martes, 7 de enero de 2014

¿Cuáles son los países más lectores del mundo?

 No tienes que quemar libros para destruir una cultura.
Sólo haz que la gente deje de leerlos.
-Ray Bradbury



Los beneficios de leer son múltiples y comprobados. Estimula la creatividad, enriquece tu mapa referencial y refuerza tus procesos cognitivos, por ejemplo, afina tu memoria. En un plano colectivo, una sociedad que lee más, es una sociedad menos vulnerable, más inventiva e incluso su autopercepción es más solida. En este sentido, y de forma paralela a una lucha cívica y a exigencias como la transparencia y rendición de cuentas de sus gobiernos, y la regulación de sus élites, creo que lo mejor que podría estar haciendo una población es procurar la lectura.


De acuerdo con el World Culture Score Index, ranking que publica la firma NOP World, y que refiere la relación de diversos países, o mejor dicho de su población, con distintos hábitos culturales, entre ellos la lectura. Y al revisar este último apartado, los países que encabezan el hábito de leer es verdaderamente sorpresivo. Supongo que al igual que yo, la mayoría de nosotros pensaríamos que los países más lectores del mundo serían los escandinavos, Japón, quizá Alemania, pero lo cierto es que, al menos de acuerdo con este informe, en realidad es en los países asiáticos donde la gente está más entregada a esta provechosa práctica.  


El país que más lee en el mundo es India (y hasta ahora me entero que ocupa esa distinción desde 2005). Los indios dedican, en promedio, 10 horas y 42 minutos  semanales a leer. Los siguientes tres puestos también son ocupados por países de Asia, Tailandia, China y Filipinas, mientras que el quinto es, notablemente, para Egipto. Posteriormente viene la nación europea mejor ubicada, República Checa, seguida de Rusia, Suecia empatada con Francia, y luego Hungría empatada con Arabia Saudita. En cuanto a América Latina el país más lector es Venezuela, en el sitio 13, y luego vienen Argentina en el 17 y México en el 24 (con promedios de lectura que rondan la mitad de tiempo de lo que se dedica en India).




Llama la atención que las dos economías con mayor potencial, China e India, estén acompañando con educación su crecimiento explosivo en industria, mercado y otros. Esto sugiere que su desarrollo no sólo responde a que sean por mucho las dos poblaciones más grandes del planeta, sino a una cierta inteligencia y estrategia. Por otro lado, no deja de ser lamentable confirmar un indicio más de que los latinoamericanos, a diferencia de los asiáticos, estemos aún lejos de la madurez necesaria para, eventualmente, tomar el relevo de manos de Europa y Estados Unidos, a la cabeza del desarrollo económico y cultural.


En fin, quizá el hecho de estar entre los países que más tiempo dedican a la lectura no le asegure a su población un mejor futuro de acuerdo a las variables macroeconómicas o de ‘progreso’, y ni siquiera a los estándares de civismo o felicidad, pero al menos me parece que es un valioso indicador de madurez, y sin duda, permite la construcción de un panorama más rico e interesante –algo que tarde o temprano se materializará en mejores condiciones de vida.

lunes, 6 de enero de 2014

Haruki Murakami: El hombre de hielo



Me casé con un hombre de hielo.
Encontré al hombre de hielo en el hotel de unas pistas de esquí. Es posible que aquél fuera el lugar más indicado para conocerlo. En el vestíbulo de aquel bullicioso hotel, atestado de gente joven, el hombre de hielo estaba solo, leyendo tranquilamente un libro en el rincón más alejado de la estufa. Ya casi era mediodía, pero a mí me dio la impresión de que la límpida y fría luz de la mañana todavía seguía brillando sólo a su alrededor.
—¡Mira! Aquél es el hombre de hielo —me susurró una amiga. Pero yo, entonces, no tenía la menor idea de qué era un hombre de hielo. Tampoco mi amiga lo tenía muy claro. Lo único que sabía era que se llamaba de ese modo.
—Seguro que está hecho de hielo. De ahí le debe de venir el nombre —me dijo ella con una expresión muy seria. Como si hablara de algún fantasma o de alguna víctima de una enfermedad contagiosa.
El hombre de hielo era alto y sus cabellos, a ojos vista, rígidos. De cara parecía joven, pero su pelo, tieso como el alambre, estaba entreverado de algo blanco como la nieve cuajada en el suelo. Sin embargo, dejando eso aparte, su aspecto no difería apenas del de un hombre normal. No se le podía llamar guapo, pero, según cómo te lo miraras, tenía un aire muy atractivo. Había algo punzante en él que se te clavaba muy hondo en el corazón. Y ese algo residía, especialmente, en su mirada. En sus ojos silenciosos y transparentes que centelleaban como un carámbano en una mañana de invierno. Aquellos ojos parecían poseer un destello de vida verdadera dentro de un cuerpo transitorio. Permanecí unos instantes allí de pie, contemplando desde lejos al hombre de hielo. Pero él no alzó la cabeza ni un solo instante. Siguió leyendo el libro, inmóvil, sin hacer ningún movimiento. Como si estuviera convenciéndose a sí mismo de que estaba completamente solo.
La tarde del día siguiente, el hombre de hielo se encontraba en el mismo lugar, leyendo el mismo libro. Tanto al mediodía, cuando fui al comedor a almorzar, como al atardecer, cuando volví de las pistas con mis amigos, él estaba en la misma silla del día anterior proyectando la misma mirada sobre las páginas del mismo libro. Al día siguiente, igual. Cayera la tarde, avanzara la noche, él seguía allí, solo, leyendo con una placidez semejante a la del invierno al otro lado de la ventana.
En la tarde del cuarto día, esgrimí una excusa y no subí a las pistas. Me quedé sola en el hotel y estuve vagando un rato por el vestíbulo. Todo el mundo había ido a esquiar y el vestíbulo estaba desierto como una ciudad abandonada. El aire, muy caliente y húmedo, contenía un extraño tufo melancólico. Era el olor de la nieve que la gente arrastraba, adherida a la suela de sus botas, al interior del hotel, y que en ese momento se deshacía ante la estufa sin que a nadie le importara.
Atisbé afuera por una ventana, y por otra, hojeé el periódico. Luego me acerqué al hombre de hielo dispuesta a dirigirle la palabra. Yo soy más bien tímida, no suelo abordar a desconocidos si no tengo necesidad. Pero, en aquel momento, algo me impelía a hablar, a toda costa, con el hombre de hielo. Era mi última noche en el hotel y, si perdía aquella ocasión, ya no se me volvería a presentar otra.
—¿Usted no esquía? —le pregunté intentando dar a mi voz un tono natural.
Él alzó la cabeza despacio. Con cara de estar pensando: «No sé por qué, pero me ha dado la impresión de haber oído soplar el viento a lo lejos». Me clavó aquellos ojos suyos. Luego sacudió la cabeza en silencio.
—No, yo no esquío. Me basta con estar aquí leyendo mientras contemplo la nieve. —Sus palabras formaban una blanca nube parecida al bocadillo de un manga. Yo pude ver las palabras, tal y como lo digo, con mis propios ojos. Él les quitó la escarcha frotándolas suavemente con el dedo.
Yo ya no supe qué añadir a continuación. Me ruboricé y me quedé allí plantada. El hombre de hielo me miró a los ojos. Me pareció verlo sonreír por un instante. Pero no estoy segura. ¿Había sonreído realmente? Quizá sólo me había dado esa impresión.
—¿Por qué no se sienta un momento? —me dijo el hombre de hielo—. Podemos hablar un rato si quiere. Tengo la sensación de que usted siente curiosidad por mí. Debe de querer saber cómo es un hombre de hielo, ¿verdad? —Y se rió, aunque sólo un instante—. No se preocupe. Aunque hable conmigo, no va a resfriarse.
Así que hablé con el hombre de hielo. Nos sentamos juntos en un sofá de un rincón del vestíbulo y hablamos con reserva mientras contemplábamos la nieve que danzaba al otro lado de la ventana. Yo pedí un cacao y me lo bebí. Él no tomó nada. El hombre de hielo no parecía mejor conversador que yo. A eso hay que añadir que no teníamos en común ningún tema de conversación. Primero hablamos del tiempo. Luego, de lo cómodo que era el hotel. ¿Está aquí solo?, le pregunté. Sí, me respondió. El hombre de hielo me preguntó si me gustaba esquiar. No mucho, le respondí. La verdad es que he venido porque mis amigas insistieron mucho. Pero yo apenas sé esquiar. Yo me moría de ganas de saber cómo era el hombre de hielo.
Si era verdad que estaba hecho de hielo. Qué comía. Dónde vivía en verano. Si tenía familia o no... Ese tipo de cosas. Pero el hombre de hielo parecía reticente a hablar de sí mismo. Y yo no me atrevía a preguntar. Porque pensaba que, tal vez, a él no le apeteciera tocar esos temas.
En cambio, sí habló de mí. Es realmente difícil de creer, pero el hombre de hielo, fuera por la razón que fuese, me conocía a fondo. La composición de mi familia, mi edad, mis aficiones, mi estado de salud, la universidad a la que iba, los amigos con quienes salía, lo sabía absolutamente todo. Incluso conocía al dedillo cosas de un pasado lejano que yo ya había olvidado por completo.
—No lo entiendo —le dije sonrojándome—. Me da la impresión de haberme quedado desnuda delante de la gente. ¿Cómo es posible que sepas tantas cosas de mí? —le pregunté—. ¿Puedes leer la mente de las personas?
—No, yo no puedo leer la mente de los demás. Pero lo sé. Así, sin más —dijo el hombre de hielo. Como si clavara la mirada en el interior del hielo—. Si te miro así, fijamente, puedo saberlo todo sobre ti.
—¿Ves el futuro? —le pregunté.
—El futuro no lo conozco —me dijo el hombre de hielo con semblante inexpresivo. Y sacudió la cabeza despacio—. El futuro no me interesa lo más mínimo. A decir verdad, en mí no cabe el concepto de futuro. Porque en el hielo no existe el futuro. Sólo contiene el pasado, y lo contiene cerrado de una manera hermética. Dentro de él existe la totalidad de las cosas, nítidamente selladas como si estuvieran vivas. El hielo es capaz de conservar muchas cosas de esta forma. De una manera limpia y clara. Ésta es la función del hielo, su esencia.
Nos seguimos viendo incluso después de volver a Tokio. Pronto empezamos a quedar todos los fines de semana. Pero nunca íbamos al cine, ni entrábamos en una cafetería. Tampoco comíamos juntos. Porque el hombre de hielo apenas comía.
Siempre nos sentábamos en el banco de algún parque y hablábamos. Hablábamos realmente de muchas cosas. Pero, por más tiempo que pasara, el hombre de hielo no parecía decidirse a hablar de sí mismo.
—¿Por qué? —le pregunté—. ¿Por qué no hablas nunca de tus cosas? A mí me gustaría saber más cosas sobre ti. Dónde has nacido. Quiénes son tus padres. Cómo te has convertido en un hombre de hielo.
El hombre de hielo se me quedó mirando unos instantes a los ojos. Luego, sacudió la cabeza despacio.
—Es que yo no lo sé —dijo el hombre de hielo con tono calmado, pero resuelto. Y exhaló una compacta y blanca nube de aliento—. Yo no tengo pasado. Yo conozco el pasado de todas las cosas. Conservo el pasado de todas las cosas.
»Pero en mí no hay pasado. No sé dónde he nacido. No conozco el rostro de mis padres. Ni siquiera sé si realmente los he tenido. Ni siquiera sé cuántos años tengo.
»Ni siquiera sé si, en verdad, tengo edad.
El hombre de hielo estaba solo como un iceberg en medio de las tinieblas.
Y yo me enamoré profundamente del hombre de hielo. Y el hombre de hielo amaba, simplemente, a mi yo del presente, sin pasado, sin futuro. Y yo amaba al hombre de hielo del presente, sin pasado ni futuro. Era maravilloso. Incluso empezamos a hablar de casarnos. Yo acababa de cumplir veinte años. Y el hombre de hielo era el primer hombre de quien me enamoraba en serio en toda mi vida.
Qué significaba amar al hombre de hielo era algo que yo, en aquellos momentos, no podía ni imaginar. Pero creo que, aunque hubiera estado enamorada de otra persona, tampoco lo hubiera sabido.
Mi madre y mi hermana mayor se opusieron de forma categórica a mi boda con el hombre de hielo. Eres demasiado joven para casarte, me decían. Ni siquiera conoces exactamente su identidad. Ni siquiera sabes dónde ha nacido, ni cuándo.
¿Cómo vamos a decirles a nuestros parientes que te casas con un tipo así? Además, ¡él es de hielo! ¿Qué harías si, por casualidad, se te deshiciera?, decían ellas.
Parece que no lo entiendas, pero al casarse, uno tiene que estar dispuesto a asumir una serie de responsabilidades. ¿Y cómo puede un hombre de hielo asumir sus responsabilidades como marido? Pero esas preocupaciones eran innecesarias. En realidad, el hombre de hielo no estaba hecho de hielo. El hombre de hielo sólo era frío como el hielo. Por lo tanto, aunque estuviera en un sitio cálido, no se derretía. Su frialdad se parecía al hielo. Pero su cuerpo no se componía de hielo. Y aunque ciertamente era de una frialdad extrema, ésta no robaba la temperatura corporal de los demás.
Y nos casamos. La nuestra fue una boda sin felicitaciones. Ni mis amigos, ni mis padres, ni mis hermanas, nadie se alegró de nuestro casamiento. Ni siquiera celebramos la ceremonia nupcial. Tampoco pudimos inscribirnos en el registro civil porque él no tenía certificado de nacimiento. Simplemente, los dos decidimos que nos habíamos casado. Compramos un pequeño pastel y nos lo comimos. Ésa fue nuestra pequeña celebración. Alquilamos un pequeño apartamento y el hombre de hielo, para ganarse la vida, entró a trabajar en unos almacenes frigoríficos de carne de ternera congelada. Él resistía muy bien el frío y, por más que trabajara, no se cansaba. Apenas comía. Por lo tanto, su jefe lo tenía en gran estima. Y le pagaba un sueldo mucho más alto que a los demás empleados. Y nosotros vivíamos tranquilos y felices sin que nadie nos molestara y sin molestar a nadie.
Cuando nos abrazábamos, yo pensaba en un bloque de hielo que debía de existir, silencioso y solo, en alguna parte. Me preguntaba si el hombre de hielo conocía el lugar donde se encontraba aquel bloque. Era una roca de hielo congelada, tan dura que costaba imaginar que pudiera existir algo más duro. Era el bloque de hielo más grande del mundo. Se encontraba en algún lugar remoto. El hombre de hielo traía a este mundo el recuerdo de aquel bloque de hielo. Al principio, cuando me abrazaba, me sentía invadida por el desconcierto. Sin embargo, pronto me acostumbré. Incluso empecé a amar encontrarme entre sus brazos. Él seguía sin decir una palabra sobre sí mismo. Tampoco sobre cómo se había convertido en un hombre de hielo. Yo no le preguntaba nada. Nos abrazábamos en la oscuridad y compartíamos en silencio aquel bloque gigantesco.
Dentro de ese hielo estaba encerrado con pulcritud todo el pasado del mundo a lo largo de cientos de millones de años.
En nuestro matrimonio, no existía ningún problema propiamente dicho. Nos amábamos de forma profunda el uno al otro, nadie se interponía en nuestro amor.
La gente que nos rodeaba no acababa de acostumbrarse al hombre de hielo, pero, a pesar de ello y con el paso del tiempo, al menos empezaron a dirigirle la palabra.
Empezaron a decir que, en fin, tampoco era tan diferente de la gente normal. Pero ellos, en el fondo de su corazón, no aceptaban al hombre de hielo ni, por supuesto, tampoco a mí por haberme casado con él. Nosotros éramos un tipo de personas distinto a ellos y, por más tiempo que pasara, esa zanja era imposible de rellenar.
Tampoco lográbamos concebir un hijo. Quizás entre un ser humano y un hombre de hielo hubiera incompatibilidades genéticas que lo impidieran. En cualquier caso, al no tener ningún niño, a mí me sobraba el tiempo. Por la mañana arreglaba la casa en un santiamén y, luego, no tenía nada más que hacer. Carecía de amigos con quienes charlar o ir a alguna parte, tampoco conocía a nadie en el barrio. Mi madre y mis hermanas todavía estaban enfadadas conmigo por haberme casado con el hombre de hielo y no me dirigían la palabra. Para ellas yo era la oveja negra de la familia, alguien de quien se avergonzaban. Ni siquiera contaba con alguien con quien hablar por teléfono. Mientras el hombre de hielo trabajaba en el almacén frigorífico, yo permanecía siempre en casa leyendo o escuchando música. Por mi carácter, yo era una persona a quien le gustaba más estar en casa que salir, tampoco me asustaba la soledad. Sin embargo, todavía era joven y pronto me agobió esa sucesión de días idénticos sin cambio alguno. Lo que me hacía sufrir no era el aburrimiento. Lo que yo no podía soportar era la reiteración. No sé por qué, pero empecé a verme a mí misma como una sombra repetida dentro de esa reiteración.
Entonces, un día se lo propuse a mi marido. ¿Por qué no hacíamos un viaje, para cambiar de aires?
—¿Un viaje? —dijo el hombre de hielo. Me miró con los ojos entrecerrados—. ¿Y por qué diablos quieres ir de viaje? ¿Acaso no eres feliz aquí conmigo?
—No se trata de eso —le dije—. Yo soy feliz. Entre nosotros no hay ningún problema. Pero me aburro. Quiero ir lejos y ver algo que no haya visto nunca. Respirar un aire que no haya respirado jamás. ¿Lo entiendes? Además, todavía no hemos ido de luna de miel. Tenemos dinero ahorrado, a ti te deben un montón de días de vacaciones. Creo que éste es el momento ideal para marchamos tranquilamente de viaje.
El hombre de hielo lanzó un suspiro tan profundo que casi parecía congelado. El suspiro cristalizó en el aire de una manera audible. Cruzó sobre las rodillas sus largos dedos cubiertos de escarcha.
—Bueno, pues si a ti te apetece ir de viaje, yo no tengo nada que objetar. A mí no me parece muy buena idea, la verdad. Pero, en fin, si eso te hace feliz, estoy dispuesto a marcharme, iré a donde tú quieras. En el almacén, si las pido, creo que podré tomarme unas vacaciones. Hasta ahora he trabajado muy duro. Dudo que haya algún problema. Por cierto, ¿ya has pensado adónde te gustaría ir?
—¿Qué te parece ir al Polo Sur? —le dije.
Lo elegí pensando que, haciendo tanto frío, seguro que a él le interesaría ir.
Además, a decir verdad, yo siempre había querido ir al Polo Sur. Quería ver la aurora boreal y los pingüinos. Me imaginé a mí misma cubierta con un abrigo de pieles con capucha, bajo la aurora boreal, mirando jugar a los pingüinos.
Cuando lo oyó, el hombre de hielo clavó sus ojos en los míos. Fijamente, sin parpadear. Y, como un afilado carámbano de hielo, me atravesó los ojos hasta llegar al fondo de mi cerebro. Él permaneció unos instantes reflexionando en silencio, pero al final, con voz sorda, me dijo que le parecía bien.
—De acuerdo, si tú quieres ir al Polo Sur, vayamos al Polo Sur. ¿Estás segura de que es ése el lugar al que prefieres ir?
Asentí.
—Creo que, dentro de dos semanas, podré tomarme unas vacaciones. Imagino que te dará tiempo de prepararlo todo para el viaje. ¿Estás de acuerdo? ¿Seguro?
No pude responder de inmediato. Porque notaba la cabeza fría y embotada debido a aquella mirada, tan fija, parecida a un carámbano, que me había lanzado el hombre de hielo.
Sin embargo, con el paso del tiempo empecé a arrepentirme de haberle propuesto a mi marido ir de viaje al Polo Sur. No sé por qué. Pero tenía la sensación de que, en cuanto yo acabé de pronunciar las palabras «Polo Sur», algo había cambiado en su interior. Los ojos de mi marido eran dos carámbanos mucho más agudos que antes, su aliento era mucho más blanco que antes, sobre sus dedos había mucha más escarcha que antes. Se volvió mucho más taciturno que antes, mucho más obstinado que antes. Dejó de comer por completo. Todo eso me causó una enorme inquietud. Cinco días antes de partir me decidí a pedírselo. Que abandonáramos la idea de ir al Polo Sur. Pensándolo bien, hacía demasiado frío allí y eso no sería bueno para la salud, le dije. He pensado que sería mejor que fuéramos a otro lugar más normal. Europa estaría muy bien. Podríamos ir a España, por ejemplo, a descansar. A beber vino, comer paella y ver corridas de toros. Pero mi marido hizo oídos sordos a lo que yo decía. Permaneció unos instantes con la mirada clavada a lo lejos. Luego me miró. Me miró fijamente a los ojos. Su mirada era tan profunda que sentí como si mi cuerpo fuera desapareciendo gradualmente.
Yo no quiero ir a España, dijo mi marido, el hombre de hielo, con voz resuelta. Lo siento, pero en España hace demasiado calor para mí, y hay demasiado polvo. La comida es demasiado picante. Además, ya hemos adquirido los dos billetes para ir al Polo Sur. Incluso ya te has comprado un abrigo de pieles y unas botas forradas para el viaje. No podemos tirar todo eso. Ahora tenemos que ir allí.
A decir verdad, yo tenía miedo. Presentía que si íbamos al Polo Sur nos ocurriría algo irreparable. Tuve un sueño horrible, recurrente. Estoy paseando y me caigo dentro de un profundo agujero que se abre en el suelo, y allí dentro me voy congelando sola, sin que nadie me encuentre. Encerrada en el hielo, clavo la vista en el cielo. Estoy consciente. Pero no puedo mover ni un dedo. Es una sensación terriblemente extraña. Me doy cuenta de que, minuto a minuto, me voy convirtiendo en pasado. No hay futuro en mí. Sólo un pasado que se va acumulando. Y entonces, de repente, todos me están contemplando, ellos están mirando el pasado.
La visión de cómo yo voy pasando de largo mirando hacia atrás.
Luego me despierto. A mi lado, el hombre de hielo está profundamente dormido. Duerme sin un suspiro. Como algo muerto y congelado. Pero yo amo al hombre de hielo. Lloro. Mis lágrimas caen sobre su mejilla. Entonces él se despierta y me abraza.
—He tenido una pesadilla espantosa —le digo.
Él sacude la cabeza despacio en la oscuridad.
—Es sólo un sueño —me dice—. Los sueños vienen del pasado. No del futuro. Ellos no tienen que controlarte a ti. Eres tú quien debe controlarlos a ellos. ¿De acuerdo?
—Sí —le digo. Pero no estoy convencida.
Mi marido y yo cogimos el avión para el Polo Sur. No logré encontrar ningún pretexto para impedir el viaje. Tanto el piloto como las azafatas de aquel avión que se dirigía al Polo Sur eran terriblemente taciturnos. Quería contemplar la vista por la ventanilla del avión, pero unas gruesas nubes me lo impidieron.
Además, las ventanillas pronto se cubrieron de una capa de hielo. Mientras, mi marido permaneció en silencio leyendo un libro. Yo no sentía ni un ápice de la excitación y alegría que suele acompañar a un viaje. Simplemente estaba haciendo algo que había decidido hacer.
Cuando bajamos la escalerilla del avión y tocamos tierra, noté cómo un gran temblor sacudía el cuerpo de mi marido. Fue más breve que un parpadeo, la mitad de un instante, y nadie se dio cuenta de ello, ni siquiera se reflejó en su rostro. Pero a mí no se me pasó por alto. Dentro del cuerpo de mi marido algo se había estremecido con gran violencia, aunque de manera secreta. Clavé la vista en su perfil. Plantado allí, contempló el cielo, se miró las manos y respiró hondo. Luego me miró y sonrió alegremente.
—¿Aquí es adónde querías venir? —me dijo.
—Sí —contesté.
Ya lo suponía hasta cierto punto, pero el Polo Sur resultó ser una tierra todavía más solitaria de lo que imaginaba. Allí no vivía casi nadie. Sólo había un pequeño pueblo anodino. En el pueblo sólo había un pequeño hotel, evidentemente, anodino. El Polo Sur no es un lugar turístico. Ni siquiera se veían pingüinos. Ni tampoco la aurora boreal. A veces me dirigía a la gente con la que me cruzaba por la calle y les preguntaba dónde podía encontrar a los pingüinos. Sin embargo, la gente se limitaba a sacudir la cabeza en silencio. Ellos no entendían mi lengua. Así que dibujé un pingüino en un papel. Con todo, ellos siguieron sacudiendo la cabeza sin decir una palabra. Yo me sentía sola. A la que dabas un paso fuera de la ciudad, ya no veías más que hielo. No había ni árboles, ni flores, ni ríos, ni lagos. Fueras a donde fueses, no encontrabas más que hielo. Una vasta superficie de hielo que se extendía hasta donde te alcanzaba la vista.
Pero mi marido, con su aliento blanco, las manos cubiertas de escarcha y aquellos ojos como carámbanos clavados en la distancia, iba todo el día de aquí para allá, incansable, lleno a rebosar de energía. Enseguida aprendió la lengua de aquella tierra y empezó a hablar con la gente de la ciudad con un tono de resonancia duro como el hielo. Hablaban durante horas, con la seriedad pintada en el rostro. Pero yo no podía entender de qué diablos hablaban tan apasionadamente.
Mi marido estaba fascinado por aquella tierra. Tenía algo que lo embelesaba. Al principio, eso me irritó. Sentía que me había dejado atrás. Me sentía traicionada, ignorada.
Pero pronto, en aquel mundo silencioso rodeado por una gruesa capa de hielo, fui perdiendo todas las fuerzas. Despacio, poco a poco. Y pronto desapareció incluso mi irritación. Parecía haber perdido en alguna parte la brújula de mis sensaciones. Perdí el sentido de la dirección, perdí la noción del tiempo, me perdí de vista a mí misma. No sé cuándo empezó, ni cuándo acabó. Pero, a la que me di cuenta, estaba encerrada sola dentro de la insensibilidad, en aquel mundo de hielo, en un invierno eterno que había perdido todos los colores. Incluso después de perder la mayoría de sensaciones, yo lo sabía. Que ese marido mío que estaba en ese momento en el Polo Sur no era mi marido de antes. No es que fuera diferente.
Él seguía siendo tan atento conmigo como siempre, me hablaba con cariño. Y yo sabía muy bien que las palabras que pronunciaba eran sinceras. Pero yo lo sabía, por supuesto. Que era un hombre de hielo distinto al que yo había conocido en el hotel de las pistas de esquí. Pero no tenía a nadie a quien quejarme. Toda la gente del Polo Sur apreciaba a mi marido y no había nadie que entendiera una palabra de lo que yo les decía. Todos exhalaban un aliento blanco, tenían la cara cubierta de escarcha y bromeaban, discutían y cantaban en la sorda lengua del Polo Sur.
Encerrada sola en la habitación del hotel, contemplaba aquel cielo gris sin perspectivas de que despejara a meses vista, y aprendía la terriblemente complicada (y que yo no creía poder llegar a saber jamás) gramática de la lengua del Polo Sur.
En el aeródromo ya no había ningún avión. Después de que partiera el avión que nos trajo a nosotros, ya no volvió a aterrizar ninguno más. Y la pista de aterrizaje pronto quedó enterrada bajo el duro hielo. Como mi corazón.
—¡Ha llegado el invierno! —exclamó mi marido—. Es un invierno muy largo. Los aviones ya no vendrán, ni tampoco los barcos. Todo, absolutamente todo, está congelado. Al parecer, no nos quedará más remedio que esperar hasta la primavera —dijo.
Tres meses después de llegar al Polo Sur descubrí que estaba embarazada. Y yo lo sabía. Que el niño que yo pariría sería un pequeño hombre de hielo. Mi útero se congelaría, finos trozos de hielo se mezclarían con mi líquido amniótico. Podía sentir su gelidez dentro de mi vientre. Yo lo sabía. El niño tendría la mirada de carámbano igual que su padre, y sus dedos estarían cubiertos de escarcha. Yo lo sabía. Que nuestra familia ya nunca más saldría del Polo Sur. El eterno pasado, con su peso desmesurado, nos aferraba los pies con fuerza. Y nosotros ya no nos podríamos soltar jamás.
A mí, ahora, apenas me queda corazón. Mi calor ya se ha esfumado en la distancia. Incluso a veces me olvido de que alguna vez lo tuve.
Pero aún puedo llorar. Estoy verdaderamente sola. En el lugar más frío y solitario del planeta. Cuando lloro, el hombre de hielo me besa la mejilla. Y mis lágrimas se convierten en hielo. Entonces, él toma en su mano mis lágrimas de hielo y se las pone sobre la lengua. «Oye, te quiero», me dice. Y no miente. Lo sé muy bien. El hombre de hielo me ama. Pero el viento que viene soplando de alguna parte se lleva atrás, muy atrás, hacia el pasado, sus palabras convertidas en blanco hielo. Yo lloro. Continúo derramando grandes lagrimones de hielo. En una casa de hielo del Polo Sur congelada en la distancia.





En Sauce ciego, mujer dormida (Comp. 1996) 
Traducción directa del japonés: Lourdes Porta
Tusquets, 2009

miércoles, 18 de diciembre de 2013

Entrevista con Giuseppe Tornatore: "No me interesaba hacer una película realista"


 Como en tantas otras trayectorias cinematográficas, en la carrera de Giuseppe Tornatore (1956) hay una mezcla de éxito e incomprensión del todo admirable. Pero, a diferencia de lo que suelen ser las filmografías de muchos directores, en el caso de Tornatore el éxito llegó pronto, con el éxito internacional de ‘Cinema Paradiso’ (Nuovo Cinema Paradiso, 1988) que se alzó con la estatuilla a la mejor película extranjera, aunque Tornatore siempre recuerda que el éxito de la película nunca fue en el momento de su estreno sino con su resonancia internacional.
La trayectoria posterior del cineasta ha sido, en mi opinión, infinitamente más interesante y variada. Ha filmado dos películas intimistas y magníficas, la olvidada comedia ‘Están todos bien’ (Stanno Tutti Bene, 1990), la que no ha dejado de ser su mejor película, ‘Una pura formalidad’ (Una pura formalità, 1994) y la bellísima ‘La leyenda del pianista en el océano’ (La leggenda del pianista sull’oceano, 1998).
En las últimas películas de Tornatore hay una cercanía italia. Desde la cercanía de nuevo autobiográfica con ‘Malèna’ (id, 2000) hasta ‘Baarià’ (id, 2009) su tanteo con el drama histórico. Ahora ha vuelto, con un nuevo éxito en taquilla en Italia, ‘La mejor oferta’ (La migliore offerta, 2013) un interesantísimo y sugestivo film que propone una sorprendente variante del thriller sin recurrir a violencia alguna. En su reparto, un magnífico Geoffrey Rush y un sorprendente Jim Sturgess, además de la revelación, al menos para el público español, de Sylvia Hoeks y la siempre solvente presencia de Donald Sutherland. Es una historia de deseo, amor y engaño.
  



Después de una rueda de prensa, nos sentamos a charlar con un Tornatore que parece responder a todas las cuestiones con bonhomia, alegría y trenzando su pensamiento vigoroso en cada nueva frase, entusiasta aunque repita, siempre amable. Debe saber el lector que la quinta pregunta contiene importantes revelaciones argumentales.


Aunque han sido muchas las comparaciones con Hitchcock, por aquello de contar una historia en la que hay un tipo de fobia y una mujer y un objeto de deseo, tengo que decir que lo que más me ha gustado de su película es que no hay ningún asesinato, ni prácticamente nada truculento, excepto en una escena. Es lo que, en mi opinión, la distancia más de Hitchcock y lo que me parece refrescante en el panorama actual: no hay asesinato, ni perversión. ¿Cómo concibió esta historia?

Muchas gracias. Es verdad que Hitchock es un maestro, pero, como ya he dicho antes, creo que la influencia trabaja de un modo inconsciente. Para mi era mucho más interesante crear un misterio y hacerlo a través del personaje y no sentí que debiera recurrir al asesinato, porque no era lo que pedía la historia. Sin embargo, debo decir, que cualquier historia funciona si sus personajes son interesantes, no creo que ningún efecto pueda suplir esto.


Creo que esta comparte muchos elementos con ‘Una pura formalidad’. Y uno que me ha parecido fascinante es la irrealidad que transmite la ciudad y el escenario, en ambas películas tiene mucha importancia. ¿Fue una decisión que tomó deliberadamente?
Sí, totalmente. De hecho, esa fue la razón por la cual me alejé completamente de Roma para rodar esta película. Cuando rodé ‘Cinema Paradiso’ o ‘Malena’ sabía que tenían que transcurrir en Roma porque eran películas totalmente autobiográficas. Pero si te fijas, esta película tiene muchos escenarios (Londres, Viena, Trieste, Praga) porque no podía suceder en Roma, sentía que tenía una relación muy estrecha con esa ciudad y que además sería demasiado familiar para mi. La idea principal en ambas películas fue que transcurrieran en espacios donde pudiera expresar el ánimo del personaje por encima de cualquier otra cosa. En este caso, no me interesaba hacer una película realista.


Es evidente que Geoffrey Rush está mereciendo todas las alabanzas que ha obtenido. Su interpretación es muy clásica, confidente y agradable, pero me gustaría saber cómo seleccionó a Sylvia Hoeks y por qué. Su personaje es francamente difícil, y su momento más dramático es hábilemente elidido. ¿Cuando se fijó en ella y por qué?
Fue una elección realmente complicada. Ninguna actriz aceptaba el papel, lógicamente. Hicimos muchos cástings, en Londres, en Roma, en Los Ángeles y no encontrábamos el perfil. ¡Imagine! Es un personaje que se pasa media película fuera de pantalla, debido a su fobia al exterior, y del que solamente oímos la voz. Un día, encontré a Hoeks en Los Ángeles y expresó un gran interés en el papel. Era una actriz holandesa y al verla supe que era el personaje. Porque, además de ser un personaje complicado, ella era un tipo de belleza muy peculiar: escribí el personaje sintiendo que podía ser muy bello en ocasiones pero que también podía resultar vulgar y Hoeks lograba ese efecto. Luego le pregunté lo que le interesó más del personaje y me dijo que cómo pensaba rodar esas escenas en las que ella está escondida y solamente habla a través de una puerta. Le dije que lo haríamos tal cual, con ella detrás de la puerta y que sería su voz la que se oiría. Me respondió que eso era lo que le interesaba del papel. Y así supe que solamente podía ser ella.


Una cualidad de su trabajo, una sorprendente, es que siempre logra sacar interpretaciones intimistas de sus personajes. De un actor tan legendario como Mastroianni logró un papel de hombre común, casi vecinal. Y aquí con Jim Sturgess, más conocido por sus roles juveniles, logra un papel lleno de aristas, sorprendente ¿Cómo trabaja con los actores?
Bueno, no es que haga un trabajo especialmente enfático con los actores, pero fue un honor trabajar con Mastroianni y ha sido un placer trabajar con Jim Sturgess. Lo que intento siempre es que el ambiente esté relajado y los personajes formen parte de la historia, tengan mucho sentido todo lo que hacen e incluso su papel en la ciudad. Cuando vi a Sturgess, supe que era esa clase de personaje y trabajamos con gran fluidez, sin mayor problema. Pero es que también hay un gran mérito en el enfoque.


Aunque hay, por supuesto, muchas de sus películas que rompen esto, aquí volvemos a una de sus constantes. La narración subjetiva. Es algo que ha aparecido en sus películas más optimistas, como ‘Cinema Paradiso’ o ‘La leyenda del pianista en el océano’ o en las más turbias. ¿Por qué le interesa ese tipo de narraciones?
Bueno (risas) ¡yo venía de rodar ‘Baarià’ (id, 2009)! Era un drama histórico, sabía muy bien que todo cuanto contara tenía que ser lo más objetivo posible y fue un reto, claro. En realidad, todo esto surge en el momento en el que me siento a escribir y me planteo cómo lo vería el personaje. Verás, la historia de ‘La mejor oferta’ la habríamos podido contar de mil maneras. A fin de cuentas, es una historia sencilla, de un hombre que es estafado y no se ha dado cuenta de ello hasta el final. Podíamos seguir los planes de los estafadores, como urden toda esa trama y como se escapan con el botín. Pero eso no me interesaba. A mi me interesaba quien era ese hombre y por qué se había dejado engañar. Qué mecanismos se fueron de él y una vez decidí eso, supe que la película solamente podía existir a través de su mirada, a partir de él. Fue una decisión temprana y estructural y por eso me interesó esta historia, porque era ese personaje el que despertaba mi curiosidad.



Por @Alvy_Singer

lunes, 16 de diciembre de 2013

Jean Baudrillard: La cirugía de la alteridad




La liquidación del Otro va acompañada de una síntesis artificial de la alteridad, cirugía estética radical, de la cual la cirugía de la cara y la del cuerpo no son más que el síntoma. Pues el crimen sólo es perfecto cuando hasta las huellas de la destrucción del Otro han desaparecido.

Con la modernidad, entramos en la era de la producción del otro. Ya no se trata de matarlo, de devorarlo, de seducirlo, de rivalizar con él, de amarlo o de odiarlo; se trata fundamentalmente de producirlo. Ya no es un objeto de pasión, es un objeto de producción.
¿Es posible que el Otro, en su singularidad irreductible, se haya vuelto peligroso o insoportable, y sea preciso exorcizar su seducción? ¿O más sencillamente la alteridad y la relación dual desaparecen progresivamente con el aumento de poder de los valores individuales? El caso es que la alteridad se echa en falta, y que es absolutamente necesario producir al Otro como diferencia, si no queremos vivir la alteridad como destino. Esto sirve también para el cuerpo, el sexo y la relación social. Para escapar al mundo como destino, al cuerpo como destino, al sexo (y al otro sexo) como destino, inventamos la producción del Otro como diferencia. Ocurre lo mismo con la diferencia sexual. Querer desentrañar la inexplicable alteridad de lo masculino y de lo femenino para devolver a cada uno de los dos a su especificidad y a su diferencia es un absurdo; Pero eso es lo que hace, no obstante, nuestra cultura sexual de liberación y de emancipación del deseo. Cada sexo con sus características anatómicas, psicológicas, con su deseo propio, y todas las peripecias irresolubles qué de ahí se deducen, incluida la ideología del sexo y la utopía de una diferencia basada simultáneamente en el derecho y en la naturaleza.
Este invento de la diferencia coincide con el de una nueva imagen de la mujer, y por tanto con un cambio del paradigma sexual. Es la producción por la histeria masculina, en las fronteras entre el siglo XIX y la modernidad, de una imaginación de la mujer en lugar de la feminidad robada (Christina von Braun, Nicht-Ich y Die schamlose Schönheit des Vergangenen, 1985, 1989). Es esta configuración histérica, es en cierto modo la feminidad del hombre la que se proyecta en la mujer y la modela como figura ideal a su imagen y semejanza. Ya no se trata, como en la figura cortés y aristocrática de la seducción, de conquistar a la mujer, de seducirla o de ser seducido por ella, se trata de producirla como utopía realizada; mujer ideal o mujer fatal, metáfora histérica y sobrenatural. El Eros romántico se encargó de poner en escena este ideal: la mujer como resurrección proyectiva de lo mismo, figura gemela casi incestuosa, artefacto condenado a partir de entonces a la confusión amorosa, es decir a un patetismo de la semejanza ideal de los seres y de los sexos. La diferencia sexual, el concepto de diferencia sexual que se instala en el mismo impulso no es más que un subterfugio de la forma incestuosa. En ella, hombre y mujer no son más que un espejo recíproco. La separación y la diferencia les sirve para convertirse mejor en el espejo, indiferente muchas veces, mutuo. Toda la mecánica erótica cambia de sentido, ya que la atracción erótica que emanaba antes de la extrañeza y de la alteridad se instala ahora en el lado de lo semejante y lo parecido.
Así pues, El mundo sin mujeres de Martini no es tan alegórico como pudiera parecer. Gracias al invento de una feminidad que hace superflua a la mujer, que la convierte en una encarnación supletoria, la mujer ha desaparecido realmente, si no físicamente, sí por lo menos bajo el peso de una feminidad de sustitución.
Ni que decir tiene que esto vale también para el hombre, ya que lo que éste transpone en el espejo teatral del papel y de la idea de la mujer es su propia feminidad robada. Y si la mujer real parece desaparecer en esta invención histérica, hay que ver que también el deseo masculino pasa a ser completamente problemático, pues ya sólo es capaz de proyectarse en su imagen y de convertirse de ese modo, en puramente especulativo.
Así pues, todas las glosas sobre el privilegio sexual de lo masculino no son más que tonterías. En la ilusión sexual de nuestro tiempo, existe una especie de justicia inmanente que hace que, en esta diferencia en trampantojo, ambos sexos pierdan conjuntamente su singularidad, ya que su diferencia culmina inexorablemente en la indiferenciación. El proceso de extrapolación de lo Mismo, de gemelización de los sexos (si la gemelidad es un tema tan actual es porque refleja de este modo la clonación libidinal), concluye en una asimilación progresiva que llega a convertir la sexualidad en una función inútil, adelantándose a los clones futuros, inútilmente sexuados, puesto que la sexualidad ya no será necesaria para su reproducción.
La aparición de la problemática del «género» (gender) que sustituye a la del sexo, ilustra esta dilución progresiva de la función sexual. Estamos en la era de lo Transexual, donde los conflictos ligados a la diferencia, e incluso los signos biológicos y anatómicos de la diferencia, se perpetúan mucho después de que la alteridad real de los sexos haya desaparecido. Cuando, los sexos se miran sesgadamente el uno al otro, uno a través del otro. El masculino bizquea sobre el femenino, el femenino sobre el masculino. Ya no es la mirada de la seducción, es un estrabismo sexual generalizado, que refleja el de los valores morales y culturales: lo verdadero bizquea sobre lo falso, lo hermoso bizquea sobre lo feo, el bien bizquea sobre el mal, y viceversa. Se conectan entre sí, en un intento de desviación de sus signos distintivos. De hecho, son cómplices para saltarse la diferencia. Funcionan como vasos comunicantes, obedeciendo a unos nuevos rituales maquínicos de conmutación. La utopía de la diferencia sexual culmina en la conmutación de los polos sexuales y en el intercambio interactivo. En lugar de una relación dual, el sexo se convierte en una función reversible. En lugar de la alteridad, una corriente alternativa.
Es en la seducción, en la ilusión, en el artificio, donde se halla su intensidad máxima, cuando cada uno de los sexos es fatal para el otro, es decir portador de una alteridad radical. En términos naturalistas, por el contrario, en los cuales se basa nuestra diferencia, y por consiguiente nuestra «liberación», los sexos son menos diferentes de lo que se cree. Tienen más bien tendencia a confundirse, por no decir a intercambiarse. Lo que se ha «liberado» no es precisamente su singularidad, sino su confusión relativa, y, claro está, una vez ha quedado atrás la orgía y el éxtasis del deseo, su indiferencia respectiva. ¿Cómo hablar de pasión en tal caso? Sería más bien de compasión sexual. Ni siquiera se oye hablar mucho de deseo. Su declive ha sido rápido en el firmamento de los conceptos. Se ha convertido en el tema astral de una jerga, psicoanalítica y publicitaria.
La liberación siempre es naturalista: naturaliza el deseo como función, como energía, como libido. Y esta naturalización de los placeres y de las diferencias lleva también «naturalmente» a la pérdida de la ilusión sexual. El sexo arrebatado al artificio, a la ilusión, a la seducción, devuelto a su economía consciente o inconsciente (muy listo el que afirme que ahí está la «realidad» del sexo). La mujer arrancada a su condición artificial y devuelta a su ser natural, a su estatuto «legítimo» de ser sexual, y a un reconocimiento jurídico. Ahora bien, la seducción y la pasión no tienen nada que ver con el reconocimiento del otro. La singularidad tampoco tiene nada que ver con la identidad o la diferencia; se presenta como singular, ilegal, y basta. El reconocimiento va acompañado de la diferencia, y ambas son virtudes burguesas.
De todos modos, en esta historia de diferencia, siempre hay un término más diferente que el otro. En efecto, la mujer es más diferente que el hombre. Y no sólo más diferente que él, sino más que diferente, El hombre sólo es diferente, la mujer es otra cosa: extraña, ausente, enigmática, antagónica. Y para conjurar esta alteridad radical se ha inventado la diferencia biológica, pero también psicológica, ideológica, política, etc. Todo ello puede negociarse en una oposición pactada, aunque sea en términos de correlación de fuerzas. Pero, hablando con exactitud, esta oposición no existe, no es más que la sustitución de una forma dual y disimétrica por una forma simétrica y diferencial. Es lo mismo que decir que esta forma de compromiso «natural» es extremadamente frágil. No se puede confiar en la naturaleza.
La mujer fatal, por su parte, nunca lo es como elemento natural. Lo es como artificio, como seductora, como artefacto proyectivo de la histeria masculina. La mujer ausente, ideal o diabólica, pero siempre fetichizada, esa mujer construida, esa Eva maquínica, ese objeto mental, se ríe de la diferencia de los sexos. Se fíe del deseo, y del sujeto del deseo. Más femenina que lo femenino: la mujer-objeto. Pero no se trata de alienación, se trata de un objeto mental, de un objeto puro (que no se cree un sujeto), un ser irreal, maquillado, cerebral, devorador de materia gris y libidinal. A través de ella, el sexo niega la diferencia sexual, el propio deseo se tiende una trampa, el objeto se venga. La mujer-objeto, la mujer fatal, se ríe de esta feminidad histérica de esencia masculina. Se ríe de esta imagen especulativa con una especulación incondicional, con un incremento de poder de su propia imagen. Mediante una saturación de su condición de objeto, se convierte en fatal para sí misma, y así es como llega a serlo para los demás. Lo femenino se transparenta a través de los mismos rasgos del ideal artificial que se le ha fabricado, no para alcanzar la mujer «real» que se supone que debe ser, sino para alejarla aún más de su naturaleza y hacer de ese artificio un; destino triunfante.
Pero los sexos tienen un destino asimétrico. El mismo jugárselo a doble o nada que se le impone sobre el ideal-tipo de virilidad no es posible para el hombre. No le queda más remedio que descartarse en lugar de sobrepujar. Y si cada vez hay menos mujeres fatales es porque ya no quedan hombres para caer en sus manos.
De todos modos, este histerismo respectivo de los sexos disminuye a medida que la creencia de la naturaleza se borra en la época contemporánea y estalla, con su «liberación», el carácter problemático y ambiguo de la diferencia. La histeria fue la última forma de estrategia fatal de la sexualidad. Así pues, no es casualidad que desaparezca ahora después de haber fomentado las figuras extremas de la mitología sexual de todo un siglo. Las estrategias fatales se borran ante la solución final.
Ha aparecido un nuevo espectro de dispersión, y en este juego sexual de baja definición (Low Definition Sexual Game) parece que nos deslizamos del éxtasis a la metástasis, la metástasis de innumerables pequeños dispositivos de transfusión y de perfusión libidinal, micro-argumentos de la insexualidad y de la transexualidad bajo todas sus formas. Resolución del sexo en sus miembros sueltos, en sus objetos parciales, en sus elementos fractales.
En este viraje sexual de la indiferencia, la única alternativa correspondería a la mujer.
Como quiere producirse a sí misma como diferencia, como ya no quiere ser producida como tal por la histeria masculina, le corresponde producir al otro de rebote, producir una nueva figura del otro como objeto de seducción, de la misma manera que lo masculino lo ha conseguido en cierto modo al producir una cultura de la imagen seductora de la mujer. Es el problema de una mujer que se ha convertido en sujeto de deseo, pero que ya no encuentra al otro que podría desear como tal (es el problema más general de nuestra época: devenir-sujeto en un mundo donde entretanto el objeto ha desaparecido). Pues el secreto no está jamás en el intercambio equivalente de los deseos, bajo el signo de una diferencia igualitaria, está en inventar al otro que sabrá jugar y burlarse de mi propio deseo, diferirlo, suspenderlo, y por tanto suscitarlo indefinidamente.
¿Acaso lo femenino es capaz actualmente de producir, ya que no quiere encarnarlo, esta misma alteridad seductora? ¿Acaso lo femenino sigue siendo suficientemente histérico como para inventar al otro?
Lamentablemente parece que nos estamos acercando al extremo inverso, es decir, a la forma exacerbada de la diferencia, es decir, a la solución final: el acoso sexual. Desarrollo último de la histeria femenina, mientras la pornografía es el desarrollo último y caricaturesco de la histeria masculina. En el fondo, son las dos vertientes de la misma indiferencia histérica.
El acoso sexual: caricatura fóbica de cualquier aproximación sexual, rechazo incondicional de seducir y de ser seducido. ¿Esta compulsión no es más que la coartada de la indiferencia o bien oculta, como cualquier síntoma alérgico, una hipersensibilidad al otro? El caso es que cualquier veleidad de seducción, cualquier expresión del deseo, cae bajo la inculpación de violación. Habría presunción de violación en cada una de las fases de la relación, incluso conyugal, si no es expresamente consentida. La ley italiana prevé como delito la inducción, es decir, no forzar el deseo del otro, ni siquiera la seducción, sino el mero hecho de inducir su consentimiento por cualquier tipo de gesto o de signo. Convendría además, dentro de la misma línea, poner en el índice al espermatozoide, ya que su esfuerzo por penetrar el óvulo es exactamente el prototipo del acoso sexual (¿o tal vez existe inducción por parte del ovario?).
¿Dónde comienza la violación, donde comienza el acoso sexual? Una vez trazada la línea fronteriza, la línea de una diferencia inexpugnable entre los sexos, no hay otra posibilidad de aproximación que la violencia. Así por ejemplo, en una película de Bellochio, El veredicto, el problema está en saber si la ha violado realmente, ya que ella ha tenido un orgasmo. La acusación sostiene que sí, la defensa invoca el consentimiento final de la víctima. Pero nadie se pregunta si el orgasmo es o no una circunstancia agravante. Cabe sostener, en efecto, que forzar el placer del otro, forzar su arrebato, es el colmo de la violación, más grave que forzar al otro a darnos placer.
De todos modos, esto ilustra el absurdo de toda esta problemática. El acoso sexual significa la entrada en escena de una sexualidad victimista e impotente para constituirse en objeto o en sujeto de deseo en su voluntad paranoica de identidad y de diferencia. Ya no es el pudor lo que está amenazado por la violación sino el sexo, o mejor dicho la estupidez sexista, que se hace justicia a sí misma.
Esto ilustra al mismo tiempo la situación sin salida de la diferencia. El problema de la diferencia es irresoluble debido a que los términos enfrentados no son diferentes, sino incomparables. Los términos que estamos acostumbrados a enfrentar son mera y simplemente incompatibles, lo que hace que el concepto de diferencia carezca de sentido. Así, lo Femenino y lo Masculino son dos términos incomparables, y, si en el fondo no existe diferencia sexual, se debe a que los dos sexos no son enfrentables. 
Esto vale para todas las oposiciones tradicionales. Cabe decir lo mismo del Bien y el Mal.
No están en un mismo plano, y su oposición es un señuelo. Lo malo es precisamente la extrañeza, la impermeabilidad radical del Bien y el Mal, que hace que no exista reconciliación, ni superación, ni, por tanto, solución ética al problema de su oposición. La alteridad inexorable del Mal cruza la eclíptica de la moral. Le ocurre lo mismo a la libertad enfrentada a la información, leitmotiv de nuestra ética mediática: ese conflicto es un falso conflicto, debido a que no existe una auténtica confrontación, ya que los dos términos no están en un mismo plano. No hay una ética de la información. Lo que define la alteridad no es que los dos términos no sean identificables, sino que no sean enfrentables entre sí. La alteridad pertenece al orden de las cosas incomparables. No es intercambiable según una equivalencia general, no es negociable, pero circula en las formas de la complicidad y de la relación dual, tanto en la seducción como en la guerra.
Ni siquiera se opone a la identidad: juega con ella, de la misma manera que la ilusión no se opone a lo real sino que juega con ello, de la misma manera que el simulacro no se opone a la verdad sino que juega con la verdad —más allá, por tanto, de lo verdadero y de lo falso, más allá de la diferencia—, de la misma manera que lo femenino no se opone a lo masculino sino que juega con lo masculino, en algún lugar más allá de la diferencia sexual. Los dos términos no se contraponen: el segundo juega siempre con el primero. El segundo siempre es una realidad más sutil que rodea al primero con el signo de su desaparición. Todo el esfuerzo consistiría en reducir este principio antagónico, esta incompatibilidad, a una simple diferencia, a un juego de oposición bien templado, a una negociación de la identidad y de la diferencia en lugar de la alteridad robada.
Todo lo que se pretende singular e incomparable, y no entra en el juego de la diferencia, debe ser exterminado, bien físicamente, bien por integración en el juego diferencial, donde todas las singularidades se desvanecen en el campo universal. Es lo que ocurre con las culturas primitivas: sus mitos han pasado a ser comparables bajo el signo del análisis estructural. Sus signos han pasado a ser intercambiables a la sombra de una cultura universal, a cambio de su derecho a la diferencia. Negados por el racismo, o arrasados por el culturalismo diferencial, significaba en cualquier caso para ellos la solución final. Lo peor está en esta reconciliación de todas las formas antagónicas bajo el signo del consenso y de la buena convivencia. No hay que reconciliar nada. Hay que mantener abiertas la alteridad de las formas, la disparidad de los términos, hay que mantener vivas las formas de lo irreductible.

En El crimen perfecto
Título original: Le crime parfait
Jean Baudrillard, 1995
Traducción: Joaquín Jordá
Foto: JB © Sophie Bassouls/Sygma/Corbis


domingo, 8 de diciembre de 2013

Tristan Tzara: Agua salvaje




los dientes hambrientos del ojo
cubiertos de hollín de seda
abiertos a la lluvia
todo el año
el agua desnuda
oscurece el sudor de la frente de la noche
el ojo está encerrado en un triángulo
el triángulo sostiene otro triángulo


el ojo a velocidad reducida
mastica fragmentos de sueño
mastica dientes de sol dientes cargados de sueño

el ruido ordenado en la periferia del resplandor
es un ángel
que sirve de cerradura a la seguridad de la canción
una pipa que se fuma en el compartimiento de fumadores
en su carne los gritos se filtran por los nervios
que conducen la lluvia y sus dibujos
las mujeres lo usan a modo de collar
y despierta la alegría de los astrónomos

todos lo toman por un juego de pliegues marinos
aterciopelado por el calor y el insomnio que lo colora

su ojo sólo se abre para el mío
no hay nadie sino yo que tenga miedo cuando lo mira
y me deja en estado de respetuoso sufrimiento
allí donde los músculos de su vientre y de sus piernas inflexibles
se encuentran en un soplido animal de hálito salino
aparto con pudor las formaciones nubosas y su meta
carne inexplorada que bruñen y suavizan las aguas más sutiles




De nos oiseaux
Versión castellana de Aldo Pellegrini

lunes, 2 de diciembre de 2013

René Char y nosotros


Marie-Claude Char me telefonea alborozada: “¡Gallimard decidió publicarlo!”. Y yo, tan exaltado como ella, me sentí parte de un milagro.

La célebre editorial lanza en París la correspondencia, hasta hoy inédita, que el gran poeta francés René Char (1907-1988) sostuvo entre 1952 y 1982 con nuestro Raúl Gustavo Aguirre (1927-1983), fundador y director de la revista de vanguardia Poesía Buenos Aires, que entre 1950 y 1960 lanzó una treintena de números y otros tantos títulos publicados.
En octubre Marie-Claude vino a Buenos Aires para rememorar aquel n.º 11-12 (1953) de Poesía Buenos Aires, obra de Aguirre, que constituye la primera versión de Char al castellano. Ella tenía todas las cartas de Raúl. Me preguntó por las de Char y me ocupé. Parecía imposible. Pero finalmente se produjo. Primero de a una y luego en grupos, fui descubriendo copias digitales.
Así como iban apareciendo, las enviaba a Marie-Claude. Ella estaba tan conmovida como yo. Gracias a su fidelidad y devoción, Gallimard ya prepara la primera edición de esa correspondencia invalorable, a la cual me pidieron que prologara, y que será presentada en el Salón del Libro de París, del 21 al 24 de marzo, dedicado a la Argentina.
Quien sepa aprovechar la escrupulosa bibliografía que culmina las Obras completas de René Char, bellamente editadas por Gallimard para su Bibliothèque de la Pléiade, acaso encuentre llamativo advertir que su primera traducción al castellano es del argentino Raúl Gustavo Aguirre, en el nº 11-12 (1953) de su revista Poesía Buenos Aires. Menos sorpresivo es que, tras figurar apenas en una selección colectiva de Madrid, el primer libro individual de Char en nuestro idioma también fuera traducido por Aguirre (1968).
Para mí, en cambio, los nombres de Raúl Gustavo Aguirre y de Poesía Buenos Aires, junto al de René Char, son algo muy personal, se unen directamente con mi vida ya que, en plena adolescencia, me vi convertido en el miembro más joven de la publicación.
Poesía Buenos Aires mantuvo su criterio central: “La abierta rebelión contra los supuestos formales de la poesía, contra las maneras tenidas por prestigiosas, contra las convenciones literarias” pero sin incurrir en nuevos dogmas. Al cerrar el n,º 25 (1957), Aguirre reitera: “Ninguna fórmula, ninguna receta, en conclusión, queda de todos estos años. Una vez más hay que decirlo: no sabemos qué es la poesía y, mucho menos, cómo se hace un poema”.
Característica esencial de Poesía Buenos Aires fue su carencia de astucia o complacencia, el desdén por la mal llamada “vida literaria”. De no ser convicción íntegra, ¿cómo explicar que, a diferencia de tantos, Aguirre ni pensó en obtener el más mínimo “provecho” exhibiendo su contacto con Char? ¿Cómo no admirar que lo mantuvo celosamente oculto incluso para nosotros, sus íntimos? En una carta de 1954, Raúl agradece a Char la lectura de sus poemas, que jamás reveló.
Esa correspondencia honra sin duda a ambos. Al gran poeta, porque lo confirma en su altura despojada, en su esencial fraternidad. Al joven, porque lo desnuda en su fervor y discreción. Y un poco a todos, si somos dignos de advertirlo. Y a la joven revista austral, libre y rebelde como ellos. Y a la misma poesía, que los unió y nos une.


por Rodolfo Alonso