sábado, 9 de marzo de 2013

Anton Chejov - Los extraviados



Es un lugar de veraneo. La oscuridad, completa; el campanario de la iglesia marca la una de la noche. Cosiaokin y Lapkin, ambos algo titubeantes, pero de muy buen humor, salen del bosque y se dirigen hacia las casitas.
—¡Gracias a Dios que hemos llegado! —dice Cosiaokin—; es una hazaña venir andando los cinco kilómetros desde la estación, y en nuestro estado. Me encuentro rendido..., y como si fuera hecho expresamente, no hay ni un solo coche.
—¡Amigo Pedro! No puedo más...; si dentro de cinco minutos no estoy en la cama me muero...
—¡En la cama! ¡Ni pensarlo! Cenaremos, beberemos una botella de vino tinto, y luego a dormir. No te permitiremos ni Verotchka ni yo que te acuestes antes. ¡No sabes tú, amigo mío, la felicidad que experimenta uno con estar casado! Tú no la comprendes; tú tienes un alma de solterón. Mira: ahora llegaré yo extenuado, rendido...; mi mujercita saldrá a recibirme; la comida estará preparada, el té listo... Para compensarme de mi labor dirigirá sobre mí sus ojitos negros con tanta afabilidad y cariño que lo olvidaré todo: mi cansancio, el robo con fractura, el Tribunal de casación, la Sala de la Audiencia... ¡Una gloria! ¡Una delicia!
—Es que no puedo tirar más de mi cuerpo; mis piernas se doblan. ¡Tengo una sed!...
—Nada; ya hemos llegado; henos en casa.
Los amigos se acercan a una de las casitas y se detienen frente a la ventana.
—Es una casita bonita —dice Cosiaokin—; mañana verás qué hermosas vistas tiene. Pero las ventanas están oscuras... Verotchka se habrá cansado de esperar, y se habrá acostado; no duerme, se hallará inquieta por mi tardanza (empuja la ventana con su bastón y la abre); pero qué valiente es: se acuesta sin cerrar la ventana.
Se quita el abrigo y lo echa dentro de la estancia, hace lo propio con su carpeta.
—¡Qué calor! Vamos a entonar una canción; la haremos reír. (Canta.) ¡Canta, Aliocha! Verotchka, ¿quieres oír la serenata de Schubert? (Canta, pero hace un gallo y tose.) ¡Verotchka, dile a María que abra la puerta! (Pausa.) Verotchka, no seas perezosa; levántate. (Sube por encima de una piedra y se asoma por la ventana.) Verotchka, rosita mía, angelito, mujercita mía incomparable. ¡Anda, levántate! ¡Dile a María que abra! ¡Bien sé que no duermes, gatita mía! No podemos soportar más bromas; estamos tan cansados que ya no tenemos fuerzas. Hemos llegado a pie desde la estación; ¿pero me oyes, o no?... (Intenta escalar la ventana, pero cae.) ¡Qué demonio! Ves; nuestro huésped está molesto. Noto que todavía eres una niña que no piensa más que en jugar...
—Escucha; tal vez tu esposa duerme de veras —dice Lapkin.
—¡No duerme; quiere que arme ruido; que despierte el vecindario! ¡Oye, Verotchka, me voy a enfadar! ¡Verás! ¡Qué diablo! Ayúdame, Aliocha, para que pueda subirme... Verotchka, no eres más que una chiquilla malcriada, una traviesa... ¡Amigo mío, empújame!...
Lapkin, jadeante, empuja a Cosiaokin; al fin éste alcanza la ventana, franquéala y desaparece en las tinieblas.
—¡Vera! —se oye al cabo de un rato—. ¿Dónde estás? ¡Demonio! Me he ensuciado la mano con algo. ¡Qué asco!
Estalla un bullicio, un aleteo y el cacareo desesperado de una gallina.
—¡Caramba! Escucha, Laef. ¿De dónde nos vienen estas gallinas? Pero, qué demonio; si hay una infinidad de ellas... ¡Y un cesto con una pava!... ¡Me ha picado la maldita!
Por la ventana salen volando las gallinas, y prorrumpiendo en chillidos agudos se precipitan a la calle.
—¡Aliocha, nos hemos equivocado!... —grita Cosiaokin con voz llorosa—. Aquí no hay más que gallinas. Por lo visto nos hemos extraviado... Pero malditas, ¿por qué no se están quietas?
—¡Sal pronto! ¿Qué haces? ¿No sabes tú que estoy muerto de sed?...
—Ahora mismo... Deja que encuentre el abrigo y la carpeta...
—¿Por qué no enciendes un fósforo?
—Es que están en el abrigo... ¡Quién demonio me habrá traído aquí!... Todas estas casas son iguales. Ni el diablo mismo las distinguiría en la oscuridad. ¡Oh! ¡La pava me dio un picotazo en la mejilla! ¡Maldita!
—¡Pero sal pronto, si no van a creer que estamos robando gallinas!
—Ahora mismo me es imposible dar con el abrigo. Hay tanto trapajo por el suelo que no puedo orientarme. Lánzame tus fósforos...
—Es que no los tengo.
—¡Estamos frescos! ¡No hay que decir!... ¡Valiente situación!... ¿Qué hago?... Yo no puedo, sin embargo, abandonar el abrigo y la carpeta. Necesito buscarlos.
—¡No concibo cómo es posible no reconocer su propia casa! —replica Laef, indignado—. ¡Cosa de borracho!... ¡En mala hora vine contigo!... De ir solo, me hallaría ya en casa. Dormiría... en lugar de padecer aquí... ¡Estoy rendido!... ¡No puedo más!... ¡Siento vértigos!
—En seguida, en seguida; no te apures; no te morirás por esto.
Por encima de la cabeza de Laef pasa un gran gallo. Lapkin suspira desconsoladamente y se sienta en una piedra. Sus entrañas arden de sed, sus ojos se cierran, su cabeza tambalea... Pasan cinco minutos, diez, veinte... Cosiaokin está siempre enredado con las gallinas.
—¡Pedro! ¿Cuándo vienes?
—Ahora mismo. ¡Ya encontré la carpeta; pero volví a extraviarla!...
Lapkin apoya su cabeza en sus puños y cierra los ojos... Los cacareos aumentan... Las moradoras de la extraña vivienda salen volando y le parece que dan vueltas alrededor de su cabeza, como lechuzas... Le zumban los oídos y el terror se apodera de su alma... «¡Qué bestia! —piensa—. Me convidó, me prometió obsequiarme con vino y leche, y en vez de esto me obliga a venir aquí a pie y escuchar estas gallinas...» Lapkin está indignado; hunde la barba en el cuello, coloca la cabeza sobre su carpeta y se tranquiliza poco a poco... Vencido por el cansancio, empieza a dormirse.
—¡He encontrado la carpeta! —oye la exclamación de Cosiaokin triunfante—. No me falta sino encontrar el abrigo, y ¡a casa!
Pero en este momento se oyen ladridos de un perro, y de otro, y de un tercero... El ladrar de los perros acompañado del cacareo de gallinas forman una música salvaje. Un desconocido se acerca a Lapkin y le pregunta algo...; le parece que alguien pasa sobre él para saltar por la ventana...; gritan, pegan porrazos...; una mujer con delantal encarnado y un farol en la mano lo interroga...
—¡No tiene usted derecho a insultarme! —dice desde dentro Cosiaokin—. ¡Soy funcionario de la Audiencia! Aquí tiene usted mi tarjeta.
—¿Para qué quiero yo su tarjeta? —respondió una voz ronca—. Usted me ha dispersado las gallinas, pisoteado los huevos...; admiro su obra...; los pavitos tenían que salir del cascarón un día de estos, y usted los ha aplastado...; ¡qué me importa a mí su tarjeta!
—¿Usted se atreve a detenerme? ¡Eso yo no lo admitiré jamás!
«¡Qué sed tengo!...», piensa Lapkin esforzándose por abrir los ojos y sintiendo que otra vez alguien pasa por encima de él y sale por la ventana...
—¡Soy Cosiaokin; mi casa está al lado! ¡Todo el mundo me conoce!...
—¡No conocemos a ningún Cosiaokin!
—¿Qué me cuenta usted? ¡Que llamen al alcalde; él me conoce!
—¡No se acalore usted! Ahora mismo vendrá la policía; conocemos a todos los veraneantes del lugar; a usted no lo hemos visto nunca.
—Todos me conocen; cinco años ha, sin interrupción, que veraneo en los Grili-Viselki.
—¡Caramba!; pero esto no son los Grili-Viselki; esto, es Hilovo...; los Viselki están a la derecha, detrás de la fábrica de fósforos, a cuatro kilómetros de aquí.
—¡Que el demonio me lleve!... ¡Entonces he tomado otro camino!...
Los gritos humanos, el cacareo y los ladridos se confunden en una zarabanda por entre la cual de vez en cuando se oyen las exclamaciones de Cosiaokin: «¡Usted no tiene derecho...» «Me las pagará...» «Ya sabrá usted con quién trata!...» Por fin las vociferaciones se apaciguan, y Lapkin siente que le sacuden el hombro para despertarlo...

En Selección de cuentos
Traducción: Víctor Gallego

Leonardo Da Vinci - El sauce y la calabaza


El mísero sauce, encontrándose con que no podía gozar del placer de ver sus flexibles ramas tornarse tan gruesas como deseaba, o erguirse en alto, por impedírselo la vecindad de una vid o de alguna otra planta, por cuya culpa crecía sin ramas, estropeado y maltrecho, concentró en sí mismo todas las fuerzas de su espíritu y con ellas, abriendo de par en par las puertas de la imaginación, empezó en medio de continuas reflexiones, a buscar entre todas las plantas existentes, con cuál podría aliarse, que no necesitara de la ayuda de sus ramas. Y tras un rato de nutrida imaginación (notrida imaginazione), la idea de la calabaza asaltó súbitamente su pensamiento y le hizo sacudir con alegría todas sus ramas, por parecerle que había encontrado la compañía más conveniente a su propósito; ya que, en efecto, la calabaza es más apta a enlazar otras plantas que a ser por ellas enlazada. Y, tomada ya su decisión, extendió al cielo sus ramas, a la espera de algún pájaro amigo que le sirviera de intermediario para la realización de su deseo. Y como viera allí cerca una urraca, dirigiole estas palabras: -¡Oh, gentil pájaro, yo te ruego, en retribución del socorro que cierta mañana, pocos días ha, te prestaron mis ramas cuando un hambriento halcón, cruel y rapaz, iba a devorarte, y por los momentos de reposo que sobre mí encontraste muchas veces, cuando tus alas lo pedían, y por tantos placeres como has gozado a mi abrigo mientras jugueteabas enamorado junto con tus compañeras: por todo eso te ruego que vayas adonde está la calabaza y le pidas unas pocas semillas, diciéndole que, una vez germinadas, yo las trataré tal como si de mi propio cuerpo las hubiese generado; y emplea así todas aquellas palabras que la persuadan de cuál es mi intención, aunque a ti, maestra en el arte de hablar, no hay necesidad de aleccionarte. Y si haces esto, recibiré tu nido sobre el codo de mis ramas, en compañía de tu familia, sin que me pagues alquiler. La urraca, después de convenidas con el sauce y ratificadas las capitulaciones, entre las cuales figuraba en primer término el compromiso de no aceptar como inquilinos ni serpientes ni garduñas, levantó la cola, bajó la cabeza y confió a sus alas el peso de su cuerpo. Y agitándolas por el aire fugitivo y dirigiendo curiosamente su vuelo aquí y allá con ayuda del timón de su cola, se acercó a una calabaza, la saludó amablemente con algunas buenas palabras, le pidió las deseadas semillas, las cuales entregó al sauce -que las recibió con alegre semblante-, y las plantó en la tierra en torno del tronco, previamente removida con su pico. Las semillas brotaron al poco tiempo, y se desarrollaron formando un ramaje que cubrió el sauce y le quitó, con sus grandes hojas, la belleza del sol y del cielo. Y como si no bastara con tanto perjuicio, las calabazas que nacieron luego, empezaron a doblar con su excesivo peso las delgadas ramas de sus extremos, causándoles grandes incomodidades y dolores. El sauce agitábase y se sacudía inútilmente para arrojar lejos de sí las calabazas; pero los días pasaban en vanos y engañosos esfuerzos, pues la trama sólida y resistente, malograba sus intentos. Sintiendo pasar el viento, le pidió que soplara con violencia y el viento accedió a su deseo. Se abrió entonces hasta la raíz el viejo y hueco tronco en dos partes, las cuales se derrumbaron, con gran dolor del sauce, que hubo de reconocer que su destino lo condenaba a no ser feliz jamás.


En Aforismos
Traducción: E. García de Zúñiga

jueves, 7 de marzo de 2013

Macedonio Fernández - Brindis a Leopoldo Marechal



El principio del discurso es su parte más difícil y desconfío de los que empiezan por él.
El presente es trémulo porque es viejo; fracasan los que en él hagan cualquier cosa; en cambio, dejado para otro día, fue el método de celebridad y poder de todos los expectantes y silenciosos. Nada empecemos hoy, que el porvenir está lleno de cosas hechas, tan preferibles, y debe estar muy cerca ahora, después de tanto Pasado.
Explicaré mi arrepentimiento de cuanta cosa empecé antes del porvenir: tres o cuatro brindis marrados -que yo calculaba me dieran más aplausos en unos minutos que todos los aplausos de llamar al mozo que ha oído un mozo de bar en treinta años de atencioso servicio, aunque se le añadan (esto es propina) los aplausos de matar polillas mientras vuelan y los aplausos para ahuyentar gallinas de un jardín- me hicieron abusar del pensamiento, hasta descubrir que esos cuatro discursos no sólo comenzaban sino que presentaban el principio de la mala ubicación, delante de todo, antes que el público se acostumbrara. (Brindis a los que se reconoció, sin embargo, el mérito de un estilo tan continuado, o personal, mío, digamos, que podían oírse de espaldas por los que se iban retirando, y continuarse indefinidamente mientras alguien no encontrara su sombrero.)
Corrigiendo estas contrariedades, en ocasiones posteriores, rogué al público continuar atendiendo hasta oír el principio de mi discurso, lo que lo ilusionó alegremente. En fin, en un reciente ensayo lo suprimí del todo y en la emoción de ensayar me olvidé de todo lo demás y me senté. La concurrencia, enamorada de la intención que me supuso de inaugurar la nueva era del concluir de comer sin dificultades, aparentó no haber oído que yo no había dicho nada y declarando que nada confuso tenía mi brindis, ni preocupante o flojo o desigual o que no se entendiera del todo, aplaudió como para dar ocupación a todos los mozos de bar no llamados en un mundo de bares abstemios y vegetarianos. No soy tan impresionable como el habitante que se resbaló del mundo, cual si le hubieran hablado de cáscaras de bananas, cuando le dijeron de golpe que la tierra era redonda; mas me siento triunfante por haber concluido no sólo con mi carrera de orador que no para, sino con la de orador confuso, en la que entreveía un porvenir claro y sin trabajo ninguno, porque me era innata la facultad. He nacido con las "líneas ligadas", en casa de una telefonista, frente al abonado "equivocado", e inventé el brindis "que no funciona", ovacionado final de mi carrera de inventor, que me compensa de haber llegado tarde a este mundo y con el candor de creer que vendería millones de mis aparatos para postergar rifas, cuando ya nacen hoy con dos delanteras de aplazamiento y la de cuarta postergación está adelantadísima ya en taller de Alemania, haciéndose en el mismo molde donde se moldeó la intención que tiene Alemania de pagar la indemnización de guerra de 1914.
Querido gran poeta Leopoldo Marechal: lamento haber contado cosas tan malas del presente y de que hay que apagarlo, con ventaja segura, cuando nada declara más a un poeta, y es en vos un signo constante, que la certeza e interlocución con el Hoy, único modo místico y estético del tiempo. El hoy ha sido lleno para todos y es por una degradación de espíritu, cuyo manantial no logro descubrir, que por una parte la inclinación histórica y por otra la ideología banal del Progreso, dos perversidades de difícil explicación, nos hacen suponer más plenitud del Hoy de los que nacerán ulteriormente, y una pobreza del Hoy que poseyeron los hombres del pasado.
Vuestra poesía, entre nuestras numerosas empresas estéticas de hoy, palpitación de una busca ardiente y penetrante de Arte que me exalta, me pone más que ninguna ante la evidencia del goce espiritual y la oscuridad, en mí, de su teoría. Aunque cada vez se me paraliza más la interrogante estética, creo que en vos se decide, aunque no se colme todavía, la inquietud profunda y el operar continuo de las almas artistas de Buenos Aires.
Perdonadme, Marechal, la pobreza imperdonable de estas vaguedades en mi posición mental ante la belleza que realizáis, que no excluyen, aunque no decoran, la certeza del placer que generasteis para nosotros*.
*En "Museo de la Novela de la Eterna" aparece una carta del Presidente de la novela al poeta Ricardo Nardal, es decir Leopoldo Marechal


En Papeles de Recienvenido

martes, 5 de marzo de 2013

Entrevista con Cassavetes



Entrevista con Cassavetes, por Al Ruban
“Nunca nada es tan claro como se ve en el cine. La mayor parte del tiempo la gente no sabe lo que hace -y me incluyo-. No saben lo que quieren o lo que sienten. Solamente en las películas se sabe bien cuáles son los problemas y cómo resolverlos (…) El cine es una investigación sobre nuestras vidas. Sobre lo que somos. Sobre nuestras responsabilidades -si las hay-. Sobre lo que estamos buscando. ¿Por qué querría yo hacer una película sobre algo que ya conozco y entiendo?” (John Cassavetes)




Dentro del marco de la segunda edición del Festival Internacional de Cine Independiente de Buenos Aires, la retrospectiva completa de la obra de John Cassavetes fue un festival aparte. Pionero emblemático del cine independiente, Cassavetes capturó con su cámara audaz e inquisitiva en forma única e irrepetible el frágil universo del deseo y el amor, cambiándole la cara al cine norteamericano para siempre.
Entre los invitados al festival, Al Ruban, productor y director de fotografía de varias películas del realizador, presentó, junto al actor Seymour Cassel, cada uno de esos 11 filmes que dejaron huellas indelebles en la historia del cine. También, con muy buena disposición, habló incansablemente de la obra de Cassavetes, con tanta pasión como la que emana de las películas mismas.
-¿Cómo comenzaba el proceso creativo de una película de John Cassavetes?

-John trabajaba del mismo modo en todas sus películas. Escribía el guión de un modo muy personal: pensaba en la historia durante meses y la escribía en la cabeza, nunca comenzaba escribiendo directamente. Por ejemplo, supongamos que él no te conocía, entonces, te decía: ¿Quieres escuchar una historia? Y empezaba a contarte la historia, hasta donde la tenía pensada. Supongamos que un repartidor llegaba a su casa, entonces le preguntaba: ¿Tienes unos minutos? Te quiero contar algo…
-Le encantaba hablar…

-Con todo el mundo. Porque quería oírse a sí mismo decir las palabras de su historia. Hablaba y escuchaba, prestando atención a la reacción de la gente. Adoraba contar la historia, que iba cambiando mientras la contaba, por lo que cada persona terminaba escuchando una historia distinta. Cuando se sentaba a escribirla, lo hacía bastante rápido, en 3 semanas terminaba el guión, porque ya tenía todo escrito en la cabeza. Desde el punto de vista de la narrativa clásica, sus películas no tenían ni principios ni finales; podría decirse que filmaba “pedazos de vidas”.
-¿Cuál era el paso siguiente?

-Con el guión en mano, comenzábamos el casting. Le proponíamos un par de buenos actores, y él respondía: “Quiero usar a Fulano”, y Fulano era… ¡su electricista! O alguien que vio en la calle que, según él, era la persona perfecta para el papel. O su propia madre, o la esposa de su padre, o el hermano de su esposa, o sus hijos. Siempre le pedía que sólo me dijera a quién quería tener en la película, y que se reservara todas las explicaciones de por qué tal o cual persona eran indispensables, puesto que John tenía la habilidad de poder justificarlo todo. Me cansaba de escuchar sus largas explicaciones, ya que, al final, siempre quedaban las personas que él siempre quiso desde el principio. En Torrentes de amor, después de resolver el casting, comenzamos con los ensayos.
-Muchos creen que Cassavetes improvisaba todo el tiempo, sin guión…

-La gente dice eso porque no sabe. Generalmente, John invitaba a los actores a su casa, todos se sentaban y leían el guión, unas tres o cuatro veces. Sin actuar, sólo lo leían en voz alta. En el proceso, el elenco podía o no cambiar. Cuando ya quedaba fijo, John convocaba a los actores y comenzaba el ensayo del texto completo, actuando las escenas, sin cámara, a lo largo de 3 ó 4 semanas.
-¿Aceptaba cambios en el texto?

-Sí, y muy abiertamente, pero básicamente si venían de los actores. Si alguien tenía problemas con una línea de diálogo, o si no entendía muy bien el texto, John le decía: “Bueno, muéstrame cómo lo harías tú”, ellos le mostraban, y él aceptaba las modificaciones, lo que también le abría la mente a otras posibilidades. Se re-escribía lo que fuera necesario, y al día siguiente teníamos una nueva página, o dos, o cinco, incorporando el texto nuevo. La re-escritura continuaba a lo largo de todo el período de ensayos. Al final, los actores ya eran los personajes, porque los habían construido fusionando el texto original con las modificaciones que ellos introdujeron. Se habían convertido en los personajes o, dicho de otro modo, los personajes eran los actores mismos.
-Entonces, en parte, de ahí surge la naturalidad de las actuaciones.

-Sí, seguro. En Noche de estreno, teníamos a Joan Blondell, una actriz maravillosa. Un día se acercó y me dijo: “Al, no sé cuándo están actuando y cuándo no”. Esto era algo muy inusual para ella, ya que llegaba al set, se metía en el personaje, y cuando decían “Corte”, salía del personaje, contaba chistes y demás. Por eso, me dijo: “No me doy cuenta si están actuando o si están siendo ellos mismos. Acá todo es lo mismo”. ¡Esa era la idea! Nunca conocí a un solo actor que haya estado en nuestras películas y que no haya querido volver a actuar con nosotros. A pesar de que nunca le pagamos a nadie más del salario mínimo impuesto por el sindicato. Teníamos actores que, en otras películas, ganaban miles de dólares por semana, pero cuando trabajaban con nosotros gustosamente aceptaban unos 500 dólares semanales. Y lo hacían por la experiencia, por la posibilidad de crecer. En la mayoría de las películas, los actores sólo hacen aquello para lo que fueron contratados, ni más ni menos. No desarrollan su potencial. Ese es el pacto que uno asume trabajando en el modelo industrial de Hollywood.
-La constante preocupación de Cassavetes por los rostros de las personas y de sus personajes es notoria.

-Porque a él realmente le interesaban las personas, y el descubrimiento lo era todo. Por supuesto, él escribía los guiones, conducía los ensayos, se encargaba de la post-producción, pero lo que más disfrutaba, lo que amaba, era la etapa del rodaje. Si ocurría algo no planeado, alguna emoción espontánea, John inmediatamente quería explorarla, ir a lo más profundo, porque verdaderamente quería conocer a fondo a esa persona. Y cuándo él quería saber, se convertía en un espectador. Realmente le interesaban las personas y, sobre todo, el tema del amor. El amor hace que las personas hagan lo que hacen en la vida, ya fuere intentar conseguirlo o alejarse de él. Es el motor más fuerte en la vida de la gente y él quería explorar todas sus variaciones.
-Eso ya está presente en su ópera prima Shadows, que narra historias de anhelos frustrados, de un amor trunco por la ignorancia y los prejuicios raciales. La crítica la recibió con elogios, pero no funcionó en los Estados Unidos.

-Sí, Shadows tuvo una buena repercusión, pero no en Norteamérica. Una compañía inglesa la compró para su distribución en Europa, estrenándola en Londres, donde fue muy valorada. Y si bien nació a partir de improvisaciones de actores no profesionales en el propio taller de teatro experimental de John, luego se convirtió en una película. Pero, jamás fue pensada para ser exhibida en cine. Originalmente, fue filmada para que los actores pudieran analizar su trabajo. Cuando John fue invitado a un programa radial para promocionar Edge Of The City, de Martin Ritt, en la que él tenía un papel protagónico, dijo que la película no era tan buena, y que él mismo podía hacer una mejor , siempre y cuando cada oyente le enviara uno o dos dólares para hacer una película auténtica, sobre la gente. Y así junto casi U$S 2.000. Ahora estaba obligado a hacer la película -que terminó costando casi U$S 40.000-, pero la hizo y estaba muy contento. Si la gente no le hubiera enviado el dinero, quizá nunca habríamos oído hablar de John Cassavetes.
-Es muy inusual que en vez de hablar de la película de Martin Ritt, eligiera hablar de su deseo de ponerse detrás de las cámaras.

-Sí, pero también estaba promoviendo su carrera como actor, era muy popular en televisión, uno de los nombres más importantes de New York, en ese entonces. Después de una larga lucha, lo buscaban para todo tipo de papeles, y él amaba actuar. De hecho, cuando era director seguía siendo un actor, porque era un director de actores. Les daba total libertad para que pudieran ir más allá de sus ideas preconcebidas sobre su propio potencial. Les daba confianza: nunca los traicionaría poniendo en la película momentos de la actuación que a los actores no les gustaban. Pero tampoco quería actores que mostraran siempre los mismos gestos, las mismas pausas en el discurso, el mismo tono, todos los recursos que el público ya conocía. Claro que jamás les decía esto de forma verbal, como tampoco les decía explícitamente qué tenían qué hacer. En cambio, rodaba hasta 50 tomas o más, hasta conseguir lo que buscaba. Tarde o temprano, hasta el actor más tonto se daba cuenta que a John no le gustaba su actuación.

sábado, 9 de febrero de 2013

Fedor Dostoievski - El palacio de cristal


Ustedes creen en el palacio de cristal, indestructible, eterno, al que no se le podrá sacar la lengua ni mostrar el puño a escondidas. Pues bien, yo desconfío de ese palacio de cristal, tal vez justamente porque es de cristal e indestructible y porque no se le podrá sacar la lengua, ni siquiera a escondidas.
Verán ustedes: si en vez de un palacio de cristal tengo un simple gallinero, cuando llueva podré cobijarme en él; pero, aunque le esté muy agradecido por haberme preservado de la lluvia, no lo tomaré por un palacio. Ustedes se ríen y me dicen que en este caso un palacio y un gallinero tienen el mismo valor. Y yo les responderé que así es, pero que no vivimos sólo para no mojarnos.
¿Qué le vamos a hacer si se me ha metido en la cabeza que no se vive solamente para eso y que hay que vivir en un palacio? Ésta es mi voluntad porque éste es mi deseo. Y ustedes no conseguirán despojarme de mi voluntad si no modifican mis deseos. Pueden intentarlo, presentarme otro objetivo, ofrecerme otro ideal. Pero hasta que logren su propósito, me niego a tomar un gallinero por un palacio de cristal. Es posible que el palacio de cristal sea sólo un mito, que las leyes de la naturaleza no lo admitan y que lo haya inventado yo neciamente, impulsado por ciertas costumbres irracionales de nuestra generación. Pero ¿qué me importa que ese palacio sea inadmisible? ¿Qué me importa, si existe en mis deseos o, para decirlo con más exactitud, si existe mientras existan mis deseos? Se ríen ustedes de nuevo, ¿verdad? Bien, ríanse tanto como les plazca. Acepto todas las burlas pero me niego a decirme que estoy saciado cuando todavía tengo hambre. No me conformaré con un compromiso, con un cero que se renueva indefinidamente, por la única razón de que está de acuerdo con las leyes naturales y existe realmente. No admitiré que el coronamiento de mis deseos pueda ser una casa de ladrillo con alojamientos baratos cedidos en arrendamiento para mil años y que ostente el rótulo del dentista Wagenheim. Destruyan mis deseos, derriben mi ideal, preséntenme una meta mejor, y yo los seguiré. Me dirán ustedes, tal vez, que no vale la pena preocuparse por mí; pero piensen que yo puedo responderles lo mismo. Estamos discutiendo seriamente, pero les advierto que si ustedes no se dignan concederme su atención, no me echaré a llorar. Tengo mi subsuelo.
¡Pero mientras yo exista, mientras yo desee, que mis manos se sequen si llevo un solo ladrillo a esa casa! No me digan que yo mismo he renunciado hace poco al palacio de cristal por el único motivo de que no podía sacarle la lengua. Si he hablado así no ha sido porque me guste sacar la lengua. Acaso lo que me irrita es precisamente que, entre todos los edificios que tienen ustedes, no haya uno solo al que no se le tenga que sacar la lengua. Es decir, me haría cortar la lengua, en un impulso de agradecimiento, si se arreglasen las cosas de modo que yo perdiese las ganas de sacar la lengua. Pero ¿qué me importa que las cosas no puedan arreglarse así y que haya que conformarse con tener un alojamiento económico? ¿Por qué tengo semejantes deseos? ¿Acaso no estoy constituido así para poder comprobar que esta constitución es sólo una broma de mal gusto? Pero ¿es éste verdaderamente el único objetivo? No lo admito.
Por otra parte, ¿saben ustedes lo que les digo? Que estoy persuadido de que nosotros, los hombres del subsuelo, debemos estar atraillados. El hombre del subsuelo es capaz de permanecer silencioso en su cobijo durante cuarenta años; pero si sale del subsuelo, empieza a hablar, y ya no hay modo de detenerlo.

En Memorias del subsuelo
Traducción de Rafael Cañete

James Joyce - Duplicados



El timbre sonó rabioso y, cuando Miss Parker se acercó al tubo, una voz con un penetrante acento de Irlanda del Norte gritó furiosa:
- ¡A Farrington que venga acá!
Miss Parker regresó a su máquina, diciéndole a un hombre que escribía en un escritorio:
- Mr Alleyne, que suba a verlo.
El hombre musitó un ¡Maldita sea! y echó atrás su silla para levantarse. Cuando lo hizo se vio que era alto y fornido. Tenía una cara colgante, de color vino tinto, con cejas y bigotes rubios: sus ojos, ligeramente botados, tenían los blancos sucios. Levantó la tapa del mostrador y, pasando por entre los clientes, salió de la oficina con paso pesado.
Subió lerdo las escaleras hasta el segundo piso, donde había una puerta con un letrero que decía Mr Alleyne. Aquí se detuvo, bufando de hastío, rabioso, y tocó. Una voz chilló: - -¡Pase!
El hombre entró en la oficina de Mr Alleyne. Simultáneamente, Mr Alleyne, un hombrecito que usaba gafas de aro de oro sobre una cara raída, levantó su cara sobre una pila de documentos. La cara era tan rosada y lampiña que parecía un gran huevo puesto sobre los papeles. Mr Alleyne no perdió un momento:
- ¿Farrington? ¿Qué significa esto? ¿Por qué tengo que quejarme de usted siempre? ¿Puedo preguntarle por qué no ha hecho usted copia del contrato entre Bodley y Kirwan? Le dije bien claro que tenía que estar listo para las cuatro.
- Pero Mr Shelly, señor, dijo, dijo…
- Mr Shelly, señor, dijo… Haga el favor de prestar atención a lo que digo yo y no a lo que Mr Shelly, señor, dice. Siempre tiene usted una excusa para sacarle el cuerpo al trabajo. Déjeme decirle que si el contrato no está listo esta tarde voy a poner el asunto en manos de Mr Crosbie… ¿Me oye usted?
- Sí, señor.
- ¿Me oye usted ahora?… ¡Ah, otro asuntico! Más valía que me dirigiera a la pared y no a usted. Entienda de una vez por todas que usted tiene media hora para almorzar y no hora y media. Me gustaría saber cuántos platos pide usted… ¿Me está atendiendo?
- Sí, señor.
Mr Alleyne hundió su cabeza de nuevo en la pila de papeles. El hombre miró fijo al pulido cráneo que dirigía los negocios de Crosbie & Alleyne, calibrando su fragilidad. Un espasmo de rabia apretó su garganta por unos segundos y después pasó, dejándole una aguda sensación de sed. El hombre reconoció aquella sensación y consideró que debía coger una buena esa noche. Había pasado la mitad del mes y, si terminaba esas copias a tiempo, quizá Mr Alleyne le daría un vale para el cajero. Se quedó mirando fijo a la cabeza sobre la pila de papeles. De pronto, Mr Alleyne comenzó a revolver entre los papeles buscando algo. Luego, como si no hubiera estado consciente de la presencia de aquel hombre hasta entonces, disparó su cabeza hacia arriba otra vez y dijo:
- ¿Qué, se va a quedar parado ahí el día entero? ¡Palabra, Farrington, que toma usted las cosas con calma!
- Estaba esperando a ver si…
- Muy bien, no tiene usted que esperar a ver si. ¡Baje a hacer su trabajo!
El hombre caminó pesadamente hacia la puerta y, al salir de la pieza, oyó cómo Mr Alleyne le gritaba que si el contrato no estaba copiado antes de la noche Mr Crosbie tomaría el asunto entre manos.
Regresó a su buró en la oficina de los bajos y contó las hojas que le faltaban por copiar. Cogió la pluma y la hundió en la tinta, pero siguió mirando estúpidamente las últimas palabras que había escrito: En ningún caso deberá el susodicho Bernard Bodley buscar… Caía el crepúsculo: en unos minutos encenderían el gas y entonces sí podría escribir bien. Sintió que debía saciar la sed de su garganta. Se levantó del escritorio y, levantando la tapa del mostrador como la vez anterior, salió de la oficina. Al salir, el oficinista jefe lo miró, interrogativo.
- Está bien, Mr Shelly -dijo el hombre, señalando con un dedo para indicar el objetivo de su salida.
El oficinista jefe miró a la sombrerera y viéndola completa no hizo ningún comentario. Tan pronto como estuvo en el rellano el hombre sacó una gorra de pastor del bolsillo, se la puso y bajó corriendo las desvencijadas escaleras. De la puerta de la calle caminó furtivo por el interior del pasadizo hasta la esquina y de golpe se escurrió en un portal. Estaba ahora en el oscuro y cómodo establecimiento de O'Neill y, llenando el ventanillo que daba al bar con su cara congestionada, del color del vino tinto o de la carne magra, llamó:
- Atiende, Pat, y sé bueno: sírvenos un buen t.c.
El dependiente le trajo un vaso de cerveza negra. Se lo bebió de un trago y pidió una semilla de carvi. Puso su penique sobre el mostrador y, dejando que el dependiente lo buscara a tientas en la oscuridad, dejó el establecimiento tan furtivo como entró.
La oscuridad, acompañada de una niebla espesa, invadía el crepúsculo de febrero y las lámparas de Eustace Street ya estaban encendidas. El hombre se pegó a los edificios hasta que llegó a la puerta de la oficina y se preguntó si acabaría las copias a tiempo. En la escalera un pegajoso perfume dio la bienvenida a su nariz: evidentemente Miss Delacour había venido mientras él estaba en O'Neill's. Arrebujó la gorra en un bolsillo y volvió a entrar en la oficina con aire abstraído.
- Mr Alleyne estaba preguntando por usted -dijo el oficinista jefe con severidad-. ¿Dónde estaba metido?
El hombre miró de reojo a dos clientes de pie ante el mostrador para indicar que su presencia le impedía responder. Como los dos clientes eran hombres el oficinista jefe se permitió una carcajada.
- Yo conozco el juego -le dijo-. Cinco veces al día es un poco demasiado… Bueno, más vale que se agilice y le saque una copia a la correspondencia del caso Delacour para Mr Alleyne.
La forma en que le hablaron en presencia del público, la carrera escalera arriba y la cerveza que había tomado con tanto apuro habían confundido al hombre y al sentarse en su escritorio para hacer lo requerido se dio cuenta de lo inútil que era la tarea de terminar de copiar el contrato antes de las cinco y media. La noche, oscura y húmeda, ya estaba aquí y él deseaba pasarla en los bares, bebiendo con sus amigos, entre el fulgor del gas y tintineo de vasos. Sacó la correspondencia de Delacour y salió de la oficina. Esperaba que Mr Alleyne no se diera cuenta de que faltaban dos cartas.
El camino hasta el despacho de Mr Alleyne estaba colmado de aquel perfume penetrante y húmedo. Miss Delacour era una mujer de mediana edad con aspecto de judía. Venía a menudo a la oficina y se quedaba mucho rato cada vez que venía. Estaba sentada ahora junto al escritorio en su aire embalsamado, alisando con la mano el mango de su sombrilla y asintiendo con la enorme pluma negra de su sombrero. Mr Alleyne había girado la silla para darle el frente, el pie derecho montado sobre la rodilla izquierda. El hombre dejó la correspondencia sobre el escritorio, inclinándose respetuosamente, pero ni Mr Alleyne ni Miss Delacour prestaron atención a su saludo. Mr Alleyne golpeó la correspondencia con un dedo y luego lo sacudió hacia él diciendo: Está bien: puede usted marcharse.
El hombre regresó a la oficina de abajo y de nuevo se sentó en su escritorio. Miró, resuelto, a la frase incompleta: «En ningún caso deberá el susodicho Bernard Bodley buscar…», y pensó que era extraño que las tres últimas palabras empezaran con la misma letra. El oficinista jefe comenzó  apurar a Miss Parker, diciéndole que nunca tendría las cartas mecanografiadas a tiempo para el correo. El hombre atendió al taclequeteo de la máquina por unos minutos y luego se puso a trabajar para acabar la copia.Pero no tenía clara la cabeza y su imaginación se extravió en el resplandor y el bullicio del pub. Era una noche para ponche caliente. Siguió luchando con su copia, pero cuando dieron las cinco en el reloj todavía le quedaban catorce páginas por hacer. ¡Maldición! No acabaría a tiempo. Necesitaba blasfemar en voz alta, descargar el puño con violencia en alguna parte. Estaba tan furioso que escribió «Bernard Bernard» en vez de «Bernard Bodley», y tuvo que empezar una página limpia de nuevo.
Se sentía con fuerza suficiente para demoler la oficina él solo. El cuerpo le pedía hacer algo, salir a regodearse en la violencia. Las indignidades de la vida lo enfurecían… ¿Le pediría al cajero un adelanto a título personal? No, el cajero no serviría de nada, mierda: no le daría el adelanto… Sabía dónde encontrar a los amigos: Leonard y O'Halloran y Chisme Flynn. El barómetro de su naturaleza emotiva indicaba altas presiones violentas. 
Estaba tan abstraído que tuvieron que llamarlo dos veces antes de responder. Mr. Alleyne y Miss Delacour estaban delante del mostrador y todos los empleados se habían vuelto, a la expectativa. El hombre se levantó de su escritorio. Mr. Alleyne comenzó a insultarlo, diciendo que faltaban dos cartas. El hombre respondió que no sabía nada de ellas, que él había hecho una copia fidedigna. Siguieron los insultos: tan agrios y violentos que el hombre apenas podía contener su puño para que no cayera sobre la cabeza del pigmeo que tenía delante.
—No sé nada de esas otras dos cartas —dijo, estúpidamente.
—«No-sé-nada.» Claro que no sabe usted nada —dijo Mr. Alleyne—.Dígame —añadió, buscando con la vista la aprobación de la señora que tenía al lado—, ¿me toma usted por idiota o qué? ¿Cree usted que yo soy un completo idiota?
Los ojos del hombre iban de la cara de la mujer a la cabecita de huevo, y viceversa; y, casi antes de que se diera cuenta de ello, su lengua tuvo un momento feliz:
—No creo, señor —le dijo—, que sea justo que me haga usted a mí esa pregunta.
Se hizo una pausa hasta en la misma respiración de los empleados.Todos estaban sorprendidos (el autor de la salida no menos que sus vecinos), y Miss Delacour, que era una mujer robusta y afable, empezó a reírse. Mr. Alleyne se puso rojo como una langosta y su boca se torció con la vehemencia de un enano. Sacudió el puño en la cara del hombre hasta que pareció vibrar como la palanca de alguna maquinaria eléctrica.
—¡So impertinente! ¡So rufián! ¡Le voy a dar una lección! ¡Va a saber lo que es bueno! ¡Se excusa usted por su impertinencia o queda despedido al instante! ¡O se larga usted, ¿me oye?, o me pide usted perdón!
Se quedó esperando en el portal frente a la oficina para ver si el cajero salía solo. Pasaron todos los empleados y, finalmente, salió el cajero con el oficinista jefe. Era inútil hablarle cuando estaba con el jefe. El hombre se sabía en una posición desventajosa. Se había visto obligado a dar una abyecta disculpa a Mr. Alleyne por su impertinencia, pero sabía la clase de avispero que sería para él la oficina en el futuro. Podía recordar cómo Mr.Alleyne le había hecho la vida imposible a Peakecito para colocar en su lugar a un sobrino. Se sentía feroz, sediento y vengativo: molesto con todos y consigo mismo. Mr. Alleyne no le daría un minuto de descanso; su vida sería un infierno. Había quedado en ridículo, ¿Por qué no se tragaba la lengua? Pero nunca congeniaron, él y Mr. Alleyne, desde el día en que Mr. Alleyne lo oyó burlándose de su acento de Irlanda del Norte para hacerles gracia a Higgins y a Miss Parker: ahí empezó todo. Podría haberle pedido prestado a Higgins, pero nunca tenía nada. Un hombre con dos casas que mantener, cómo iba, claro, a tener…
Sintió que su corpachón dolido echaba de menos la comodidad del pub. La niebla le calaba los huesos, y se preguntó si podría darle un toque a Paten O'Neill's. Pero no podría tumbarle más que un chelín — y  de qué sirve un chelín. Y, sin embargo, tenía que conseguir dinero como fuera: había gastado su último penique en la negra y dentro de un momento sería demasiado tarde para conseguir dinero en otro sitio. De pronto, mientras se palpaba la cadena del reloj, pensó en la casa de préstamos de Terry Kelly, en Fleet Street. ¡Trato hecho! ¿Cómo no se le ocurrió antes?
Con paso rápido atravesó el estrecho callejón de Temple Bar, diciendo por lo bajo que podían irse todos a la mierda, que él iba a pasarlo bien esa noche. El dependiente de Terry Kelly dijo: «¡Una corona!» Pero el acreedor insistió en seis chelines; y como suena le dieron seis chelines. Salió alegre de la casa de empeño, formando un cilindro con las monedas en su mano.En Westmoreland Street las aceras estaban llenas de hombres y mujeres jóvenes volviendo del trabajo y de chiquillos andrajosos corriendo de aquí para allá gritando los nombres de los diarios vespertinos. El hombre atravesó la multitud presenciando el espectáculo por lo general con satisfacción llena de orgullo y echando miradas castigadoras a las oficinistas. Tenía la cabeza atiborrada de estruendo de tranvías, de timbres y de frote de troles, y su nariz ya olfateaba las coruscantes emanaciones del ponche. Mientras avanzaba repasaba los términos en que relataría el incidente a los amigos:
Así que lo miré a él en frío, tú sabes, y le clavé los ojos a ella. Luego lo miré a él de nuevo, con calma, tú sabes. «No creo que sea justo que usted me pregunte a mí eso», díjele.
Chisme Flynn estaba sentado en su rincón de siempre en Davy Byrne'sy, cuando oyó el cuento, convidó a Farrington a una media, diciéndole que era la cosa más grande que oyó jamás. Farrington lo convidó a su vez. Al rato vinieron O'Halloran y Paddy Leonard. Hizo de nuevo el cuento.
O'Halloran pagó una ronda de maltas calientes y contó la historia de la respuesta que dio al oficinista jefe cuando trabajaba en la Callan's de Fownes's Street: pero, como su respuesta tenía el estilo que tienen en las églogas los pastores liberales, tuvo que admitir que no era tan ingeniosa como la contestación de Farrington. En esto Farrington les dijo a los amigos que la pulieran, que él convidaba.
¡Y quién vino cuando hacía su catálogo de venenos sino Higgins! Claroque se arrimó al grupo. Los amigos le pidieron que hiciera su versión del cuento, y él la hizo con mucha vivacidad, ya que la visión de cinco whiskys calientes es muy estimulante. El grupo rugió de risa cuando mostró cómo Mr. Alleyne sacudía el puño en la cara de Farrington. Luego, imitó a Farrington, diciendo: «Y allí estaba mi tierra, tan tranquila», mientras Farrington miraba a la compañía con ojos pesados y sucios, sonriendo y aveces chupándose las gotas de licor que se le escurrían por los bigotes.
Cuando terminó la ronda se hizo una pausa. O'Halloran tenía algo, pero ninguno de los otros dos parecía tener dinero, por lo que el grupo tuvo que dejar el establecimiento a pesar suyo. En la esquina de Duke Street, Higgins y Chisme Flynn doblaron a la izquierda, mientras que los otros tres dieron la vuelta rumbo a la ciudad. Lloviznaba sobre las calles frías, y, cuando llegaron a las Oficinas de Lastre, Farrington sugirió la Scotch House. El bar estaba colmado de gente y del escándalo de bocas y de vasos. Los tres hombres se abrieron paso por entre los quejumbrosos cerilleros a la entrada y formaron su grupito en una esquina del mostrador. Empezaron a cambiar cuentos. Leonard les presentó a un tipo joven llamadoWeathers, que era acróbata y artista itinerante del Tívoli. Farrington invitó a todo el mundo. Weathers dijo que tomaría una medida de whisky del país y Apollinaris. Farrington, que tenía noción de las cosas, les preguntó a los amigos si iban a tomar también Apollinaris; pero los amigos le dijeron a Tim que hiciera el de ellos caliente. La conversación giró en torno al teatro. O´Halloran pagó una ronda y luego Farrington pagó otra, con Weathers protestando de que la hospitalidad era demasiado irlandesa. Prometió que los llevaría tras bastidores que él y Leonard irían pero no Farrington, ya que era casado; y los pesados ojos sucios de Farrington miraron socarrones a sus amigos, en prueba de que sabía que era chacota. Weathers hizo que todos bebieran una tinturita por cuenta suya y prometió que los vería algo más tarde en Mulligan´s de Poolbeg Street.
Cuando la Scotch House cerró se dieron una vuelta por Mulligan´s. Fueron al salón de atrás y O’Halloran ordenó grogs para todos. Empezaban a sentirse entonados. Farrington acababa de convidar otra ronda cuando regresó Weathers. Para gran alivio de Farrington esta vez pidió un vaso de negra. Los fondos escaseaban, pero les quedaba todavía para ir tirando. Al rato entraron dos mujeres jóvenes con grandes sombreros y un joven de traje a cuadros y se sentaron en una mesa vecina. Weathers los saludó y les dijo a su grupo que acababan de salir de Tívoli. Los ojos de Farrington se extraviaban a menudo en dirección a una de las mujeres. Había una nota escandalosa en su atuendo. Una inmensa bufanda de muselina azul pavoreal daba vueltas al sombrero para anudarse en un gran lazo por debajo de la barbilla; y llevaba guantes color amarillo chillón, que le llegaban al codo. Farrington miraba, admirado, el rollizo brazo que ella movía a menudo y con mucha gracia; y cuando más tarde, ella le devolvió la mirada, admiró aun más sus grandes ojos pardos. Todavía lo fascinó la expresión oblicua que tenían. Ella lo miró de reojo una o dos veces y cuando el grupose marchaba, rozó su silla y dijo Oh perdón con acento de Londres. La vio salir del salón en espera de que ella mirara hacia atrás, pero se quedó esperando. Maldijo su escasez de dinero y todas las rondas que había tenido que pagar, particularmente los whiskys y las Apollinaris que tuvo que pagarle a Weathers. Si había algo que detestaba era un gorrista. Estaba tan bravo que perdió el rastro de la conversación de sus amigos.
Cuando Paddy Leonard le llamó la atención se enteró de que estaban hablando de pruebas de fortaleza física. Weathers exhibía sus músculos al grupo y se jactaba tanto que los otros dos llamaron a Farrington para que defendiera el honor patrio. Farrington accedió a subirse una manga y mostró sus bíceps a los circunstantes. Se examinaron y comprobaron ambos brazos, y finalmente se acordó que lo que había que hacer era pulsar. Limpiaron la mesa y los dos hombres apoyaron sus codos en ella, enlazando las manos. Cuando Paddy Leonard dijo: «¡Ahora!», cada cual trató de derribar el brazo del otro. Farrington se veía muy serio y decidido.
Empezó la prueba. Después de unos treinta segundos, Weathers bajó el brazo de su contrario poco a poco hasta tocar la mesa. La cara color de vino tinto de Farrington se puso más tinta de humillación y de rabia al haber sido derrotado por aquel mocoso.
—No se debe echar nunca el peso del cuerpo sobre el brazo —dijo—.Hay que jugar limpio.
—¿Quién no jugó limpio? —dijo el otro.
—Vamos de nuevo. Dos de tres.
La prueba comenzó de nuevo. Las venas de la frente se le botaron a Farrington, y la palidez de la piel de Weathers se volvió tez de peonía. Sus manos y brazos temblaban por el esfuerzo. Después de un largo pulseo, Weathers volvió a bajar la mano de su rival, lentamente, hasta tocar la mesa. Hubo un murmullo de aplauso de parte de los espectadores. El dependiente, que estaba de pie detrás de la mesa, movió en asentimiento su roja cabeza hacia el vencedor y dijo con confianza zoqueta:
—¡Vaya! ¡Más vale maña!
—¿Y qué carajo sabes tú de esto? —dijo Farrington furioso, cogiéndola con el hombre—. ¿Qué tienes tú que meter tu jeta en esto?
—¡Sió! ¡Sió! —dijo O'Halloran, observando la violenta expresión de Farrington—. A ponerse con lo suyo, caballeros. Un sorbito y nos vamos.
El hombre, con cara de pocos amigos, esperaba en la esquina del puente de O'Connell el tranvía que lo llevaba a su casa. Estaba lleno de rabia contenida y de resentimiento. Se sentía humillado y con ganas de desquitarse; no estaba siquiera borracho; y no tenía más que dos peniques en el bolsillo. Maldijo a todos y a todo. Estaba liquidado en la oficina, había empeñado el reloj y gastado todo el dinero; y ni siquiera se había emborrachado. Empezó a sentir sed de nuevo y deseó regresar al caldeado pub. Había perdido su reputación de fuerte, derrotado dos veces por un mozalbete. Se le llenó el corazón de rabia, y cuando pensó en la mujer del sombrerón que se rozó con él y le pidió «¡Perdón!», su furia casi lo ahogó.
El tranvía lo dejó en Shelbourne Road y enderezó su corpachón por la sombra del muro de las barracas. Odiaba regresar a casa. Cuando entró por el fondo se encontró con la cocina vacía y el fogón de la cocina casi apagado. Gritó por el hueco de la escalera:
—¡Ada! ¡Ada!
Su esposa era una mujercita de cara afilada que maltrataba a su esposo si estaba sobrio y era maltratada por éste si estaba borracho. Tenían cinco hijos. Un niño bajó corriendo las escaleras.
—¿Quién es ése? —dijo el hombre, tratando de ver en la oscuridad.
—Yo, papá.
—¿Quién es yo? ¿Charlie?
—No, papá, Tom.
—¿Dónde se metió tu madre?
—Fue a la iglesia.
—Vaya… ¿Me dejó comida?
—Sí, papá, yo…
—Enciende la luz. ¿Qué es esto de dejar la casa a oscuras? ¿Ya están los otros niños en la cama?
El hombre se sentó pesadamente a la mesa mientras el niño encendía la lámpara. Empezó a imitar la voz blanca de su hijo, diciéndose a media: «A la iglesia. ¡A la iglesia, por favor!» Cuando se encendió la lámpara, dio un puñetazo en la mesa y gritó:—¿Y mi comida?
—Yo te la voy… a hacer, papá —dijo el niño.
El hombre saltó furioso, apuntando para el fogón.
—¿En esa candela? ¡Dejaste apagar la candela! ¡Te voy a enseñar por lo más sagrado a no hacerlo de nuevo!
Dio un paso hacia la puerta y sacó un bastón de detrás de ella.
—¡Te voy a enseñar a dejar que se apague la candela! —dijo, subiéndose las mangas para dejar libre el brazo.
El niño gritó: «Ay, papá», y le dio vueltas a la mesa, corriendo y gimoteando. Pero el hombre le cayó detrás y lo agarró por la ropa. El niño miró a todas partes desesperado, pero al ver que no había escape, se hincó de rodillas.
—¡Vamos a ver si vas a dejar apagar la candela otra vez! —dijo el hombre, golpeándolo salvajemente con el bastón—. ¡Vaya, coge, maldito!
El niño soltó un alarido de dolor al sajarle el palo un muslo. Juntó las manos en el aire y su voz tembló de terror.
—¡Ay, papá! —gritaba—. ¡No me pegues, papaíto! Que voy a rezar un padrenuestro por ti… Voy a rezar un avemaria por ti, papacho, si no me pegas… Voy a rezar un padrenuestro…


En Dublineses
Traducción: Guillermo Cabrera Infante

Alberto Laiseca: La caída del Rey Nan


El rey Nan se despertó solo, naturalmente. ¿Quién iba a despertarlo si sus sirvientes habían huido? Siempre fue un hombre muy animoso que por las mañanas revisaba decenas de expedientes, aun cuando ello no tuviera utilidad alguna ya que sus órdenes no se cumplían, incluso en aquella época. Obligábase a ello para evitar desmoralizaciones, propias y ajenas. Siempre se levantó de un salto, el último soberano de la dinastía Chou. El protocolo establecía que su sueño fuese interrumpido por el Mandarín del Despertar. Éste lo hacía, en efecto, claro que con miles de cuidados y gestos de disculpas: agitaba una campanilla de jade en su oreja, si esto no daba resultado apelaba a una campanilla más grande, y luego a otra aún mayor, hasta llegar a la súper, gigante y de bronce, idónea para príncipes parranderos y remolones. Como es lógico, aquel instrumento de broncíneo acento no podía usarse así como así: este acto dramático requería poco menos que una consulta de Estado. Se recordaban por lo menos tres casos de Mandarines del Despertar que debieron —absolutamente horrorizados y lívidos— poner en funciones tan fastidioso e impopular instrumento. Uno de los Mandarines fue enterrado vivo. Otro debió padecer el suplicio de la Arena del Viento de Mongolia y el tercero sufrió la legendaria Muerte de las Mil Heridas, ya citada por Confucio. Esta última constituye un fin de naturaleza tan atroz que evitaré detallarlo, a fin de que el lector no se horrorice por anticipado. Claro que todo esto no ocurrió con el rey Nan sino con otros monarcas Chou, sus predecesores; en primer lugar porque Nan siempre fue muy humano y jamás dio suplicio sin motivos o por un arrebato o un ataque de furia inspirado por faltas insignificantes (ni siquiera lo daba, muchas veces, cuando el otro lo merecía de sobra). En segundo lugar digamos que tenía el sueño muy ligero y acostumbraba levantarse solo, sin ayuda del Mandarín del Despertar, ni del de la Primera Colación, ni del Horóscopo del Día, ni de la Lectura de las Audiencias, ni del Ayudante de las Babuchas Imperiales u otras estupideces. Tales protocolos le parecían estúpidos, al menos. Sus faltas contra el ceremonial de la madrugada le trajeron no pocos problemas.
"El ritual abastece al príncipe en su concordia. Lo calma, lo comunica con los ancestros y así es como éstos pueden ayudarlo", decían sus Consejeros. Y él: "Qué tontería. Aunque tengan algo de razón igual estoy en desacuerdo. Si mi destino es ser ayudado lo seré de todas formas. Los tiempos se aceleran. El enemigo se acerca". "Justo por eso, mi Señor. Más que nunca debes tener la calma que otorga el ritual. No procedas como un bárbaro que lo primero que toca es su espada, no bien se despierta. Las armas pierden su filo con el transcurso del día. ¿No es más prudente acercarse a ellas por la tarde, para que así su poder se conserve intacto?" Pero él, con frialdad: "Ordena que traigan mis expedientes".
Y ahora, por fin había llegado su mañana postrera. Ya nadie lo importunaría por no haber esperado a la campanilla de jade. La Cámara Real de Nan estaba casi vacía pero cubierta de azul: tal el cromatismo de las losas del piso y de la seda que ocultaba las paredes. Sólo su cama era roja y parecía una cuevita o la caparazón de una tortuga. Esto es: la cama constaba en la parte superior de una suerte de dosel cóncavo, de madera, como ella, semejante a la defensa de un gliptodonte. En el centro del techo de la cámara, pintado, un fénix de oro: tan diminuto que para distinguirlo hubiera sido preciso treparse a un taburete. El azul descansa, el rojo potencia, el fénix protege.
Ahora, en el extremo de su vida, el rey Nan se despertó por última vez. Como siempre le costó salir de su gliptodonte. Miró el fénix y se vistió de prisa. Los ladrones no se habían animado a entrar en la cámara, aunque nada demasiado valioso hubieran podido encontrar en ella, pero Nan no ignoraba que el resto del Palacio, a estas horas, estaría totalmente desvalijado. Salió al corredor gigantesco lleno de columnas y dragones. Ni risas de mujeres ni órdenes lejanas de guardias. ¿Qué se había hecho del cuchicheo de los eunucos, siempre charlatanes? El Palacio estaba tan desierto que parecía Gobi. Sobre el pavimento, Nan pudo ver sangre, ropas tiradas, porcelana rota y hasta el cabo de una lanza sin su punta de hierro. Muy cerca, a la derecha del ancho pasillo, se abría la puerta policromada del sector de las concubinas. La tarde anterior, antes de encerrarse en su aposento, el Emperador habló con sus mujeres a fin de explicarles la situación. Los ejércitos de Chou habían sido derrotados y las tropas de Chau Siang, Rey de Ch'in, se acercaban. Ignoraba si la intención del enemigo era tomar Lo, la Capital, pero esto era lo de menos: la dinastía estaba muerta. "No esperen clemencia. Ustedes, como mis esposas, serán maltratadas y usadas como pasto de tropa. Quizá las maten o las vendan como esclavas. A nada las obligo. La que quiera escapar al Este, y así sobrevivir un tiempo más, puede hacerlo. Yo permaneceré aquí, pero nadie tiene por qué acompañarme a los Torrentes Amarillos (1). Quedan, como mis guardias y asistentes, liberadas del servicio. Sólo les recomiendo que tomen su decisión cuanto antes. Dejo veinte monedas de oro a cada una y mis últimos veinte hombres, que se harán matar con tal de abrirles paso hasta Chou Oriental. Allá gobierna mi pariente, pero no se hagan ilusiones pues él también está en grave peligro y su caída es sólo cuestión de tiempo. Les digo adiós y que el Cielo las acompañe."
Cuando Nan terminó de hablar el escándalo estalló entre las mujeres. Algunas daban gritos, otras lloraban; las menos permanecían en silencio, pálidas, de rodillas y mirando el suelo. Una de estas últimas, Ciruelo Dorado, era joven y hermosa. Levantó el rostro, miró a Nan y le pidió sin aspavientos ni lágrimas: "Déjame permanecer contigo". Ciruelo Dorado era su favorita y, al ver su rostro de niña, él siempre se conmovia. La sola idea de suponerla muerta lo ponía loco, de modo que ideó una estratagema a fin de salvarla: "En mi hora final no necesito mujeres. Esta noche dormiré solo". Dio media vuelta y se marchó raudo, a fin de que su rostro no denunciara la debilidad. Ciruelo Dorado, impenetrable, miró el diminuto fénix del techo de las concubinas.
Esa mañana, al ver la puerta de madera polícroma del gineceo, decidió entrar a fin de verificar si alguna se había quedado ganándose el derecho a morir con su Emperador. Pero tuvo una horrible sorpresa: Ciruelo Dorado y otras siete se habían quitado la vida.
Ternura, horror y culpa. Por salvarlas perdió la felicidad final de morir juntos. Qué omnipotencia pensar que los demás siempre obrarán como uno espera.
Una tos discreta, a su espalda, lo hizo volver. Era Li, su último mago fiel. Éste entendía todo sin preguntas y dijo, luego de una respetuosa reverencia:
—Mi Señor. ya nada puedes hacer aquí. Salgamos al jardín pues quiero hablarte.
—Li. Ella, anoche... Ciruelo Dorado me dijo que deseaba quedarse, pero yo creí que podía...
—Cuando uno trata de mejorar ciertos destinos sólo consigue complicarlos. Vámonos de este sitio, te lo suplico.
Las puertas del Palacio estaban abiertas y también las del muro externo. El pasto de los jardines había sido cortado pocas jornadas atrás pero era tal la sensación de abandono, en aquel desolado erial, que el espejismo de imaginarios yuyos se levantaba entre las junturas de las losas, al pie de las plantas frutales, los pinos y los macizos de flores. Nan y Li cruzaron un pequeño puente sobre un arroyuelo y desembocaron en una pequeña pradera esplendorosa. La persistencia enjoyada del pasto debíase a que los ladrones y la gente entrada en pánico no lo habían pisoteado. No por respeto, ciertamente, sino debido a una superstición. Las residencias reales, en China, siempre fueron descentralizadas. Los reyes europeos, y también muchos asiáticos, ordenaron para su gloria la erección de grandes edificios compactos, con cientos de habitaciones y poderosas murallas, capaces de resistir un asedio. En tal sentido se dan la mano los palacios asirios y egipcios, babilónicos e ingleses. Los chinos, en cambio, más individualistas y respetuosos de los distintos estadios del alma (que, a veces, desea estar sola), construyeron para sus Emperadores sistemas arquitectónicos discontinuos. Para ellos era inconcebible que las mujeres, los guardias, los eunucos, el Museo, las armas y el Tesoro Real estuviesen confundidos en el mismo edificio con el Hijo del Cielo, en un mazacote único, promiscuo, sin flores y sin belleza. Ríos artificiales y pequeños puentes separaban las distintas partes del todo. Si en el Palacio Imperial del último Chou el dormitorio del soberano era contiguo con el recinto de las concubinas, ello se debió a una orden de Nan a sus arquitectos. Darles tanta importancia y jerarquía a las mujeres, tanta como para desear tenerlas excesivamente cerca, fue una decisión muy criticada por los cortesanos. De todos los puentes que salían de la residencia propia de Nan, sólo uno estaba reservado con exclusividad al soberano. Por una curiosa superstición, muy difícil de explicar, los mismos que no se hicieron matar por él y que incluso robaron sus pertenencias en la huida respetaron en cambio el imperial Puente del Fénix. Como nadie pasó por allí, la pequeña pradera esplendorosa de la cual hablamos pudo salvarse de la destrucción.
Nan y Li se sentaron sobre el pasto. El mago había traído una diminuta caja de madera, en cuya tapa corrediza estaba grabado el símbolo Yin—Yang rodeado por los ocho trigramas del Pa Kua, y un envoltorio más voluminoso. Dejando la cajita a un lado procedió a desenvolver el paquete grande.
—Traje un poco de comida de mi casa, pues imaginé que en tu Palacio tan enorme los cobardes no habrían dejado ni un puñado de trigo con gorgojos. A ver. Veamos qué tenemos aquí: verduras en salmuera, arroz con pollo, el Huevo Chino de los Cien Años y algo de vino. Te propongo que comamos sin más ceremonias. —Li peroraba a fin de distraerlo. No quería que el Hijo del Cielo muriese domesticado por el dolor. Miró de reojo a su Rey y prosiguió: Estás muy silencioso, mi Señor. Quizá te ofende que haya violado el protocolo.
—Ciruelo Dorado, pobrecita... ¿Por qué me habrá querido tanto, si no soy más que un viejo?
—Y no era la única en quererte. Otras siete se mataron con ella.
—Es cierto. Aun ahora soy inhumano. No tendrán funerales, pobres hermosas, ni tableta ancestral que las recuerde.
—Hazles funerales dentro de ti. Que tu propio corazón sea la tableta con ideogramas.
—Pronto arrasarán el Panteón de los Chou. Yo mismo padeceré en el otro mundo por falta de ofrendas, recién ahora se me ocurre.
—No es que te recomiende que lo hagas, pero es mi obligación recordarte que aún puedes huir al Este. Tengo caballos.
—Si huyo a Chou Oriental quedaré transformado en un Emperador irrisorio. Caeré cada vez más bajo. Cuando los Imperios cambian su Capital es porque ha llegado el fin de la dinastía. Bonito espectáculo daría yo, huyendo, cuando hasta mis mujeres han tenido el valor de matarse. Estos cobardes han huido porque creen que Ch'in tomará Lo. Yo no lo creo. La reserva como postre, para cuando tome todo Chou, incluyendo la parte del Este.
Más allá de la pradera esplendorosa, donde reposaban Nan y Li cruzando un riacho y al lado de un macizo de flores amarillas pisoteadas, al aire libre pero frente a la puerta del Museo, podían verse unos objetos cilíndricos de basalto negro: los famosos tambores de piedra de la dinastía Chou. Eran rocas con más o menos la apariencia de tambores. Allí estaban grabados setecientos ideogramas que daban cuenta de cierta expedición de caza que realizó un Emperador quinientos cincuenta años antes de Nan. Esta expedición había sido importante, y sobre todo lo fue consignarla, pues así como se caza se guerrea. Las palabras comenzaban a borrarse pero aún eran legibles.
Mientras Li partía el Huevo Chino de Cien Años en partes iguales, dijo Nan luego de tomar un sorbo de vino:
—Si no fuera por lo que pesan, esos bandidos se hubiesen llevado hasta los tambores de piedra.
—No te preocupes: ya se los llevarán los Ch'in a su Museo de la Guerra —comentó Li con indiferencia, tendiéndole la mitad del Huevo.
—Los Ch'in. Pensar que seis siglos atrás uno de mis antepasados nombró Duque de Ch'in a un tal Fei Tzi, que no era otra cosa que un caballerizo. Sin duda mi antecesor no se soñaba que los descendientes de ese hombre se tragarían a Chou como el gusano devora la manzana. Incluso es probable que el buen rey Chau Siang corte la cabeza de mi cadáver para construirse con ella una copa y tomar vino. Éstas son algunas de las bonitas costumbres que tomaron de los Hsiang Nu, los Hu y otros bárbaros.
—Si quieres puedo quemar tu cabeza para que Chau no pueda darse ese gusto.
—No, nada de eso. No lo prives de ese placer. Después de todo se lo ha ganado. Ch'in esperó seiscientos años este glorioso momento. Pienso, en cambio, crearle una preocupación menor con los Nueve Tripodes Sagrados (2). Hace tres días los saqué de Lo. Al fin, claro, caerán en sus manos, pero lo hago para molestarlo.
En ese instante, del Oeste al Este pasó volando una grulla negra. El rostro de Nan ensombreció:
—Es la Grulla de Ch'in.
Li echó un rápido vistazo al ave y siguió comiendo y tomando cortos sorbos de vino sin hacer comentarios. Nan prosiguió:
—Me parece que por primera vez veo las cosas. Sonidos, colores. Con la realidad de los sueños pero mejor, pues aquí soy dueño de mi persona.
—¿Por qué "la realidad de los sueños"?
—Porque los sueños son violentos y reales, pero te dominan. Y este sitio es tan verdadero como un sueño pero incomparablemente superior. Durante cincuenta y ocho años he sido un Emperador de fantasía, que ni siquiera fue Rey...
—Has sido un gran Rey y quizás el más noble de todos los Emperadores Chou.
—Pero no tenía poder verdadero y mis órdenes no se cumplían. Todo me salió mal y, aparte, el Dragón Negro de los Ch'in está muy alto en el Cielo. Pero no es de esto que deseaba hablarte. Por más Emperador de pacotilla que yo haya sido lo fui durante cincuenta y ocho años, y con las mismas obligaciones y servicios que un verdadero Hijo Celestial. Nunca tuve una mañana para mí. No hemos sido campesinos ni tú ni yo, Li.
—Yo sí.
—Ah: es verdad que tú vienes del Ducado de Lu, lo mismo que Confucio.
—Y fui muy pobre. Hasta que tú me elevaste, mi Señor.
—Me olvidé. Han pasado tantos años. Pena que no fui campesino. Lamento no saber qué es la expectativa de levantarse cada mañana y ver el bosque. Sus sonidos y colores. Ya no podré hacerlo. Es una lástima.
—Si te sirve de consuelo te diré que el campesino tampoco puede. No tiene tiempo.
—No lo había pensado. El campesino es una de las cosas que nunca miré. —El Rey (o quizás Emperador) Nan se quedó meditando. Luego preguntó: —¿Entonces nadie tiene tiempo de ver el bosque, en China?
—Solamente los poetas. Esos que algunos tontos llaman desocupados, ociosos e inservibles. Por eso siempre sostuve que el Estado debe protegerlos, para que alguien pueda ver y oír. Dicen que las montañas no cambian, pero es mentira. Sí que cambian. La montaña respira y su mole se mueve. Las aguas del Wei no son las mismas hoy que ayer. ¿Cómo van a saber, las personas de dentro de dos o tres mil años, la forma que tenía un árbol mientras vivían los Chou? La poesía es la historia secreta de nuestro país.
Nan miró el sol que seguía subiendo.
—¿Qué harías tú, Li, si yo te ordenase viajar al Oriente y salvar tu vida?
—Sentiría mucha pena porque nunca desobedecí una orden de mi Emperador. Me aterra la posibilidad de terminar toda una vida de servicio con un acto tan reprochable.
Nan suspiró.
—Podríamos aún concedernos dos horas para hablar de las cosas buenas que vivimos: de las sopas de tortuga y nido de golondrina, de las codornices cocidas en queso, de las hierbas aromáticas y los picantes, de la infancia y los juegos del amor... —recordó de pronto a Ciruelo Dorado y a las otras siete—. Pero todo ello haría más difícil la tarea inevitable. Es preciso entonces no vacilar y endurecer el corazón.
Li asintió y procedió a tomar la cajita de madera que tenía grabados el Pa Kua y el símbolo Yin—Yang. Corrió la tapa mostrándole al Rey Nan su interior:
—Hay aquí dos perlas negras, tal como puedes ver. Las obtuve de las amapolas (3). Son una sustancia muy particular, que sirve para curar, apagar el dolor o viajar a los Torrentes Amarillos sin dificultades ni molestias. Caerás en un sueño cada vez más profundo. Al principio raro pero placentero. Después aparecerán algunos monstruos, pero no temas: no es más que la vida, ansiosa de seguir viviendo y que se defiende. Por último aparecerán en lontananza las Nueve Cisternas, señal de que falta poco. Para ese entonces la vida habrá dejado de luchar y los Torrentes te conducirán en forma placentera hacia el fondo. Toma esta perla y bébela con un poco de vino. —Nan se apresuró a obedecerlo. Luego Li prosiguió:— Mientras esperamos... aguarda un instante a que yo tome la otra... te contaré un cuento. Es uno que inventé para mi hijo, que cuando era pequeño tenía mucho miedo a la muerte. Tú ya seguramente recuerdas que murió catorce años atrás, como oficial tuyo, combatiendo contra Ch'in (4) ¡Cómo los derrotamos en aquella ocasión! Pero eran otros tiempos. El cuento se llama El Fantasma y el Dragón. Un hombre perdió la vida y su espectro dirigióse a los Torrentes Amarillos. Caminó y caminó por un páramo desolado, con cenizas de un metro de alto. Luego de vadear la ceniza se encontró con la horrenda Catarata que, oro y espectral, se precipitaba desde una enorme elevación. Parte de la ceniza del camino caía en copos, revoloteando como la nieve. El hombre, para cumplir con su muerte, se arrojó. Tardó cien años en llegar al fondo, tan profundo es ese abismo. Abajo encontró un dragón que acababa de morir. Empezaron a caminar juntos hasta el Castillo de los Muertos, donde los esperaba el Príncipe  Yen. Hacía mucho frío. —Li vio de reojo que Nan, con los ojos cerrados, temblaba levemente—, y debieron atravesar ríos de mercurio a cuyas márgenes crecían plantas de piedra. Caminaron días y días. El dragón se limitaba a mirarlo cada tanto, pero sin responder a ninguno de sus comentarios. Caminaron meses y meses. El hombre empezó a cansarse de tanto silencio. "Oye, dragón, ¿por qué no me hablas? Después de todo estás tan muerto como yo." El dragón lo observó con lástima y afecto. Se ve que no podía hablar. Caminaron años y años. El Castillo de los Muertos estaba cada vez más cerca. El umbral de la entrada solo era más alto que las montañas de la cordillera Tsinglin. "Pronto deberemos trepar el altísimo umbral y aún no te has dignado dirigirme la palabra. Quisiera saber, por ejemplo, los motivos de tus cambios de color. Cuando te encontré eras azul. Luego, al marchar, te tornaste negro, verde, rojo. Ahora eres como de plomo, con partículas doradas. ¿Cuál es el misterio?" —Nan ya estaba inmóvil.— El dragón parecía a punto de hablar, pero justo en ese momento se oyeron tres fuertes golpes que conmovieron todo, hasta el Castillo de los Muertos. Las partículas doradas del dragón crecieron hasta ocupar su cuerpo, que se hizo de oro esplendente, como en fragua. El hombre despertó en su cama. A un lado vio a su mujer llorando de alegría y a cierto médico taoísta. "Estuviste sin sentido durante tres días y muerto por completo durante un minuto", dijo el médico. "Felizmente, luego de golpearte tres veces en el pecho, logré mutar el dragón a tiempo." Y le mostró un vaso lleno de líquido dorado. Cuatro días más tarde el hombre trabajaba otra vez en el arrozal.
Li auscultó a Nan y pudo verificar que el Hijo del Cielo estaba muerto. El mago, tal su intención, había tragado una falsa perla, inofensiva e inocua. Ahora, ya cumplido el servicio, sacó de entre sus ropas el opio verdadero y se apuró a tragarlo con la ayuda de un poco de vino.
El anciano Rey Chau Siang, de Ch'in, no tomó Lo, capital de Chou. Tal como Nan había predicho la "reservaban como postre": todo Chou cayó siete años después de la muerte de Nan Hwang, el último Emperador Chou. En cuanto a los Trípodes Sagrados de los Shang, que estuvieron nueve siglos en manos de la dinastía Chou, fueron capturados por Ch'in en el año 255 antes de la era cristiana (uno después del suicidio del glorioso rey Nan).

Notas
(1) Los Torrentes Amarillos o Las Nueve Fuentes Arnarillas: el Mundo de los Muertos, para los antiguos chinos.

(2) Los Nueve Trípodes Sagrados eran de bronce y fueron fabricados durante la dinastía Shang. En ellos estaban grabados los rnapas del Imperio y sus nueve divisiones. Los Chou los conservaron novecientos años en su poder, pues representaban el poder imperial. Quien no tenía los Trípodes no era reconocido como Hijo del Cielo.

(3) La introducción del opio, en China, es muy posterior a la muerte del rey Nan. El mago Li, con seguridad, descubrió la droga por su cuenta. En su casa tenía amapolas para sus magias.

(4) Si bien el Emperador Nan no se involucró directamente en ese conflicto, envió oficiales a luchar, disimuladamente, contra Ch'in. Este último Estado advirtió a Nan que la repetición de tales acciones bélicas encubiertas desembocaría en guerra franca.


En La mujer en la muralla
Buenos Aires, Planeta, 1990