, debido a que no existe una auténtica
confrontación, ya que los dos términos no están en un mismo plano. No
hay una ética de la información.
Lo que define la alteridad no es que los dos términos no sean
identificables, sino que no sean enfrentables entre sí. La alteridad
pertenece al orden de las cosas incomparables. No es intercambiable
según una equivalencia general, no es negociable, pero circula en las
formas de la complicidad y de la relación dual, tanto en la seducción
como en la guerra.
Ni siquiera se opone a la identidad: juega con ella, de la misma manera
que la ilusión no se opone a lo real sino que juega con ello, de la
misma manera que el simulacro no se opone a la verdad sino que juega con
la verdad —más allá, por tanto, de lo verdadero y de lo falso, más allá
de la diferencia—, de la misma manera que lo femenino no se opone a lo
masculino sino que juega con lo masculino, en algún lugar más allá de la
diferencia sexual. Los dos términos no se contraponen: el segundo juega
siempre con el primero. El segundo siempre es una realidad más sutil
que rodea al primero con el signo de su desaparición. Todo el esfuerzo
consistiría en reducir este principio antagónico, esta incompatibilidad,
a una simple diferencia, a un juego de oposición bien templado, a una
negociación de la identidad y de la diferencia en lugar de la alteridad
robada.
Todo lo que se pretende singular e incomparable, y no entra en el juego
de la diferencia, debe ser exterminado, bien físicamente, bien por
integración en el juego diferencial, donde todas las singularidades se
desvanecen en el campo universal. Es lo que ocurre con las culturas
primitivas: sus mitos han pasado a ser comparables bajo el signo del
análisis estructural. Sus signos han pasado a ser intercambiables a la
sombra de una cultura universal, a cambio de su derecho a la diferencia.
Negados por el racismo, o arrasados por el culturalismo diferencial,
significaba en cualquier caso para ellos la solución final. Lo peor está
en esta reconciliación de todas las formas antagónicas bajo el signo
del consenso y de la buena convivencia. No hay que reconciliar nada.
Hay que mantener abiertas la alteridad de las formas, la disparidad de
los términos, hay que mantener vivas las formas de lo irreductible.
En El crimen perfecto
Título original: Le crime parfait
Jean Baudrillard, 1995
Traducción: Joaquín Jordá
Foto: JB © Sophie Bassouls/Sygma/Corbis
domingo, 8 de diciembre de 2013
Tristan Tzara: Agua salvaje
los dientes hambrientos del ojo
cubiertos de hollín de seda
abiertos a la lluvia
todo el año
el agua desnuda
oscurece el sudor de la frente de la noche
el ojo está encerrado en un triángulo
el triángulo sostiene otro triángulo
el ojo a velocidad reducida
mastica fragmentos de sueño
mastica dientes de sol dientes cargados de sueño
el ruido ordenado en la periferia del resplandor
es un ángel
que sirve de cerradura a la seguridad de la canción
una pipa que se fuma en el compartimiento de fumadores
en su carne los gritos se filtran por los nervios
que conducen la lluvia y sus dibujos
las mujeres lo usan a modo de collar
y despierta la alegría de los astrónomos
todos lo toman por un juego de pliegues marinos
aterciopelado por el calor y el insomnio que lo colora
su ojo sólo se abre para el mío
no hay nadie sino yo que tenga miedo cuando lo mira
y me deja en estado de respetuoso sufrimiento
allí donde los músculos de su vientre y de sus piernas inflexibles
se encuentran en un soplido animal de hálito salino
aparto con pudor las formaciones nubosas y su meta
carne inexplorada que bruñen y suavizan las aguas más sutiles
De nos oiseaux
Versión castellana de Aldo Pellegrini
lunes, 2 de diciembre de 2013
René Char y nosotros
Marie-Claude Char me telefonea alborozada: “¡Gallimard decidió publicarlo!”. Y yo, tan exaltado como ella, me sentí parte de un milagro.
La célebre editorial lanza en París la correspondencia, hasta hoy inédita, que el gran poeta francés René Char (1907-1988) sostuvo entre 1952 y 1982 con nuestro Raúl Gustavo Aguirre (1927-1983), fundador y director de la revista de vanguardia Poesía Buenos Aires, que entre 1950 y 1960 lanzó una treintena de números y otros tantos títulos publicados.
En octubre Marie-Claude vino a Buenos Aires para rememorar aquel n.º 11-12 (1953) de Poesía Buenos Aires, obra de Aguirre, que constituye la primera versión de Char al castellano. Ella tenía todas las cartas de Raúl. Me preguntó por las de Char y me ocupé. Parecía imposible. Pero finalmente se produjo. Primero de a una y luego en grupos, fui descubriendo copias digitales.
Así como iban apareciendo, las enviaba a Marie-Claude. Ella estaba tan conmovida como yo. Gracias a su fidelidad y devoción, Gallimard ya prepara la primera edición de esa correspondencia invalorable, a la cual me pidieron que prologara, y que será presentada en el Salón del Libro de París, del 21 al 24 de marzo, dedicado a la Argentina.
Quien sepa aprovechar la escrupulosa bibliografía que culmina las Obras completas de René Char, bellamente editadas por Gallimard para su Bibliothèque de la Pléiade, acaso encuentre llamativo advertir que su primera traducción al castellano es del argentino Raúl Gustavo Aguirre, en el nº 11-12 (1953) de su revista Poesía Buenos Aires. Menos sorpresivo es que, tras figurar apenas en una selección colectiva de Madrid, el primer libro individual de Char en nuestro idioma también fuera traducido por Aguirre (1968).
Para mí, en cambio, los nombres de Raúl Gustavo Aguirre y de Poesía Buenos Aires, junto al de René Char, son algo muy personal, se unen directamente con mi vida ya que, en plena adolescencia, me vi convertido en el miembro más joven de la publicación.
Poesía Buenos Aires mantuvo su criterio central: “La abierta rebelión contra los supuestos formales de la poesía, contra las maneras tenidas por prestigiosas, contra las convenciones literarias” pero sin incurrir en nuevos dogmas. Al cerrar el n,º 25 (1957), Aguirre reitera: “Ninguna fórmula, ninguna receta, en conclusión, queda de todos estos años. Una vez más hay que decirlo: no sabemos qué es la poesía y, mucho menos, cómo se hace un poema”.
Característica esencial de Poesía Buenos Aires fue su carencia de astucia o complacencia, el desdén por la mal llamada “vida literaria”. De no ser convicción íntegra, ¿cómo explicar que, a diferencia de tantos, Aguirre ni pensó en obtener el más mínimo “provecho” exhibiendo su contacto con Char? ¿Cómo no admirar que lo mantuvo celosamente oculto incluso para nosotros, sus íntimos? En una carta de 1954, Raúl agradece a Char la lectura de sus poemas, que jamás reveló.
Esa correspondencia honra sin duda a ambos. Al gran poeta, porque lo confirma en su altura despojada, en su esencial fraternidad. Al joven, porque lo desnuda en su fervor y discreción. Y un poco a todos, si somos dignos de advertirlo. Y a la joven revista austral, libre y rebelde como ellos. Y a la misma poesía, que los unió y nos une.
por Rodolfo Alonso
jueves, 28 de noviembre de 2013
Franz Kafka - Desdicha
Cuando ya se volvía insoportable —en un atardecer de noviembre—, cansado de ir y venir por la estrecha alfombra de mi habitación, como en una pista de carreras, y de eludir la imagen de la calle iluminada, me volví hacia el fondo del cuarto, y en la profundidad del espejo encontré una nueva meta, y grité, solamente para oír mi propio grito, que no halló respuesta ni nada que disminuyera su vigor, de modo que ascendió sin resistencia, sin cesar ni siquiera cuando ya no fue audible; frente a mí se abrió en ese momento la puerta, rápidamente, porque hacía falta rapidez, y hasta los caballos de los coches piafaban en la calle enloquecidos como en una batalla, ofreciendo sus gargantas.
Como un pequeño fantasma, penetró una niña desde el oscuro corredor,
donde la lámpara no había sido encendida aún, y permaneció allí, de
puntillas, sobre una tabla del piso que se estremecía levemente. De
inmediato deslumbrada por el crepúsculo de mi habitación, intentó
cubrirse la cara con las manos, pero se contentó inesperadamente con
echar una mirada hacia la ventana, frente a cuya cruz el vapor
ascendente de la luz callejera se había al fin acurrucado en la
oscuridad. Con el codo derecho se apoyó en la pared, ante la puerta
abierta, permitiendo que la corriente que entraba le acariciara los
tobillos, y también el pelo y las sienes.
La miré un instante, luego le dije: "Buenas tardes", y tomé mi chaqueta,
que estaba sobre la pantalla frente a la estufa, porque no quería que
me viera así, a medio vestir. Permanecí un momento con la boca abierta,
para que la agitación se me escapara por la boca. Sentía un mal gusto en
la boca, las pestañas me temblaban, en fin, esta visita tan esperada no
me causaba ningún placer.
La niña seguía junto a la pared, en el mismo lugar; había colocado la
mano derecha contra la pared, y con las mejillas ruborizadas acababa de
descubrir con asombro que el muro encalado era áspero y le lastimaba la
punta de los dedos. Le dije:
—¿Me busca realmente a mí? ¿No habrá un error? Nada más fácil que
cometer un error en esta casa tan grande. Me llamo Tal-y-tal, vivo en el
tercer piso, ¿Soy acaso la persona que usted busca?
—Calle, calle —dijo la criatura volviendo la cabeza—, no hay ningún error.
—Entonces, entre del todo en la habitación, quisiera cerrar la puerta.
—Acabo de cerrarla yo. No se moleste. Sobre todo, cálmese.
—No es ninguna molestia. Pero en este corredor vive mucha gente, y
naturalmente todos son conocidos míos; la mayoría vuelve ahora de su
trabajo; cuando oyen hablar en un cuarto se consideran con derecho a
abrir la puerta y mirar qué ocurre. Siempre lo hacen. Esa gente ha
trabajado el día entero, y nadie podría amargarles su provisional
libertad nocturna. Además, usted lo sabe tan bien como yo. Permítame
cerrar la puerta.
—¿Cómo, qué le ocurre? ¿Qué pasa? Por mí, puede venir toda la casa. Y le
repito una vez más: ya he cerrado la puerta; ¿se cree que usted es el
único que sabe cerrar la puerta? Hasta la he cerrado con llave.
—Muy bien, entonces. No pido más. No hacía falta que cerrara con llave. Y
ahora que está usted aquí, le ruego que se considere como en su casa.
Es mi invitada. Confíe totalmente en mí. Póngase cómoda, sin temor. No
insistiré para que se quede, ni para que se vaya. ¿Necesito decírselo?
¿Tan mal me conoce usted?
—No. Realmente, no hacía falta que lo dijera. Aún más, no ha debido
decírmelo. Soy una criatura; ¿por qué entonces tantas ceremonias
conmigo?
—Exagera. Naturalmente, es una criatura. Pero no tan pequeña. Ha crecido
bastante. Si fuera una muchacha no se atrevería a encerrarse con llave
en una habitación, a solas con un hombre.
—No tenemos que preocuparnos por eso. Sólo quería decirle que el hecho
de conocerlo tan bien no me protege mucho, y sólo le evita a usted el
trabajo de mantener conmigo las apariencias. Y sin embargo, quiere hacer
cumplimientos. ¡Déjese de tonterías, se lo ruego, déjese de tonterías!
Debo decirle que no lo reconozco en todas partes y todo el tiempo, y
menos en esta penumbra. Sería mejor que encendiera la luz. No, mejor que
no. En todo caso, no olvidaré que acaba de amenazarme.
—¿Cómo? ¿Que yo la he amenazado? Pero escúcheme. Estoy muy contento de
que por fin haya venido. Digo "al fin" porque es tarde. No puedo
comprender por qué ha venido tan tarde. Es posible que la alegría me
haya hecho hablar desordenadamente, y que usted haya entendido mal mis
palabras. Admito todas las veces que usted quiera que tiene razón, que
todo ha sido una amenaza, lo que usted prefiera. Pero nada de peleas,
por Dios. ¿Cómo puede usted creer semejante cosa? ¿Cómo puede herirme de
ese modo? ¿Por qué desea con tanta intensidad estropear este breve
instante de su presencia? Un desconocido sería más condescendiente.
—No lo dudo; no es un gran descubrimiento. Yo estoy más cerca de usted,
por mi propia naturaleza, que el desconocido más condescendiente.
También usted lo sabe; entonces, ¿por qué toda esta tragedia? Si quiere
representar conmigo una comedia, me voy de inmediato.
—¿Ah, sí? ¿Se atreve también a decirme eso? Es casi demasiado atrevida.
Después de todo, está en mi habitación. Frotando los dedos como una loca
sobre la pared del cuarto.
¡Mi cuarto, mi pared! Y además, lo que usted dice no sólo es insolente,
sino también ridículo. Dice que su naturaleza la impulsa a hablar
conmigo de ese modo. ¿Realmente? ¿Su naturaleza le impulsa? Su
naturaleza es muy amable. Su naturaleza es la mía, y cuando yo por
naturaleza me siento amable hacia usted, usted no puede entonces
sentirse sino amable hacia mí.
—¿Le parece eso amable?
—Hablo de antes.
—¿Sabe usted cómo seré después?
—No sé nada.
Y me dirigí hacia la mesita de noche, y encendí la bujía. En aquella
época no tenía gas ni luz eléctrica en mi habitación. Luego me quedé un
rato sentado junto a la mesa, hasta que me cansé, me puse el abrigo,
cogí el sombrero sobre el sofá, y apagué la vela. Al salir tropecé con
la pata de una silla.
En Obras Completas
Traducción: Joan Bosch Estrada
miércoles, 20 de noviembre de 2013
Pat Martino, el genio del jazz que olvidó cómo se tocaba la guitarra
Siéntense y alucine con esta historia de tanto como lo hice yo cuando la escuché por primera vez. Su protagonista, Pat Martino, que era considerado ya como uno de los guitarristas más grandes de la historia del jazz cuando, a los 36 años, comenzó a sentir fuertes dolores de cabeza que apenas le dejaban moverse.
Tras las pruebas pertinentes, en 1980, los médicos le diagnosticaron un aneurisma cerebral severo que, si no operaban de inmediato, podría acabar con su vida. La intervención era complicada, pero no había alternativa. Al acabar la operación, los especialistas le comunicaron a su esposa dos noticias: una buena y otra mala. La buena era que Martino había sobrevivido y se encontraba bien. La mala, que no recordaba absolutamente nada de su vida anterior.
Aquel percance había borrado de un plumazo todos los recuerdos de su intensa vida. Un total de 36 años llenos de experiencias musicales al alcance de unos pocos privilegiados. Tras salir del quirófano no recordaba que había nacido en Filadelfia en 1944, el mismo día que las tropas Aliadas liberaban París. Tampoco se acordaba del inicio de su carrera como guitarrista profesional, con solo 15 años y gracias a un talento desbordante. Ni su incursión en las formaciones lideradas por saxofonistas como Willis Jackson, Red Holloway o Red Holloway, u organistas como Jimmy McGriff, Don Patterson, Jimmy Smith, Jack McDuff o Richard Groove Holmes. Ni que había girado con el gran John Handy, en 1966, con 22 años. Tampoco que a esa misma edad había comenzado a liderar sus propios grupos en sesiones para Prestige, Muse y Warner Bros. Ni había rastro en su cabecita del interés que había mostrado por la vanguardia jazzística, el rock, el pop y las músicas del mundo, las cuales había incorporado a su estilo hard bop, convirtiéndole en uno de los más grandes.
Toda esta vida desapareció entera de un golpe en tan solo unas horas de intervención quirúrgica. Apenas reconocía a sus padres, ni a él mismo, ni su carrera como músico. Y por encima de todo, había olvidado como se tocaba cada uno de los acordes que había aprendido, perdiendo por completo sus habilidades como guitarrista. No sabía ni lo que era un do. «No reconocía a mis padres, no tenía memoria ni de mi guitarra ni de mi carrera musical. Me encontraba vacío, desnudo, muerto», contaba años después.
Al principio sus padres le enseñaban las carátulas de sus discos y no reconocía ninguna. Después se puso a escuchar los discos que había grabado ese tipo al que no conocía de nada, contrariado y triste. Sin embargo, no se vino abajo y luchó contra su memoria perdida, tomando una decisión que le devolvería a la vida, a su anterior vida: convertirse otra vez en sí mismo, en su mejor imitador, en una especie de él reencarnado.
Pat Martino nos trae a la memoria a Django Reinhardt, que reaprendió a tocar la guitarra con los dos únicos dedos que le quedaron cuando se quemó el carromato en el que vivía cuando tenía 18 años. Para ello, Martino utilizó otro camino, el de sus propios discos, que se ponía una y otra vez tratando de sacar los acordes poco a poco, aprendiéndolos de nuevo como si fuera aquel niño al que sus padres le habían regalado una guitarra. Y así fue desenterrando su genio, que ya no era tan precoz.
Aquella batalla le llevó unos cuantos años. En 1984, comenzó a realizar con mayor intensidad largas e intensas sesiones de estudio escuchando aquellas históricas grabaciones y volvió a aprender a tocar su instrumento. Sus viejos discos se convirtieron en «viejos amigos que le ayudaron a recuperar la belleza y la honestidad de su música», dijo.
En 1987, tras años alejado de los estudios de grabación, sacó «The Return» (El Regreso). El nombre lo dice todo. Martino consiguió recuperar la forma, grabando de nuevo para Muse, Evidence y, finalmente, para el mítico sello Blue Note. Y volvió a ser uno de los mejores.
por Israel Viana
sábado, 16 de noviembre de 2013
Simon Leys: A propósito de Sartre
Hace doscientos cincuenta años, Samuel Johnson dijo con acierto: «A medida que el uso del tabaco disminuye, aumenta la insania». Los celosos funcionarios que han censurado, en los carteles de una exposición parisiense consagrada a Sartre, el tabaquismo de este último eliminando su perpetuo cigarrillo, lo único que han conseguido ha sido provocar la hilaridad de todo el planeta. Hasta la prensa de las antípodas se ha hecho eco de esta proeza, ya destacada en Londres por el TLS. Frívolo pretexto para hablar aquí de un gran escritor, pero mi propósito no es muy serio.
Los pieles rojas del Lejano Oeste consideraban a los locos y a los
idiotas criaturas inspiradas por Dios, y, como tales, les reservaban un
lugar de honor en sus tribus. Parece que los franceses hacen lo propio
con sus escritores ilustres: les toman por guías, les consultan sobre
todos los problemas y, cuando estos oráculos se equivocan —cosa que les
ocurre a menudo—, se les concede esa inmunidad de la que normalmente
sólo gozan los niños pequeños y los pobres de espíritu.
Somerset Maugham, que conocía bien Francia y la amaba, aprobaba esta
actitud y reprochaba a los ingleses que se la tomaran a risa: sólo un
filisteo puede encontrar cómico tomarse el arte en serio.
En la biografía de los grandes hombres, una sola anécdota es a veces más
reveladora que una montaña de información. En su edad madura, Sartre,
por haber olvidado durante mucho tiempo pagar sus impuestos, recibió un
día una reclamación colosal del Fisco. Consternado, se fue corriendo a
casa de su madre, que pagó en su nombre aquella cuenta espantosa. ¿Hubo
hipocresía en ello por parte de ese perdonavidas de las hipocresías
burguesas? En absoluto. Sólo dio muestras de esa espléndida
irresponsabilidad que a menudo es la marca y el atributo de las
inteligencias inspiradas. «El Cielo me ha dado mi genio —escribía el
inmenso poeta Li Po, cuando tiraba su fortuna por la ventana—, ¡tiene
que servir para algo!».
La irresponsabilidad —que es otro nombre de la felicidad— constituye un
privilegio denegado a la gente trabajadora y concienzuda, pobres diablos
sobre cuyos hombros descansa la marcha más o menos positiva de este
bajo mundo. En el fondo, la vida de Sartre fue una permanente comedia
fantástica: no hay posición más divertida, más seductora, más original
—y, en definitiva, mejor recompensada— que la del disidente en el seno
de una sociedad tolerante, estable y próspera. No obstante, por
placentero que sea, este lujo es efímero. En una carta a Virginia Woolf,
John Maynard Keynes profetizaba la muerte de Occidente: las nuevas
generaciones quieren disfrutar de todas las ventajas que les ha
proporcionado el mundo de sus padres, pero sin pagar ningún precio, como
sería cultivar los valores en que se fundamentaba este mundo. Esta
situación no puede durar; salta a la vista.
Pero estas cuestiones me sobrepasan. Si he vuelto a la lectura de Sartre
es por una razón estrambótica: mientras rehacía mi tercer tomo de La Mer dans la littérature française 9
lo releí desde un punto de vista marino. Esta perspectiva es
evidentemente absurda (lo que no le quita nada de su encanto): a Sartre
le horrorizaba la Naturaleza, rasgo que comparte, por otra parte, con
Baudelaire (para quien sólo contaban la Ciudad y el Artificio; y tres
inmortales poemas marinos no deben llamarnos a engaño al respecto);
ahora bien, el mar es la naturaleza llevada al paroxismo. No es de
extrañar que mi pesca no haya reportado gran cosa. He aquí el modesto
botín:
1. Algunos paisajes marinos en La náusea: observaciones raras y
breves, pero cuya fuerza de evocación hace pensar en esos fragmentos de
paisaje que forman el fondo de algunas telas de Degas. A éste tampoco le
gustaba la Naturaleza, y sin embargo le debemos algunas de las
sensaciones paisajísticas más agudas de todo el impresionismo.
2. Natación en el Mediterráneo: de vacaciones en la Costa Azul, Sartre
describe en una carta cómo, cuando nada, enseguida le domina una
insoportable angustia ante la idea de que los cangrejos vengan a comerle
el vientre, y ha de regresar cada vez a la orilla presa del pánico.
3. En Saint-Malo, el hecho de orinarse sobre la tumba de Chateaubriand:
Simone de Beauvoir ha contado este antiperegrinaje al Grand-Bé, y
Mauriac comentó de forma memorable esta «micción sartriana», y el giro
que supone para la historia de la sensibilidad literaria. Pero ¿de veras
estaba Sartre deshonrando a Chateaubriand? Lo dicho al final de su vida
hace dudar de ello: «Ser escritor es alcanzar la esencia del arte de
escribir, me refiero a los verdaderos escritores, Chateaubriand, por
ejemplo, o Proust». El genio de escribir comporta el riesgo espléndido
que se toma uno con las palabras: «Hay frases de Chateaubriand para las
que hace falta realmente valor».10
Notas
9 Simon Leys, T. 2, París, Plon, 2003.
10 Simone de Beauvoir; «Entrevistas con Jean-Paul Sartre, agosto-septiembre de 1979», en La ceremonia de los adioses, París, Gallimard, 1981.
En La felicidad de los pececillos. Cartas desde las antípodas
Título original: Le bonheur des petits poisons
Traductor: Monreal Salvador, José Ramón
©2008, Simon Leys
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