sábado, 13 de abril de 2013

Chuei Yagi [Niigata, 1941]: Tres poemas



El paraguas de Sakutaro

Una intensa noche de lluvia
una voz llamó desde el jardín.
Era un hombre que lloraba
con un aire distraído
con el rostro borroso
por causa de la sombra de un paraguas.

¿Quién eres? Pregunté.

Con voz triste,
mostrando los dientes blancos
y una picardía en la sonrisa respondió:

Soy Sakutaro Hagiwara, dijo.

No estaba llorando, solo ebrio.
En una taberna del rio Ebigawa
había bebido mucho y no estaba a gusto.

Sube, dije, por un momento.

Cargando su dudosa sombra mojada
asciendió por el corredor de la casa
y sentados, las piernas en cruz,
sin decir palabra, bebimos copiosamente.

La lluvia cae más fuerte, sin cesar.
Entrada la mañana
el borracho Sakutaro duerme y ronca.
A su espalda, el ojo de la serpiente del paraguas,
se abre y se cierra.



Sakutaro Hagiwara (1886-1942), es el fundador de la poesía moderna en Japón.


Primavera y peñas

Mi agitada respiración
no me deja dormir por más que quiera;
en una noche como esta
gatos salvajes mojados
atraviesan las paredes.
Un whisky tibio fluye por el pasillo
creciendo en surco
Las hierbas cercan el jardín
creciendo como agujas.
Parece que no puedo dormir
plop, plop...

Algo cae en el río detrás de mí
-¿Será una estrella?
Unas rocas se sienten solas
otras charlan sin parar
Encima del bosque al margen del río
se aglomeran algunos muertos
aullando un canto con olor a bestia

Los futones y las almohadas vomitan entrañas
algo frío atraviesa crujiendo el Tiempo
Sujetado por la noche de insomnio
¿no puedo hacer otra cosa que
cargar todo el peso de mi propia respiración?
Miro las peñas
¿lo que se oye es la caída de la estrella?
Plop, plop.

Bordeando los párpados de las peñas
la primavera retorna como si nada
Los futones dan saltos mortales
Las almohadas saltan
Los huesos salen del armario para jugar
El sueño está arrastrado por los gatos
y se hunde en el surco del whisky

Plop, plop
El río se lleva lejos
el sentimiento de las peñas
La ciudad acaba de abandonar
la lucha



Corre Kerouac

Un atardecer de otoño
estando de pie en Times Square
acaso yo intentaba cortar en pedazos
un sueño momentáneo
Grandes y tristes
se cruzan los vientos de la bandera de Estados Unidos
y las estrellas vocean

En medio de la animada avenida de los sueños
corre Kerouac
Siguiendo su sombra
una máquina de escribir, echando humo
habla sin parar
¡Plaf! se chocan los taxis amarillos
Desde el grueso brazo de un taxista
me hace guiños la tatuada América

Cada vez que sopla el viento cálido
la tierra se tambalea
Oh lunático
católico místico
vigilante del incendio forestal del Servicio de Silvicultura
Se derrumban las nubes de la cumbre
Una isla optimista da un alarido
lavada fuertemente por el río
¿De dónde he venido caminando?
En esta ciudad hay de todo no hay nada
policías a caballo
muslitos de mujeres

Ay, el dolor me parte la cabeza
Kerouac corre
Un perro corre arrastrando arcoíris y estrellas
Los vaqueros azules huelen a sudor
Alegres mexicanos se desmayan
En este continente también fluyen nubes zen
Los árboles negros susurran
Yo me detengo en Times Square para preguntar
¿Qué es el arcoíris?
Oh Señor; es el aro de los pobres.
Tú, viajero de verano a otoño
sé un madero humilde.




Chuei Yagi [Niigata, 1941], licenciado en artes de la Universidad Nihon, fue director de la revista de poesía Gendaishi Techo y la editorial Shichosha. Actualmente publica la revista Ichiban samui basho y enseña en el Colegio Femenino Universitario de Aoyama-Gakuin. Algunos de sus libros son Kinniku no uta, Yagi Chuei shishu, Kogarashi no do y Kumo no engawa, galardonado con el Premio Hanatsubaki.

Versiones de Harold Alvarado Tenorio sobre traducciones de Akiko Misumi.

Poesía japonesa contemporánea
Arquitrave Nº 46, Cartagena de Indias, Diciembre de 2009

Carlos Gamerro: El "Ulises" de Joyce en la literatura argentina


El 16 de junio de 2004 se cumplieron cien años de Bloomsday, probablemente el día más famoso, y ciertamente el más largo, de la literatura. El 16 de junio de 1904 transcurre el Ulises de Joyce, día que recorremos hora por hora —por momentos, minuto a minuto— siguiendo las andanzas del protagonista, Leopold Bloom, y de otros dos personajes centrales, Stephen Dedalus y Molly Bloom. Se ha hecho costumbre celebrarlo en Dublín, donde transcurre la novela, recreando el día en sus mínimos detalles, lo cual implica, entre otras cosas, desayunar riñón de cerdo a las ocho de la mañana, concurrir al pub Davy Byrne's a la una y a las tres atravesar la ciudad en carruaje. En otras latitudes se sostienen maratones de lectura, para comprobar, ente otras cosas, si es cierto que la novela transcurre en tiempo real, o sea, si las 24 horas de su acción requieren de 24 horas de lectura corrida. Pero nosotros, en la Argentina, tenemos algo adicional que festejar. El Ulises es, con toda probabilidad, la novela extranjera que más ha influido en nuestra narrativa, y por momentos se siente tan nuestra como si la hubiéramos escrito aquí. De hecho, no hemos dejado de hacerlo.
El Ulises se publica en París en 1922, y su recorrido por nuestra literatura comienza, como era de esperarse, por Borges, quien ya en 1925 temerariamente afirma "soy el primer aventurero hispánico que ha arribado al libro de Joyce" (el año anterior había intentado lo que bien puede ser la primera versión española del texto, una versión aporteñada del final del monólogo de Molly Bloom). Borges dice acercarse al Ulises con "la vaga intensidad que hubo en los viajadores antiguos al descubrir tierra que era nueva a su asombro errante", y se apura a anticipar la respuesta a la pregunta que indefectiblemente se le hace a todo lector de esta novela infinita: "¿La leíste toda?". Borges contesta que no, pero que aun así sabe lo que es, de la misma manera en que puede decir que conoce una ciudad sin haber recorrido cada una de sus calles. La respuesta de Borges, más que una boutade, es la perspicaz exposición de un método: el Ulises efectivamente debe leerse como se camina una ciudad, inventando recorridos, volviendo a veces sobre las mismas calles, ignorando otras por completo. De manera análoga, un escritor no puede ser influido por todo el Ulises, sino por alguno de sus capítulos, o alguno de sus aspectos.
Borges no imita los estilos y las técnicas de Joyce, pero ese Borges de veinticinco años queda fascinado por la magnitud de la empresa joyceana, por la concepción de un libro total: el libro de arena, la biblioteca de Babel, el poema "La tierra" que Carlos Argentino Daneri intenta escribir en "El Aleph" surgen de la fascinación de Borges con la novela de Joyce, que (como los poemas totales de Dante o Whitman, como el Polyolbion de Michael Drayton) sugiere la posibilidad de poner toda la realidad en un libro. En sus últimos años, seguía siendo lo que más lo atraía: "Se entiende que el Ulises es una especie de microcosmos, ¿no? y abarca el mundo... aunque desde luego es bastante extenso, no creo que nadie lo haya leído. Mucha gente lo ha analizado. Ahora, en cuanto a leer el libro desde el principio hasta el fin, no sé si alguien lo ha hecho", dijo en alguna de sus conversaciones con Osvaldo Ferrari. Lo propio de Borges, especialmente cuando se enfrenta con magnitudes inabarcables como el universo o la eternidad, es la condensación. Procede por metáfora o metonimia, nunca por acumulación. En el Ulises Joyce expande los hechos de un día a 700 páginas, en "El inmortal" Borges comprime los de 2800 años en diez. Frente a la ambición de Daneri, "Borges" (el personaje Borges de "El Aleph") da cuenta del aleph en un párrafo, cuya eficacia radica en sugerir la vastedad del aleph y lo imposible de la empresa de ponerlo en palabras. Joyce, en cambio, si bien con más talento, hubiera procedido como Daneri. "Su tesonero examen de las minucias más irreducibles que forman la conciencia obliga a Joyce a restañar la fugacidad temporal y a diferir el movimiento del tiempo con un gesto apaciguador, adverso a la impaciencia de picana que hubo en el drama inglés y que encerró la vida de sus héroes en la atropellada estrechura de algunas horas populosas. Si Shakespeare —según su propia metáfora— puso en la vuelta de un reloj de arena las proezas de los años, Joyce invierte el procedimiento y despliega la única jornada de su héroe sobre muchas jornadas del lector."
Joyce y Borges tenían estilos casi contrapuestos (si es que puede atribuirse un estilo a Joyce), los que Borges denominaría, en su Evaristo Carriego, el "estilo de la realidad", "propio de la novela", minucioso, incesante, omnívoro —el joyceano por excelencia— y el que Borges cultivaría, el "del recuerdo", que tiende a la simplificación y a la economía de los hechos y del lenguaje. "La noche nos agrada porque suprime los ociosos detalles, como el recuerdo", agrega en "Nueva refutación del tiempo", y "La noche que en el sur lo velaron" contiene las líneas "la noche / que de la mayor congoja nos libra / la prolijidad de lo real". Lo que Borges denomina "el estilo de la realidad" es por supuesto el estilo de la percepción, que define la estética de la novela realista y alcanza su paroxismo en el nouveau roman. Frente a la descripción sistemática y orgánicamente trabada que intenta quien tiene o simula tener el modelo antes sus ojos, lo propio de la memoria —memoria de la cual el olvido no es su opuesto sino un mecanismo fundamental, el componente creativo por excelencia— es "la perduración de rasgos aislados". Salvo, por supuesto, que uno sea Funes: su memoria carece de olvido y lo haría incapaz de escribir cuentos. Esta lógica borgeana excluye, por supuesto, a Proust, para quien los recuerdos son más vívidos y minuciosos —y sobre todo más intensos, vibrantes de intensidad casi visionaria— que lo que se tiene ante los ojos. "Funes el memorioso" puede, de hecho, ser leído como la broma de Borges sobre Proust (escritor del que raramente habla).
Lo que sí acerca a Borges y Joyce es su colocación literaria: ambos escritores de países occidentales periféricos, coloniales o neocoloniales, supieron a partir de la limitación crear literaturas que abarcaran toda la cultura, tanto la propia como la del amo, cuya lengua ambos redefinieron: Joyce enseñándoles a los ingleses cómo escribir en inglés, Borges haciendo lo propio con los españoles.
Si Borges se define, en parte, por ser el primer lector del Ulises, Roberto Arlt se define como aquel que no puede leerlo. Encolerizado escribe, en 1931, en el prólogo a Los lanzallamas: "Variando, otras personas se escandalizan de la brutalidad con que expreso ciertas situaciones perfectamente naturales a las relaciones entre ambos sexos. Después, esas mismas columnas de la sociedad me han hablado de James Joyce poniendo los ojos en blanco. Ello provenía del deleite espiritual que les ocasionaba cierto personaje de Ulises, un señor que se desayuna más o menos aromáticamente aspirando con la nariz, en un inodoro, el hedor de los excrementos que ha defecado un minuto antes. Pero James Joyce es inglés. James Joyce no ha sido traducido al castellano, y es de buen gusto llenarse la boca hablando de él. El día en que James Joyce esté al alcance de todos los bolsillos, las columnas de la sociedad se inventarán un nuevo ídolo a quien no leerán sino media docena de iniciados".
Hubo un tiempo feliz en que la opción Borges/Arlt se proponía como el Escila-Caribdis de la literatura, argentina (hoy en día, con menor suerte aún, se la intenta reemplazar por la opción Borges/Walsh). Lo que está claro es que ya entre 1925 y 1931 el Ulises divide las aguas en la literatura argentina: están quienes pueden leerlo y quienes no. "Soy el primero en leer el Ulises", se ufana Borges. "Voy a ser el último en leer el Ulises", se define con igual orgullo Arlt, "y eso me hace quien soy". En palabras de Renzi, personaje de Piglia en Respiración artificial: "Arlt se zafa de la tradición del bilingüismo; está afuera de eso, Arlt lee traducciones. Si en todo el XIX y hasta Borges se encuentra la paradoja de una escritura nacional construida a partir de una escisión entre el español y el idioma en que se lee, que es siempre un idioma extranjero... Arlt no sufre ese desdoblamiento... Es el primero, por otro lado, que defiende la lectura de traducciones. Fíjate lo que dice sobre Joyce en el Prólogo a Los lanzallamas y vas a ver".
Se dijo en un primer momento, y se sigue diciendo hoy, con tres versiones distintas sólo en español, que el Ulises es literalmente intraducible. Quizá por eso varios autores en distintas partes del mundo (Alfred Döblin con Berlín Alexanderplatz, Luis Martín-Santos con Tiempo de silencio, Virginia Woolf con Mrs. Dalloway, el Ulises femenino) encararon, en lo que puede concebirse como una traducción radical, la tarea de reescribirlo situando su acción en sus propios mundos. Leopoldo Marechal, en su Adán Buenosayres, acometería la ambiciosa tarea de escribir el Ulises argentino: Adán Buenosayres sigue minuciosa, casi programáticamente, al Ulises, sobre todo en su sistemático uso de los paralelos homéricos, que hacia el final ceden paso a los dantescos. Borges siempre afirmaba sorprenderse del entusiasmo de la crítica por los paralelos homéricos del Ulises, y aprovechó su cuento "Pierre Menard autor del Quijote" para tomarlos en solfa: "...uno de esos libros parasitarios que sitúan a Cristo en un bulevar, a Hamlet en la Cannebière o a don Quijote en Wall Street". A Marechal fue éste uno de los aspectos que más le interesó, y en su obra aparecen, prolijamente el escudo de Aquiles, Polifemo, Circe, las sirenas y el descenso a los infiernos.
También comparte con Joyce la ambición de recuperar para la novela la tradición épica, con la salvedad —aclara Marechal— de que él, católico confeso, apunta a recuperar el espíritu de la epopeya, mientras que Joyce, católico renegado y enemigo de toda metafísica que nos aleje de la vida en su plenitud terrena, habría quedado fascinado —y perdido— por lo que Marechal inmejorablemente denominó, en su "James Joyce y su gran aventura novelística", el "demonio de la letra": "Por otra parte, en la epopeya, como en toda forma clásica, los medios de expresión están subordinados al fin, y la 'letra' no arrebata jamás su primer plano al 'espíritu'. Joyce, cuya inclinación a la letra ya he señalado, concluye por dar a los medios de expresión una preeminencia tal, que la variación de estilos, la continua mudanza de recursos y el juego libre de los vocablos terminan por hacernos perder la visión de la escena, de los personajes y de la obra misma. No se ha detenido ahí, ciertamente, porque hay un 'demonio de la letra' y es un diablo temible. A juzgar por sus últimos trabajos, el demonio de la letra venció a Joyce definitivamente".
Adán Buenosayres, comenzado a principios del 30, se publicaría en 1948. Tres años antes había llegado el momento profetizado por Arlt: en 1945, apenas tres años después de su muerte, se publica la primera traducción del Ulises al español, realizada, claro está, en nuestro país, por el casi desconocido J. Salas Subirat. A esta seguirían dos, ambas hechas en España. La versión local es sin duda la más prolífica en errores, pero también en aciertos, y cuando consideramos que nuestro compatriota no dispuso del vastísimo aparato crítico que sí pudieron aprovechar sus sucesores, su empresa y sus logros bien pueden calificarse de épicos, constituyendo, además, un melancólico testimonio del tiempo aquel en que Buenos Aires podía considerarse la capital de la cultura hispánica.
Gran parte de la literatura latinoamericana de los 60 toma a Faulkner como modelo, en parte porque pertenece, como él, al área Caribe, y la fórmula faulkneriana de combinar literatura regionalista y rural con procedimientos modernistas de vanguardia es, sin más, la fórmula del boom, desde Méjico al Uruguay. En la literatura argentina, en cambio, en el siglo xx el foco pasa decisivamente del campo a la ciudad, ciudad que es además una metrópoli cosmopolita, marcada por la inmigración europea. Joyce, que acomete él sólo la tarea de convertir la bucólica irlandesa —la literatura del "revival céltico" de Yeats y sus seguidores— en una literatura moderna y urbana, ha sido por eso, más que Faulkner, nuestro modelo. Incluso los pueblos, sobre todo los de la pampa gringa, que son los representados con mayor frecuencia en nuestra narrativa (Walsh, Puig, Haroldo Conti, Osvaldo Soriano, César Aira) se caracterizan más por su aspiración a la cultura de Buenos Aires que por una cultura tradicional propia, como evidencia el Coronel Vallejos de Manuel Puig.
Puig confesaba no haber leído el Ulises completo, afirmando que le bastaba con saber que cada capítulo estaba escrito con una técnica, estilo y lenguaje diferentes. Ya en su primera novela, La traición de Rita Hayworth, se suceden algunos puramente dialogados, otros en monólogo interior y formas escritas "bajas" (la carta, la composición escolar, el diario íntimo de señoritas, el anónimo). Boquitas pintadas parece surgida entera del capítulo pop del Ulises, "Nausica" (aquel monólogo interior de una adolescente cuya sensibilidad, lenguaje y alma fueron formadas por las revistas femeninas), y The Buenos Aires Affaire la más programáticamente joyceana de todas. Si Borges es quien incorpora el componente culto, o propiamente modernista, de Joyce, Puig es quien mejor lee la veta posmoderna del Ulises, su sensibilidad camp y pop hacia lo kitsch, lo cursi, y los productos de la cultura de masas (que son anatema para la literatura borgeana).
La obra de Rodolfo Walsh, que las lecturas simplificadoras todavía en boga harían pasar únicamente por la militancia y la denuncia, tiene a Joyce presente todo el tiempo. De familia irlandesa, en un país donde dicha comunidad ha mantenido con ferocidad su cohesión a través de lengua, religión y tradiciones, y educado al igual que Joyce en un internado irlandés y católico, Walsh no podía escapar al influjo de su casi compatriota, aunque en su caso es más bien el de Dublineses y sobre todo El retrato del artista adolescente, del cual sus "cuentos de irlandeses" parecen desprendimientos. Walsh tendía, como Borges, a la economía verbal, y la desmesura del Ulises pudo parecerle ajena y hasta hostil; sin embargo, sus cuentos de la pampa, como "Cartas" y "Fotos", constituyen (la ajustada observación es de Ricardo Piglia) pequeños universos joyceanos, condensados Ulises rurales. Joyce, que se convierte en escritor al liberarse del doble yugo de la Iglesia católica y el imperativo de servir a la revolución irlandesa, es hostil a toda idea de compromiso ideológico o político. La obra de Joyce no excluye lo político (de hecho está saturada de política, desde el cuento "Día de la hiedra en el comité", la cena navideña del Retrato y, de principio al fin, el Ulises y el Finnegans Wake). Pero hace justamente eso: lo incluye. La misión de la literatura es nada menos que la de "forjar la conciencia increada de la raza" y así política y religión se subordinan a ella. En el capítulo 5 del Retrato, Stephen Dedalus expone su teoría estética: "Quiero decir que la emoción trágica es estática. O más bien que la emoción dramática lo es. Los sentimientos excitados por un arte impuro son cinéticos, deseo y repulsión. El deseo nos incita a la posesión, a movernos hacia algo; la repulsión nos incita al abandono, a apartarnos de algo. Las artes que sugieren esos sentimientos, pornográficas o didácticas, no son, por lo tanto, artes puras. La emoción estética es por consiguiente estática. El espíritu queda paralizado por encima de todo deseo, de toda repulsión". La respuesta de Walsh aparece en su cuento."Fotos":
Cosas para decirle a M.:
El goce estético es estático.
Integritas. Consonantia. Claritas.
Aristóteles. Croce. Joyce.
Mauricio:
Me cago en Croce.
No, viejo, si ya caigo. El arte es para ustedes.
Si lo puede hacer cualquiera, ya no es arte.
Quien habla en primer lugar es Jacinto Tolosa, hijo de un estanciero y aspirante a poeta y abogado. Mauricio, su amigo, es un vago, simpático y entrador, hijo de un comerciante y apasionado —pero inseguro— fotógrafo, y el primero está usando a Joyce para convencer al segundo de que la fotografía no es arte. Walsh veía claramente las implicancias de la estética joyceana: la experiencia estética se basta —como la religiosa— a sí misma, no hace falta, para justificar al arte, invocar su supuesta utilidad social o individual. Las artes cinéticas —didácticas, moralizantes, políticas o pornográficas— nos exigen una conducta, nos llevan hacia fuera de la obra, a algún tipo de acción: hacer la revolución, por ejemplo, o masturbarnos. Para Joyce, la literatura modifica —crea— la conciencia, da forma al alma: es tan profundamente política que no puede subordinarse a la política: la idea del compromiso es antitética a su arte. Yeats quería escribir poemas capaces de acompañar a los hombres al cadalso, Joyce escribió cuentos y novelas para inmunizar a los hombres contra la estúpida tentación de subir sus peldaños.
En Juan José Saer el influjo de Joyce aparece en principio como menos obvio, salvo quizás en el día, progresivamente ampliado, de su novela El limonero real. Pero su particular estilo resulta de la conjunción aparentemente imposible, de la inundación verbal y narrativa de Faulkner (discípulo de Joyce al fin) con el apego clínico a la minucia del objetivismo francés de Robbe-Grillet y otros —y cabe recordar que todo el objetivismo francés cabe en el capítulo 17 del Ulises, "Ítaca". El interés de Saer en el Ulises, de todos modos, está bien evidenciado en sus artículos críticos, como el titulado "J. Salas Subirat" recogido en Trabajos: "El Ulises de J. Salas Subirat (la inicial imprecisa le daba al nombre una connotación misteriosa) aparecía todo el tiempo en las conversaciones, y sus inagotables hallazgos verbales se intercalaban en ellas sin necesidad de ser aclaradas: toda persona con veleidades de narrador que andaba entre los dieciocho y los treinta años en Santa Fe, Paraná, Rosario y Buenos Aires los conocía de memoria y los citaba. Muchos escritores de la generación del 50 o del 60 aprendieron varios de sus recursos y de sus técnicas narrativas en esa traducción. La razón es muy simple: el río turbulento de la prosa joyceana, al ser traducido al castellano por un hombre de Buenos Aires, arrastraba consigo la materia viviente del habla que ningún otro autor —aparte quizá de Roberto Arlt— había sido capaz de utilizar con tanta inventiva, exactitud y libertad. La lección de ese trabajo es clarísima: la lengua de todos los días era la fuente de energía que fecundaba la más universal de las literaturas".
La lista se completa, por ahora, con dos novelas de Ricardo Piglia: Respiración artificial —que se propone la ímproba tarea de elegir entre Joyce y Kafka, diciendo una cosa y haciendo la otra— y La ciudad ausente, fascinada por igual con la proteica mutabilidad verbal del Finnegans Wake y la hija esquizofrénica de Joyce, Lucia. Y con Luis Gusmán, quien en En el corazón de junio explora los sutiles, y quizás imaginarios, vínculos entre el 16 de junio más famoso de la literatura irlandesa, Bloomsday, y el más famoso de la historia argentina, Bombsday, el 16 de junio de 1955, siguiendo los pasos de, entre otros personajes, J. R. Wilcock, que tradujo fragmentos del Finnegans Wake al italiano.
Tenemos, como se ve, muchas razones para festejar este centenario. Porque el Ulises, además del deleite —más bien el éxtasis— estético que su lectura produce, suele inducir en su lector el insensato anhelo de percibir, pensar y sentir cada instante de cada día de su vida con la intensidad y la atención con que lo hacen Bloom, Stephen y Molly. O, para concluir donde empezamos, con Borges, esta vez en las palabras de su poema "James Joyce":
Entre el alba y la noche está la historia
universal. Desde la noche veo
a mis pies los caminos del hebreo,
Cartago aniquilada, Infierno y Gloria.
Dame, Señor, coraje y alegría
para escalar la cumbre de este día.
En El nacimiento de la literatura argentina y otros ensayos
Buenos Aires, Norma, 2006

Franz Kafka - Dos clases de verdades






4 de febrero. Largo tiempo en cama, insomne, tomo conciencia de la lucha.
En un mundo de mentira, la mentira no es expulsada del mundo ni siquiera por medio de su opuesto, pero sí por medio de un mundo de verdad.
El dolor es el elemento positivo de este mundo, más bien el único vínculo entre este mundo y lo positivo en sí.
5 de febrero. Buena mañana, imposible recordarlo todo.
La destrucción de este mundo sería tarea nuestra sólo si: primero, este mundo fuese malo, es decir, opuesto a nuestro espíritu; segundo, si estuviésemos en condiciones de destruirlo. La primera cosa nos parece precisa, pero la segunda no podemos realizarla. No podemos destruir este mundo porque no lo hemos construido como algo fijo de por sí, sino que nos perdimos dentro. Más aún, este mundo es nuestro extravío, y como tal él es, en sí mismo, una entidad indestructible, o mejor: cualquier cosa se puede destruir con llevarla hasta el fin, sin renuncias, donde cabe advertir, por otra parte, que aun llevarla hasta el fin no puede ser más que consecuencia de la distracción, pero siempre en el ámbito del mundo mismo.
Existen, para nosotros, dos clases de verdades, las representadas por el árbol de la ciencia y por el árbol de la vida. La verdad de quien obra y la verdad de quien descansa. En la primera el bien se distingue del mal, la segunda no es más que el bien mismo, e ignora tanto el bien como el mal. La primera verdad se nos concede realmente, la segunda podemos intuirla tan sólo. Este es el aspecto triste de la cosa. Pero el alegre es que la primera verdad pertenece al instante fugaz, la segunda a la eternidad, por lo que la primera acaba por extinguirse en el fulgor de la segunda.



En Cuadernos en octava
Traducción: Carmen Gauger

jueves, 28 de marzo de 2013

Albert Camus: Oscuro para sí mismo


Oh, sí, era así, la vida de aquel niño había sido así, la vida había sido así en la isla pobre del barrio, unida por la pura necesidad, en medio de una familia inválida e ignorante, con su sangre joven y fragorosa, un apetito de vida devorador, una inteligencia arisca y ávida, y siempre un delirio jubiloso cortado por las bruscas frenadas que le infligía un mundo desconocido, dejándolo desconcertado pero rápidamente repuesto, tratando de comprender, de saber, de asimilar ese mundo que no conocía, y asimilándolo, sí, porque lo abordaba ávidamente, sin tratar de escurrirse en él, con buena voluntad pero sin bajeza y sin perder jamás una certeza tranquila, una seguridad, sí, puesto que era la seguridad de que conseguiría todo lo que quería y que nada, jamás, de este mundo y sólo de este mundo, le sería imposible, preparándose (y preparado también por la desnudez de su infancia) a encontrar su lugar en todas partes, porque no deseaba ningún lugar, sino sólo la alegría, los seres libres, la fuerza y todo lo que de bueno, de misterioso tiene la vida, y que no se compra ni se comprará jamás. Preparándose incluso, a fuerza de pobreza, a ser capaz un día de recibir dinero sin haberlo pedido nunca y sin someterse nunca a él, tal como era Jacques, ahora, a los cuarenta años, reinando sobre tantas cosas y al mismo tiempo seguro de ser menos que el más humilde, y nada, comparado con su madre. Sí, había vivido así entre los juegos del mar, del viento, de la calle, bajo el peso del verano y las lluvias intensas del breve invierno, sin padre, sin tradición transmitida, pero habiendo hallado durante un año, justo en el momento preciso, un padre, y avanzando a través de los seres y las cosas [ ],[177] en el conocimiento que iba adquiriendo para fabricar algo que se parecía a una conducta (suficiente en ese momento, dadas las circunstancias que se le presentaban, insuficiente más tarde frente al cáncer del mundo) y para crearse su propia tradición.
¿Pero era aquello todo, aquellos gestos, aquellos juegos, aquella audacia, aquel ardor, la familia, la lámpara de petróleo y la escalera negra, las palmas al viento, el nacimiento y el bautismo en el mar, y para terminar, esos veranos oscuros y laboriosos? Había eso, oh, sí, era así, pero había también la parte oscura del ser, lo que durante todos esos años se había agitado sordamente en él como esas aguas profundas que debajo de la tierra, en el fondo de los laberintos rocosos, nunca han visto la luz del sol y, sin embargo, reflejan un resplandor sordo que no se sabe de dónde viene, aspirado tal vez por el centro enrojecido de la tierra, a través de capilares pedregosos, hacia el aire negro de esos antros ocultos y de los que unos vegetales pegajosos y [comprimidos] siguen extrayendo su alimento para vivir allí donde toda vida parecía imposible. Y ese movimiento ciego que nunca había cesado, que experimentaba aún ahora, fuego negro enterrado en él como uno de esos fuegos apagados en la superficie pero que en el interior siguen ardiendo, desplazando las fisuras y las torpes agitaciones vegetales, de suerte que la superficie fangosa tiene los mismos movimientos que la turba de los pantanos, y de esas ondulaciones espesas e insensibles seguían naciendo en él, día tras día, los más violentos y terribles de sus deseos, así como sus angustias desérticas, sus nostalgias más fecundas, sus bruscas exigencias de desnudez y sobriedad, su aspiración a no ser nada, sí, ese movimiento oscuro a lo largo de todos estos años estaba de acuerdo con aquel inmenso país que lo rodeaba, cuyo peso, siendo niño, había sentido, con el inmenso mar delante, y detrás ese espacio interminable de montañas, mesetas y desierto que llamaban el interior, y, entre ambos, el peligro permanente del que nadie hablaba porque parecía natural, pero que Jacques percibía cuando, en la pequeña finca de Birmandreis, con sus habitaciones abovedadas y sus paredes encaladas, la tía recorría los cuartos en el momento de acostarse para ver si estaban bien corridos los cerrojos de los postigos de gruesa madera maciza, país donde se sentía como si allí lo hubieran arrojado, como si fuera el primer habitante o el primer conquistador, desembarcando allí donde todavía reinaba la ley de la fuerza y la justicia estaba hecha para castigar implacablemente lo que las costumbres no habían podido evitar, y alrededor aquellos hombres atrayentes e inquietantes, cercanos y alejados, con los que uno se codeaba a lo largo del día, y a veces nacía la amistad o la camaradería, pero al caer la noche se retiraban a sus casas desconocidas, donde no se entraba nunca, parapetados con sus mujeres, a las que jamás se veía, o si se las veía en la calle, no se sabía quiénes eran, con el velo cubriendo la mitad del rostro y los hermosos ojos sensuales y dulces por encima de la tela blanca, y eran tan numerosos en los barrios donde estaban concentrados, tan numerosos, que simplemente por su cantidad, aunque resignados y cansados, hacían planear una amenaza invisible que se husmeaba en el aire de las calles ciertas noches en que estallaba una pelea entre un francés y un árabe, de la misma manera que hubiera estallado entre dos franceses o entre dos árabes, pero no era recibida de la misma manera, y los árabes del barrio, con sus monos de un azul desteñido o sus chilabas miserables, se acercaban lentamente, desde todas partes, con un movimiento continuo, hasta que la masa poco a poco aglutinada expulsaba de su espesor, sin violencia, por el movimiento mismo que lo reunía, a los pocos franceses atraídos por algunos testigos de la pelea, y el francés que luchaba, retrocediendo, se encontraba de pronto frente a su adversario y a una multitud de rostros sombríos y cerrados que le hubieran despojado de todo su coraje si justamente no se hubiese criado en ese país y no supiera que sólo el coraje permitía vivir en él, y entonces hacía frente a esa multitud amenazadora y que, no obstante, no amenazaba a nadie salvo con su presencia, y el movimiento que no podía evitar, y la mayor parte del tiempo eran ellos los que sujetaban al árabe que luchaba con furia y embriaguez, para que se marchase antes de que llegaran los guardias, que se presentaban al poco de llamarlos, y se llevaban sin discusión a los adversarios, que pasaban maltrechos bajo las ventanas de Jacques, rumbo a la comisaría. «Pobres», decía su madre viendo a los dos hombres sólidamente sujetos y empujados por los hombros, y después por la calle rondaban la amenaza, la violencia, el miedo para el niño, secándole la garganta con una angustia desconocida. Aquella noche en él, sí, aquellas raíces oscuras y enmarañadas que lo ataban a esa tierra espléndida y aterradora, a sus días ardientes y a sus noches rápidas que embargaban el alma, y que había sido como una segunda vida, más verdadera quizá bajo las apariencias cotidianas de la primera y cuya historia estaba hecha de una serie de deseos oscuros y de sensaciones poderosas e indescriptibles, el olor de las escuelas, de las caballerizas del barrio, de la lejía en las manos de su madre, de los jazmines y la madreselva en los barrios altos, de las páginas del diccionario y de los libros devorados, y el olor agrio de los retretes de su casa o de la quincallería, el de las grandes aulas frías, donde a veces entraba solo, antes o después de las clases, el calor de sus compañeros preferidos, el olor a lana caliente y a deyecciones que arrastraba Didier, o el del agua de colonia con que la madre de Marconi, el alto, lo rociaba abundantemente y que le daba ganas, en el banco de su clase, de acercarse todavía más a su amigo, el perfume del lápiz de labios que Pierre había robado a una de sus tías y que olían entre ellos, perturbados e inquietos como los perros que entran en una casa donde ha pasado una hembra perseguida, imaginando que la mujer era ese bloque de perfume dulzón de bergamota y crema que, en el mundo brutal de gritos, transpiración y polvo, les traía la revelación de un universo refinado y delicado, con su indecible seducción, del que ni siquiera las groserías que lanzaban a propósito del lápiz de labios llegaba a defenderlos, y el amor de los cuerpos desde su más tierna infancia, de su belleza, que le hacía reír de felicidad en las playas, de su tibieza, que lo atraía constantemente, sin idea precisa, animalmente, no para poseerlos, cosa que no sabía hacer, sino simplemente para entrar en su irradiación, apoyar su hombro contra el hombro del compañero y casi desfallecer cuando la mano de una mujer en un tranvía atestado tocaba durante un momento la suya, el deseo, sí, de vivir, de vivir aún más, de mezclarse a lo que de más cálido tenía la tierra, lo que sin saberlo esperaba de su madre y que no obtenía o tal vez no se atrevía a obtener y que encontraba en el perro Brillant cuando se tendía junto a él al sol y respiraba su fuerte olor a pelos, o en los olores más fuertes o más animales en los que el calor terrible de la vida se conservaba, pese a todo, para él, y del que no podía prescindir.
De esa oscuridad que había en Jacques, nacía ese ardor hambriento, esa locura de vivir que siempre lo había habitado y que aún hoy conservaba su ser intacto, haciendo simplemente más amargo —en medio de su familia recuperada y frente a las imágenes de su infancia— el sentimiento de pronto terrible de que el tiempo de la juventud huía, como aquella mujer a la que había querido, oh sí, la había querido con un gran amor de todo corazón y también del cuerpo, sí, el deseo era imperial con ella, y el mundo, cuando se retiraba de ella con un gran grito mudo, en el momento del goce, recuperaba su orden ardiente, y la había querido a causa de su belleza y su locura de vivir, generosa y desesperada, que le hacía negar, negar que el tiempo pasara, aunque supiese que estaba pasando en ese mismo momento, por no querer que se dijera de ella un día que aún era joven, sino al contrario, seguir siendo joven, y que estalló en sollozos cuando él le dijo riendo que la juventud pasaba y que los días declinaban: «Oh no, no», decía ella bañada en lágrimas, «amo tanto el amor», e inteligente y superior en tantos sentidos, tal vez justamente porque era realmente inteligente y superior, rechazaba el mundo tal como el mundo era. Como aquellos días en que, al volver ella de una breve estancia en el país donde había nacido, y de esas visitas fúnebres a las tías, de quienes le decían: «Es la última vez que las ves», y en efecto, veía sus caras, sus cuerpos, sus ruinas, y quería irse gritando, o a las cenas de familia en torno a un mantel bordado por una bisabuela muerta desde hacía mucho tiempo y en la que nadie pensaba, salvo ella, que pensaba en su bisabuela joven, en sus placeres, en sus ganas de vivir, como ella, maravillosamente bella en el esplendor de su juventud, y todo el mundo le hacía cumplidos en aquella mesa alrededor de la cual se desplegaban en las paredes los retratos de mujeres jóvenes y bellas, las mismas que le hacían cumplidos, ahora decrépitas y cansadas. Entonces, con la sangre inflamada, quería huir, huir a un país donde nadie envejeciera ni muriera, donde la belleza fuese imperecedera, la vida siempre salvaje y resplandeciente, y ese país no existía; al regresar lloraba con amargura en sus brazos y él la amaba desesperadamente.
Y Jacques también, quizá más que ella, porque había nacido en una tierra sin abuelos y sin memoria, donde la aniquilación de los que lo habían precedido era aún más absoluta y la vejez no encontraba ninguno de los auxilios de la melancolía que recibe en los países de civilización [ ],[178] él, como el filo de una navaja solitaria y siempre vibrante, destinada a quebrarse de un golpe y para siempre, la pura pasión de vivir enfrentada con la muerte total, él sentía hoy que la vida, la juventud, los seres se le escapaban, sin poder salvar nada de ellos, abandonado a la única esperanza ciega de que esa fuerza oscura que durante tantos años lo había alzado por encima de los días, alimentado sin medida, igual que las circunstancias más duras, le diese también, y con la misma generosidad infatigable con que le diera sus razones para vivir, razones para envejecer y morir sin rebeldía.

Notas

[177] Una palabra ilegible. 
[178] Una palabra ilegible. 

MC falleció prematuramente en 1960 en un accidente de tránsito, poco después de declarar a un periodista: «Mi obra aún no ha empezado». El primer hombre es una novela póstuma, en la que trabajaba cuando le sorprendió la muerte. El manuscrito fue encontrado en una bolsa entre los restos del vehículo. Permaneció inédito hasta la primavera de 1994.
 
Título original: Le premier homme
Trad. Aurora Bernárdez (1994)
Foto: MC Paris 1956 © Henri Cartier-Bresson/Magnum Photos

Gabriel García Márquez - Rosas artificiales


Moviéndose a tientas en la penumbra del amanecer, Mina se puso el vestido sin mangas que la noche anterior había colgado junto a la cama, y revolvió el baúl en busca de las mangas postizas. Las buscó después en los clavos de las paredes y detrás de las puertas, procurando no hacer ruido para no despertar a la abuela ciega que dormía en el mismo cuarto. Pero cuando se acostumbró a la oscuridad, se dio cuenta de que la abuela se había levantado y fue a la cocina a preguntarle por las mangas.

- Están en el baño -dijo la ciega-. Las lavé ayer tarde.
Allí estaban, colgadas de un alambre con dos prendedores de madera. Todavía estaban húmedas. Mina volvió a la cocina y extendió las mangas sobre las piedras de la hornilla. Frente a ella, la ciega revolvía el café, fijas las pupilas muertas en el reborde de ladrillos del corredor, donde había una hilera de tiestos con hierbas medicinales.
- No vuelvas a coger mis cosas -dijo Mina-. En estos días no se puede contar con el sol.
La ciega movió el rostro hacia la voz.
- Se me había olvidado que era el primer viernes -dijo.
Después de comprobar con una aspiración profunda que ya estaba el café, retiró la olla del fogón.
- Pon un papel debajo, porque esas piedras están sucias -dijo.
Mina restregó el índice contra las piedras de la hornilla. Estaban sucias, pero de una costra de hollín apelmazado que no ensuciaría las mangas si no se frotaban contra las piedras.
- Si se ensucian tú eres la responsable -dijo.
La ciega se había servido una taza de café.
- Tienes rabia -dijo, rodando un asiento hacia el corredor-. Es sacrilegio comulgar cuando se tiene rabia. -Se sentó a tomar el café frente a las rosas del patio. Cuando sonó el tercer toque para misa, Mina retiró las mangas de la hornilla, y todavía estaban húmedas. Pero se las puso. El padre Ángel no le daría la comunión con un vestido de hombros descubiertos. No se lavó la cara. Se quitó con una toalla los restos del colorete, recogió en el cuarto el libro de oraciones y la mantilla, y salió a la calle. Un cuarto de hora después estaba de regreso.
- Vas a llegar después del Evangelio -dijo la ciega, sentada frente a las rosas del patio.
Mina pasó directamente hacia el excusado.
- No puedo ir a misa -dijo-. Las mangas están mojadas y toda mi ropa sin planchar. -Se sintió perseguida por una mirada clarividente.
- Primer viernes y no vas a misa -dijo la ciega.
De vuelta del excusado, Mina se sirvió una taza de café y se sentó contra el quicio de cal, junto a la ciega. Pero no pudo tomar el café.
- Tú tienes la culpa -murmuró, con un rencor sordo, sintiendo que se ahogaba en lágrimas.
- Estás llorando -exclamó la ciega.
Puso el tarro de regar junto a las macetas de orégano y salió al patio, repitiendo:
- Estás llorando.
Mina puso la taza en el suelo antes de incorporarse.
- Lloro de rabia -dijo. Y agregó al pasar junto a la abuela-: Tienes que confesarte, porque me hiciste perder la comunión del primer viernes.
La ciega permaneció inmóvil esperando que Mina cerrara la puerta del dormitorio. Luego caminó hasta el extremo del corredor. Se inclinó, tanteando, hasta encontrar en el suelo la taza intacta. Mientras vertía el café en la olla de barro, siguió diciendo:
- Dios sabe que tengo la conciencia tranquila.
La madre de Mina salió del dormitorio.
- ¿Con quién hablas? -preguntó.
- Con nadie -dijo la ciega-. Ya te he dicho que me estoy volviendo loca.
Encerrada en su cuarto, Mina se desabotonó el corpiño y sacó tres llavecitas que llevaba prendidas con un alfiler de nodriza. Con una de las llaves abrió la gaveta inferior del armario y extrajo un baúl de madera en miniatura. Lo abrió con la otra llave. Adentro había un paquete de cartas en papeles de color, atadas con una cinta elástica. Se las guardó en el corpiño, puso el baulito en su puesto y volvió a cerrar la gaveta con llave. Después fue al excusado y echó las cartas en el fondo.
- Te hacía en misa -le dijo la madre.
- No pudo ir -intervino la ciega-. Se me olvidó que era primer viernes y lavé las mangas ayer tarde.
- Todavía están húmedas -murmuró Mina.
- Ha tenido que trabajar mucho en estos días -dijo la ciega.
- Son ciento cincuenta docenas de rosas que tengo que entregar en la Pascua -dijo Mina.
El sol calentó temprano. Antes de las siete, Mina instaló en la sala su taller de rosas artificiales: una cesta llena de pétalos y alambres, un cajón de papel elástico, dos pares de tijeras, un rollo de hilo y un frasco de goma. Un momento después llegó Trinidad con su caja de cartón bajo el brazo, a preguntarle por qué no había ido a misa.
- No tenía mangas -dijo Mina.
- Cualquiera hubiera podido prestártelas -dijo Trinidad.
Rodó una silla para sentarse junto al canasto de pétalos.
- Se me hizo tarde -dijo Mina.
Terminó una rosa. Después acercó el canasto para rizar pétalos con las tijeras. Trinidad puso la caja de cartón en el suelo e intervino en la labor.
Mina observó la caja.
- ¿Compraste zapatos? -preguntó.
- Son ratones muertos -dijo Trinidad.
Como Trinidad era experta en el rizado de pétalos, Mina se dedicó a fabricar tallos de alambre forrados en papel verde. Trabajaron en silencio sin advertir el sol que avanzaba en la sala decorada con cuadros idílicos y fotografías familiares. Cuando terminó los tallos, Mina volvió hacia Trinidad un rostro que parecía acabado en algo inmaterial. Trinidad rizaba con admirable pulcritud, moviendo apenas la punta de los dedos, las piernas muy juntas. Mina observó sus zapatos masculinos. Trinidad eludió la mirada, sin levantar la cabeza, apenas arrastrando los pies hacia atrás, e interrumpió el trabajo.
- ¿Qué pasó? -dijo.
Mina se inclinó hacia ella.
- Que se fue -dijo.
Trinidad soltó las tijeras en el regazo.
- No.
- Se fue -repitió Mina.
Trinidad la miró sin parpadear. Una arruga vertical dividió sus cejas encontradas.
- ¿Y ahora? -preguntó.
Mina respondió sin temblor en la voz.
- Ahora, nada.
Trinidad se despidió antes de las diez.
Liberada del peso de su intimidad, Mina la retuvo un momento, para echar los ratones muertos en el excusado. La ciega estaba podando el rosal.
- A que no sabes qué llevo en esta caja -le dijo Mina al pasar.
Hizo sonar los ratones.
La ciega puso atención.
- Muévela otra vez -dijo.
Mina repitió el movimiento, pero la ciega no pudo identificar los objetos, después de escuchar por tercera vez con el índice apoyado en el lóbulo de la oreja.
- Son los ratones que cayeron anoche en la trampa de la iglesia -dijo Mina.
Al regreso pasó junto a la ciega sin hablar. Pero la ciega la siguió. Cuando llegó a la sala, Mina estaba sola junto a la ventana cerrada, terminando las rosas artificiales.
- Mina -dijo la ciega-. Si quieres ser feliz, no te confieses con extraños.
Mina la miró sin hablar. La ciega ocupó la silla frente a ella e intentó intervenir en el trabajo. Pero Mina se lo impidió.
- Estás nerviosa -dijo la ciega.
- Por tu culpa -dijo Mina.
- ¿Por qué no fuiste a misa?
- Tú lo sabes mejor que nadie.
- Si hubiera sido por las mangas no te hubieras tomado el trabajo de salir de la casa -dijo la ciega-. En el camino te esperaba alguien que te ocasionó una contrariedad.
Mina pasó las manos frente a los ojos de la abuela, como limpiando un cristal invisible.
- Eres adivina -dijo.
- Has ido al excusado dos veces esta mañana -dijo la ciega-. Nunca vas más de una vez.
Mina siguió haciendo rosas.
- ¿Serías capaz de mostrarme lo que guardas en la gaveta del armario? -preguntó la ciega.
Sin apresurarse Mina clavó la rosa en el marco de la ventana, se sacó las tres llavecitas del corpiño y se las puso a la ciega en la mano. Ella misma le cerró los dedos.
- Anda a verlo con tus propios ojos -dijo.
La ciega examinó las llavecitas con las puntas de los dedos.
- Mis ojos no pueden ver en el fondo del excusado.
Mina levantó la cabeza y entonces experimentó una sensación diferente: sintió que la ciega sabía que la estaba mirando.
- Tírate al fondo del excusado si te interesan tanto mis cosas -dijo.
La ciega evadió la interrupción.
- Siempre escribes en la cama hasta la madrugada -dijo.
- Tú misma apagas la luz -dijo Mina.
- Y en seguida tú enciendes la linterna de mano -dijo la ciega-. Por tu respiración podría decirte entonces lo que estás escribiendo.
Mina hizo un esfuerzo para no alterarse.
- Bueno -dijo sin levantar la cabeza-. Y suponiendo que así sea: ¿qué tiene eso de particular?
- Nada -respondió la ciega-. Sólo que te hizo perder la comunión del primer viernes.
Mina recogió con las dos manos el rollo de hilo, las tijeras, y un puñado de tallos y rosas sin terminar. Puso todo dentro de la canasta y encaró a la ciega.
- ¿Quieres entonces que te diga qué fui a hacer al excusado? -preguntó. Las dos permanecieron en suspenso, hasta cuando Mina respondió a su propia pregunta-: Fui a cagar.
La abuela tiró en el canasto las tres llavecitas.
- Sería una buena excusa -murmuró, dirigiéndose a la cocina-. Me habrías convencido si no fuera la primera vez en tu vida que te oigo decir una vulgaridad.
La madre de Mina venía por el corredor en sentido contrario, cargada de ramos espinosos.
- ¿Qué es lo que pasa? -preguntó.
- Que estoy loca -dijo la ciega-. Pero por lo visto no piensan mandarme para el manicomio mientras no empiece a tirar piedras.


En Todos los cuentos

Gao Xingjian - El yo



No sé si has reflexionado sobre esta cosa extraña que es el yo. Cambia a medida que se lo observa, como cuando fijas la mirada en las nubes del cielo, tumbado en la hierba. Al principio se asemejan a un camello, luego a una mujer, y por último se transforman en un anciano de luenga barba. Nada sin embargo es fijo, puesto que en un abrir y cerrar de ojos vuelven a cambiar de forma.

Es como cuando vas al retrete de una casa vieja y observas las paredes con manchones. Vas allí todos los días, pero las manchas, por más que sean antiguas, cambian en cada ocasión. La primera vez, distingues un rostro humano, luego un perro muerto, desventrado. La vez siguiente se transforman en un árbol bajo el cual una chiquilla monta un jamelgo enjuto. Diez o quince días más tarde, tal vez varios meses después, una mañana, estás estreñido y descubres de repente que las manchas de agua han vuelto a tomar la forma de un rostro humano.
Echado en la cama, miras al techo. La sombra de la lámpara transforma también el blanco techo. Si concentras tu atención en tu yo, te das cuenta de que se aleja paulatinamente de la imagen que te es familiar, que se multiplica y reviste rostros que te asombran. Es por ello por lo que me sentiría presa de un terror irreprimible si tuviera que expresar la naturaleza esencial de mi yo. No sé cuál de mis múltiples rostros me representa mejor y, cuanto más los observo, más evidentes me parecen sus transformaciones. Finalmente, sólo queda la sorpresa.
También puedes esperar, esperar que las manchas de agua en la pared retornen a su forma original, se vuelvan de nuevo un rostro humano, puedes también desear que un día tu imagen adquiera tal o cual forma. Pero por experiencia sé que cuanto más tiempo pasa, menos evoluciona esta imagen según tus deseos y que, a menudo, por el contrario, se vuelve monstruosa. No puedes ya aceptarla, pero, como se trata de tu yo, al final no te queda más remedio que hacerlo.
Un día vi la foto pegada en mi carnet de autobús que había dejado sobre la mesa. En un primer momento, encontré mi sonrisita más bien agradable, pero acto seguido me pareció más exactamente burlona, un tanto altanera y fría, delatando cierto amor propio mezclado con no poca autosatisfacción, indicaba que me tomaba por un personaje superior. En realidad, percibí en ella una especie de afectación acompañada de una expresión de gran soledad y de vago terror; no era en absoluto el rostro de un triunfador. Podía leerse amargura en ella. Por supuesto que no podía haber en ella la vaga sonrisa habitual que nace de la felicidad involuntaria, sino que era más bien una expresión de duda ante la felicidad. Eso se volvía un poco aterrador e incluso inútil. La sensación de caer sin que pueda encontrarse ningún asidero seguro. Nunca más he querido volver a ver esa foto.
A continuación, me puse a observar a los demás, pero al hacerlo, descubría que ese yo detestable y omnipresente también se entrometía, sin poder dejar de intervenir en la percepción del rostro ajeno. Era algo lamentable: cuando observaba a otra persona, continuaba observándome yo mismo. Buscaba rostros que me gustaran, o una expresión que me resultase aceptable. Si un rostro no conseguía emocionarme, si no conseguía encontrar gentes con las que identificarme entre los que pasaban por delante de mí, los observaba, pues, sin verles. En una sala de espera, en un vagón de tren, en la cubierta de una embarcación, en una fonda o en un parque, o incluso dando un paseo por la calle, no elegía más que los rostros o las siluetas próximas a aquellos que me resultaban familiares y en los que buscaba algún indicio que pudiera hacer resurgir un recuerdo enterrado. Cuando observo a los otros, los considero como espejos que me devuelven mi propia imagen y esta observación depende enteramente de mi estado de ánimo del momento. Incluso cuando miro a una muchacha, trato de aprehenderla con mis propios sentidos, la imagino con mi propia experiencia antes de formular un juicio. Mi comprensión del prójimo, incluidas las mujeres, es de hecho superficial y arbitraria. A través de mi mirada, las mujeres no son nada más que meras ilusiones que me he creado yo mismo y que utilizo para mistificarme. Esto me entristece. Por eso mis relaciones con las mujeres conducen siempre, en última instancia, al fracaso. Y a la inversa, si fuera yo una mujer, no por ello me costaría menos el contacto con los hombres. El problema radica en la toma de conciencia interior de mi yo, ese monstruo que me atormenta sin cesar. El amor propio, la autodestrucción, la reserva, la arrogancia, la satisfacción y la tristeza, los celos y el odio, provienen de él, el yo es de hecho la fuente de la desdicha de la humanidad. ¿Acaso la solución a esta desdicha tiene que pasar por el ahogo del yo consciente?
He aquí porqué Buda enseñó la iluminación: todas las imágenes son mentiras, la ausencia de imagen también lo es.


En La montaña del alma
Traducción de Liao Yanping y José Ramón Monreal

sábado, 9 de marzo de 2013

Luis Buñuel: Teorema (1925)



Si por un punto fuera de una recta trazamos una paralela a ella obtendremos una soleada tarde de otoño.
En efecto:
El cielo todo ojos azules refleja el sueño sin peces de los estanques y estos a su vez bañan tibiamente la pereza de la tarde.
Los árboles ciegos pasan en lenta procesión y en sus más altas ramas pía oro alguna hoja rezagada.
Las calles en masa quieren salirse a pasear al campo pero tan lentamente que pronto los viandantes se las dejan atrás todas estremecidas al sol.
Campos amarillentos trepan por colinas y alcores y allí se tienden, con las piernas abiertas, en espera de la noche. Solo unos chopos siempre inquietos, telegrafían un "Morse" de hojas.
Acompasado respirar de la tarde y todas las cosas batiendo a su ritmo. Yo, traigo en la palma de la mano mi bastón sin hojas. Un seno duerme runruneando al sol.
Todas las ventanas tienen pestañas como mujeres.
La torre de la iglesia, como un índice, señala la última nubecilla blanca.
Después de un bordoneo un silencio y luego pasa Cristo vendiendo voces.
Las golondrinas besan el pico de las siete.
Una descarga cerrada de veletas por el aire.
Los orejas de aquel mulo -él no se apercibe— reabsorben la tarde. Se extingue la luz en mis solapas.
Es la hora en que comienza el solitario parto de las farolas.
Alguien da media vuelta al interruptor de las estrellas.
Que es lo que no nos habíamos propuesto demostrar.




Nota de la edición

Inédito. Escrito en 1925.
Texto en el que la greguería está considerablemente corregida por el tono ultraísta. La gama postmodernista -juanramoniana, si se quiere- de la paleta empleada queda corregida por lo irónico de la demostración matemática que enmarca la viñeta y lo depurado de la técnica metafórica, muy cercana al creacionismo. Vagamente lorquiano suena ese "sueño sin peces de los estanques".

En puridad, Buñuel, con su habitual, sutil y socarrona franqueza no ha hecho sino tomar un atajo, observando al pie de la letra y con todas sus consecuencias el concepto de metáfora preciado por Guillermo de Torre, que la consideraba "un teorema en el que se salta, sin intermediario, desde la hipóstesis a la conclusión"("La imagen y la metáfora en la novísima lírica", Alfar, n. 45, dic. 1924, p. 21), lo que resulta muy ultraísta, porque, como recordaba el propio De Torre en Literaturas europeas de vanguardia (Madrid, 1925, p. 127), métafora significaba 'llevar más allá", crear ultra objetos. Y citaba a Jean Epstein, tan relacionado con Buñuel, quien proponía el empleo de una metáfora activa, que no describiera una correspondencia estática entre dos objetos inmóviles, sino en movimeinto. Que es lo que, con un irónico exceso, lleva a cabo Buñuel al ampliar hasta la hipertrofia el plano intermedio de la imagen Epstein había expuesto estas opiniones en La poésie d'aujourd'hui, París, 1921 en su etapa literaria. Que Buñuel ya conocía tales propuestas no sólo es lícito deducirlo de sus contactos con los ultraístas, sino que puede documentarse perfectamente. Al explicar cómo había entrado en relación con Epstein, se ha referido a la lectura de sus escritos en España: "Entonces Jean Epstein escribía en una revista que se llamaba L'Esprit Nouveau, que en España recibían los ultraístas" 252.(Entrevista con J. De la Colina y T. Pérez Turrent, Contracampo, n 16, oct.-nov. 1980, p. 32).

Buñuel volvería a emplear este procedimiento en otros momentos, por ejemplo en el acto IV de Hamlet: "Niño =Niña, luego os digo que Hombre es lo que queríamos demostrar". Al fondo de todo hay una vaga referencia a las matemáticas no euclidianas en jerga futurista: "Para acentuar ciertos movimientos e indicar sus direcciones se emplearán signos matemáticos ", decía el Manifiesto técnico de la literatura futurista en su punto 6.



En Luis Buñuel, Obra literaria
Introducción y notas Agustín Sánchez Vidal
Zaragoza, 1982