sábado, 13 de abril de 2013

Henry Miller: Reflexiones sobre la muerte de Mishima



No tiene excusa que escriba yo este artículo para los lectores japoneses. No soy erudito sobre Japón ni lo he visitado jamás —aunque a punto estuve, varias veces. Es verdad que mi esposa es japonesa y que he recibido a muchos japoneses en mi casa. Amigos de mi mujer han residido con nosotros durante cierto tiempo. Cuando me encuentro con un japonés, sea hombre o mujer, lo bombardeo con preguntas sobre Japón, su pueblo, sus usos, sus problemas. Añádase que soy un devoto de la cinematografía japonesa, cuyas mejores películas están muy por encima de las de cualquier otro país.
Actualmente Japón es el país que más me interesa, aparte la China. Y debo afirmar con toda humildad que el Zen me interesa más que cualquier otra visión del mundo o modo de vida.
Estoy relacionado con japoneses de todos los sectores sociales —escritores, actores, cineastas, ingenieros, arquitectos, pintores, cantantes, animadores, hombres de negocios, editores, coleccionistas de arte, etc. Todos tienen opiniones y comportamientos diferentes, como cualquier sector de europeos o americanos.
Sin embargo, como pueblo tanto como individualmente, los rodea siempre un aura de misterio, de impenetrabilidad. Hasta cierto punto los comprendo y simpatizo con ellos —con las mujeres más que con los hombres —y luego... me pierdo. Nunca estoy seguro de cuándo ocurrirá lo inesperado, lo impredecible. No por ello me siento incómodo: me intrigan, eso sí. Siempre me ha encantado lo foráneo. Me gusta que me estimulen, me sacudan, me asombren.
Por eso cuando leí acerca de la dramática desaparición de Mishima me invadieron sentimientos opuestos. Pensé inmediatamente en sus contradicciones y, al mismo tiempo, me dije: ¡Qué japonés es todo esto! Quizá me haya familiarizado —sin jamás perder la sorpresa, el choque y el encanto —con la mezcla japonesa de crueldad y ternura, de violencia y sosiego, de belleza y fealdad, por las películas japonesas. Los japoneses no son los únicos en ser así. Pero, a mi modo de ver, en ellos la ambigüedad es mucho más abrupta y acerba. Hasta cierto punto eso explica su consumado oficio en todas las artes, la poesía, el teatro, la pintura. Lo estético siempre está perfectamente ensamblado con lo emotivo. Lo horroroso puede ser también bello: lo monstruoso y lo bello no están en conflicto, se complementan como colores primarios hábilmente yuxtapuestos. Una mujer con el corazón destrozado, me refiero a una japonesa, una mujer en la desesperación de la derrota total, es capaz de mostrar la sonrisa de un ángel misericordioso. En las películas de antiguos Samurai hay personajes, generalmente Señores, que se han dedicado por entero a la espada; sin embargo son capaces de demostrar la absoluta futilidad de la violencia.
La juventud, la belleza, la muerte —son los temas que impregnan la obra de Mishima. Sus obsesiones, podríamos decir. Típicas, se diría, de los poetas occidentales, al menos de los románticos. Por esta trinidad Mishima se crucifica a sí mismo, no menos mártir que los cristianos primitivos.
¡Era un fanático! Es la primera acusación, y la más fácil, que le hace un occidental. Pero hay fanáticos y fanáticos. En opinión del mundo indudablemente Hitler lo era. Pero también lo fue san Pablo. Estoy convencido de tener yo mismo una fibra fanática: me daría miedo asumir los poderes de un dictador. A veces, fingiendo disponer de poderes totales, fingiéndome Dios, me digo a mí mismo: “¿Qué harías para cambiar el mundo a tu guisa?” Y me paralizo. Instantáneamente me doy cuenta de que no haría nada, de que un trabajo de reparación no tiene la mínima relación con un acto de creación.
No, no estoy explicando el suicidio de Mishima como resultado de su fanatismo. Si realmente tenía esa determinación, o esa obsesión, ¿a qué dedicó o en qué empleó su vida? ¿En cultivar un hermoso cuerpo, en su arte, en la restauración del espíritu de los Samurai? En todo ello, pero en primer lugar y por encima de todo, en su país, Japón. Fue un patriota en el más estricto sentido de la palabra. No sólo amó a su país: estaba listo para a sacrificarlo todo por salvarlo.
Se dice que preparó su muerte sensacional con meses de antelación. Había por cierto vivido años pensando en la muerte, la muerte por su propia mano. Se dice también que quería morir en la flor de la edad, en el apogeo de su belleza, de su fuerza física y de su carrera. No quería una muerte de perro, como muchos compatriotas suyos. ¿Y por qué no elegir el momento y la manera de su propia muerte? ¿Acaso los antiguos no recurrían al suicidio, ahítos de los placeres y tristezas de la vida? (Sin embargo, ¡qué diferente, la manera romana de abrirse las venas en un baño caliente! Nada había de dramático, de sensacional en ese espectáculo. Era como si sencillamente se facilitaran salir de este mundo.)
Afortunadamente para Mishima, fue capaz de amalgamar sus ideas sobre cómo quitarse la vida con la de, con ello, ser útil a su país. El artista que llevaba dentro fue sin duda quien decidió cómo hacer el mejor uso de la muerte. Por muy horrible que nos parezca su muerte, tanto a nosotros como a sus compatriotas, no se puede negar que tuvo un toque de nobleza. Nadie dirá que fue obra de un loco, ni siquiera de un momento de locura. Por espantosa que haya sido, no nos afectó como el suicidio de Hemingway, por ejemplo —que se puso una escopeta en la boca y se hizo saltar los sesos.
Y a propósito de Hemingway, qué curioso que Mishima, deliberadamente tan sumergido en la cultura occidental y el pensamiento occidental, haya sin embargo muerto no sólo según el estilo japonés tradicional sino para preservar las tradiciones peculiares del Japón. No lo veo meramente preocupado por restaurar la monarquía, ni siquiera por reconstruir un ejército japonés, sino más bien por despertar al pueblo japonés a la belleza y eficacia de su propio modo de vida tradicional. ¿Quién, mejor que él en Japón, para presentir los peligros que amenazan a un Japón que sigue las pautas de nuestras ideas occidentales? Todos, fascistas, comunistas o demócratas, conocemos el veneno que contienen nuestras raquíticas ideas de progreso, eficiencia, seguridad, etc. El precio de estos supuestos progresos cacareados por Occidente es demasiado alto: la muerte, no las pequeñas muertes sino la muerte al por mayor. La muerte del individuo, la muerte del colectivo, la muerte del planeta entero —eso esconden las halagüeñas palabras de los paladines del progreso.
La tradición, para los americanos, es palabra de poco peso. No tenemos más tradición que la de los pioneros. Ya no hay fronteras; nuestro mundo se empequeñece día a día. Sólo hay lugar para quien tiene mente de pionero —no me refiero a los astronautas. Los verdaderos pioneros son iconoclastas; ellos conservan la tradición, no quienes luchan por conservarla y nos asfixian. La tradición sólo se expresa por el espíritu de coraje y desafío, no por la observancia y preservación superficial de las costumbres. Es en este sentido que Mishima intentó restaurar los usos de sus ancestros. Quiso restaurar la dignidad, el respeto de sí, la verdadera fraternidad, la autoconfianza, el amor por la naturaleza —y no la eficiencia—, el amor por el país —y no el chauvinismo—, el Emperador como guía en contraposición al rebaño que sigue, obediente, ideologías cambiantes cuyo valor lo deciden los teóricos de la política.
Sé que parezco querer blanquear a Mishima (conozco todo de lo que se lo acusa). Pero mi intención no es blanquearlo ni condenarlo. No soy su juez. Su muerte, en su forma y fondo, me incitó a cuestionar algunos de mis propios valores, a hacer un examen de conciencia. Cuando pongo en duda las ideas de Mishima, sus motivos, su modo de vivir o lo que sea, pongo en duda también los míos. Siento que es hora de que el mundo cuestione los valores, las creencias, las verdades que sostiene. Más que nunca necesitamos preguntamos —todos, santos y pecadores, pordioseros, legisladores, militares—¿a dónde vamos? ¿Podemos parar? ¿Podemos dar media vuelta? ¿Podemos creer en nosotros mismos? ¿O ya es demasiado tarde?
Uno de mis primeros héroes fue Aguinaldo, el rebelde filipino que hizo frente durante años a las fuerzas americanas después de la rendición de España. Como Ho Chi Minh, Aguinaldo era un verdadero líder de su pueblo. Otro héroe fue para mí John Brown, conocido por haberse apoderado con su banda de rebeldes, en 1859, del arsenal de Harper's Ferry, en Virginia. Después fue capturado, juzgado y ahorcado. Brown se jactaba de que con sólo cien hombres como él habría derrotado al ejército americano, y me inclino a creerle. No diría que Aguinaldo haya sido un fanático, pero John Brown lo fue, sin duda. Logró maravillas con sus hazañas, temerarias, fantásticas, para liberar a los esclavos. Tanto Aguinaldo como John Brown habían dedicado sus vidas a una gran causa, y aunque su triunfo nunca fue obvio, moral o espiritualmente sí lo fue. Tengo entendido que el pequeño ejército de Mishima ya se ha desbandado, pero el gesto dramático de Mishima, su desafío a los poderes fácticos, puede todavía damos sorpresas. "El final no ha llegado.”
Mishima era demasiado inteligente, demasiado intelectual, demasiado sensible, demasiado estético, demasiado narcisista, demasiado artista para organizar no más que un simulacro de ejército, un ejército simbólico. No lo concibo retirado a las plazas fuertes de la montaña para embarcarse en una larga guerra de guerrillas contra las fuerzas armadas de su país. Su preocupación no era la de una pronta victoria sobre las fuerzas contrarias sino la de despertar a sus compatriotas a los peligros en acecho. Mishima era un extraordinario individualista pero también un hombre de razón, de discernimiento, con una idea clara de las limitaciones humanas. Conocía el poder y la magia de la palabra, como conocía el poder dramático y simbólico del acto. Creía en sí mismo, en sus propios poderes, pero no al punto de intentar lo imposible.
El aspecto más flojo de su intento de recomponer el ejército japonés fue, a mi juicio, el no haber comprendido que el poder corrompe, que Japón, exento de poderío militar, logró lo que muy pocos países han logrado aun con ese poderío. Como Alemania, Japón ha prosperado en la derrota. Parece raro, casi increíble, y sin embargo es muy simple. La derrota militar no sólo devolvió la razón al pueblo japonés sino que, mediante una paz impuesta, le permitió conseguir lo que sus conquistadores no consiguieron. Hablaré sólo de América. ¡Mirad esta nación supuestamente poderosa! ¿No os da la impresión de estar enferma, sumida en el caos y la locura? Libra una guerra insensata contra una pequeña nación a miles de millas de distancia —¿para qué? ¿Para preservar la independencia de una parte de esa nación, un pueblo con el que no tiene vínculos ni parentesco? ¿Para proteger “nuestros intereses” en Asia? ¿Para no perder la cara? ¿Para salvaguardar el mundo para la democracia? Mientras tanto, independientemente del motivo, nuestro propio país se desmorona: ciudades y estados están al borde de la quiebra, cunde el disenso, faltan fondos para la educación, millones viven al borde del hambre, el racismo está desatado, el alcohol y las drogas minan las vidas de jóvenes y viejos, el crimen va en aumento, disminuye el respeto de las leyes y el orden, la polución de nuestros recursos naturales raya niveles de miedo y no se ve un líder en el horizonte... Se podría seguir enumerando los males que nos aquejan. Y sin embargo vamos por el mundo jactándonos de que nuestro modo de vida es el mejor, nuestra democracia un regalo para el mundo, etc. ¡Qué estúpido, qué absurdo, qué arrogante!
No, por mucho que los japoneses tengan derecho a su propio ejército, a su marina, a sus armas nucleares, a sus propias bombas, al entero arsenal de la destrucción, como cualquier otra nación, mi ferviente deseo es que no sucumban a esta tentación. No quiera Dios que los militares se hagan cargo, que otra vez lleven al pueblo japonés al matadero. Si tiene que haber un ejército, ¿por qué no un ejército de emisarios de paz, un ejército de hombres y mujeres fuertes y determinados que rechacen la guerra, que no teman vivir sin defensa, abiertos y vulnerables? ¿Por qué no un ejército que crea en el poderío de la vida, no de la muerte? ¿No podría haber otro tipo de héroe en lugar de estos mártires obedientes que matan y mueren por la nación, por el honor, por esta o aquella ideología o por ninguna razón? El Japón está en una encrucijada. Pronto será la segunda o tercera potencia mundial. ¿Podrá seguir creciendo, dominando los mercados mundiales, superando la producción de sus competidores sin el respaldo de un formidable ejército? ¿Puede conquistar el mundo por vías pacíficas? Es lo que pregunto. No hay precedentes. Pero es posible.
En alguna parte he leído la frase acerca de Mishima: “una explosión pirotécnica: la muerte En contraste con esto, existe otra clase de explosión: Satori. Entre ambas la diferencia es de la noche al día, como entre la ignorancia y la lucidez, entre el dormir y el estar despierto. Pese a lo que Mishima sostenía de la muerte, pese a que desde los dieciocho años cultivó el anhelo romántico de la autoeliminación, Mishima también creía en el estar vivo y despierto en cada uno de sus poros y de sus células. Ser perfectamente consciente, despertar del sueño profundo en el que estamos sumidos, ése era el propósito de los antiguos gnósticos —y de los maestros Zen. “Faites mourir la mort".
Hoy se acepta como si tal cosa que el matar —individualmente o en masa —esté al orden del día. El horror ante la guerra parece haberse disipado; se la da como inevitable. La expresión "guerra fría” lo resume. ¿Qué pretende la gente que piensa así? ¿La victoria? ¿Qué victoria? Si el matar está al orden del día, ¿quiénes son los matarifes más excelsos: los que matan menos (y vencen) o los que matan más? ¿Hay que aniquilar al enemigo, derrotarlo y humillarlo, o sencillamente ponerlo fuera de combate? ¿Y cómo debemos considerar al líder que da la orden de apretar el botón de una bomba que no perdona a viejos ni a jóvenes, a tullidos ni a locos, a los animales ni a las cosechas ni a la tierra misma? ¿Será un héroe, un salvador, un monstruo, un demente o un idiota? ¿Hace falta, con todo nuestro progreso tecnológico, matar a inocentes y culpables? Y si el enemigo de hoy ha de ser el aliado de mañana, ¿qué sentido tiene barrer con él? O, si solamente es derrotado, puesto de rodillas, ¿por qué el vencedor lo vuelve a poner en pie a expensas de sí mismo? Todos conocemos la respuesta a este acertijo. Tenemos que mantener vivos a los demás para mantener vivos a los nuestros. Negocios. Éste es el emblema heráldico del mundo moderno. No tiene la menor lógica. Es una forma de demencia, la demencia de la civilización.
Mirándolo de otra manera, ¿no es el guerrero cosa del pasado, tan inútil y ridículo como el pájaro dodo? Cuando Mishima, en Sol y acero, dice que "el objetivo de mi vida fue conseguir todos los atributos del guerrero”, ¿hablaba de "decoración”? Sabemos que admiraba el espíritu del Samurai y el culto de la espada pero, ¿de qué sirven espadas y espíritus de caballería cuando existe un arma como la bomba? Ya no estamos en la era en que Ricardo Corazón de León, admirador de su adversario, invitaba a Saladino a hacerse miembro de su propia Orden. Además, ya que hablamos de las escuelas de espada del tiempo de los Samurai, ¿qué hay de la Escuela Sin Espada? ¿La ignoraba Mishima? El mismo Samurai, entrenado para matar, viviendo sólo para matar, había comprendido que la mejor demostración de su habilidad estaba en vivir evitando tener que defenderse con la espada. Veo en esta actitud la manifestación del uso inteligente de la fuerza y de la habilidad, en contraposición al uso heroico de vencer por la muerte. ¿Quién quiere vencer, en definitiva? Sólo la gente estúpida, artera, malvada. Lo que realmente queremos todos es mantenemos vivos lo más posible, conservando toda nuestra lucidez y nuestro apetito por la vida. No nos han creado héroes, poetas, legisladores, militares, eruditos ni jueces; nos hemos inventado nosotros estas divisiones con nuestro modo de mirar las cosas, nuestra complicada manera de vivir. El hombre primitivo, que vivió miles de veces más que nosotros, no tenía necesidad de estas diversificaciones. Como tampoco la tienen los más sabios de nosotros. Son gente ejemplar pero jamás asumen el liderazgo de un pueblo. No intentan cambiar el mundo: cambian mundos, como san Francisco, que instaba en ese sentido a sus discípulos demasiado fervorosos. Es decir, cambian su perspectiva y con ello aceptan el mundo, lo que significa comprenderlo, apiadarse del prójimo, convertirse en su hermano y no en su rival ni su competidor —y menos que nada en su juez.
Me pregunto si Mishima realmente pensaba cambiar el comportamiento de sus compatriotas. ¿Llegó a contemplar seriamente un cambio fundamental, una genuina emancipación? No cuestiono la sabiduría o la futilidad de su dramática llamada a la daga y la espada. Con su notable inteligencia, ¿cómo no se percató de la imposibilidad de cambiar la mentalidad de las masas? Nadie lo ha logrado. Ni Alejandro Magno, ni Napoleón, ni Buda, ni Jesús, ni Sócrates, ni Marción, ni ningún otro, que yo sepa. La gran masa de la humanidad dormita, ha dormitado a lo largo de la historia y probablemente seguirá dormitando cuando la bomba atómica se cobre su última víctima. (¿Hace falta esperar final tan dramático? ¿No nos estaremos matando rápidamente de mil maneras, perfectamente conscientes del ya visible final?) No, uno puede mover a las masas como troncos, como piezas de ajedrez, fustigarlos hasta el frenesí, ordenarles matar sin cuartel —especialmente en nombre de la justicia. Pero no hay modo de despertarlas, incitarlas a vivir inteligente, pacífica, bellamente. Siempre hay y habrá "los vivos y los muertos”. Y ya Jesús dijo: "Dejad que los muertos entierren a los muertos".
Lo que se interpuso en el camino de Mishima, creo, fue su total falta de humor. Esta seriedad radical es un rasgo muy japonés. Sólo hallo un auténtico sentido del humor en los maestros Zen. Es un tipo de humor ajeno al humor occidental. Si lo entendiéramos, si verdaderamente lo apreciáramos, nuestro mundo se derrumbaría. Lo importante es que esta falta de humor lleva a la rigidez. Aun en el cultivo de su propio cuerpo, cosa que hacía a las mil maravillas, Mishima fue tan sumamente serio que lo convirtió en un fin en sí mismo. También en América tenemos culturistas, hombres-músculo. Se contonean en las playas como pavos reales. Cultivan sus cuerpos para lograr hazañas extraordinarias. A veces parecen capaces de mover montañas. Pero, ¿las mueven? ¿Cuál es la finalidad de tanta musculatura, de esta fuerza hercúlea, esta perfección divina? ¿Mirarse en el espejo satisfechos y orgullosos? ¿No hay algo afeminado, algo ridículo en este culto del cuerpo? Recuerdo de chico haber leído acerca del puñado de espartanos que defendieron hasta el último hombre el paso de las Termópilas. Mi libro de historia traía ilustraciones de los espartanos peinándose y trenzándose los largos cabellos antes de la batalla. Eran bellos y afeminados, por muy héroes que fueran. El libro hablaba del sentimiento de hermandad que los vinculaba. Yo ignoraba el significado de la palabra hermandad. Era una hermandad de otro tipo, no obstante, que el de la homosexualidad del atleta moderno y su entorno. Era una forma mucho más amplia y profunda del amor entre hombre y hombre; se practicaba abierta y comunitariamente, como muchísimo más tarde fue el caso frecuente de los grupos religiosos hermana / hermano, que florecieron en Europa y América. Eran sin dudas así los antiguos Samurai. La sodomía en los ejércitos modernos, no hace falta decirlo, es completamente distinta. Aquí no quedan rastros del "esplendor melancólico”.
Si algo hubo de heroico entre los Samurai, los espartanos y hasta los kamikazes, hoy se lo han arrogado hombres de otros órdenes, no del militar. El mundo tiene cada vez menos interés en misiones de vida o muerte. La conquista de la luna, por ejemplo, fue una misión que pidió la inteligencia y la cooperación de cientos de individuos, aparte de quienes realmente alunizaron. Antes que nada fue una hazaña de la ingeniería, un triunfo de la tecnología. No lo digo en menoscabo del valor de los astronautas, pero, como se ha dicho repetidamente, éstos fueron gente extremadamente "normal. No eran del tipo heroico. Siguieron instrucciones, hazaña de por sí difícil en este caso. No se les pidió morir en las barricadas, ni cargar como la Brigada Ligera, ni cometer suicidio voluntario como los pilotos kamikaze. La probabilidad de éxito era casi del cien por ciento. Y sus logros, el tiempo lo confirmará, tal vez resulten más importantes para la humanidad que los heroicos sacrificios de todos los héroes y mártires que murieron en aras a sus creencias.
Pero volvamos al sentido del humor. O a su ausencia. Ya lo dije, no he leído todo Mishima, lejos de ello. Pero en lo que he leído no he detectado el mínimo sentido del humor. Por alguna extraña razón soy incapaz de comparar a Mishima con Charles Dickens, tan admirado por Dostoievski, que era su polo opuesto. ¡Qué revelación leer el libro de Chesterton sobre Dickens, hace pocos años, y descubrir la enorme dosis de humor y sentimientos que hay en su obra! Ningún escritor mejor que Chesterton para apreciar el humor de Dickens. He aquí un pasaje del final del primer capítulo de esa obra:
El feroz poeta de la Edad Media escribió: “Abandonad toda esperanza, quienes aquí entráis", sobre el portal del infierno. Los poetas emancipados de hoy lo han escrito sobre los portales de este mundo. Pero para comprender la historia que sigue debemos borrar esa línea apocalíptica, aunque sea por una hora. Debemos recrear la fe de nuestros padres, aunque sólo sea como telón de fondo. Si sois pesimistas, pues, apartad por un momento, para leer esta historia, los placeres del pesimismo. Soñad, por un breve instante de locura, con que la hierba es verde. Olvidad la enseñanza que tan clara os parece, negad esos conocimientos letales que creéis poseer. Deponed la flor misma de vuestra cultura; abandonad la joya misma de vuestro orgullo; abandonad la desesperanza, quienes aquí entráis.
¡Qué estilo tan Zen tiene esta llamada de Chesterton! En unas pocas líneas demuele los puntales de nuestra paupérrima visión del mundo. Regresemos a la humanidad. A la humanidad rasa. Descartemos nuestras gafas, microscopios y telescopios, nuestras diferencias nacionales y religiosas, nuestra sed de poder, nuestras ambiciones insensatas. A gatas ¡y a enseñar el alfabeto a las hormigas! —si somos capaces. Cuestionemos todo, pero no perdamos el sentido del humor. La vida no es un asunto sumamente serio, es una tragicomedia. Somos a la vez el actor y la obra. Somos todo lo que hay. Ni más ni menos. Es lo que leo yo en sus palabras.
Si lo que se quiere es alterar o mover el mundo, qué mejor manera que alzar el espejo para que nos veamos como somos, que nos riamos de nosotros y de nuestros problemas. Más eficaz que la espada del Samurai o la corta daga del seppu —ku es el humor de Swift, que no paraba ante nada para lograr su objetivo. El hombre capaz de hacer reír a Hitler podría haber salvado millones de vidas. Lo afirmo. Los que quieren hacer el bien, sean santos o monstruos, crean más mal que bien. Louis Armstrong es un rey, Billy Graham sólo un predicador más.
Sé lo difícil que es conservar el sentido del humor en un mundo que fabrica bombas atómicas como verduras. Pero si tuviéramos un sentido del humor más sólido quizá no habría que recurrir a ese doloroso experimento de autodefensa por mutua extinción. Cuando, dice la leyenda, Alejandro Magno ordenó comparecer ante él a cierto sabio indio so pena de muerte, el sabio largó la carcajada. "¿Matarme a mí?", exclamó. “Yo soy indestructible." ¡Que maravilloso sentido del humor! Un despliegue, más que de coraje, de certidumbre. Y una confianza serena, suprema, en el poder de la vida sobre la muerte.
¿Habrá sido su extremada seriedad lo que llevó a Mishima a sentir que había agotado su poderío, a los cuarenta y cinco años, una edad a la que muchos escritores comienzan apenas a caminar? ¡Qué desgracia agotar las propias energías antes de haber empezado de veras! Un famoso escritor, Duhamel, una vez escribió acerca de América: “Pourri avant d’être mûri". Un fruto que se pudre antes de madurar. Pensad en Hokusai, en cambio, en Ticiano, en Miguel Ángel, en Picasso y en ese aparentemente indestructible Pablo Casals. En los últimos años numerosos escritores japoneses me dieron la desagradable impresión de oficiar de esclavos para ganarse la vida o para mantener su reputación. Cualquier sentido lúdico que hayan tenido en el pasado, hoy parece perdido, abandonado. Tengo además la impresión de que los miembros de la entera clase obrera japonesa trabajan como hormigas, se matan en esta loca carrera que se llama ganarse la vida. Como los alemanes, su contrapartida, parecen vivir para trabajar. Y de vivir como esclavos a morir como moscas en el campo de batalla sólo hay un paso, desde luego inevitable. Es cosa de preguntarse: si un día los trabajadores del mundo se unieran, ¿cuál sería el resultado? ¿La Utopía o el suicidio en masa? El mundo deportivo, campo en el que los japoneses descuellan, no es una expresión del instinto lúdico sino, como el mundo industrial, la expresión de la competencia, del récord, del lenocinio de la chusma, del lucro. Los viejos sabios chinos que se divertían remontando cometas lo tenían claro, vivían más, se reían más fuerte y más a menudo. Quizá no tuvieran músculos para matar una mosca, pero no terminaban mutilados ni chalados, ni les importaba que se los recordase por sus hazañas después de muertos.
El sacudón que experimenté al enterarme del fin dramático y truculento de Mishima estuvo acentuado por el recuerdo de un extraño episodio que viví en París hace treinta y cinco años. Lo recordé haciendo antesala en la consulta de mi médico, cuando cogí un número de Life (creo) en donde mostraban las cabezas decapitadas de Mishima y su amigo, en el suelo. Dos cosas me impresionaron de inmediato: uno, que las cabezas no yacían de lado sino "de pie"; dos, que una de las cabezas exhibía un inquietante parecido con la mía propia, que una vez vi en el suelo hecha pedazos. Real o imaginario, el parecido daba miedo.
Siempre imaginé que si se cortaba una cabeza ésta rebotaría y rodaría por el suelo —pero nunca terminaría "en pie". Hace años había leído el libro Tres geishas en donde se narraba una historia, supuestamente verdadera, titulada “Tsumakichi, la belleza sin brazos". Es una historia que conocen todos los japoneses. En ella, el patrón de la escuela de geishas vuelve una noche del teatro fuera de sí y, cogiendo una enorme espada, cercena las cabezas de las bellas durmientes. Tsumakichi, que duerme en la planta baja, se despierta por el ruido de las cabezas que ruedan como bolas de bowling. Abre los ojos y aterrorizada ve a su jefe de pie junto a ella, blandiendo la espada destellante. Antes de lograr moverse, éste le corta ambos brazos y le desfigura la cara. Sobrevive por milagro y llega a ser una de las geishas más famosas de la historia.
***
En cuanto al parecido entre las dos cabezas... Alrededor de 1936, en el estudio de un amigo en Villa Seurat, en París, una joven yugoslava, Radmila Djoukic, quiso hacer una escultura de mi cabeza. El día en que acabó —la arcilla todavía estaba húmeda—, un joven estudiante chino estaba discutiendo de literatura inglesa conmigo. Él había mencionado el nombre de Shakespeare una o dos veces, lo que me llevó a preguntarle si había leído Hamlet. Repitió este título con cierta duda y luego exclamó: "Ah sí, ya recuerdo... quiere usted decir la novela de Jack London". Mi sorpresa fue tan grande que lancé los brazos al aire y sin querer le di a la cabeza de arcilla, que estaba sobre el taburete de la artista. Para mi desmayo se hizo añicos —y ni todos los caballos del rey ni todos los hombres del rey lograron reparar al pobre Humpty Dumpty... Por suerte el día anterior la cabeza había sido fotografiada. Esta foto sirvió para la sobrecubierta de mi libro Un domingo después de la guerra. Desde entonces la cabeza, que me parecía un muy buen retrato mío, me obsesiona. Podéis imaginar mi horrorizada sorpresa cuando la vi "de pie” en el suelo en compañía de la de un desconocido.
Fue una impresión fugaz que nunca me abandonó. Desde el aquel reconocimiento hasta mi encuentro con Mishima en el más allá, mediaba un paso. Es aquí donde interrumpo mi narración para comenzar un diálogo con Mishima en el limbo. Habiendo mi muerte seguido de cerca a la de Mishima, es como si nuestros cuerpos todavía estuviesen calientes, vivos en todo sentido. Me sucede a veces que, durmiendo, continúe mi diálogo con Mishima y que abordemos temas que habríamos discutido si nos hubiéramos encontrado en vida.
Algunos de estos temas post-mortem los trató él en su libro Confesiones de una máscara. "¿Puede existir un amor”, se pregunta, "que no tenga nada que ver con el deseo sexual? ¿No sería un absurdo claro y obvio?” Antes de contestar quiero citar otras palabras del mismo libro. “Para mí, Sonoko [la joven de quien estaba enamorado] parecía ser la encamación de mi amor por la normalidad misma, mi amor por las cosas del espíritu, de las cosas eternas.” Espero no olvidar nunca estas palabras cuando piense en Mishima y su destino cruel.
Entonces, ¿es posible el amor exento de deseo sexual? Permitidme agregar otra pregunta frecuentemente discutida: ¿es posible seguir amando a alguien cuando ya no hay respuesta? Estas dos preguntas se ensamblan. Piden la misma solución aparentemente imposible. Sólo los monstruos o los seres sobrenaturales serían capaces de contestar semejantes acertijos. Llamo monstruos específicamente a los religiosos devotos que no sólo son capaces de vivir, por así decir, como los dioses sino que precisamente con este tipo de problemas fortalecen su espíritu, su valentía, su fe.
En el territorio del amor todo es posible. Para el amante devoto nada es imposible. Para él o para ella lo importante es... amar. Gentes así no se enamoran, simplemente aman. No piden poseer sino ser poseídos, poseídos por el amor. Cuando, como sucede a veces, este amor se torna universal y engloba al hombre, el animal, la piedra, incluso los gusanos, uno se pregunta si el amor no será algo que nosotros, los mortales, conocemos apenas.
El amor de Mishima por la juventud, la belleza, la muerte, también parece entrar en una categoría particular. No tiene relación con el amor que acabo de describir. Exagerado, como en su caso, es extremadamente raro. Y está teñido de narcisismo. Basta abrir uno cualquiera de sus libros para conocer inmediatamente las pautas de su vida y de su inevitable destino. Como un músico, repite una y otra vez el triple tema: la juventud, la belleza, la muerte. Da la impresión de ser un exiliado en la tierra. Obsesionado por el amor de lo espiritual, por las cosas eternas, ¿cómo no iba a ser un exiliado entre nosotros?
¿Quién puede aliviar al exiliado solitario? Sólo el gran “Consolador” —interpretadlo como queráis. Pero en la vida de Mishima aparentemente nunca hubo un gran "Consolador”. No era un hombre de fe sino un hombre de principios. Era un estoico en la edad no del hedonismo sino del materialismo crudo. Le repugnaba la manera con que sus compatriotas parecían revolcarse en su recién conseguida libertad. Como los occidentales a quienes emulaban, su modo de ver la vida se había rebajado al nivel de los sapos. Las visiones apolínea y dionisíaca de la vida: cosas idas. El dinero, la comodidad, la seguridad: he aquí los nuevos objetivos. ¿Era extirpable el cáncer de la vida moderna? Él pensaba que sí. ¿Lo pensó realmente? ¿Cómo injertar el antiguo espíritu, las virtudes salvadoras de nuestros ancestros, en el patrimonio genético desgastado y degenerado del hombre moderno? Este supuesto hombre moderno evidentemente todavía no ha nacido. El hombre de hoy no es sino la sombra del hombre moderno por venir. No puede avanzar ni retroceder; está atascado en el pantano creado por su propia visión miope de la vida. No se siente en casa consigo mismo ni en el mundo que intenta dominar. Tiene el instinto social atrofiado, vive aislado, fragmentado, atomizado, desolado.
Por encima de todo, para el hombre de hoy la vida no parece tener sentido. Se dice a menudo que el fenómeno primigenio, el estado de ánimo primero, es el de la maravilla. También esto, evidentemente, lo ha perdido. Tratamos de explicar el universo con teorías científicas, pero somos incapaces de explicar los fenómenos más sencillos. Pasamos por alto el hecho de que el significado nace sólo cuando descubrimos que la creación no tiene propósito. Confundimos el orden y la taxonomía con la explicación. No toleramos la idea de desorden o caos, y sin embargo admitirlo sería esencial. Y también que el sinsentido total es necesario. Sólo el genio parece capaz de comprender y apreciar la alegría del total sinsentido. El sinsentido es el antídoto para la monotonía y el vacío creado por nuestra incesante búsqueda del orden, nuestro orden, el antídoto para nuestros esfuerzos compulsivos por hallar significado y propósito donde no los hay.
Muchas veces me pregunto, cuando me cruzo con los nombres de los famosos de la historia europea citados por Mishima, quiénes eran sus héroes. (Recuerdo que de niño adoró a Juana de Arco, hasta que descubrió que era una mujer. También menciona a Gilíes de Rais, el esplendoroso y tan enigmático monstruo de los días de la caballería cuyo comportamiento sigue intrigándonos hasta hoy.)
Una noche, hace poco, en la cama pasé lista a los nombres de las personas que tuvieron este tipo de influencia en nuestra vida cultural. Y mientras los iba anotando los iba pareando, con el fin de plantear la pregunta siguiente (a quien le interese): debiendo escoger, ¿con cuál de los dos se quedaría? Aun como simple juego, las respuestas, me parece, pueden revelar cosas interesantes. En cualquier caso, a quien tenía en mente haciendo mi lista era a Mishima. ¿A quién habría seleccionado él, si se le hubiera obligado a responder?:
Laotsé o san Francisco de Asís
Leonardo o Pico della Mirandola
Sócrates o Montaigne
Hitler o Tamerlán
Alejandro Magno o Napoleón
Lenin o Thomas Jefferson
Voltaire o Emerson
Juana de Arco o Mary Baker Eddy
Keats o Bashó
Rimbaud o Walt Whitman
Sigmund Freud o Paracelso
Moctezuma o Hernán Cortés
Pendes o Carlomagno
Karl Marx o Gurdieff
Hokusai o Rembrandt
Ricardo Corazón de León o Saladino
Changtsú o Rabelais
Mi ignorancia, por desgracia, me ha hecho excluir muchos nombres de japoneses famosos que Mishima habría puesto en lugar de algunos de los que yo doy.
Hay muchas cosas que me habría gustado discutir con Mishima en nuestro encuentro imaginario en el Devachan. Para empezar me habría disculpado por mi grosería cuando lo conocí vivo, en Alemania, en la época en que todavía él era desconocido. (Me habría olvidado completamente de ello a no ser por la prensa alemana y japonesa que recordaron el hecho.) Habría pedido champagne y puros —champagne de sueño y puros de sueño, es claro, pero ni él ni yo nos habríamos percatado de la diferencia. Me habría esforzado por que se sintiera cómodo y bajara la guardia, por hacerlo reír, de ser posible. Hacerlo reír a carcajadas. Lograrlo habría significado, creo yo, que nuestro encuentro habría valido la pena. (¿Pero cómo lograr que riera? Eso me atormentaba.) Sí, lo habría embarcado en una conversación fantástica, sobre los ángeles —budistas o no—, sobre las finuras del lenguaje, sobre los absurdos de la metafísica, sobre el Zen en la literatura europea, sobre el amor en Occidente y el amor en Oriente, sobre la fisiología del amor —es decir, el amor entre insectos, entre gérmenes y bacilos, entre átomos y moléculas—, sobre el amor celestial, el amor pervertido, el amor satánico, el amor estéril, el amor por los no nacidos, el amor eterno, y así ad infinitum. Le habría explicado que ahora, esperando renacer, tendría tiempo de leer todos sus libros y tal vez discutirlos con él, si le parecía bien. Nos habríamos metido con todo, salvo con sus problemas personales. Habríamos tenido tiempo de discutir acerca de Freud, Hegel, Marx, Blavatsky, Ouspensky, Proust, Rimbaud, Nietzsche, acerca de quien se quisiera, como se quisiera. Habríamos podido hasta afrontar el enigma del universo, tanto desde el punto de vista de Haeckel como del nuestro. Habríamos invocado las huríes y las hadas, las diosas y los superhombres, los extraterrestres y los astros, los héroes y los monstruos. "Os prometí llevaros hasta el fin del mundo”, dijo Alejandro Magno a sus soldados hastiados de la guerra. Es lo que yo habría querido brindarle. Un trip, un auténtico trip. Un trip provocado por las ideas, no por las drogas. Un trip del brazo por la Vía Láctea, escoltados por ángeles. Un viaje por la realidad, no por principios e ideas.
¡Qué divertido! Nada más que el tiempo, o la ausencia de tiempo, como equipaje. Aplazar nuestro renacimiento tanto como quisiéramos, hasta decidir el momento y el lugar de nuestra próxima reencarnación. Elegir meticulosamente nuestros padres, y también nuestras nuevas identidades. Otra vez la elección. ¿Quién le gustaría ser en la próxima encamación, un líder o un pescador? ¿Un héroe o un nadie? Por mi parte ya lo habría pensado antes de morir: sería un nadie, uno cualquiera. Hombre o mujer, indiferentemente. Una vida de los sentidos, no del intelecto. Un hombre común, no famoso. Alguien que pasa desapercibido en la multitud.
¿Somos árbitros de nuestro destino? ¡Cuánto me habría gustado conocer la elección de Mishima! Habría sido demasiado discreto como para presionarlo en esto. Tal como jamás se me ocurriría preguntarle sobre su matrimonio, o si había esperado hallar la felicidad en el amor, ya sea con un hombre, una mujer, un chimpancé o una palmera. Más que nada habría querido saber si todavía consideraba importante cambiar el mundo —este mundo o el próximo, o el mundo entre los mundos. Eso y otra cosa: ¿qué sabor tenía la muerte? ¿Era realmente la culminación de todo o dejaba espacio para la imaginación?
En El pabellón del templo dorado, mi querido Mishima, para describir un aspecto de su belleza usaste una frase que nunca olvidaré. Hablaste de "adumbraciones de la nada". Cómo suena esto en japonés nunca lo sabré, pero en inglés tenía magia. Y en otra parte, en Sol y acero creo, dijiste que estabas planeando una unión entre el arte y la vida. Me quedé pensando con qué seriedad, con qué profundidad habías sopesado esta idea. Me pregunté si nunca habías sentido la contradicción implícita en una idea tan noble. Siempre ibas empalándote en los cuernos de alguna contradicción, ¿no es cierto? Toda tu vida fue un dilema cuya única solución era la muerte. Ataste tu propio nudo gordiano y resolviste el problema cortándolo con la espada. Quizás fuera en ese mismo libro donde afirmabas que tu mente siempre estuvo acosada por el aburrimiento. Impensable. ¿No había nada que realmente pudiera satisfacerte? ¿Estás satisfecho, ahora que cumpliste, o no cumpliste, tu cometido? ¿Te has puesto cara a cara con el Absoluto? ¿Crees que puede haber “un héroe de la iluminación"? ¿O crees que la iluminación es un mito inventado por algún monje?
Sí, mi querido Mishima, hay mil preguntas que me habría gustado plantearte, no por creer que pudieras responderlas hoy, cuando es demasiado tarde, sino porque me intriga cómo funciona tu mente. Trabajaste tanto, tan duramente, toda tu vida, ¿para qué? ¿No podrías darnos otro libro, desde el más allá, acerca de la futilidad del trabajo? Tus compatriotas lo necesitan —trabajan como abejas o como hormigas. Pero, ¿están gozando de los frutos de su labor, como era la intención del Creador? ¿Miran su trabajo y lo hallan bueno? Quisiste implantar en ellos las virtudes de sus antecesores, imagino que con la intención de conferir calidad y substancia a sus vidas. ¿Pero cómo fueron las vidas de sus antecesores, o de los míos si es por eso? ¿Estudiaste alguna vez las vidas privadas de los millones de nadies que hacen el trabajo del mundo? ¿Crees que un hombre tiene una vida más llena, más rica, por el hecho de ser noble y virtuoso? ¿Quién es juez en estos asuntos? Sócrates tenía una respuesta, Jesús otra. Y antes de ellos hubo Gautama el Buda. ¿Tenía él la respuesta? ¿O su respuesta fue el silencio?
Estoy seguro de que el silencio fue la cosa que tú supiste finalmente apreciar. Afanosamente quisiste decirlo todo, y luego hacerlo todo. Fuiste prodigioso en tus proteicas hazañas. Lo único que omitiste en tu carrera turbulenta fue el ser payaso. Escribiste sobre los ángeles pero pasaste por alto su contrapartida, el payaso. Son de la misma semilla, sólo que uno es celestial y el otro terrenal. De aquí a cien mil años, cuando hayamos conquistado el espacio —¿qué significará esto?—probablemente estaremos en contacto con los ángeles. Es decir, aquellos entre nosotros que ya no den tanta importancia al cuerpo físico, los que hayan aprendido a usar su cuerpo astral. En otras palabras, los hombres que hayan descubierto que todo es Mente, que somos lo que pensamos y que lo que tenemos es lo que realmente queremos. Aun en un día tan lejano quizás existan dos mundos —el infierno que siempre ha sido el mundo y el mundo de los espíritus libres que saben que el mundo es su propia obra. En su oración Sobre la dignidad humana, Pico della Mirándola escribió:
En medio del mundo el Creador dijo a Adán, te he colocado aquí para que puedas mirar en derredor más fácilmente y ver todo lo que hay. Te creé como un ser ni celestial ni terrenal, ni mortal ni inmortal solamente, para que puedas ser tu propio libre plasmador y domador; puedes degenerar hacia el animal, o por ti mismo renacer a una existencia divina... Sólo tú tienes el poder de desarrollarte y crecer según tu propio albedrío; en una palabra, ¡llevas las semillas de la vida omni incluyente en ti mismo!
Nuestros ancestros hicieron muchos experimentos, entre los cuales el tuyo debe parecerte también a ti insignificante. Hasta en tiempos remotos hubo gente que estuvo cinco o diez mil años por delante de sus tiempos. Y si pudiéramos remontamos lo suficiente descubriríamos sin dudas que una vez también las mujeres gobernaron el mundo, soñaron con poner fin a las desgracias y las miserias terrenales. (Es irónico que sólo el hombre primitivo haya conseguido adaptarse a su entorno y proseguir con su antiquísimo modo de vivir sin mayor dificultad.) Hay nombres y hechos, en la oscura niebla del pasado, que nosotros, que pensamos que los problemas del mundo son nuevos y agobiantes, hemos olvidado. El Tiempo lo barre todo, lo bueno tanto como lo malo. La vida continúa como un torrente sin fin, y acumula más y más escombros que, fatuos, llamamos historia. ¿Qué es la historia sino una ficción que nos arrulla y duerme o aguza nuestros temores? ¿Somos parte de la historia o la historia es parte nuestra? Dentro de cinco o diez mil años tal vez ya no haya Japón. Podría morir de inanición o sucumbir en un glorioso encuentro armado. ¿Quién sabe cuál será su fin? No podemos prever nada, ni nuestra perdición ni nuestra salvación.
Probablemente de aquí a un siglo el pequeño ejército que te creaste, por así decir tu cuerpo de élite, ya ni se recuerde. Tu nombre podrá sobrevivir, no como el de otro presunto salvador de su país sino como el de un animador, un hilador de palabras. Se te podrá recordar como un amante de la belleza cuyas palabras provocaron una leve oleada de agitación. Las palabras y los hechos viven vidas separadas. Las palabras pueden tocar el espíritu, pero sólo el espíritu responde al espíritu. En cuanto a los hechos, son sólo polvo. A nuestro alrededor yacen las ruinas de antiguos esplendores; no nos inspiran cometidos más nobles ni grandiosos.
Soy tan culpable como tú, mi querido Mishima, de intentar hacer del mundo un lugar mejor. Al menos así empecé. De alguna curiosa manera la práctica de la escritura me enseñó la futilidad de esta pretensión. Aun antes de leer las palabras sabias de san Francisco había tomado la decisión de mirar el mundo con otros ojos, aceptarlo como es y contentarme con hacer mi propio mundo. Este cambio radical no me cegó a los males que existen, ni me hizo indiferente al sufrimiento y a las desgracias que soportan los hombres. Tampoco me hizo menos crítico de las leyes, las instituciones, los códigos de comportamiento bajo los cuales seguimos viviendo. Me resulta francamente difícil imaginar un mundo más absurdo, más irreal que el que tenemos. Me parece —como decían los gnósticos —más bien un “error cósmico”, la obra de un falso Creador. Para que el mundo sea vivible tendría que ocurrir lo que Nietzsche llamó "una transvaluación de valores". Poniéndolo en términos suaves, es un mundo demente en el que, ay, los dementes andan sueltos. En una palabra, así parece cuando uno pretende salirse con la suya. Japón no es más demente ni más cuerdo que el resto del mundo. Tiene sus zombies exactamente como los tiene Haití; tiene sus señores de la guerra exactamente como los tiene Alemania; tiene sus inescrupulosos magnates industriales exactamente como los tiene América. También tiene sus genios, ni mayores ni menores que los de otras naciones. Sus problemas no son únicos, ni tampoco sus soluciones. Fue tu mundo, tu condicionador, tal como América es el mío.
Quizá me engañe, pero siento que he encontrado mi propio manicomio. También yo puedo estar loco, pero de manera diferente de la de mis compatriotas. Ya no me importa ver cómo mis compatriotas marchan hacia su propia destrucción, si es eso lo que quieren. Es su funeral, no el mío. He aprendido a vivir con los obstáculos que me ponen en el camino, pero a medida que pasa el tiempo son cada vez menos espantosos, cada vez menos inhibitorios. Uno aprende a jugar el juego —no respetando las reglas sino evitándolas. No hay más escuela que la vida misma donde se aprende este arte. Y sólo se logra una aparente maestría. Al final nos darán a todos por culo, a todos y cada uno de nosotros, también a quienes pelearon por su país y a quienes no pelearon.
Con el tiempo los cementerios dan lugar a granjas y habitaciones para los vivos. Si los muertos sólo pudieran hablar —¡no sobre el más allá sino sobre el más acá! ¡Si sólo aprendiéramos de la experiencia de los demás! Pero no aprendemos así, si es que aprendemos algo durante nuestra breve estancia aquí abajo. Todo lo que podemos aspirar a aprender es cómo vivir, pero para eso no hay profesores. Cada uno debe aprender por sí mismo o, como dicen algunos, hallar su propio Sendero y encamarse en él. La ironía del asunto está en que los errores que cometemos son tan importantes, y tal vez más importantes, que los aciertos. A la verdad por el error, a la verdad por el error —hasta que uno deja de intentarlo, lo cual es simplemente otra manera de decir que uno deja de darse la cabeza contra la pared.
Desde el instante mismo en que un soldado se va a la guerra su obsesión permanente es la paz. Quizás los generales y los almirantes sueñen con la victoria, pero no así los hombres que pelean. A juzgar por lo que leí de ti, mi querido Mishima, el tema de la paz no parece ocupar una parte apreciable de tu obra. Lo pensé cuando leí acerca de tu pequeña pandilla de soldados bien vestidos —y perdóname el toque burlón. Cada vez que veo un ejército bien entrenado que marcha a la guerra pienso en el aspecto que tendrán esos impecables uniformes, esas botas bruñidas y esos bruñidos botones después de la primera batalla. Pienso en que esos millones de brillantes uniformes están destinados, no más que como harapos mugrientos y andrajosos, a cubrir cuerpos muertos o mutilados. Es extraña esta importancia que se le da al uniforme. Como si uno hubiera alquilado su cuerpo por el tiempo que dura el uniforme. Me pregunto si cuando formaste tu pequeño ejército pensaste en el final de esos uniformes en los que tanto tiempo, esfuerzo y dinero pusiste.
Puede parecerte una afirmación sin sentido, a la vista de tus altos propósitos, pero el hombre de acción cuyo papel presumiste asumir se debe de haber dado cuenta de que cosas como el barro, la sangre, la mierda y los gusanos forman parte del juego de la guerra. Para hablar únicamente del primero y el último de los objetos mencionados, ambos tienen una importancia fundamental en toda guerra. Pero quizás el esteta y el dandy que llevabas dentro te vedaban consideraciones de esta índole.
Hoy todo el mundo “civilizado" no es sino un campo armado en donde las víctimas gritan silenciosamente: “¡Paz, paz, dadnos paz!” Y tú, mi querido Mishima, pareces haber estado curiosamente al pairo. ¿Dabas por sentado que no bien hubieras hecho tu jueguecito todo procedería sin baches? ¿O te importaban un bledo las consecuencias del rearme? ¿Te bastaba confesar el fracaso y expiarlo mediante el honroso seppuku? No puedo creer que estuvieras tan inmunizado, que fueras tan solipsista. Éste es un asunto del que, por supuesto, me habría encantado discutir contigo en el limbo. Sólo nos queda ahora la conjetura. Algunos se darán por satisfechos llamándote necio, otros fanático, otros héroe.
Hayas sido lo que sea, tu ausencia es una pérdida para el mundo. Así solemos decir cuando se nos muere un hombre genial. En realidad no hay nadie, nada, que se ajuste a ese lugar común, “una gran pérdida para el mundo". Piensa en los millones y millones asesinados sólo en las guerras, para no hablar de los terremotos, los maremotos, la peste y demás. Cuando se anuncian las bajas, suele proclamarse la pérdida de unos pocos individuos de clase. Los generales que mueren en combate reciben menciones exageradas. Pero son ellos quienes constituyen la gran pérdida para la sociedad. Ellos son los supuestos héroes cuyo deber es arriesgar la vida en el campo de batalla. No, lo que lloramos es la muerte de los artistas y de los pensadores. Es posible hacer generales y almirantes en cualquier momento, en cualquier parte, pero no individuos creadores. Habitualmente, cuando reciben atención las palabras y los hechos de los creadores es demasiado tarde; lo arreglamos agregando sus nombres a los de los muertos ilustres ya embalsamados que ocupan los panteones del mundo.
Pero, ¿qué hay de los innumerables millones que murieron o fueron mutilados o perdieron la razón? ¿No había entre ellos algunos destinados a ser más grandes aun que los ya enaltecidos? ¿No habrá habido entre ellos algunos pensadores e inventores, algunos hombres de visión fuera de lo común que, de haber vivido, habrían podido transformar el mundo? Piensa en los tremendos cambios debidos a hombres como Edison, Marconi, Einstein, para mencionar sólo a éstos. Seguro que no todos los desconocidos y olvidados que murieron en combate eran mastuerzos e idiotas. ¿Los echa de menos el mundo, los llora? El mundo no tiene tiempo para estas especulaciones. Avanti! Avanti!, grita. ¡Adelante! aunque adelante pueda significar hacia atrás. ¡Adelante! aunque signifique la destrucción universal. La vida, dicen, lo pide. Pero ya sea la vida o la muerte lo que nos empuje, el mundo se las arregla para sobrevivir. Tal vez no mi mundo ni el tuyo, sino "el mundo". Uno se pregunta a veces lo que esta extraña palabra “mundo” quiere decir.
Ahora que ya no formas parte de él, ¡descansa en paz!

Traductor: Mario Muchnik
©1971, Del Taller de Mario Muchnik
Barcelona, 1999

Publicado en japonés en The Weekly Post de Tokio, en 1971, después de la muerte de Yukio Mishima

Chuei Yagi [Niigata, 1941]: Tres poemas



El paraguas de Sakutaro

Una intensa noche de lluvia
una voz llamó desde el jardín.
Era un hombre que lloraba
con un aire distraído
con el rostro borroso
por causa de la sombra de un paraguas.

¿Quién eres? Pregunté.

Con voz triste,
mostrando los dientes blancos
y una picardía en la sonrisa respondió:

Soy Sakutaro Hagiwara, dijo.

No estaba llorando, solo ebrio.
En una taberna del rio Ebigawa
había bebido mucho y no estaba a gusto.

Sube, dije, por un momento.

Cargando su dudosa sombra mojada
asciendió por el corredor de la casa
y sentados, las piernas en cruz,
sin decir palabra, bebimos copiosamente.

La lluvia cae más fuerte, sin cesar.
Entrada la mañana
el borracho Sakutaro duerme y ronca.
A su espalda, el ojo de la serpiente del paraguas,
se abre y se cierra.



Sakutaro Hagiwara (1886-1942), es el fundador de la poesía moderna en Japón.


Primavera y peñas

Mi agitada respiración
no me deja dormir por más que quiera;
en una noche como esta
gatos salvajes mojados
atraviesan las paredes.
Un whisky tibio fluye por el pasillo
creciendo en surco
Las hierbas cercan el jardín
creciendo como agujas.
Parece que no puedo dormir
plop, plop...

Algo cae en el río detrás de mí
-¿Será una estrella?
Unas rocas se sienten solas
otras charlan sin parar
Encima del bosque al margen del río
se aglomeran algunos muertos
aullando un canto con olor a bestia

Los futones y las almohadas vomitan entrañas
algo frío atraviesa crujiendo el Tiempo
Sujetado por la noche de insomnio
¿no puedo hacer otra cosa que
cargar todo el peso de mi propia respiración?
Miro las peñas
¿lo que se oye es la caída de la estrella?
Plop, plop.

Bordeando los párpados de las peñas
la primavera retorna como si nada
Los futones dan saltos mortales
Las almohadas saltan
Los huesos salen del armario para jugar
El sueño está arrastrado por los gatos
y se hunde en el surco del whisky

Plop, plop
El río se lleva lejos
el sentimiento de las peñas
La ciudad acaba de abandonar
la lucha



Corre Kerouac

Un atardecer de otoño
estando de pie en Times Square
acaso yo intentaba cortar en pedazos
un sueño momentáneo
Grandes y tristes
se cruzan los vientos de la bandera de Estados Unidos
y las estrellas vocean

En medio de la animada avenida de los sueños
corre Kerouac
Siguiendo su sombra
una máquina de escribir, echando humo
habla sin parar
¡Plaf! se chocan los taxis amarillos
Desde el grueso brazo de un taxista
me hace guiños la tatuada América

Cada vez que sopla el viento cálido
la tierra se tambalea
Oh lunático
católico místico
vigilante del incendio forestal del Servicio de Silvicultura
Se derrumban las nubes de la cumbre
Una isla optimista da un alarido
lavada fuertemente por el río
¿De dónde he venido caminando?
En esta ciudad hay de todo no hay nada
policías a caballo
muslitos de mujeres

Ay, el dolor me parte la cabeza
Kerouac corre
Un perro corre arrastrando arcoíris y estrellas
Los vaqueros azules huelen a sudor
Alegres mexicanos se desmayan
En este continente también fluyen nubes zen
Los árboles negros susurran
Yo me detengo en Times Square para preguntar
¿Qué es el arcoíris?
Oh Señor; es el aro de los pobres.
Tú, viajero de verano a otoño
sé un madero humilde.




Chuei Yagi [Niigata, 1941], licenciado en artes de la Universidad Nihon, fue director de la revista de poesía Gendaishi Techo y la editorial Shichosha. Actualmente publica la revista Ichiban samui basho y enseña en el Colegio Femenino Universitario de Aoyama-Gakuin. Algunos de sus libros son Kinniku no uta, Yagi Chuei shishu, Kogarashi no do y Kumo no engawa, galardonado con el Premio Hanatsubaki.

Versiones de Harold Alvarado Tenorio sobre traducciones de Akiko Misumi.

Poesía japonesa contemporánea
Arquitrave Nº 46, Cartagena de Indias, Diciembre de 2009

Carlos Gamerro: El "Ulises" de Joyce en la literatura argentina


El 16 de junio de 2004 se cumplieron cien años de Bloomsday, probablemente el día más famoso, y ciertamente el más largo, de la literatura. El 16 de junio de 1904 transcurre el Ulises de Joyce, día que recorremos hora por hora —por momentos, minuto a minuto— siguiendo las andanzas del protagonista, Leopold Bloom, y de otros dos personajes centrales, Stephen Dedalus y Molly Bloom. Se ha hecho costumbre celebrarlo en Dublín, donde transcurre la novela, recreando el día en sus mínimos detalles, lo cual implica, entre otras cosas, desayunar riñón de cerdo a las ocho de la mañana, concurrir al pub Davy Byrne's a la una y a las tres atravesar la ciudad en carruaje. En otras latitudes se sostienen maratones de lectura, para comprobar, ente otras cosas, si es cierto que la novela transcurre en tiempo real, o sea, si las 24 horas de su acción requieren de 24 horas de lectura corrida. Pero nosotros, en la Argentina, tenemos algo adicional que festejar. El Ulises es, con toda probabilidad, la novela extranjera que más ha influido en nuestra narrativa, y por momentos se siente tan nuestra como si la hubiéramos escrito aquí. De hecho, no hemos dejado de hacerlo.
El Ulises se publica en París en 1922, y su recorrido por nuestra literatura comienza, como era de esperarse, por Borges, quien ya en 1925 temerariamente afirma "soy el primer aventurero hispánico que ha arribado al libro de Joyce" (el año anterior había intentado lo que bien puede ser la primera versión española del texto, una versión aporteñada del final del monólogo de Molly Bloom). Borges dice acercarse al Ulises con "la vaga intensidad que hubo en los viajadores antiguos al descubrir tierra que era nueva a su asombro errante", y se apura a anticipar la respuesta a la pregunta que indefectiblemente se le hace a todo lector de esta novela infinita: "¿La leíste toda?". Borges contesta que no, pero que aun así sabe lo que es, de la misma manera en que puede decir que conoce una ciudad sin haber recorrido cada una de sus calles. La respuesta de Borges, más que una boutade, es la perspicaz exposición de un método: el Ulises efectivamente debe leerse como se camina una ciudad, inventando recorridos, volviendo a veces sobre las mismas calles, ignorando otras por completo. De manera análoga, un escritor no puede ser influido por todo el Ulises, sino por alguno de sus capítulos, o alguno de sus aspectos.
Borges no imita los estilos y las técnicas de Joyce, pero ese Borges de veinticinco años queda fascinado por la magnitud de la empresa joyceana, por la concepción de un libro total: el libro de arena, la biblioteca de Babel, el poema "La tierra" que Carlos Argentino Daneri intenta escribir en "El Aleph" surgen de la fascinación de Borges con la novela de Joyce, que (como los poemas totales de Dante o Whitman, como el Polyolbion de Michael Drayton) sugiere la posibilidad de poner toda la realidad en un libro. En sus últimos años, seguía siendo lo que más lo atraía: "Se entiende que el Ulises es una especie de microcosmos, ¿no? y abarca el mundo... aunque desde luego es bastante extenso, no creo que nadie lo haya leído. Mucha gente lo ha analizado. Ahora, en cuanto a leer el libro desde el principio hasta el fin, no sé si alguien lo ha hecho", dijo en alguna de sus conversaciones con Osvaldo Ferrari. Lo propio de Borges, especialmente cuando se enfrenta con magnitudes inabarcables como el universo o la eternidad, es la condensación. Procede por metáfora o metonimia, nunca por acumulación. En el Ulises Joyce expande los hechos de un día a 700 páginas, en "El inmortal" Borges comprime los de 2800 años en diez. Frente a la ambición de Daneri, "Borges" (el personaje Borges de "El Aleph") da cuenta del aleph en un párrafo, cuya eficacia radica en sugerir la vastedad del aleph y lo imposible de la empresa de ponerlo en palabras. Joyce, en cambio, si bien con más talento, hubiera procedido como Daneri. "Su tesonero examen de las minucias más irreducibles que forman la conciencia obliga a Joyce a restañar la fugacidad temporal y a diferir el movimiento del tiempo con un gesto apaciguador, adverso a la impaciencia de picana que hubo en el drama inglés y que encerró la vida de sus héroes en la atropellada estrechura de algunas horas populosas. Si Shakespeare —según su propia metáfora— puso en la vuelta de un reloj de arena las proezas de los años, Joyce invierte el procedimiento y despliega la única jornada de su héroe sobre muchas jornadas del lector."
Joyce y Borges tenían estilos casi contrapuestos (si es que puede atribuirse un estilo a Joyce), los que Borges denominaría, en su Evaristo Carriego, el "estilo de la realidad", "propio de la novela", minucioso, incesante, omnívoro —el joyceano por excelencia— y el que Borges cultivaría, el "del recuerdo", que tiende a la simplificación y a la economía de los hechos y del lenguaje. "La noche nos agrada porque suprime los ociosos detalles, como el recuerdo", agrega en "Nueva refutación del tiempo", y "La noche que en el sur lo velaron" contiene las líneas "la noche / que de la mayor congoja nos libra / la prolijidad de lo real". Lo que Borges denomina "el estilo de la realidad" es por supuesto el estilo de la percepción, que define la estética de la novela realista y alcanza su paroxismo en el nouveau roman. Frente a la descripción sistemática y orgánicamente trabada que intenta quien tiene o simula tener el modelo antes sus ojos, lo propio de la memoria —memoria de la cual el olvido no es su opuesto sino un mecanismo fundamental, el componente creativo por excelencia— es "la perduración de rasgos aislados". Salvo, por supuesto, que uno sea Funes: su memoria carece de olvido y lo haría incapaz de escribir cuentos. Esta lógica borgeana excluye, por supuesto, a Proust, para quien los recuerdos son más vívidos y minuciosos —y sobre todo más intensos, vibrantes de intensidad casi visionaria— que lo que se tiene ante los ojos. "Funes el memorioso" puede, de hecho, ser leído como la broma de Borges sobre Proust (escritor del que raramente habla).
Lo que sí acerca a Borges y Joyce es su colocación literaria: ambos escritores de países occidentales periféricos, coloniales o neocoloniales, supieron a partir de la limitación crear literaturas que abarcaran toda la cultura, tanto la propia como la del amo, cuya lengua ambos redefinieron: Joyce enseñándoles a los ingleses cómo escribir en inglés, Borges haciendo lo propio con los españoles.
Si Borges se define, en parte, por ser el primer lector del Ulises, Roberto Arlt se define como aquel que no puede leerlo. Encolerizado escribe, en 1931, en el prólogo a Los lanzallamas: "Variando, otras personas se escandalizan de la brutalidad con que expreso ciertas situaciones perfectamente naturales a las relaciones entre ambos sexos. Después, esas mismas columnas de la sociedad me han hablado de James Joyce poniendo los ojos en blanco. Ello provenía del deleite espiritual que les ocasionaba cierto personaje de Ulises, un señor que se desayuna más o menos aromáticamente aspirando con la nariz, en un inodoro, el hedor de los excrementos que ha defecado un minuto antes. Pero James Joyce es inglés. James Joyce no ha sido traducido al castellano, y es de buen gusto llenarse la boca hablando de él. El día en que James Joyce esté al alcance de todos los bolsillos, las columnas de la sociedad se inventarán un nuevo ídolo a quien no leerán sino media docena de iniciados".
Hubo un tiempo feliz en que la opción Borges/Arlt se proponía como el Escila-Caribdis de la literatura, argentina (hoy en día, con menor suerte aún, se la intenta reemplazar por la opción Borges/Walsh). Lo que está claro es que ya entre 1925 y 1931 el Ulises divide las aguas en la literatura argentina: están quienes pueden leerlo y quienes no. "Soy el primero en leer el Ulises", se ufana Borges. "Voy a ser el último en leer el Ulises", se define con igual orgullo Arlt, "y eso me hace quien soy". En palabras de Renzi, personaje de Piglia en Respiración artificial: "Arlt se zafa de la tradición del bilingüismo; está afuera de eso, Arlt lee traducciones. Si en todo el XIX y hasta Borges se encuentra la paradoja de una escritura nacional construida a partir de una escisión entre el español y el idioma en que se lee, que es siempre un idioma extranjero... Arlt no sufre ese desdoblamiento... Es el primero, por otro lado, que defiende la lectura de traducciones. Fíjate lo que dice sobre Joyce en el Prólogo a Los lanzallamas y vas a ver".
Se dijo en un primer momento, y se sigue diciendo hoy, con tres versiones distintas sólo en español, que el Ulises es literalmente intraducible. Quizá por eso varios autores en distintas partes del mundo (Alfred Döblin con Berlín Alexanderplatz, Luis Martín-Santos con Tiempo de silencio, Virginia Woolf con Mrs. Dalloway, el Ulises femenino) encararon, en lo que puede concebirse como una traducción radical, la tarea de reescribirlo situando su acción en sus propios mundos. Leopoldo Marechal, en su Adán Buenosayres, acometería la ambiciosa tarea de escribir el Ulises argentino: Adán Buenosayres sigue minuciosa, casi programáticamente, al Ulises, sobre todo en su sistemático uso de los paralelos homéricos, que hacia el final ceden paso a los dantescos. Borges siempre afirmaba sorprenderse del entusiasmo de la crítica por los paralelos homéricos del Ulises, y aprovechó su cuento "Pierre Menard autor del Quijote" para tomarlos en solfa: "...uno de esos libros parasitarios que sitúan a Cristo en un bulevar, a Hamlet en la Cannebière o a don Quijote en Wall Street". A Marechal fue éste uno de los aspectos que más le interesó, y en su obra aparecen, prolijamente el escudo de Aquiles, Polifemo, Circe, las sirenas y el descenso a los infiernos.
También comparte con Joyce la ambición de recuperar para la novela la tradición épica, con la salvedad —aclara Marechal— de que él, católico confeso, apunta a recuperar el espíritu de la epopeya, mientras que Joyce, católico renegado y enemigo de toda metafísica que nos aleje de la vida en su plenitud terrena, habría quedado fascinado —y perdido— por lo que Marechal inmejorablemente denominó, en su "James Joyce y su gran aventura novelística", el "demonio de la letra": "Por otra parte, en la epopeya, como en toda forma clásica, los medios de expresión están subordinados al fin, y la 'letra' no arrebata jamás su primer plano al 'espíritu'. Joyce, cuya inclinación a la letra ya he señalado, concluye por dar a los medios de expresión una preeminencia tal, que la variación de estilos, la continua mudanza de recursos y el juego libre de los vocablos terminan por hacernos perder la visión de la escena, de los personajes y de la obra misma. No se ha detenido ahí, ciertamente, porque hay un 'demonio de la letra' y es un diablo temible. A juzgar por sus últimos trabajos, el demonio de la letra venció a Joyce definitivamente".
Adán Buenosayres, comenzado a principios del 30, se publicaría en 1948. Tres años antes había llegado el momento profetizado por Arlt: en 1945, apenas tres años después de su muerte, se publica la primera traducción del Ulises al español, realizada, claro está, en nuestro país, por el casi desconocido J. Salas Subirat. A esta seguirían dos, ambas hechas en España. La versión local es sin duda la más prolífica en errores, pero también en aciertos, y cuando consideramos que nuestro compatriota no dispuso del vastísimo aparato crítico que sí pudieron aprovechar sus sucesores, su empresa y sus logros bien pueden calificarse de épicos, constituyendo, además, un melancólico testimonio del tiempo aquel en que Buenos Aires podía considerarse la capital de la cultura hispánica.
Gran parte de la literatura latinoamericana de los 60 toma a Faulkner como modelo, en parte porque pertenece, como él, al área Caribe, y la fórmula faulkneriana de combinar literatura regionalista y rural con procedimientos modernistas de vanguardia es, sin más, la fórmula del boom, desde Méjico al Uruguay. En la literatura argentina, en cambio, en el siglo xx el foco pasa decisivamente del campo a la ciudad, ciudad que es además una metrópoli cosmopolita, marcada por la inmigración europea. Joyce, que acomete él sólo la tarea de convertir la bucólica irlandesa —la literatura del "revival céltico" de Yeats y sus seguidores— en una literatura moderna y urbana, ha sido por eso, más que Faulkner, nuestro modelo. Incluso los pueblos, sobre todo los de la pampa gringa, que son los representados con mayor frecuencia en nuestra narrativa (Walsh, Puig, Haroldo Conti, Osvaldo Soriano, César Aira) se caracterizan más por su aspiración a la cultura de Buenos Aires que por una cultura tradicional propia, como evidencia el Coronel Vallejos de Manuel Puig.
Puig confesaba no haber leído el Ulises completo, afirmando que le bastaba con saber que cada capítulo estaba escrito con una técnica, estilo y lenguaje diferentes. Ya en su primera novela, La traición de Rita Hayworth, se suceden algunos puramente dialogados, otros en monólogo interior y formas escritas "bajas" (la carta, la composición escolar, el diario íntimo de señoritas, el anónimo). Boquitas pintadas parece surgida entera del capítulo pop del Ulises, "Nausica" (aquel monólogo interior de una adolescente cuya sensibilidad, lenguaje y alma fueron formadas por las revistas femeninas), y The Buenos Aires Affaire la más programáticamente joyceana de todas. Si Borges es quien incorpora el componente culto, o propiamente modernista, de Joyce, Puig es quien mejor lee la veta posmoderna del Ulises, su sensibilidad camp y pop hacia lo kitsch, lo cursi, y los productos de la cultura de masas (que son anatema para la literatura borgeana).
La obra de Rodolfo Walsh, que las lecturas simplificadoras todavía en boga harían pasar únicamente por la militancia y la denuncia, tiene a Joyce presente todo el tiempo. De familia irlandesa, en un país donde dicha comunidad ha mantenido con ferocidad su cohesión a través de lengua, religión y tradiciones, y educado al igual que Joyce en un internado irlandés y católico, Walsh no podía escapar al influjo de su casi compatriota, aunque en su caso es más bien el de Dublineses y sobre todo El retrato del artista adolescente, del cual sus "cuentos de irlandeses" parecen desprendimientos. Walsh tendía, como Borges, a la economía verbal, y la desmesura del Ulises pudo parecerle ajena y hasta hostil; sin embargo, sus cuentos de la pampa, como "Cartas" y "Fotos", constituyen (la ajustada observación es de Ricardo Piglia) pequeños universos joyceanos, condensados Ulises rurales. Joyce, que se convierte en escritor al liberarse del doble yugo de la Iglesia católica y el imperativo de servir a la revolución irlandesa, es hostil a toda idea de compromiso ideológico o político. La obra de Joyce no excluye lo político (de hecho está saturada de política, desde el cuento "Día de la hiedra en el comité", la cena navideña del Retrato y, de principio al fin, el Ulises y el Finnegans Wake). Pero hace justamente eso: lo incluye. La misión de la literatura es nada menos que la de "forjar la conciencia increada de la raza" y así política y religión se subordinan a ella. En el capítulo 5 del Retrato, Stephen Dedalus expone su teoría estética: "Quiero decir que la emoción trágica es estática. O más bien que la emoción dramática lo es. Los sentimientos excitados por un arte impuro son cinéticos, deseo y repulsión. El deseo nos incita a la posesión, a movernos hacia algo; la repulsión nos incita al abandono, a apartarnos de algo. Las artes que sugieren esos sentimientos, pornográficas o didácticas, no son, por lo tanto, artes puras. La emoción estética es por consiguiente estática. El espíritu queda paralizado por encima de todo deseo, de toda repulsión". La respuesta de Walsh aparece en su cuento."Fotos":
Cosas para decirle a M.:
El goce estético es estático.
Integritas. Consonantia. Claritas.
Aristóteles. Croce. Joyce.
Mauricio:
Me cago en Croce.
No, viejo, si ya caigo. El arte es para ustedes.
Si lo puede hacer cualquiera, ya no es arte.
Quien habla en primer lugar es Jacinto Tolosa, hijo de un estanciero y aspirante a poeta y abogado. Mauricio, su amigo, es un vago, simpático y entrador, hijo de un comerciante y apasionado —pero inseguro— fotógrafo, y el primero está usando a Joyce para convencer al segundo de que la fotografía no es arte. Walsh veía claramente las implicancias de la estética joyceana: la experiencia estética se basta —como la religiosa— a sí misma, no hace falta, para justificar al arte, invocar su supuesta utilidad social o individual. Las artes cinéticas —didácticas, moralizantes, políticas o pornográficas— nos exigen una conducta, nos llevan hacia fuera de la obra, a algún tipo de acción: hacer la revolución, por ejemplo, o masturbarnos. Para Joyce, la literatura modifica —crea— la conciencia, da forma al alma: es tan profundamente política que no puede subordinarse a la política: la idea del compromiso es antitética a su arte. Yeats quería escribir poemas capaces de acompañar a los hombres al cadalso, Joyce escribió cuentos y novelas para inmunizar a los hombres contra la estúpida tentación de subir sus peldaños.
En Juan José Saer el influjo de Joyce aparece en principio como menos obvio, salvo quizás en el día, progresivamente ampliado, de su novela El limonero real. Pero su particular estilo resulta de la conjunción aparentemente imposible, de la inundación verbal y narrativa de Faulkner (discípulo de Joyce al fin) con el apego clínico a la minucia del objetivismo francés de Robbe-Grillet y otros —y cabe recordar que todo el objetivismo francés cabe en el capítulo 17 del Ulises, "Ítaca". El interés de Saer en el Ulises, de todos modos, está bien evidenciado en sus artículos críticos, como el titulado "J. Salas Subirat" recogido en Trabajos: "El Ulises de J. Salas Subirat (la inicial imprecisa le daba al nombre una connotación misteriosa) aparecía todo el tiempo en las conversaciones, y sus inagotables hallazgos verbales se intercalaban en ellas sin necesidad de ser aclaradas: toda persona con veleidades de narrador que andaba entre los dieciocho y los treinta años en Santa Fe, Paraná, Rosario y Buenos Aires los conocía de memoria y los citaba. Muchos escritores de la generación del 50 o del 60 aprendieron varios de sus recursos y de sus técnicas narrativas en esa traducción. La razón es muy simple: el río turbulento de la prosa joyceana, al ser traducido al castellano por un hombre de Buenos Aires, arrastraba consigo la materia viviente del habla que ningún otro autor —aparte quizá de Roberto Arlt— había sido capaz de utilizar con tanta inventiva, exactitud y libertad. La lección de ese trabajo es clarísima: la lengua de todos los días era la fuente de energía que fecundaba la más universal de las literaturas".
La lista se completa, por ahora, con dos novelas de Ricardo Piglia: Respiración artificial —que se propone la ímproba tarea de elegir entre Joyce y Kafka, diciendo una cosa y haciendo la otra— y La ciudad ausente, fascinada por igual con la proteica mutabilidad verbal del Finnegans Wake y la hija esquizofrénica de Joyce, Lucia. Y con Luis Gusmán, quien en En el corazón de junio explora los sutiles, y quizás imaginarios, vínculos entre el 16 de junio más famoso de la literatura irlandesa, Bloomsday, y el más famoso de la historia argentina, Bombsday, el 16 de junio de 1955, siguiendo los pasos de, entre otros personajes, J. R. Wilcock, que tradujo fragmentos del Finnegans Wake al italiano.
Tenemos, como se ve, muchas razones para festejar este centenario. Porque el Ulises, además del deleite —más bien el éxtasis— estético que su lectura produce, suele inducir en su lector el insensato anhelo de percibir, pensar y sentir cada instante de cada día de su vida con la intensidad y la atención con que lo hacen Bloom, Stephen y Molly. O, para concluir donde empezamos, con Borges, esta vez en las palabras de su poema "James Joyce":
Entre el alba y la noche está la historia
universal. Desde la noche veo
a mis pies los caminos del hebreo,
Cartago aniquilada, Infierno y Gloria.
Dame, Señor, coraje y alegría
para escalar la cumbre de este día.
En El nacimiento de la literatura argentina y otros ensayos
Buenos Aires, Norma, 2006

Franz Kafka - Dos clases de verdades






4 de febrero. Largo tiempo en cama, insomne, tomo conciencia de la lucha.
En un mundo de mentira, la mentira no es expulsada del mundo ni siquiera por medio de su opuesto, pero sí por medio de un mundo de verdad.
El dolor es el elemento positivo de este mundo, más bien el único vínculo entre este mundo y lo positivo en sí.
5 de febrero. Buena mañana, imposible recordarlo todo.
La destrucción de este mundo sería tarea nuestra sólo si: primero, este mundo fuese malo, es decir, opuesto a nuestro espíritu; segundo, si estuviésemos en condiciones de destruirlo. La primera cosa nos parece precisa, pero la segunda no podemos realizarla. No podemos destruir este mundo porque no lo hemos construido como algo fijo de por sí, sino que nos perdimos dentro. Más aún, este mundo es nuestro extravío, y como tal él es, en sí mismo, una entidad indestructible, o mejor: cualquier cosa se puede destruir con llevarla hasta el fin, sin renuncias, donde cabe advertir, por otra parte, que aun llevarla hasta el fin no puede ser más que consecuencia de la distracción, pero siempre en el ámbito del mundo mismo.
Existen, para nosotros, dos clases de verdades, las representadas por el árbol de la ciencia y por el árbol de la vida. La verdad de quien obra y la verdad de quien descansa. En la primera el bien se distingue del mal, la segunda no es más que el bien mismo, e ignora tanto el bien como el mal. La primera verdad se nos concede realmente, la segunda podemos intuirla tan sólo. Este es el aspecto triste de la cosa. Pero el alegre es que la primera verdad pertenece al instante fugaz, la segunda a la eternidad, por lo que la primera acaba por extinguirse en el fulgor de la segunda.



En Cuadernos en octava
Traducción: Carmen Gauger

jueves, 28 de marzo de 2013

Albert Camus: Oscuro para sí mismo


Oh, sí, era así, la vida de aquel niño había sido así, la vida había sido así en la isla pobre del barrio, unida por la pura necesidad, en medio de una familia inválida e ignorante, con su sangre joven y fragorosa, un apetito de vida devorador, una inteligencia arisca y ávida, y siempre un delirio jubiloso cortado por las bruscas frenadas que le infligía un mundo desconocido, dejándolo desconcertado pero rápidamente repuesto, tratando de comprender, de saber, de asimilar ese mundo que no conocía, y asimilándolo, sí, porque lo abordaba ávidamente, sin tratar de escurrirse en él, con buena voluntad pero sin bajeza y sin perder jamás una certeza tranquila, una seguridad, sí, puesto que era la seguridad de que conseguiría todo lo que quería y que nada, jamás, de este mundo y sólo de este mundo, le sería imposible, preparándose (y preparado también por la desnudez de su infancia) a encontrar su lugar en todas partes, porque no deseaba ningún lugar, sino sólo la alegría, los seres libres, la fuerza y todo lo que de bueno, de misterioso tiene la vida, y que no se compra ni se comprará jamás. Preparándose incluso, a fuerza de pobreza, a ser capaz un día de recibir dinero sin haberlo pedido nunca y sin someterse nunca a él, tal como era Jacques, ahora, a los cuarenta años, reinando sobre tantas cosas y al mismo tiempo seguro de ser menos que el más humilde, y nada, comparado con su madre. Sí, había vivido así entre los juegos del mar, del viento, de la calle, bajo el peso del verano y las lluvias intensas del breve invierno, sin padre, sin tradición transmitida, pero habiendo hallado durante un año, justo en el momento preciso, un padre, y avanzando a través de los seres y las cosas [ ],[177] en el conocimiento que iba adquiriendo para fabricar algo que se parecía a una conducta (suficiente en ese momento, dadas las circunstancias que se le presentaban, insuficiente más tarde frente al cáncer del mundo) y para crearse su propia tradición.
¿Pero era aquello todo, aquellos gestos, aquellos juegos, aquella audacia, aquel ardor, la familia, la lámpara de petróleo y la escalera negra, las palmas al viento, el nacimiento y el bautismo en el mar, y para terminar, esos veranos oscuros y laboriosos? Había eso, oh, sí, era así, pero había también la parte oscura del ser, lo que durante todos esos años se había agitado sordamente en él como esas aguas profundas que debajo de la tierra, en el fondo de los laberintos rocosos, nunca han visto la luz del sol y, sin embargo, reflejan un resplandor sordo que no se sabe de dónde viene, aspirado tal vez por el centro enrojecido de la tierra, a través de capilares pedregosos, hacia el aire negro de esos antros ocultos y de los que unos vegetales pegajosos y [comprimidos] siguen extrayendo su alimento para vivir allí donde toda vida parecía imposible. Y ese movimiento ciego que nunca había cesado, que experimentaba aún ahora, fuego negro enterrado en él como uno de esos fuegos apagados en la superficie pero que en el interior siguen ardiendo, desplazando las fisuras y las torpes agitaciones vegetales, de suerte que la superficie fangosa tiene los mismos movimientos que la turba de los pantanos, y de esas ondulaciones espesas e insensibles seguían naciendo en él, día tras día, los más violentos y terribles de sus deseos, así como sus angustias desérticas, sus nostalgias más fecundas, sus bruscas exigencias de desnudez y sobriedad, su aspiración a no ser nada, sí, ese movimiento oscuro a lo largo de todos estos años estaba de acuerdo con aquel inmenso país que lo rodeaba, cuyo peso, siendo niño, había sentido, con el inmenso mar delante, y detrás ese espacio interminable de montañas, mesetas y desierto que llamaban el interior, y, entre ambos, el peligro permanente del que nadie hablaba porque parecía natural, pero que Jacques percibía cuando, en la pequeña finca de Birmandreis, con sus habitaciones abovedadas y sus paredes encaladas, la tía recorría los cuartos en el momento de acostarse para ver si estaban bien corridos los cerrojos de los postigos de gruesa madera maciza, país donde se sentía como si allí lo hubieran arrojado, como si fuera el primer habitante o el primer conquistador, desembarcando allí donde todavía reinaba la ley de la fuerza y la justicia estaba hecha para castigar implacablemente lo que las costumbres no habían podido evitar, y alrededor aquellos hombres atrayentes e inquietantes, cercanos y alejados, con los que uno se codeaba a lo largo del día, y a veces nacía la amistad o la camaradería, pero al caer la noche se retiraban a sus casas desconocidas, donde no se entraba nunca, parapetados con sus mujeres, a las que jamás se veía, o si se las veía en la calle, no se sabía quiénes eran, con el velo cubriendo la mitad del rostro y los hermosos ojos sensuales y dulces por encima de la tela blanca, y eran tan numerosos en los barrios donde estaban concentrados, tan numerosos, que simplemente por su cantidad, aunque resignados y cansados, hacían planear una amenaza invisible que se husmeaba en el aire de las calles ciertas noches en que estallaba una pelea entre un francés y un árabe, de la misma manera que hubiera estallado entre dos franceses o entre dos árabes, pero no era recibida de la misma manera, y los árabes del barrio, con sus monos de un azul desteñido o sus chilabas miserables, se acercaban lentamente, desde todas partes, con un movimiento continuo, hasta que la masa poco a poco aglutinada expulsaba de su espesor, sin violencia, por el movimiento mismo que lo reunía, a los pocos franceses atraídos por algunos testigos de la pelea, y el francés que luchaba, retrocediendo, se encontraba de pronto frente a su adversario y a una multitud de rostros sombríos y cerrados que le hubieran despojado de todo su coraje si justamente no se hubiese criado en ese país y no supiera que sólo el coraje permitía vivir en él, y entonces hacía frente a esa multitud amenazadora y que, no obstante, no amenazaba a nadie salvo con su presencia, y el movimiento que no podía evitar, y la mayor parte del tiempo eran ellos los que sujetaban al árabe que luchaba con furia y embriaguez, para que se marchase antes de que llegaran los guardias, que se presentaban al poco de llamarlos, y se llevaban sin discusión a los adversarios, que pasaban maltrechos bajo las ventanas de Jacques, rumbo a la comisaría. «Pobres», decía su madre viendo a los dos hombres sólidamente sujetos y empujados por los hombros, y después por la calle rondaban la amenaza, la violencia, el miedo para el niño, secándole la garganta con una angustia desconocida. Aquella noche en él, sí, aquellas raíces oscuras y enmarañadas que lo ataban a esa tierra espléndida y aterradora, a sus días ardientes y a sus noches rápidas que embargaban el alma, y que había sido como una segunda vida, más verdadera quizá bajo las apariencias cotidianas de la primera y cuya historia estaba hecha de una serie de deseos oscuros y de sensaciones poderosas e indescriptibles, el olor de las escuelas, de las caballerizas del barrio, de la lejía en las manos de su madre, de los jazmines y la madreselva en los barrios altos, de las páginas del diccionario y de los libros devorados, y el olor agrio de los retretes de su casa o de la quincallería, el de las grandes aulas frías, donde a veces entraba solo, antes o después de las clases, el calor de sus compañeros preferidos, el olor a lana caliente y a deyecciones que arrastraba Didier, o el del agua de colonia con que la madre de Marconi, el alto, lo rociaba abundantemente y que le daba ganas, en el banco de su clase, de acercarse todavía más a su amigo, el perfume del lápiz de labios que Pierre había robado a una de sus tías y que olían entre ellos, perturbados e inquietos como los perros que entran en una casa donde ha pasado una hembra perseguida, imaginando que la mujer era ese bloque de perfume dulzón de bergamota y crema que, en el mundo brutal de gritos, transpiración y polvo, les traía la revelación de un universo refinado y delicado, con su indecible seducción, del que ni siquiera las groserías que lanzaban a propósito del lápiz de labios llegaba a defenderlos, y el amor de los cuerpos desde su más tierna infancia, de su belleza, que le hacía reír de felicidad en las playas, de su tibieza, que lo atraía constantemente, sin idea precisa, animalmente, no para poseerlos, cosa que no sabía hacer, sino simplemente para entrar en su irradiación, apoyar su hombro contra el hombro del compañero y casi desfallecer cuando la mano de una mujer en un tranvía atestado tocaba durante un momento la suya, el deseo, sí, de vivir, de vivir aún más, de mezclarse a lo que de más cálido tenía la tierra, lo que sin saberlo esperaba de su madre y que no obtenía o tal vez no se atrevía a obtener y que encontraba en el perro Brillant cuando se tendía junto a él al sol y respiraba su fuerte olor a pelos, o en los olores más fuertes o más animales en los que el calor terrible de la vida se conservaba, pese a todo, para él, y del que no podía prescindir.
De esa oscuridad que había en Jacques, nacía ese ardor hambriento, esa locura de vivir que siempre lo había habitado y que aún hoy conservaba su ser intacto, haciendo simplemente más amargo —en medio de su familia recuperada y frente a las imágenes de su infancia— el sentimiento de pronto terrible de que el tiempo de la juventud huía, como aquella mujer a la que había querido, oh sí, la había querido con un gran amor de todo corazón y también del cuerpo, sí, el deseo era imperial con ella, y el mundo, cuando se retiraba de ella con un gran grito mudo, en el momento del goce, recuperaba su orden ardiente, y la había querido a causa de su belleza y su locura de vivir, generosa y desesperada, que le hacía negar, negar que el tiempo pasara, aunque supiese que estaba pasando en ese mismo momento, por no querer que se dijera de ella un día que aún era joven, sino al contrario, seguir siendo joven, y que estalló en sollozos cuando él le dijo riendo que la juventud pasaba y que los días declinaban: «Oh no, no», decía ella bañada en lágrimas, «amo tanto el amor», e inteligente y superior en tantos sentidos, tal vez justamente porque era realmente inteligente y superior, rechazaba el mundo tal como el mundo era. Como aquellos días en que, al volver ella de una breve estancia en el país donde había nacido, y de esas visitas fúnebres a las tías, de quienes le decían: «Es la última vez que las ves», y en efecto, veía sus caras, sus cuerpos, sus ruinas, y quería irse gritando, o a las cenas de familia en torno a un mantel bordado por una bisabuela muerta desde hacía mucho tiempo y en la que nadie pensaba, salvo ella, que pensaba en su bisabuela joven, en sus placeres, en sus ganas de vivir, como ella, maravillosamente bella en el esplendor de su juventud, y todo el mundo le hacía cumplidos en aquella mesa alrededor de la cual se desplegaban en las paredes los retratos de mujeres jóvenes y bellas, las mismas que le hacían cumplidos, ahora decrépitas y cansadas. Entonces, con la sangre inflamada, quería huir, huir a un país donde nadie envejeciera ni muriera, donde la belleza fuese imperecedera, la vida siempre salvaje y resplandeciente, y ese país no existía; al regresar lloraba con amargura en sus brazos y él la amaba desesperadamente.
Y Jacques también, quizá más que ella, porque había nacido en una tierra sin abuelos y sin memoria, donde la aniquilación de los que lo habían precedido era aún más absoluta y la vejez no encontraba ninguno de los auxilios de la melancolía que recibe en los países de civilización [ ],[178] él, como el filo de una navaja solitaria y siempre vibrante, destinada a quebrarse de un golpe y para siempre, la pura pasión de vivir enfrentada con la muerte total, él sentía hoy que la vida, la juventud, los seres se le escapaban, sin poder salvar nada de ellos, abandonado a la única esperanza ciega de que esa fuerza oscura que durante tantos años lo había alzado por encima de los días, alimentado sin medida, igual que las circunstancias más duras, le diese también, y con la misma generosidad infatigable con que le diera sus razones para vivir, razones para envejecer y morir sin rebeldía.

Notas

[177] Una palabra ilegible. 
[178] Una palabra ilegible. 

MC falleció prematuramente en 1960 en un accidente de tránsito, poco después de declarar a un periodista: «Mi obra aún no ha empezado». El primer hombre es una novela póstuma, en la que trabajaba cuando le sorprendió la muerte. El manuscrito fue encontrado en una bolsa entre los restos del vehículo. Permaneció inédito hasta la primavera de 1994.
 
Título original: Le premier homme
Trad. Aurora Bernárdez (1994)
Foto: MC Paris 1956 © Henri Cartier-Bresson/Magnum Photos

Gabriel García Márquez - Rosas artificiales


Moviéndose a tientas en la penumbra del amanecer, Mina se puso el vestido sin mangas que la noche anterior había colgado junto a la cama, y revolvió el baúl en busca de las mangas postizas. Las buscó después en los clavos de las paredes y detrás de las puertas, procurando no hacer ruido para no despertar a la abuela ciega que dormía en el mismo cuarto. Pero cuando se acostumbró a la oscuridad, se dio cuenta de que la abuela se había levantado y fue a la cocina a preguntarle por las mangas.

- Están en el baño -dijo la ciega-. Las lavé ayer tarde.
Allí estaban, colgadas de un alambre con dos prendedores de madera. Todavía estaban húmedas. Mina volvió a la cocina y extendió las mangas sobre las piedras de la hornilla. Frente a ella, la ciega revolvía el café, fijas las pupilas muertas en el reborde de ladrillos del corredor, donde había una hilera de tiestos con hierbas medicinales.
- No vuelvas a coger mis cosas -dijo Mina-. En estos días no se puede contar con el sol.
La ciega movió el rostro hacia la voz.
- Se me había olvidado que era el primer viernes -dijo.
Después de comprobar con una aspiración profunda que ya estaba el café, retiró la olla del fogón.
- Pon un papel debajo, porque esas piedras están sucias -dijo.
Mina restregó el índice contra las piedras de la hornilla. Estaban sucias, pero de una costra de hollín apelmazado que no ensuciaría las mangas si no se frotaban contra las piedras.
- Si se ensucian tú eres la responsable -dijo.
La ciega se había servido una taza de café.
- Tienes rabia -dijo, rodando un asiento hacia el corredor-. Es sacrilegio comulgar cuando se tiene rabia. -Se sentó a tomar el café frente a las rosas del patio. Cuando sonó el tercer toque para misa, Mina retiró las mangas de la hornilla, y todavía estaban húmedas. Pero se las puso. El padre Ángel no le daría la comunión con un vestido de hombros descubiertos. No se lavó la cara. Se quitó con una toalla los restos del colorete, recogió en el cuarto el libro de oraciones y la mantilla, y salió a la calle. Un cuarto de hora después estaba de regreso.
- Vas a llegar después del Evangelio -dijo la ciega, sentada frente a las rosas del patio.
Mina pasó directamente hacia el excusado.
- No puedo ir a misa -dijo-. Las mangas están mojadas y toda mi ropa sin planchar. -Se sintió perseguida por una mirada clarividente.
- Primer viernes y no vas a misa -dijo la ciega.
De vuelta del excusado, Mina se sirvió una taza de café y se sentó contra el quicio de cal, junto a la ciega. Pero no pudo tomar el café.
- Tú tienes la culpa -murmuró, con un rencor sordo, sintiendo que se ahogaba en lágrimas.
- Estás llorando -exclamó la ciega.
Puso el tarro de regar junto a las macetas de orégano y salió al patio, repitiendo:
- Estás llorando.
Mina puso la taza en el suelo antes de incorporarse.
- Lloro de rabia -dijo. Y agregó al pasar junto a la abuela-: Tienes que confesarte, porque me hiciste perder la comunión del primer viernes.
La ciega permaneció inmóvil esperando que Mina cerrara la puerta del dormitorio. Luego caminó hasta el extremo del corredor. Se inclinó, tanteando, hasta encontrar en el suelo la taza intacta. Mientras vertía el café en la olla de barro, siguió diciendo:
- Dios sabe que tengo la conciencia tranquila.
La madre de Mina salió del dormitorio.
- ¿Con quién hablas? -preguntó.
- Con nadie -dijo la ciega-. Ya te he dicho que me estoy volviendo loca.
Encerrada en su cuarto, Mina se desabotonó el corpiño y sacó tres llavecitas que llevaba prendidas con un alfiler de nodriza. Con una de las llaves abrió la gaveta inferior del armario y extrajo un baúl de madera en miniatura. Lo abrió con la otra llave. Adentro había un paquete de cartas en papeles de color, atadas con una cinta elástica. Se las guardó en el corpiño, puso el baulito en su puesto y volvió a cerrar la gaveta con llave. Después fue al excusado y echó las cartas en el fondo.
- Te hacía en misa -le dijo la madre.
- No pudo ir -intervino la ciega-. Se me olvidó que era primer viernes y lavé las mangas ayer tarde.
- Todavía están húmedas -murmuró Mina.
- Ha tenido que trabajar mucho en estos días -dijo la ciega.
- Son ciento cincuenta docenas de rosas que tengo que entregar en la Pascua -dijo Mina.
El sol calentó temprano. Antes de las siete, Mina instaló en la sala su taller de rosas artificiales: una cesta llena de pétalos y alambres, un cajón de papel elástico, dos pares de tijeras, un rollo de hilo y un frasco de goma. Un momento después llegó Trinidad con su caja de cartón bajo el brazo, a preguntarle por qué no había ido a misa.
- No tenía mangas -dijo Mina.
- Cualquiera hubiera podido prestártelas -dijo Trinidad.
Rodó una silla para sentarse junto al canasto de pétalos.
- Se me hizo tarde -dijo Mina.
Terminó una rosa. Después acercó el canasto para rizar pétalos con las tijeras. Trinidad puso la caja de cartón en el suelo e intervino en la labor.
Mina observó la caja.
- ¿Compraste zapatos? -preguntó.
- Son ratones muertos -dijo Trinidad.
Como Trinidad era experta en el rizado de pétalos, Mina se dedicó a fabricar tallos de alambre forrados en papel verde. Trabajaron en silencio sin advertir el sol que avanzaba en la sala decorada con cuadros idílicos y fotografías familiares. Cuando terminó los tallos, Mina volvió hacia Trinidad un rostro que parecía acabado en algo inmaterial. Trinidad rizaba con admirable pulcritud, moviendo apenas la punta de los dedos, las piernas muy juntas. Mina observó sus zapatos masculinos. Trinidad eludió la mirada, sin levantar la cabeza, apenas arrastrando los pies hacia atrás, e interrumpió el trabajo.
- ¿Qué pasó? -dijo.
Mina se inclinó hacia ella.
- Que se fue -dijo.
Trinidad soltó las tijeras en el regazo.
- No.
- Se fue -repitió Mina.
Trinidad la miró sin parpadear. Una arruga vertical dividió sus cejas encontradas.
- ¿Y ahora? -preguntó.
Mina respondió sin temblor en la voz.
- Ahora, nada.
Trinidad se despidió antes de las diez.
Liberada del peso de su intimidad, Mina la retuvo un momento, para echar los ratones muertos en el excusado. La ciega estaba podando el rosal.
- A que no sabes qué llevo en esta caja -le dijo Mina al pasar.
Hizo sonar los ratones.
La ciega puso atención.
- Muévela otra vez -dijo.
Mina repitió el movimiento, pero la ciega no pudo identificar los objetos, después de escuchar por tercera vez con el índice apoyado en el lóbulo de la oreja.
- Son los ratones que cayeron anoche en la trampa de la iglesia -dijo Mina.
Al regreso pasó junto a la ciega sin hablar. Pero la ciega la siguió. Cuando llegó a la sala, Mina estaba sola junto a la ventana cerrada, terminando las rosas artificiales.
- Mina -dijo la ciega-. Si quieres ser feliz, no te confieses con extraños.
Mina la miró sin hablar. La ciega ocupó la silla frente a ella e intentó intervenir en el trabajo. Pero Mina se lo impidió.
- Estás nerviosa -dijo la ciega.
- Por tu culpa -dijo Mina.
- ¿Por qué no fuiste a misa?
- Tú lo sabes mejor que nadie.
- Si hubiera sido por las mangas no te hubieras tomado el trabajo de salir de la casa -dijo la ciega-. En el camino te esperaba alguien que te ocasionó una contrariedad.
Mina pasó las manos frente a los ojos de la abuela, como limpiando un cristal invisible.
- Eres adivina -dijo.
- Has ido al excusado dos veces esta mañana -dijo la ciega-. Nunca vas más de una vez.
Mina siguió haciendo rosas.
- ¿Serías capaz de mostrarme lo que guardas en la gaveta del armario? -preguntó la ciega.
Sin apresurarse Mina clavó la rosa en el marco de la ventana, se sacó las tres llavecitas del corpiño y se las puso a la ciega en la mano. Ella misma le cerró los dedos.
- Anda a verlo con tus propios ojos -dijo.
La ciega examinó las llavecitas con las puntas de los dedos.
- Mis ojos no pueden ver en el fondo del excusado.
Mina levantó la cabeza y entonces experimentó una sensación diferente: sintió que la ciega sabía que la estaba mirando.
- Tírate al fondo del excusado si te interesan tanto mis cosas -dijo.
La ciega evadió la interrupción.
- Siempre escribes en la cama hasta la madrugada -dijo.
- Tú misma apagas la luz -dijo Mina.
- Y en seguida tú enciendes la linterna de mano -dijo la ciega-. Por tu respiración podría decirte entonces lo que estás escribiendo.
Mina hizo un esfuerzo para no alterarse.
- Bueno -dijo sin levantar la cabeza-. Y suponiendo que así sea: ¿qué tiene eso de particular?
- Nada -respondió la ciega-. Sólo que te hizo perder la comunión del primer viernes.
Mina recogió con las dos manos el rollo de hilo, las tijeras, y un puñado de tallos y rosas sin terminar. Puso todo dentro de la canasta y encaró a la ciega.
- ¿Quieres entonces que te diga qué fui a hacer al excusado? -preguntó. Las dos permanecieron en suspenso, hasta cuando Mina respondió a su propia pregunta-: Fui a cagar.
La abuela tiró en el canasto las tres llavecitas.
- Sería una buena excusa -murmuró, dirigiéndose a la cocina-. Me habrías convencido si no fuera la primera vez en tu vida que te oigo decir una vulgaridad.
La madre de Mina venía por el corredor en sentido contrario, cargada de ramos espinosos.
- ¿Qué es lo que pasa? -preguntó.
- Que estoy loca -dijo la ciega-. Pero por lo visto no piensan mandarme para el manicomio mientras no empiece a tirar piedras.


En Todos los cuentos